33. Cincuenta y tres minutos
Cincuenta y tres minutos
A las once y cincuenta y dos estábamos en la escalinata y todo estaba controlado.
A las once y cincuenta y tres me quité el auricular.
Voy a contarlo entero. Ese es el trato que hice conmigo misma al empezar esto y este es el capítulo por el que existe el trato.
A las once y cincuenta y dos bajamos del coche. Fermín subió los cuatro escalones a por mi madre y le dio el brazo, y ella se rio, y alguien hizo una foto. Carlota entró a comprobar la sala. Puri y Antonio estaban dentro. Los cuarenta y cuatro invitados estaban dentro. La funcionaria estaba dentro.
Y en el rellano de la escalinata, delante de la puerta, estaban Julián Sarmiento con el traje de su padre y Greta con un cronómetro amarillo.
Ocho minutos de ventaja. El mejor trabajo de mi vida.
Y entonces pasaron tres cosas en cuarenta segundos.
La primera: mi madre, colgada del brazo de Fermín, se giró hacia mí y me dijo, delante de todos, con la voz que pone cuando algo le sale de dentro y no lo ha ensayado:
—Hija, no te separes de mí ahí adentro.
La segunda: Fermín Otero, con la flor torcida y la carpeta de plástico todavía en la mano, se acercó, me cogió del antebrazo y me dijo al oído:
—Nora, gracias. Yo esto no lo habría sabido hacer.
Y la tercera: por encima del hombro de Fermín vi a Julián.
Estaba de pie a tres metros, con las manos cruzadas por delante, con el traje gris marengo de un hombre muerto en 2005, mirándome. Y a su lado Greta, con el cuaderno en el bolso de tela y el cronómetro en la mano, mirándome también.
Y él movió la barbilla hacia mí, medio centímetro, con las cejas un poco levantadas, que es la manera que tiene ese hombre de decir lo has hecho bien .
Y yo vi el resto de mi vida.
La vi entera y en dos segundos, que es como se ven estas cosas, y era esto: una mujer a la que un señor espera en una escalinata.
Una mujer a la que le ponen la mesa a las dos.
Una mujer que los jueves llega a las siete en punto sin acordarse de haberlo decidido, y a la que una niña le dibuja una columna con la regla que va bajando, y bajando, y bajando hasta que un día la tabla es toda igual y ya no dice nada y se acaba.
Una mujer a la que esperan.
O sea, la que quiere más. O sea, la que pierde.
—Voy un momento al coche —dije.
Y esto es importante y por eso lo pongo aquí: era verdad.
Los zapatos grises estaban en el maletero.
Mi madre llevaba los negros de 2011 desde las once menos veinte y a las dos y media le iban a doler, y el plan —mi plan, el bueno, el que le expliqué a Carlota en un pasillo de Ponzano— era darle los grises en el restaurante.
El coche estaba aparcado a doscientos metros, en una carga y descarga, con el conductor esperando.
Era un recado de verdad. Existía. Estaba en el cronograma, en la columna de la derecha, con letra pequeña: zapatos grises → maletero → restaurante .
Me quité el auricular, se lo puse a Carlota en la mano y dije «vuelvo en cinco».
Tardé seis minutos en llegar al coche, coger la bolsa de los zapatos y volver a estar a cincuenta metros de la escalinata.
Seis minutos.
Eran las doce menos uno.
Y no subí.
Crucé la calle, seguí andando, y a las doce y dos minutos entré en una cafetería de la calle Mayor con una bolsa de Novias Beatriz en la mano y pedí un café.
Ahora la parte que no le he contado a nadie, ni a Carlota, ni a él, ni a mi madre.
No estaba llorando. No estaba temblando. No estaba en ningún ataque de nada.
Estaba tranquilísima.
Estaba sentada en un taburete de una cafetería de la calle Mayor a las doce y cinco del sábado diez de noviembre, con una bolsa de zapatos en las rodillas, viendo un televisor sin sonido, con la misma paz exacta que había sentido en El Cruce el veintitrés de octubre y en el bar de enfrente de la Fundación Zurbano en 2019 y en un salón con la puerta abierta leyendo un catálogo de Colonia.
Y me dije, con estas palabras: ahora subo.
Me lo dije a las doce y cinco. Y a las doce y once. Y a las doce y dieciocho.
A las doce y veintitrés vibró el móvil. Era Carlota. No lo cogí.
A las doce y veintiséis vibró otra vez. Carlota. No lo cogí.
A las doce y treinta y uno entró un mensaje de Julián que decía, entero:
¿Estás bien?
Cuatro palabras. Sin punto. Sin reproche. Un hombre que a las doce y treinta y uno de la mañana del día en que se casa la madre de la mujer con la que se acuesta, y que lleva desde las once y treinta y cinco en una escalinata, escribe cuatro palabras para preguntarle si está bien.
Lo leí. No contesté. Dejé el móvil boca abajo encima de la barra.
Y a las doce y cuarenta pagué el café, cogí la bolsa y volví.
Cincuenta y tres minutos.
Subí los cuatro escalones a las doce y cuarenta y cinco y la puerta de la sala estaba abierta y ya estaba saliendo la gente.
Mi madre estaba casada.
Habían aguantado catorce minutos. Eso me lo contó Carlota después: la funcionaria dijo a las doce y diez que tenía otra a la una, y Fermín dijo que empezaran, y mi madre dijo que no, que esperaba, y Fermín le dijo algo al oído, y a las doce y catorce empezaron.
Y mi madre se casó por cuarta vez mirando la puerta.
Eso también me lo contó Carlota. Que mientras la funcionaria leía los artículos del Código Civil, Rosario Roldán, sesenta y tres años, vestido gris perla, tenía la cabeza girada hacia la puerta del fondo.
La primera que me vio fue Greta.
Estaba en el rellano, sola, con el bolso de tela y el vestido azul, apartada de la gente que salía. Levantó la cabeza. Levantó la mano con el cronómetro amarillo.
Y dijo, en voz normal, sin ninguna maldad, que es como lo dice todo:
—Cincuenta y tres minutos.
No dijo nada más.
Se giró y se metió entre la gente a buscar a su padre, y yo me quedé en el rellano con una bolsa de zapatos grises en la mano.
Mi madre salió a los dos minutos.
No me montó nada. Eso es lo peor de esta familia. Vino directa hacia mí con el ramo en una mano y a Fermín en la otra, y me dio dos besos, y me dijo:
—Ay, hija, ¿qué ha pasado?
Y yo dije:
—Los zapatos.
Y levanté la bolsa.
Y mi madre miró la bolsa de Novias Beatriz, y después me miró a mí, y estuvo dos segundos completos sin decir nada, que es un fenómeno meteorológico, y luego dijo:
—Ah, claro. Los zapatos.
Y me cogió del brazo, como hace siempre, y me llevó hacia las escaleras del jardín donde estaban esperando para las fotos, y por el camino le dijo a una prima suya que yo me había tenido que ir a resolver una cosa, y lo dijo con orgullo.
Con orgullo.
Mi madre, que llegó una hora y cuarenta y un minutos tarde a mi festival de ballet de 1996 y que llegó a las nueve y cuarenta a un portal en el que yo llevaba desde las cinco menos diez, me cubrió delante de su prima el día de su boda.
Y esa fue la primera vez en todo el sábado que se me estropeó algo por dentro.
Julián estaba al pie de la escalera del jardín, esperando a que Greta terminara de saludar a la tía de Fermín.
Me acerqué.
—Perdona. Ha sido...
—No hace falta.
—Julián, déjame que te...
—Nora, que no hace falta.
Y ahí es donde debería haber parado.
Ahí. En ese punto exacto. Un hombre que te dice dos veces «no hace falta» en la escalera de un jardín municipal el día de la boda de tu madre no te está perdonando: te está pidiendo que no le hagas explicarse delante de cuarenta y cuatro personas.
Y yo miré su cara.
Y su cara era la cara.
No estaba enfadado. No estaba dolido. No había nada.
Era la cara de un hombre que ha planchado una camisa a las dos de la tarde para una cena de las nueve menos cuarto, que ha puesto la mesa, que se ha cambiado dos veces y que a las nueve y media todavía está sentado en su silla diciéndole a su hija que no pasa nada.
Yo esa cara no la había visto nunca. Me la habían contado. Me la contó una niña de diez años en septiembre, a través de una cortina, con la boca llena de manzana, y a mí me pareció una frase graciosa y me la guardé para gastarla.
Y ahí la tenía delante, en una escalera, puesta por mí.
Y lo que hice —y esto es lo que tengo que escribir aunque me cueste el resto del libro— fue atacar.
—No me mires así.
—No te estoy mirando de ninguna manera.
—Me estás mirando exactamente así.
—Nora, tu madre está esperando para las fotos.
—¿Sabes lo que pasa contigo? —dije—. Que tú no te enfadas nunca. Que tú lo entiendes todo. Que tú llegas cuarenta minutos antes y te sientas y esperas y no dices nada, y así el que queda mal siempre es el otro.
—Puede ser.
—No digas «puede ser».
—Es que puede ser.
Y entonces lo dije.
Lo dije muy deprisa, muy bien, con la puntería que tengo cuando quiero hacer daño de verdad, que es la mejor puntería de mi familia y viene de tres generaciones.
—¿Tú sabes cómo llegué a tu tienda?
Silencio.
—Porque no fue el destino, Julián. Fue el diecisiete de septiembre a las siete y media de la tarde, en un almacén de la calle Moratín. Le di la vuelta al reloj y había una etiqueta pegada por dentro de la puerta trasera que ponía «Relojería Sarmiento, Trafalgar veinticuatro, revisado en 1987».
—Ya lo sé. Yo tenía seis años.
—Y lo leí, y no dije nada, y esa misma tarde cogí el metro en dirección contraria a mi casa y me planté en la acera de enfrente de tu escaparate y te estuve mirando nueve minutos.
Julián Sarmiento no se movió.
—Nueve minutos. Los conté. Estabas con la lupa puesta y no levantaste la cabeza ni una vez.
Y no entré, porque si entraba yo era la que se acordaba.
Y dos días después, en un comité de catalogación, propuse tu taller como perito del lote veintitrés.
Por criterio técnico. Y cuando Braulio me preguntó si te conocía, dije que de nombre.
Silencio en la escalera de un jardín municipal.
—Y el veintiuno de septiembre entré en tu tienda con el reloj y puse esa cara de no acordarme —dije— porque necesitaba que pareciera que la vida es casualidad.
Cuarenta y cuatro personas haciéndose fotos a doce metros. Fermín riéndose de algo. Mi madre diciéndole a alguien que se ponga a la izquierda.
Y Julián Sarmiento, con el traje de su padre, dijo:
—Vale.
—¿Vale?
—Vale.
Y se giró, y subió los tres escalones del jardín, y le puso la mano en el hombro a su hija para colocarla en la foto de familia de una mujer a la que conoce desde el ocho de noviembre.