El arte de llegar tarde al amor 32. Chaqué de segunda mano
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32. Chaqué de segunda mano

Chaqué de segunda mano

El traje es de mi padre.

Amparo me lo sacó de mangas el jueves. Dos centímetros y medio, cosidos a mano en el mostrador de la mercería entre una clienta y otra, y no me quiso cobrar y le dejé un billete debajo de la caja de las cintas.

—Julián, hijo, este traje es una preciosidad.

—Es de mi padre.

—Ya lo sé. Se lo vendí yo el forro.

Me lo puse a las diez de la mañana del sábado diez de noviembre en el dormitorio de un piso encima de una relojería de la calle Trafalgar, delante de un espejo de armario con la luna picada, y me quedé quieto un momento, porque me pareció por el rabillo del ojo que había otra persona en el cuarto.

Después bajé a la tienda a por la corbata buena, que la guardo allí porque allí es donde tengo el cajón de las cosas que no pierdo.

Bajé también a por la corbata porque no quería estar arriba.

Ese piso tiene sesenta metros y yo llevo viviendo en él desde 2016, y aquella mañana, con el traje de mi padre puesto, se me hizo pequeñísimo. Me pasé diez minutos buscando un gemelo que no necesitaba porque la camisa no lleva gemelos.

Eso es lo que yo hago cuando estoy nervioso: busco cosas.

Greta llevaba levantada desde las ocho.

—Papá.

—Dime.

—¿Te pongo la tabla?

—¿Qué tabla?

—La de hoy.

Y me enseñó el cuaderno.

Había hecho una página nueva. Con la regla, como todo lo suyo. Cuatro columnas: NOMbrE / HORA PREVISTA / HORA REAL / DIFERENCIA. Y una lista de nombres escrita con su letra grande y redonda, con la ortografía de una niña de diez años que ha oído los apellidos y no los ha visto escritos nunca.

Fermin. Charo. Nora. Carlota. Puri y Antonio (juntos). Tia de Fermin. Los del quinto. Yo. Papa.

—Greta.

—¿Qué?

—No vamos a cronometrar una boda entera.

—Solo son nueve.

—Son cuarenta y cuatro invitados.

—Ya, pero de los otros no sé los nombres —dijo, con toda la lógica del mundo—. A esos los pongo en «otros» y hago la media.

Me senté en el escalón de la tienda con la corbata en la mano.

—¿Y qué crees que va a pasar?

Se lo tomó en serio. Se apoyó en el mostrador, miró la lista y fue una por una, y voy a transcribirlo tal cual porque es lo último bueno que pasó aquel día y porque después ya no hubo nada más.

—Fermín va a estar a las nueve.

—Fermín va a estar a las nueve —confirmé.

—Charo va a llegar tarde pero poco, porque Nora la va a engañar con la hora.

—¿Y tú eso cómo lo sabes?

—Porque yo lo haría —dijo mi hija—. Puri y Antonio van a llegar bien porque el otro día se equivocaron y ahora tienen miedo.

Carlota va a llegar a la hora exacta porque es abogada.

Los del quinto no lo sé. Y la tía de Fermín tiene ochenta y siete, o sea que la traen, o sea que depende del que la trae.

—¿Y Nora?

Greta cogió el boli y escribió un número en la casilla de HORA PREVISTA sin dudarlo.

11:55.

—¿Cinco minutos antes?

—Es que hoy trabaja —dijo—. Cuando trabaja no llega tarde nunca. Yo eso lo he mirado.

Estuve un rato mirando aquella casilla.

Un rato bastante largo, para lo que dura un rato en un escalón un sábado por la mañana con la corbata en la mano.

Y lo que pensé fue lo siguiente, y lo pensé entero y con estas palabras: mi hija de diez años ha entendido en dos meses una cosa sobre esa mujer que yo llevo desde septiembre sin querer mirar.

Que cuando la esperan por trabajo llega. Que cuando la esperan por lo otro, no.

Y después me dije que eso era una tontería, y me puse la corbata.

Antes de salir hubo dos cosas.

La primera fue Amparo. Subió a las diez y media con una plancha de vapor de mano, que no le había pedido nadie, «para los hombros», y me estuvo dando vueltas alrededor durante seis minutos como si yo fuera un maniquí, y al terminar se apartó dos pasos, me miró de arriba abajo y dijo:

—Ay, Julián.

—No empieces, Amparo.

—Si no digo nada.

—Estás diciendo mucho.

—Es que eres igual que tu padre —dijo, y recogió la plancha y se fue muy deprisa, porque Amparo llora en la escalera y no delante de la gente, que es una costumbre que yo respeto y comparto.

La segunda fue la corbata.

Elegí la azul oscuro. Me la puse tres veces.

La primera me quedó larga, la segunda corta y la tercera bien, y en la tercera, delante del espejo picado del armario, con mi hija chillando desde el pasillo que se nos hacía tarde, me acordé de una cosa que no me venía a la cabeza desde hacía veinte años.

Que a mi padre le quedaban siempre mal las corbatas. Siempre. Cortas. Y que mi madre se lo decía y él contestaba que qué más daba, que él estaba detrás de un mostrador.

Y que el día que se murió, en 2005, yo abrí ese armario y la funda de plástico tenía todavía el ticket de la tintorería puesto de la boda de mi tía, de 1987. Dieciocho años.

Un hombre con un traje bueno en el armario y ningún sitio al que ir.

Me ajusté el nudo y bajé.

Salimos a las once y diez.

Greta llevaba el vestido azul que le compró su madre, los zapatos nuevos, una tirita en cada talón puesta preventivamente por indicación materna, el cuaderno cuadriculado en un bolso de tela y un cronómetro de plástico amarillo que le regalaron en un cumpleaños y que ella considera material de trabajo.

Al pasar por delante de la mercería, Amparo estaba en la puerta con el delantal puesto, aunque los sábados abre a las diez y media y ya eran las once y diez.

Estaba esperando para vernos pasar.

Levantó la mano. Greta le hizo una reverencia con el vestido azul, que es una cosa que se le ha ocurrido a ella y que le sale fatal. Y Amparo se quedó en la puerta de su tienda mirándonos bajar la calle Trafalgar hasta que doblamos.

Eso también hay que ponerlo, porque a mí aquel día me pareció una tontería y llevo desde entonces acordándome.

Fuimos andando hasta Cuatro Caminos y cogimos el metro, y en el vagón, sentada a mi lado con el cuaderno en las rodillas, me dijo:

—¿Cuándo se lo dices?

—¿El qué?

—Papá.

—Después de comer.

—¿Seguro?

—Después de comer, cuando saquen la tarta y esté todo el mundo de pie y ella ya no tenga nada que organizar.

Y era verdad. Lo tenía pensado desde el miércoles y lo tenía pensado bien, que es como lo tengo todo.

A las cinco, cuando saliera la tarta, cuando aquella mujer hubiera terminado su trabajo y por primera vez en tres semanas no tuviera un cronograma en la mano, yo me iba a acercar con Greta y le iba a decir, delante de su madre, de Fermín, de Carlota y de los cuarenta y cuatro invitados que no me conocen de nada:

El viernes salimos a las cuatro. Coge ropa de abrigo, que allí hace más frío del que parece.

Eso. Sin preguntar nada. Dándolo por hecho.

Porque un hombre que lleva veintiún años sin pedir nada, cuando por fin pide algo, se pasa cuatro días ensayando la manera de pedirlo que se parezca lo más posible a no estar pidiéndolo.

Lo había ensayado en el taller, en voz alta, dos veces, un jueves por la noche, con la persiana bajada y treinta y nueve relojes de público.

En el metro, entre Cuatro Caminos y Bilbao, Greta se puso a rellenar las casillas de las cosas que ya sabía.

—Papá: 11:35. Yo: 11:35.

—Eso no vale, que venimos juntos.

—Sí que vale. La hora es la hora.

—¿Y quién nos ha citado a las once y treinta y cinco?

Levantó la cabeza del cuaderno y me miró con una paciencia infinita.

—Nadie —dijo—. Por eso te lo apunto en tu columna y no en la de la boda.

Llegamos al Ayuntamiento a las once y treinta y cinco.

El chaqué de Fermín es de segunda mano y se lo cuenta a todo el que pregunte, y a los que no preguntan también.

Se lo compró en septiembre en una tienda de Tetuán que vende ropa de ceremonia usada, por ciento veinte euros, y lo cuenta con el orgullo de un hombre que ha hecho una compra inteligente. Le queda grande de hombros y corto de manga.

—Me lo iba a alquilar —me explicó aquella mañana en la escalinata—. Pero fíjate: alquilarlo eran ochenta euros por un día. Y comprarlo, ciento veinte para siempre.

—Don Fermín, ¿usted cuántas veces se va a poner un chaqué?

Se quedó pensando.

—Una —dijo.

Y luego, contentísimo:

—Pero es mío.

Fermín Otero estaba en la escalinata con el chaqué, la carpeta de plástico y una flor blanca en el ojal puesta torcida. Llevaba allí desde las nueve y media. Cuando nos vio subir levantó las dos manos como si llegara un tren.

—¡Ya está aquí el relojero!

—Buenos días, don Fermín.

—Julián, hijo, hazme un favor. —Se sacó el reloj de bolsillo del chaleco, el Cortébert de su padre, y me lo puso en la mano—. Que se me ha parado.

Lo abrí allí mismo, de pie en la escalinata de un ayuntamiento, con el traje de mi padre puesto.

No estaba parado. Estaba sin cuerda. Le di doce vueltas, lo puse en hora con el móvil de Greta y se lo devolví.

—Cuerda, don Fermín. Todos los días, por la mañana, siempre a la misma hora.

—¿Todos los días?

—Todos los días de su vida.

Fermín Otero se guardó el reloj de su padre en el chaleco, se puso derecho, miró la calle por donde tenía que venir el coche y dijo:

—Pues eso lo hago yo.