El arte de llegar tarde al amor 37. El reloj en la mesa
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37. El reloj en la mesa

El reloj en la mesa

Vino en el furgón, con Aurelio, con dos mantas y con un papel de salida temporal del depósito firmado por la responsable de catalogación de la Sala Vergara, motivo: revisión de estabilidad previa a subasta .

Es un motivo perfectamente legítimo. Se hace. Una pieza que ha pasado nueve días en una sala de exposición con focos y público puede haber acusado el cambio, y hay casas que lo exigen por contrato.

También es cierto que en la Sala Vergara no lo exige nadie, que la subasta era el miércoles y que el informe estaba firmado desde el uno de noviembre.

Aurelio me lo dejó encima del paño verde, se quitó los guantes y dijo:

—Que dice la señorita Roldán que se lo llevo mañana a las ocho.

—Muy bien.

—Y que le diga que el papel lo ha firmado ella y que usted no tiene que firmar nada.

—Muy bien.

Aurelio se quedó un momento mirando el reloj encima de mi banco, con las manos cruzadas por delante, y antes de irse dijo, sin ninguna intención:

—Treinta y un años llevo bajando cosas. Esta es la primera que sube dos veces.

Casilda Ayala llegó el martes a las seis en punto.

La había llamado yo el lunes por la mañana, desde el taller, con la persiana a medio subir, y le había dicho la verdad: que soy el perito de su reloj, que hay una cosa en el informe que ella tiene que ver antes que nadie y que la subasta es el miércoles.

—¿Es malo?

—No es malo. Es raro.

—Vale —dijo, y me pareció que se reía—. Es que todo lo de esa casa es raro.

Vino con una caja de sombreros debajo del brazo.

Eso no se lo había pedido nadie. Lo trajo ella, por su cuenta, porque le dije «papeles de la familia» y a Casilda Ayala eso le pareció una invitación.

—Esto estaba en el altillo del dormitorio de mi bisabuela —dijo, poniéndola encima del mostrador—. Cartas. Yo no las he abierto. Me daba una cosa rarísima.

Nora llegó a las cinco y cincuenta y cinco.

Cinco minutos antes. Con margen. No dijo nada al entrar, no hizo ninguna entrada, no contó ninguna anécdota.

Dio los buenos días, saludó a Casilda, se quitó el abrigo y se puso a un lado del banco, y en dos horas y media no ocupó ni una sola vez el centro de mi tienda, que es una cosa que yo no le había visto hacer nunca.

Empecé por lo fácil.

—Casilda, esto es el mecanismo de su reloj. Esto de aquí es el escape, que es la pieza que reparte el tiempo. Y estas dos rayas de aquí —le puse la lupa— son marcas de algo que estuvo metido ahí dentro.

—¿Metido cómo?

—A la fuerza.

Y le enseñé la horquilla.

La saqué de su bolsa de plástico, la puse encima del papel milimetrado con la pinza y le expliqué las siete décimas, el limado a mano, las quince pasadas en el mismo sentido, el chaflán descentrado.

Le expliqué que un reloj no se para de pena.

Le expliqué que aquella pieza, metida entre el áncora y la rueda, entra como una llave en su cerradura y que lo comprobé yo con este reloj en este banco el dieciséis de octubre.

Casilda Ayala escuchó todo aquello de pie, con las manos en los bolsillos de la sudadera, sin interrumpir ni una vez.

—O sea que alguien lo paró.

—Alguien lo paró.

—A propósito.

—Con unos cinco minutos de preparación, que es lo que se tarda en limar eso.

—¿Y quién?

—Eso no lo puede decir un relojero.

Y ahí entró Nora.

Se acercó al mostrador, abrió la caja de sombreros y dijo:

—Casilda, ¿me dejas?

—Claro.

—Voy a tardar un rato y voy a tocar cosas de tu bisabuela.

—Que sí, mujer.

Yo la he visto trabajar dos veces. Una en su sala de exposición, con ciento sesenta lotes y una moqueta que se traga los pasos.

Y la otra aquella tarde, de pie en el mostrador de mi tienda, con guantes de algodón que se trajo en el bolso, delante de una caja de sombreros de cartón con una goma fundida en el papel.

Tardó cincuenta minutos y no habló en cuarenta.

Separó los paquetes con cuidado, cortó la goma con unas tijeras pequeñas en vez de tirar de ella, y fue haciendo montones encima del mostrador: uno grande, uno pequeño y uno de tres o cuatro sobres sueltos.

Casilda y yo nos tomamos un café de la cafetera del setenta y cuatro. Le dije que estaba malo y me dijo que no, que estaba bien, y se lo tomó entero, y ahí supe que era buena gente.

A las siete menos veinte Nora levantó la cabeza.

—Casilda, ¿te puedo leer cuatro cosas?

—Léeme lo que quieras.

—Vale. —Se ajustó el guante—. Aquí hay dos grupos. El grande son cartas de tu bisabuelo a tu bisabuela, de 1928 a 1948. Veintitantas. Son de viajes: Barcelona, Bilbao, Comillas. Muchas de Barcelona.

—Trabajaba mucho, dice mi madre.

—Trabajaba mucho. —Nora cogió una—. Y todas terminan igual. Escucha esta, del veinticuatro de abril de 1931.

Y leyó, en voz alta, en un taller de la calle Trafalgar, un martes de noviembre a las siete menos veinte de la tarde:

«Salgo el jueves en el correo. Estaré en casa a las siete y veinte. Espérame.»

Silencio.

—Y esta, de 1934: «El martes estaré en casa a las siete y veinte, espérame.» Y esta, de 1939: «Llegaré a las siete y veinte.» Y esta, del cuarenta y siete, que es de las últimas: «A las siete y veinte, como siempre.»

Casilda se había quedado quieta con el café en la mano.

—Siempre la misma hora —dijo.

—Siempre la misma hora. —Nora dejó el montón—. Es el correo de Barcelona. Entraba en la estación del Norte a las siete menos cuarto y de la estación a Fernández de la Hoz hay media hora larga en aquella época. Las siete y veinte era la hora de llegar a casa.

—¿Y el otro montón?

Nora tardó un momento en contestar.

—El otro montón son cartas de tu bisabuela a tu bisabuelo —dijo—. Hay once. Todas están escritas después de 1949.

—¿Después de...?

—Después de que él muriera.

Casilda Ayala dejó el café en el mostrador.

—Están sin mandar, claro —dijo Nora—. Están dobladas, sin sobre, atadas juntas. La primera es de 1951 y la última es del tres de febrero de 1967.

—¿Y qué dicen?

—Cosas de casa, muchas. Que el pequeño ha aprobado. Que ha vendido lo de Comillas. Que hace frío. —Nora cogió la de abajo del todo, que era un papel doblado en cuatro, muy fino, muy amarillo—. Y esta es la última. Son cuatro líneas.

Y la leyó.

«Álvaro: hoy he echado la cuenta y son cuarenta y un años. Tú escribías siempre a las siete y veinte y entrabas siempre a las siete y veintitrés. Nunca te dije que yo esos tres minutos los pasaba de pie en el recibidor, porque me daba vergüenza. No te escribo más.»

Nadie dijo nada durante bastante rato.

Yo miré el reloj de los Ayala, que estaba en mi banco, a dos metros, con las agujas donde llevan setenta y siete años.

Las siete y veintitrés.

No las siete y veinte.

—Tres minutos —dije.

—Tres minutos —dijo Nora.

—El tres de febrero de 1967 —dijo Casilda, muy despacio, como quien lee un número de teléfono—, mi bisabuela escribió esa carta y paró el reloj.

—Eso no lo puede confirmar el mecanismo —dije—. En el informe pone que la fecha no se puede determinar por el examen de la pieza y eso no lo voy a cambiar.

—Pero.

—Pero sí.

Y entonces fui a por lo último, que era mío, y que llevaba tres semanas sin encajar y encajó aquella tarde en cuatro segundos.

—Hay una cosa más. Venga.

Le puse a Casilda la lupa binocular sobre el canto de la platina, donde está grabado el número de serie, y le enseñé la letra rayada al lado. Una ele torcida, hecha con la punta de algo, con tres pasadas.

—Esto lo vi en octubre y lo apunté como marca de taller —dije—.

Los relojeros firmaban así: cuando abres una máquina y la limpias, rayas tus iniciales junto al número para que el siguiente sepa quién estuvo.

Y Japy trabajaba con proveedores franceses de los que varios empiezan por ele. Lécuyer, por ejemplo.

—¿Y no es eso?

—No.

—¿Por qué no?

—Por dos cosas. —Le acerqué la horquilla con la pinza, al lado—. La primera es la posición. Una marca de taller va en la platina, en la cara interior, donde se ve al abrir. Esta está en el canto, torcida y a distinta altura, que es donde raya uno cuando tiene la pieza en la mano y no en el soporte.

—¿Y la segunda?

—La segunda es que están hechas con lo mismo.

Le puse la lupa. Le enseñé las estrías del limado de la horquilla, quince pasadas en el mismo sentido, mal apoyadas. Y le enseñé las tres pasadas de la ele.

Mismo ángulo. Misma torpeza. Misma mano de alguien que no lima nada en su vida y que aquel día limó dos cosas seguidas.

—Su bisabuela paró el reloj —dije—. Y después lo firmó.

Casilda Ayala se rio.

Se rio fuerte, de golpe, con la boca abierta, en mitad de mi tienda, y fue una risa buenísima y absolutamente auténtica, y duró como ocho segundos.

—Perdón —dijo—. Perdón, perdón. Es que...

—No pasa nada.

—Es que llevo treinta y cuatro años oyendo que ese reloj se paró de pena. —Se apretó los ojos con los dedos—. Treinta y cuatro años. Y mi madre. Y mi abuelo. Y en Navidad. Y siempre lo contábamos con la voz bajita, ¿sabes?, como se cuentan las cosas de los muertos.

—Ya.

—Y resulta que la tía estaba hasta el moño.

Y ahí se acabó la risa.

Se acabó a mitad de la frase, como se acaban las risas de verdad, y Casilda Ayala, treinta y cuatro años, sudadera de una carrera popular de Boadilla, se quedó de pie en mi tienda con la mano en la boca y se puso a llorar.

Nora le puso una mano en el hombro y no dijo nada, que fue exactamente lo que había que hacer y que aquella mujer, aquel día, supo hacer.

—Es que se pasó la vida ahí de pie —dijo Casilda—. Tres minutos. Cuarenta y un años. En el recibidor. Y le daba vergüenza.

—Sí.

—Y nadie lo supo nunca.

—Nadie lo supo nunca —dijo Nora Roldán.

Y lo dijo con una voz que yo no le había oído en toda mi vida y que no le he vuelto a oír, y en ese momento levanté la cabeza y la miré, porque yo llevaba desde el sábado sin mirarla a la cara.

Estaba de pie, con los guantes de algodón puestos, con la mano en el hombro de una mujer que lloraba, delante de once cartas dobladas en cuatro y una horquilla de acero encima de un papel milimetrado.

Y no dijo nada más.

Ni una palabra. Ni un chiste. Ni una anécdota. Ni una frase buena de las suyas.

Aquella mujer tenía delante, encima de mi mostrador, en la letra de una señora que murió antes de que ella naciera, el diagnóstico entero, escrito por otra, con la caligrafía de 1967.

Y se lo tragó de pie y en silencio, que es lo más valiente que le he visto hacer.