35. El piso, de noche
El piso, de noche
Terminé el trabajo.
Eso también hay que ponerlo, aunque no me sirva de nada.
Volví al restaurante a las siete menos diez, coloqué a los cuarenta y cuatro para la foto de grupo, avisé al taxi de la tía de Fermín, cuadré la factura con el maître, recogí el ramo de mi madre, saqué las bolsas de los detalles y a las nueve y cuarto metí a Rosario Roldán y a Fermín Otero en un coche camino de un hotel de la Gran Vía con dos maletas y un horario de Cercanías.
Lo hice todo perfectamente y a su hora.
Yo, cuando trabajo, no fallo. Ese es el chiste que me lleva persiguiendo desde septiembre y aquella noche por fin dejó de tener gracia.
Llegué a casa a las diez menos veinte, me quité el vestido verde, lo colgué detrás de la puerta y me senté en el sofá con los zapatos puestos.
A las diez y diez llamó Carlota al telefonillo.
—No he llamado antes porque estabas trabajando —dijo, desde el descansillo, con una bolsa del chino en la mano—. Traigo cerveza y no traigo consuelo.
—Carlota.
—Lo digo en serio. Vengo a hacerte compañía y a facturarte. Elige el orden.
Se sentó en el sillón. Abrió dos cervezas. Se quitó los zapatos, que llevaba puestos desde las nueve de la mañana, y puso los pies en la caja de libros del pasillo, que sigue ahí y que ahora tiene el enchufe de la lámpara accesible por un lado.
—A ver. ¿Dónde estuviste?
—En una cafetería de la calle Mayor.
—¿Cuánto?
—Cincuenta y tres minutos.
—Ya, eso lo ha dicho la niña. —Bebió—. Digo cuánto tiempo estuviste sabiendo que tenías que subir.
—Cincuenta y tres minutos.
—Vale.
Silencio.
—Yo pensaba que iba a ser peor —dije—. Lo de mi madre. Pensaba que iba a haber un drama.
—Tu madre no te va a montar un drama nunca, Nora. Tu madre te va a cubrir. Es lo que lleva haciendo desde que te conozco.
—Ya.
—Es mucho peor que un drama, por cierto.
—Ya lo sé.
Bebimos un rato.
—¿Y él?
—Se ha ido primero.
Carlota bajó la cerveza.
—¿Cómo que se ha ido primero?
—Ha cogido un taxi a las siete menos cuarto con la niña y me ha dicho, en la acera, que se iba primero. Y que no era por castigarme. Y que llevaba veintiún años sin irse primero de ningún sitio.
—Joder.
—Ya.
—Joder, Nora. —Se echó hacia atrás en el sillón—. Eso es lo más elegante que he oído en mi vida y lo digo profesionalmente. Yo he visto separarse a doscientas parejas.
—Gracias.
—De nada. Y ahora la minuta.
—Carlota, no.
—Te lo dije en tres idiomas —dijo Carlota Beltrán—.
Te lo dije en un japonés de Malasaña en septiembre, cuando te dije que lo del que espera pierde ya no era una explicación sino un número.
Te lo dije en un taxi con la ventanilla bajada cuando te pedí que vinieras a mi fiesta a la hora.
Y te lo dije subida a una silla, con un folio plastificado, delante de veinte personas.
—La doce.
—La doce.
—Carlota, la doce era sobre Sergio.
—La doce era sobre mí —dijo—. Todas eran sobre mí. Y una era sobre ti y por eso la puse la última y por eso no te la enseñé en la cena.
Y ahí, en mi salón, a las once menos veinte de la noche del sábado diez de noviembre, mi mejor amiga desde el segundo año de carrera me dijo lo siguiente, sin levantar la voz y sin ninguna crueldad, con los pies encima de una caja de libros:
—Yo llevo veinte años esperándote, Nora. En restaurantes, en cines, en aeropuertos y en un vuelo a Palma. Y no te lo he reprochado nunca ni una vez, y siempre me has dicho que soy la mejor. —Bebió—. Y resulta que eso, dicho por ti, es un insulto.
Se fue a las doce menos cuarto.
Me dio un beso, me dijo que la llamara mañana aunque fuera para nada, y en la puerta se giró y dijo:
—Y una cosa. No le escribas esta noche.
—¿Por qué no?
—Porque lo que escribas esta noche va a tener un «es que» dentro y no te vas a dar ni cuenta.
Antes de irse, en el descansillo, Carlota se paró con la mano en la barandilla.
—Una cosa más y ya me callo.
—Di.
—Tu madre te va a llamar esta noche.
—No creo. Está en un hotel.
—Te va a llamar o te va a mandar un audio —dijo Carlota—, y no va a decir nada de lo de hoy, y va a ser encantadora, y tú te vas a quedar peor que si te hubiera gritado.
—Carlota.
—Y cuando pase, acuérdate de esto que te digo: eso tampoco es amor, Nora. Eso es otra cosa que se le parece mucho y que hace muchísimo menos ruido.
Bajó dos escalones y se giró.
—Y no me hagas caso, que yo tengo una tarta con una figurita serrada en el congelador.
A las doce y diez llegó el audio de mi madre.
Cuarenta y un segundos. Se la oía en un hotel, con la tele de fondo y a Fermín diciendo algo a lo lejos.
«Hija, que ha salido todo precioso. Precioso.
Los del quinto me han dicho que nunca habían visto una boda tan bien organizada, y yo he dicho: es mi hija.
Y lo he dicho así, ¿eh. Y bueno, y que descanses, que has trabajado muchísimo.
Y no le des más vueltas a lo de los zapatos, que a mí me daba igual. Un beso, mi vida.»
Lo escuché cuatro veces.
Y no le des más vueltas a lo de los zapatos, que a mí me daba igual.
Mi madre sabía perfectamente que no eran los zapatos. Lo supo desde el rellano, a las doce y cuarenta y cinco, cuando yo levanté una bolsa de Novias Beatriz y ella se quedó dos segundos completos sin decir nada.
Y me cubrió delante de su prima. Y me llamó organizada delante de los del quinto. Y a las doce y diez de la noche me mandó cuarenta y un segundos para decirme que a ella le daba igual.
Rosario Roldán, la mujer que me enseñó todo esto, me perdonó sin que yo se lo pidiera y sin nombrarlo, que es exactamente como me lo enseñó.
Y ahí entendí, por fin y a los treinta y nueve años, cuál era el problema con mi madre.
Que nunca me ha pasado factura.
Me hice una tila. Me la bebí. Me puse una manta encima de las piernas, en el suelo, con la espalda contra el sofá, y estuve un rato mirando el vestido verde colgado detrás de la puerta.
Yo lo compré el viernes. El viernes por la tarde, en Novias Beatriz, con mi madre en la silla de los acompañantes diciéndome que ese, y con Loli diciendo que me quedaba de muerte.
Treinta horas después estaba colgado detrás de una puerta a la una de la madrugada, arrugado por la cintura, y era la prenda más cara que he comprado en cuatro años.
Y entonces me puse a escribir.
Y antes de escribir abrí la conversación entera y la leí de arriba abajo, que es una cosa que no había hecho nunca.
Nueve semanas. Setenta y cuatro mensajes suyos y ciento nueve míos.
Los suyos son todos así: vale , a las siete , tráela mañana , el jueves , no hace falta , ¿estás bien? . Ni un emoticono. Ni una broma. Ni una sola vez la palabra «perdona», porque ese hombre no ha llegado tarde a nada.
Los míos son largos, divertidísimos y en su mayoría explicaciones.
Versión uno , 00:41:
Julián, perdóname. Ha sido un día muy raro y creo que se me juntó todo: mi madre, la boda, la subasta el miércoles, tres semanas durmiendo cinco horas. No es excusa, pero
La borré en «pero». La borré por el «pero», que es la palabra con la que la gente introduce la excusa después de haber dicho que no hay excusa.
Versión dos , 00:58:
Julián, siento muchísimo lo de hoy. No sé qué me pasó, de verdad. Estaba todo bien, estaba saliendo todo perfecto, y de repente
La borré en «de repente». Porque no fue de repente. Porque me levanté a las siete, me duché, me plastifiqué un cronograma, engañé a mi madre con dos columnas, resolví una crisis de zapatos y a las once y cincuenta y tres de la mañana me quité un auricular y se lo puse en la mano a otra persona.
Eso no es «de repente». Eso es una salida por la puerta.
Y «no sé qué me pasó» es la excusa más cara de todas, porque es la que te deja fuera de tu propio expediente.
Versión tres , 01:20:
Perdóname. Es que llevo toda la vida
La borré en «es que».
Y ahí me quedé, sentada en el suelo del salón con la espalda contra el sofá, a la una y veinte de la madrugada del domingo once de noviembre, y me di cuenta de la cosa que llevaba treinta y nueve años sin ver.
Que yo no sé pedir perdón.
Que yo sé pedir perdón muy bien, de hecho: lo hago rápido, lo hago con gracia, lo hago mirando a los ojos y a veces hasta lo hago llorando un poco. Lo hago cuatro o cinco veces al año y funciona siempre.
Lo que yo no sé es pedir perdón sin explicar por qué.
Y una disculpa con explicación no es una disculpa. Es un informe pericial. Es un documento en el que se acredita que el daño existió pero que las circunstancias eran atenuantes y que la responsabilidad queda repartida entre las partes.
Yo llevo treinta y nueve años emitiendo informes periciales sobre mí misma.
Versión cuatro , 01:44:
Lo siento.
Dos palabras. Sin «es que». Sin «pero». Sin «de repente». Sin una sola línea de descargo.
Y me quedé mirándola en la pantalla veinte minutos y no la mandé, porque después de todo lo que había pasado aquel día, mandarle dos palabras a un hombre que llevaba desde las once y treinta y cinco de la mañana de pie en una escalinata me pareció, con muchísima razón, otra manera de escaquearse.
Apagué el móvil.
Dormí con la luz encendida, que es lo que llevo haciendo veinte meses menos una noche.