31. El día B, hora cero
El día B, hora cero
El despertador sonó a las siete y yo ya estaba despierta, que es lo que pasa cuando lo compruebas dos veces.
A las siete y cuarto tenía el documento impreso.
Voy a poner el encabezado tal cual, porque Carlota se pasó todo el sábado llamándolo «contabilidad B» y creo que tiene derecho al crédito.
HITO HORA CHARO HORA REAL Peluquería (Loli, Ponzano) 9:00 9:30 Vuelta a casa / vestido 10:30 10:50 Coche en el portal 11:00 11:15 Llegada Ayuntamiento 11:40 11:55 Ceremonia 12:00 12:00 Fotos jardín 12:40 12:40 Restaurante (44 pax) 14:00 14:00 Tarta 17:00 17:00
Treinta minutos de colchón en la peluquería. Veinte en el vestido. Quince en el coche. Quince más en el trayecto.
Ochenta minutos de mentira repartidos a lo largo de una mañana, dosificados como se dosifica un medicamento, con un criterio que yo había calculado sobre once años de datos observacionales y treinta y nueve de convivencia.
A la columna de la derecha solo teníamos acceso Carlota y yo.
—Esto es lo más bonito que has hecho nunca —dijo Carlota, en el coche, a las ocho y cuarto de la mañana, mirando el plastificado.
—Es logística.
—Es una obra de arte del engaño maternofilial. Yo esto lo enmarco.
—Carlota.
—Nora, yo redacto convenios reguladores. Esto es mejor que un convenio regulador. Esto tiene columnas.
Llegamos a Ponzano a las nueve menos veinte. Mi madre bajó a las nueve y once, o sea once minutos tarde sobre la hora falsa y diecinueve minutos antes sobre la real, y entró en la peluquería diciendo «ay, perdón, perdón» a nadie.
—¿Vas bien? —me preguntó Carlota.
—Voy diecinueve minutos por delante.
—Nora, tienes cara de estar dirigiendo un desembarco.
—Es que estoy dirigiendo un desembarco.
—Pues disfrútalo un poco, hija, que se casa tu madre.
Y yo dije que sí y me quedé mirando el plastificado, porque en aquel momento no se me ocurrió que aquello fuera un consejo.
Yo tenía el margen entero en el bolsillo y nadie lo sabía.
Dentro de la peluquería, la Loli de Ponzano tenía montado un operativo.
Cuatro sillones ocupados: mi madre, su prima Merceditas, la tía de Fermín —que tiene ochenta y siete años y a la que habían traído a las ocho y media, tres horas antes de lo necesario, por un motivo que nadie supo explicarme— y una señora que no iba a la boda y que se había metido allí a teñirse a las nueve de la mañana de un sábado sin saber dónde se metía.
Carlota se sentó en la silla de espera con el plastificado en las rodillas y el móvil en la mano, y a partir de ahí se convirtió en algo que no le he visto ser en veinte años, que es feliz.
—Puri y Antonio confirmados. Salen a las once.
—¿Se lo has mandado por escrito?
—Por escrito, con la dirección, el nombre del edificio, la planta y una foto de la fachada.
—¿Foto de la fachada?
—Nora, esa gente se equivocó de juzgado —dijo Carlota—. Yo con esa gente ya no me arriesgo.
Mi madre, desde el sillón dos, con la cabeza dentro de un casco:
—¡Qué bien lo estáis llevando!
—¡Gracias, mamá!
—¡Es que yo con estas cosas me pongo malísima!
Y Loli, la de Ponzano, mirándome por el espejo mientras le colocaba una horquilla a mi madre en la nuca:
—Es que es un cielo, tu madre.
—Ya, Loli.
A las diez menos veinte llamé a Fermín para confirmar.
—Fermín, ¿tú a qué hora piensas ir al Ayuntamiento?
Silencio de dos segundos.
—Ya estoy.
—¿Ya estás dónde?
—Aquí. En la puerta.
—Fermín, son las diez menos veinte.
—Ya. —Se oía tráfico—. Es que me he despertado a las cinco y media y he estado dando vueltas por casa, y a las ocho ya no podía más y me he venido andando.
—Fermín, la ceremonia es a las doce.
—Ya lo sé, hija. —Y lo dijo con una alegría de niño—. Es que hace una mañana muy buena.
Un hombre de sesenta y ocho años esperando dos horas y veinte minutos en la puerta de un ayuntamiento el día de su boda, contentísimo, porque hacía buena mañana.
Colgué y me quedé un momento con el móvil en la mano en la puerta de una peluquería de Ponzano, con el plastificado en la otra, sintiendo una cosa que no supe nombrar hasta la noche.
En la calle, entre la peluquería y el portal, hice una cosa que llevaba haciendo desde las siete y media de la mañana cada cuarenta minutos.
Me metí la mano en el bolsillo del abrigo y comprobé que el sobre seguía ahí.
No era el sobre. El sobre estaba en el cajón de la mesa del salón de mi casa. Lo que llevaba en el bolsillo era un papel doblado en cuatro en el que yo, a las siete y veinte de aquella mañana, sentada en la cama, había escrito con boli tres frases y las había tachado todas.
Sí.
Sí, pero no digas nada delante de mi madre.
Julián, sí. Y perdona lo de las cuatro décimas.
Las tres tachadas. Ninguna nueva.
Ese papel me pesó todo el sábado en el bolsillo derecho del abrigo como pesa un móvil sin batería, que es un objeto que no sirve para nada y que aun así uno lleva encima porque no se atreve a dejarlo en casa.
A las once menos veinte, en casa de mi madre, empezó la crisis de los zapatos.
Los zapatos eran de Novias Beatriz, grises, de tacón medio, y llevaban comprados desde el veinte de octubre. Mi madre se los puso, dio cuatro pasos por el pasillo y dijo:
—Estos no.
—Mamá.
—Estos me hacen daño.
—Estos son los que te has probado tres veces.
—Es que en la tienda hay moqueta, hija.
Y ahí, en un pasillo de la calle Ponzano, con el vestido gris perla puesto y el pelo hecho, Rosario Roldán se metió en el armario y sacó unos zapatos negros de 2011.
—Mamá, el vestido es gris perla.
—Y estos son negros, que va con todo.
—Mamá.
—Nora, ¿tú sabes lo que es estar de pie desde las doce hasta las cinco?
Y yo, que llevaba tres minutos de retraso sobre la columna de la derecha y diecisiete de margen sobre la de la izquierda, hice lo que hacen los profesionales.
—Vale —dije—. Ponte los negros.
Carlota me miró desde la puerta del salón como se mira a un cirujano.
—¿Le vas a dejar?
—Le voy a dejar los negros y le voy a meter los grises en el coche —dije, muy bajo—. A las dos y media le van a doler los negros y entonces le doy los grises y ella se los pone y va a estar contentísima de haber tenido esa idea.
—Nora.
—Y así no perdemos ocho minutos discutiendo ahora.
—Nora, tú deberías dirigir un país.
Antes de bajar hubo otras cuatro incidencias que resolví y que anoto por si algún día alguien quiere entender en qué consiste exactamente ser responsable de puntualidad de una boda.
Una: el ramo llegó a las diez y cuarenta con las flores correctas y el lazo equivocado. Se resolvió con el lazo del bolso de Carlota, que era beige y que Carlota descosió del bolso con los dientes.
Dos: mi madre quiso llamar a su hermana de Valencia «un momentito». Le dije que la llamábamos desde el coche y la llamamos desde el coche.
Tres: apareció un pendiente y no apareció el otro. Estaba en el bolsillo del abrigo del jueves. Lo encontró Carlota en cuatro minutos aplicando el mismo método con el que localiza patrimonio oculto en un divorcio, que consiste, cito, en «buscar donde la persona haya sido feliz».
Y cuatro: a las once y ocho, cuando ya estábamos en la puerta, mi madre se paró en el recibidor y dijo que no encontraba el bolso pequeño.
Lo tenía en la mano.
El coche llegó al portal a las once y once.
Bajamos a las once y diecinueve. Cuatro minutos de retraso sobre la columna real y cero problemas, porque los cuatro minutos estaban previstos dentro de los quince del trayecto.
Y en el coche, camino del Ayuntamiento, mi madre me cogió la mano.
Iba a mi izquierda, con el vestido gris perla, el pelo de la Loli de Ponzano, los zapatos negros de 2011 y el bolso pequeño encima de las rodillas, y me cogió la mano por encima del asiento sin decir nada y sin mirarme, mirando por la ventanilla la calle Bravo Murillo, que es la calle en la que ha vivido cuarenta y un años.
Estuvo así tres semáforos.
—¿Estás bien? —dije.
—Estoy nerviosa.
—Es la cuarta, mamá.
—Ya —dijo Rosario Roldán, sin apartar la vista de la ventanilla—. Es que las otras tres no me esperaba nadie en la puerta desde las ocho de la mañana.
En el segundo semáforo, mi madre, sin soltarme la mano y sin dejar de mirar por la ventanilla, dijo:
—Oye, ¿y el relojero?
—Está allí.
—¿Desde cuándo?
—Desde las once y media.
—Ay. —Y sonrió a la ventanilla—. Qué gente.
Llegamos a las once y cincuenta y dos.
Tres minutos por delante de la hora real.
Ocho minutos de ventaja sobre la ceremonia.
Fermín en la puerta desde las nueve y media con el chaqué y la carpeta de plástico.
Puri y Antonio dentro, en el sitio correcto esta vez, avisados por escrito, por mensaje y por llamada.
Cuarenta y cuatro invitados. La sala reservada. La funcionaria puntual.
Yo bajé del coche con el plastificado en una mano y el bolso en la otra, ayudé a mi madre a salir sin que se le enganchara el vestido, le di el bolso pequeño a Carlota, comprobé que los zapatos grises estaban en el maletero y miré el reloj del móvil.
11:52.
Y pensé, con las mismas palabras exactas que había pensado un lunes de octubre en mi propio salón con la luz apagada:
Esto lo tienes controlado.