El arte de llegar tarde al amor 34. La boda, de todos modos
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34. La boda, de todos modos

La boda, de todos modos

La boda salió muy bien.

Eso hay que decirlo, y hay que decirlo el primero, porque la gente cree que cuando pasa una cosa así se estropea el día entero y no es verdad.

El día siguió. Cuarenta y cuatro personas comieron cordero, hubo discursos, se rieron mucho, un primo de Charo cantó, y a las cinco y cuarto sacaron una tarta de tres pisos y se aplaudió de pie.

Yo estuve en la mesa nueve con Greta, la tía de Fermín y un matrimonio de Villalba que resultaron ser gente estupenda.

La mesa nueve era la mesa de los que no encajan en ninguna otra, que en las bodas es siempre la mejor.

La tía de Fermín, ochenta y siete años, que había estado en la peluquería desde las ocho y media y a la que aquello le parecía un día magnífico. El matrimonio de Villalba, él antiguo compañero de Fermín y ella maestra jubilada. Un sobrino de Charo que no habló. Greta. Y yo.

Greta se portó como una señora durante hora y media y después sacó el cuaderno debajo del mantel y empezó a rellenar la tabla, y la maestra jubilada de Villalba lo vio y en vez de decirle nada le preguntó qué era, y Greta se lo explicó, y aquella mujer se pasó veinte minutos ayudándola a estimar la hora de llegada de la gente de la mesa siete.

—Aquellos han llegado tarde —decía la maestra—. Yo los he visto entrar cuando ya estaba servido el consomé.

—¿Y eso qué hora es?

—Eso son las tres menos veinte, hija.

Yo miraba aquello desde el otro lado de la mesa con una copa de vino en la mano y con un traje que no era mío.

Fermín Otero lloró tres veces.

La primera en la sala, cuando la funcionaria leyó lo de los deberes de respeto y ayuda mutua.

La segunda en las fotos del jardín, sin motivo aparente.

Y la tercera en el restaurante, a las cuatro menos veinte, cuando se puso de pie para dar las gracias y se sacó del bolsillo interior del chaqué, para leer, la carpeta de plástico.

Se equivocó de papel.

Sacó el horario de Cercanías. Los tres folios impresos, el C-4, el C-3 y el intervalo del 27 en sábado, que llevaba en la carpeta desde octubre por si algún invitado venía de Alcalá.

Y se quedó allí de pie, delante de cuarenta y cuatro personas, con un horario de trenes en la mano y sin encontrar el discurso.

—Perdonad. —Buscó en el otro bolsillo—. Perdonad, que me he traído...

Y ahí se le rompió la voz, con el horario en la mano, y no por el discurso. Fue por otra cosa, y creo que en aquella sala lo entendimos tres personas.

—Es que yo he pasado cuarenta y un años —dijo— diciéndole a la gente a qué hora llegan las cosas.

Silencio.

—Y no se me había ocurrido nunca que a mí me fuera a llegar algo.

Se sentó. Aplaudió todo el mundo de pie. Charo se puso a llorar y a reírse a la vez, que es una técnica que solo domina ella, y el primo cantó, y a partir de ahí aquello fue una boda muy buena.

Y hubo un momento, a las cuatro menos cuarto, entre el segundo plato y los discursos, en el que me quedé mirándola trabajar.

Estaba de pie junto a la puerta de la cocina con el vestido verde, señalando algo en un papel, y el maître le decía que no con la cabeza y ella le decía que sí con dos dedos, y al final el hombre se rio y se fue a hacer lo que ella le había dicho.

Cuarenta y cuatro personas comieron a la hora exacta.

Aquella mujer se había ido cincuenta y tres minutos de la boda de su madre y aun así la boda de su madre salió mejor que ninguna boda a la que yo haya ido en mi vida, y esas dos cosas son verdad a la vez, y llevo desde entonces sin saber qué hacer con ellas.

Yo no monté nada.

Quiero dejar constancia de eso, porque me lo he reprochado después de otra manera.

No dije ni una palabra en toda la comida. Fui educadísimo. Le corté la carne a la tía de Fermín, que tiene ochenta y siete años y artrosis. Hablé con el matrimonio de Villalba de la línea de Ávila durante veinte minutos y lo pasé bien. Le hice fotos a Greta con el móvil. Aplaudí de pie.

Y cuando Nora Roldán pasó por detrás de mi silla dos veces —dos, las conté— para hablar con el maître, no me giré ninguna de las dos.

Eso es lo que yo hago. Eso es exactamente lo que yo he hecho toda mi vida y por eso una mujer me dejó por previsible y otra me acaba de decir en una escalera que yo no me enfado nunca y que así el que queda mal siempre es el otro.

Tenía razón. Eso es lo peor.

Tenía toda la razón y me lo dijo para hacerme daño y aun así tenía razón, y hay una clase de puntería que solo tiene la gente que te ha estado mirando.

El primo cantó a las cuatro y media. Se llama Julio, tiene sesenta y un años y cantó una copla entera con la mano en el respaldo de una silla y un silencio de sala de conciertos.

Cantaba bien. De verdad. No bien de primo en boda: bien.

Y a mitad de la copla se me ocurrió mirar hacia el fondo del comedor, y ahí estaba ella, apoyada en la pared junto a la puerta de servicio, con el papel del maître todavía en la mano, escuchando.

No se estaba riendo. No estaba trabajando. Estaba escuchando cantar a un primo de su madre con la espalda contra una pared, sola, en una sala con cuarenta y cuatro personas sentadas.

A las cinco y cuarto sacaron la tarta.

Tres pisos, cobertura blanca, y arriba, en el centro, una figurita de novios de las de toda la vida. Entera. Con los dos.

Se levantó todo el mundo. Se aplaudió. Charo cortó con Fermín llevándole la mano, que es lo que se hace, y una prima gritó que se besaran y se besaron, y una boda de sesenta y tres y sesenta y ocho años besándose delante de cuarenta y cuatro personas es una cosa que conviene ver una vez en la vida.

Yo me quedé de pie al lado de mi hija, aplaudiendo, con las cinco y cuarto en el reloj.

A las cinco y cuarto, cuando saliera la tarta, cuando aquella mujer hubiera terminado su trabajo y por primera vez en tres semanas no tuviera un cronograma en la mano.

Lo tenía ensayado desde el miércoles. Lo había dicho dos veces en voz alta en un taller con la persiana bajada y treinta y nueve relojes de público.

Miré hacia la puerta de la cocina, donde estaba ella, de pie, con el vestido verde, hablando con el maître y señalando algo en un papel.

Y no me moví.

Y ahí, con la tarta cortada y la gente aplaudiendo, se me ocurrió una cosa que no se me había ocurrido en todo el día y que era la única importante: que yo no me había movido tampoco a las doce y cinco, ni a las doce y veinte, ni a las doce y treinta y uno.

Que había mandado cuatro palabras.

Que un hombre que a las doce y treinta y uno de la mañana escribe ¿estás bien? y se queda quieto en una escalinata durante otros catorce minutos no está siendo paciente.

Está esperando a que le den permiso para tener razón.

A las siete menos cuarto salí a la calle con Greta a esperar un taxi.

Y ella salió detrás.

—Julián.

—Greta, ponte ahí en la marquesina, que corre el aire.

Greta se apartó cuatro metros con su bolso de tela, y se quedó de espaldas, que es una cosa que hace desde los ocho años y que yo no le he enseñado.

—Julián, escúchame un segundo.

—Te escucho.

—Lo de la escalera lo he dicho para hacerte daño.

—Ya lo sé.

—Y lo de la etiqueta es verdad, pero lo he contado así para hacerte daño.

—Eso también lo sé.

—Entonces di algo. —Se le rompió un poco la voz, y no se lo permitió—. Grítame, o vete, o dime que soy una hija de puta. Pero di algo, Julián, porque llevas cinco horas siendo amabilísimo y me estoy volviendo loca.

Y yo le dije lo único verdadero que dije en todo el sábado diez de noviembre.

—No estoy enfadado.

—Ya, si eso ya...

—Déjame. —Me metí las manos en los bolsillos del traje de mi padre—. No estoy enfadado. Es que ya sé cómo sigue.

Se quedó parada.

—¿Cómo sigue qué?

—Esto. —Y señalé la acera, la puerta del restaurante, la marquesina, todo—.

Sé cómo sigue porque lo he hecho ya. Sé que ahora vienen tres semanas muy buenas.

Sé que el jueves vas a venir a las siete en punto y vas a traer algo, y va a ser bonito.

Y sé que dentro de dos meses, o de cinco, o de un año, va a haber otra vez una escalera.

—Julián, eso no lo puedes saber.

—No lo puedo saber —dije—. Pero lo he visto.

Silencio en la calle.

—Y lo que no puedo hacer —dije— es lo que llevo haciendo desde las once y treinta y cinco de esta mañana.

—¿Qué llevas haciendo?

—Esperar a que llegues y decir que no pasa nada.

Y ahí levantó la cabeza, porque esa mujer es muy rápida y porque sabe perfectamente de dónde viene esa frase, y a mí me dio igual, que es la única vez en toda mi vida que me ha dado igual una cosa así.

Llegó el taxi.

Llamé a Greta. Le abrí la puerta. Y antes de subir, con la mano en el techo del coche, hice la única cosa de aquel día de la que no me arrepiento y de la que me arrepiento todos los días, según la semana.

—Nora.

—Dime.

—Yo me voy primero.

Se quedó en la acera con el vestido verde y el bolso, delante de la puerta de un restaurante donde su madre estaba bailando con un jubilado de Renfe.

—Vale —dijo.

—No es por castigarte.

—Ya lo sé.

—Es que llevo veintiún años sin irme primero de ningún sitio —dije— y me acabo de dar cuenta de que eso tampoco es una virtud.

Subí. Cerré. El taxi arrancó.

Greta iba a mi lado con el vestido azul, los zapatos nuevos, las dos tiritas y el cuaderno cuadriculado en el bolso de tela, mirando por la ventanilla.

—Papá.

—Dime.

—¿Rompo la página?

Y yo, que llevaba desde las doce y cuarenta y cinco sin poder tragar bien, le contesté que no.

—¿Por qué no?

—Porque los datos no son de nadie —dije.

Y mi hija se quedó callada el resto del camino, y cuando llegamos a Trafalgar y yo estaba pagando, dijo, en voz muy bajita, mirándose los zapatos:

—Es que a mí me caía bien.