El arte de llegar tarde al amor 36. Las condiciones
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36. Las condiciones

Las condiciones

El colegio de Greta está en la calle Zurbano, tiene la fachada de ladrillo y una verja verde, y sale a las cuatro y media.

Yo llegué a las cuatro y doce.

No hay ninguna hazaña en eso. Que quede claro: no había hora.

Nadie me había citado. Nadie me esperaba.

Yo no había avisado a nadie de que iba a ir, ni a Julián, ni a Sonia, ni por supuesto a la niña, y si Greta hubiera salido por otra puerta o se hubiera ido a casa de una amiga yo me habría quedado allí de pie como una idiota y no habría pasado absolutamente nada.

Y aun así llegué dieciocho minutos antes.

Y esos dieciocho minutos me los pasé de pie en la acera de enfrente, apoyada en la verja de un jardín, con las manos en los bolsillos, mirando una puerta.

Empecé a contar coches a los cuatro minutos.

Blancos primero. Luego los que giraban. Y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, en la calle Zurbano, a las cuatro y veintiuno de la tarde de un lunes, con treinta y nueve años, tuve que apartarme de la verja y andar hasta la esquina y volver.

Voy a contar los dieciocho minutos, porque son los primeros dieciocho minutos que he esperado a alguien desde el diecisiete de junio de 1994 y porque no se parecen en nada a lo que yo creía.

Yo creía que esperar era una humillación. Eso es lo que me enseñaron a los siete años en el segundo escalón de un portal de Aviador Zorita, y es lo que llevo treinta y dos años sabiendo con una certeza que no he sometido a revisión ni una sola vez.

Esperar es quedarse expuesto. Esperar es que todo el mundo que pasa por delante te vea ahí, quieto, dependiendo de otro. Esperar es la postura del que no tiene nada más que hacer.

Y lo que descubrí en la calle Zurbano, a las cuatro y veinte de la tarde de un lunes de noviembre, es que no. Que esperar es, sobre todo, aburridísimo.

No hay drama. No hay humillación. Nadie te mira. Pasa una señora con un carro, pasa un repartidor, pasan dos chicas de dieciséis años hablando de otra chica de dieciséis años. Nadie sabe que estás esperando. A nadie le interesa. Estás de pie en una acera y el mundo sigue exactamente igual.

Y en ese aburrimiento, que dura dieciocho minutos y que no tiene ninguna épica, hay un hueco muy raro.

Porque no puedes hacer nada. Ese es el asunto.

No puedes trabajar, no puedes irte, no puedes resolver nada, no puedes ser buena en nada.

Yo llevo once años siendo la mejor de mi casa en decidir en dos segundos lo que valen las cosas, y en la acera de la calle Zurbano no valía absolutamente para nada.

Solo se puede estar.

Y por eso me puse a contar coches a los cuatro minutos. Por eso, exactamente por eso, y a los treinta y nueve años, en una acera, con las manos en los bolsillos, entendí de dónde había salido ese hábito y qué era lo que llevaba tapando desde 1994.

No la pena. La pena se aguanta.

El hueco.

A las cuatro y media se abrió la puerta y salieron ciento cincuenta niños a la vez.

Greta salió la quinta o la sexta, con la mochila a un hombro, sola, buscando a alguien con la vista. Me vio. No se sorprendió. Ni un poco. Cruzó el paso de cebra, se paró delante de mí y dijo:

—Hola.

—Hola.

—¿Te espera mi padre?

—No.

—¿Sabe que estás aquí?

—No.

—Vale —dijo Greta Sarmiento, y se quitó la mochila y la puso en el suelo entre las dos piernas—. Entonces te lo digo yo.

Y sacó el cuaderno.

Estaba abierto por una página nueva. No era la tabla. Era otra cosa. Cuatro líneas escritas con boli azul, con su letra grande y redonda, en una hoja que se notaba escrita despacio, con la regla usada solo para subrayar.

Le tembló un poco el papel al dármelo, y se le notó, y a mí me pareció que aquella niña llevaba desde el sábado ensayando aquello igual que ensaya su padre las cosas en voz alta con la persiana bajada.

Me la enseñó girada hacia mí, como se enseñan las pruebas, que por lo visto en esta historia es la manera universal de enseñar algo.

CONDICIONES

1. Tres veces seguidas a la hora. Con margen. Yo lo compruebo.

2. Pedir perdón bien. Sin decir por qué.

3. A mi padre ni se te ocurra pedirle que espere.

Leí las cuatro líneas dos veces en la acera de la calle Zurbano.

—Greta.

—Espera, que te las explico. —Se agachó a subirse un calcetín—. La uno es fácil. Tres veces seguidas con hora puesta. Y margen quiere decir que no vale llegar a la hora justa corriendo desde la esquina, porque eso lo he visto y no cuenta. Margen es que estés antes.

—¿Cuánto antes?

—Cinco minutos.

—Cinco minutos.

—Cinco minutos está bien —dijo—. Mi padre llega cuarenta y eso tampoco está bien, pero de mi padre me ocupo yo.

Y siguió.

—La dos es la difícil. La dos es que le pidas perdón sin explicarle por qué. —Se rascó la nariz—. Porque cuando la gente explica por qué, luego el otro tiene que decir «bueno, no pasa nada», y entonces se acabó, y no se ha arreglado nada, solo se ha acabado.

—¿Eso quién te lo ha dicho?

—Nadie. —Se encogió de hombros—. Es que yo eso lo hago.

Me quedé mirándola.

—Yo llego tarde a los sitios —dijo Greta—. A ver, no como tú. Pero llego. Y siempre digo que fue por una cosa. Y funciona, y luego no cambio nada. O sea que la explicación es para que no te cambien.

Y ahí, en la calle Zurbano, a las cuatro y treinta y ocho de la tarde de un lunes de noviembre, una niña de diez años y once meses me dijo en una acera lo que yo llevaba desde la una y veinte de la madrugada del domingo escribiendo y borrando en un móvil.

—Y la tres —dije.

—La tres no se negocia.

—Vale.

—La tres es la tres. —Y por primera vez en toda la conversación le tembló un poco la voz, y no se lo permitió, exactamente igual que su padre—. Que no le digas «espérame», ni «ahora voy», ni «cinco minutos». Nunca. Ni una vez.

—Greta.

—Es que él dice que sí —dijo—. Ese es el problema. Que tú se lo pides y él dice que sí, y luego se sienta.

Silencio en la acera.

—Hay una cosa más —dijo—. Pero no es condición.

—Dime.

Y Greta Sarmiento, que lleva desde septiembre apuntando en una tabla los retrasos de una mujer de treinta y nueve años, cerró el cuaderno y dijo:

—Que mi padre también se fue primero el sábado.

—Ya lo sé. Estaba yo.

—Ya, pero eso no lo he apuntado.

—¿Por qué no?

—Porque no había hora —dijo—. Y en la tabla solo van las que tienen hora. Pero es un dato.

—Greta.

—Dime.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Sí.

—¿Por qué me lo das a mí? —dije—. Digo, esto. Las condiciones. Podías no haber salido a hablar conmigo. Podías haberte ido con tus amigas y ya está.

Se lo pensó, apoyada en la verja, con la mochila colgando de una mano.

—Porque tú te vas a ir —dijo.

—¿Cómo?

—Que si nadie te dice lo que hay que hacer, tú te vas. —Cambió la mochila de mano—. Es que eso lo hace mucha gente. Se van y luego dicen que es que era muy complicado.

—¿Y tú qué sabes de eso?

—Yo tengo diez años, no soy tonta.

Y ahí me di cuenta de que aquella niña no me estaba haciendo un favor a mí.

Que Greta Sarmiento no había salido de un colegio de la calle Zurbano un lunes por la tarde para darle una segunda oportunidad a una mujer de treinta y nueve años que le cae bien.

Que había salido a proteger a su padre, y que la manera más eficaz de proteger a su padre era ponerle a la otra un pliego de condiciones por escrito, con tres puntos, en una hoja de cuaderno cuadriculado.

Porque un pliego se puede cumplir o incumplir. Y las dos cosas se pueden apuntar.

Cogió la mochila del suelo y se la colgó de un hombro.

—¿Vas a hacerlo?

—Sí.

—¿Las tres?

—Las tres.

—Vale. —Se giró hacia la esquina, donde estaba esperando una madre con dos niños, y luego se volvió—. La primera puede ser mañana, si quieres. Mañana viene la señora del reloj a la tienda a las seis.

—¿Qué señora del reloj?

—La del reloj —dijo Greta—. Papá la ha llamado esta mañana. Y a ti también te va a llamar, pero como llevas el móvil apagado desde el sábado, pues te lo digo yo.

Y se fue hacia el metro con la mochila a un hombro y sin mirar atrás.

La vi bajar por Zurbano con la mochila a un hombro, parándose una vez a subirse el calcetín otra vez, y meterse en la boca del metro sin volverse.

Diez años y once meses.

Y con un cuaderno cuadriculado en el que hay una tabla con mis retrasos desde el veintiuno de septiembre, una columna de últimas tres que ella inventó sola, y ahora una página con tres condiciones numeradas y subrayadas con regla.

Yo me quedé en la calle Zurbano diecinueve minutos más, esta vez porque quise.

Y luego me quedé pensando en la tres.

A mi padre ni se te ocurra pedirle que espere.

Porque yo llevaba desde el sábado dándole vueltas a lo mío —al bar de la calle Mayor, a los cincuenta y tres minutos, a la cara de él en la escalera— y en ningún momento, ni uno, se me había ocurrido mirarlo por ese lado.

Que yo, en nueve semanas, le había dicho «voy saliendo» once veces sin haber salido.

Que cada uno de aquellos veintiséis minutos de media era una hora entera de un hombre sentado en un taburete con la lámpara encendida y la cafetera puesta.

Y que la condición número tres de aquel pliego no me la ponían a mí por castigo.

Me la ponían porque una niña de diez años había calculado, con una tabla y una regla, cuántas horas de la vida de su padre me había gastado yo desde septiembre.

Encendí el móvil. Tenía once notificaciones y una de ellas era una llamada perdida de la Relojería Sarmiento, de las 10:40, sin mensaje.

Y abrí las notas y escribí, para no perderla, una frase de una niña de diez años que había apuntado antes en una acera con la mochila entre los pies:

La explicación es para que no te cambien.