30. La pregunta
La pregunta
Me despertó el telefonillo a las once y cuarenta y dos de la noche del viernes.
No estaba dormida. Estaba en esa fase anterior en la que una está tumbada a oscuras haciendo listas: el coche a las once y cuarto, la peluquería a las nueve y media, avisar al restaurante de que somos cuarenta y cuatro y no cuarenta y seis, el vestido verde colgado detrás de la puerta como un aviso.
—¿Sí?
—Soy yo.
Le abrí y me puse una sudadera encima del pijama, que era un pijama de invierno de los feos, y no me dio tiempo a hacer nada más, porque son dos pisos.
Subió con el abrigo puesto encima de un jersey, sin afeitar desde por la mañana, con las orejas rojas de frío y un sobre en la mano.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Julián, son las doce menos cuarto.
—Ya lo sé. Lo he mirado tres veces en el portal.
Entró. Se quedó de pie en mitad del salón, en el mismo sitio exacto en el que se quedó la primera noche, con las manos un poco separadas del cuerpo.
—Siéntate.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que si me siento, esto se convierte en una conversación —dijo—, y llevo doce días convirtiendo esto en una conversación.
Y me dio el sobre.
Era un sobre normal, blanco, de los de carta, un poco abombado. Sin nada escrito por fuera. Lo abrí de pie, en mitad de mi salón, a las doce menos trece minutos de la noche, con una sudadera encima del pijama de invierno.
Dentro había dos cosas.
La primera era la impresión de una reserva de hotel. Comillas, Cantabria. Tres noches, del viernes dieciséis al domingo dieciocho. Dos habitaciones. Régimen de alojamiento y desayuno. Cancelación gratuita hasta cuarenta y ocho horas antes.
Y en el apartado de titulares de la reserva, tres nombres:
Julián Sarmiento Ruiz. Greta Sarmiento Vélez. Nora Roldán.
La segunda cosa era un folio doblado en cuatro, escrito a mano, con bolígrafo azul, con esa letra pequeña de estilográfica que yo ya había visto una vez en la última fila de un cuaderno cuadriculado.
Viernes: llegar, cenar allí. Sábado: Santillana por la mañana. La playa por la tarde (G. no ha visto el mar en invierno). Domingo: volver despacio, parar a comer.
Eso es todo. Tres líneas. Un plan de tres días escrito a mano por un hombre de cuarenta y cinco años que escribe las cosas a mano cuando quiere que salgan bien.
Levanté la cabeza.
—¿Cuándo has reservado esto?
—El veintinueve de octubre.
—El veintinueve de octubre.
—El lunes anterior.
—Julián, el veintinueve de octubre nosotros no...
—Ya lo sé.
—Nosotros el veintinueve de octubre no éramos nada.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso no te lo dije.
Y se quedó allí de pie, en mitad de mi salón, con el abrigo puesto y las manos por fin quietas.
—Lo he tenido en un cajón trece días. Primero en casa y luego en el banco de la tienda, debajo de las facturas.
Y he tenido nueve o diez ocasiones buenas y no lo he sacado ninguna vez, y el sábado pasado mi hija me preguntó por qué, y le dije que no había prisa.
—Se pasó la mano por la cara—. Y esta noche mi exmujer me ha dicho, apoyada en un coche, que llegar antes es muy fácil y que lo difícil es pedir algo.
—Julián.
—Déjame terminar, que llevo tres horas montándolo y si me paras se me cae.
Me callé.
—Yo llevo veintiún años sin pedirle nada a nadie —dijo—. A Sonia no le pedí nada en doce años. Ni una vez. Y me pareció que eso era ser bueno, y resulta que era ser cómodo, porque al que no pide no le pueden decir que no.
Silencio en la calle Cardenal Cisneros.
—Así que te lo pido.
—Vale.
—Te pido tres días en Comillas con mi hija. Y te pido otra cosa, que es la de verdad y es la que llevo trece días sin decir.
—Dila.
—Que me digas si esto va en serio.
—Ahora tú —dijo.
—¿Yo qué?
—Que llevo cuatro minutos hablando yo. Ahora contesta.
Y aquí es donde tengo que escribir lo que me pasó por dentro, porque si no, el sábado no se entiende.
Me pasó lo siguiente. Que en cuanto aquel hombre dijo «que me digas si esto va en serio», a mí se me encendió, en algún sitio muy antiguo, la misma señal que se me enciende cuando estoy a punto de llegar tarde. La misma exactamente. No una parecida.
Esa cosa que dice: sal de aquí, que aquí te van a esperar.
Y yo la reconocí. Que conste. La reconocí perfectamente, en tiempo real, de pie en mi salón en pijama, con una reserva de hotel en la mano.
Y contesté igual.
—Ahora tú —dijo.
—¿Yo qué?
—Que llevo cuatro minutos hablando yo. Contesta.
Y aquí tengo que escribir lo que me pasó por dentro, porque si no, el sábado no se entiende.
Me pasó que en cuanto aquel hombre dijo «que me digas si esto va en serio», se me encendió, en un sitio muy antiguo, la misma señal exacta que se me enciende cuando estoy a punto de llegar tarde. La misma. No una parecida.
Esa cosa que dice: sal de aquí, que aquí te van a esperar.
Y la reconocí. Que conste en acta. La reconocí en tiempo real, de pie en mi salón, en pijama, con una reserva de hotel en la mano y tres nombres impresos.
Y contesté igual.
Y yo dije que sí.
Lo dije rápido. Lo dije demasiado rápido, con la reserva del hotel en una mano y el folio en la otra, en mitad de mi salón, en pijama. Dije «sí» antes de que terminara la frase, con la misma velocidad con la que digo todo lo que digo, que es mi manera de que las cosas no lleguen a pesar.
Y él levantó la mano.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que así no.
—Julián, te he dicho que sí.
—Me has dicho que sí en cuatro décimas —dijo—. Nora, yo te he visto tomarte dos segundos y ocho décimas para decidir si un decorador de Chinchón subía cien euros.
Me quedé con el sobre en la mano.
—Piénsalo —dijo—. Mañana es la boda de tu madre. Vas a estar todo el día con el cronómetro, y va a ser un día largo, y va a haber baile y va a haber tarta. Y en algún momento del sábado, cuando puedas, me lo dices.
—¿Y si te lo digo ahora?
—Es que no quiero que me lo digas ahora.
—¿Por qué no?
Y aquel hombre, que llega cuarenta minutos antes a todo, que tiene la mesa puesta desde las dos, que lleva veintiún años sin pedir nada, me contestó lo siguiente:
—Porque llevo toda la vida cogiendo la primera respuesta que me daban. —Se abrochó el abrigo—. Y esta vez quiero la segunda.
—Julián.
—Dime.
—¿Y si el sábado te digo que no?
Se paró con la mano en el picaporte.
—Pues cancelo el hotel el jueves y no pierdo nada, que por eso lo cogí con cancelación gratuita.
—Eso ha sido lo menos romántico que le he oído decir a nadie.
—Ya lo sé. Es que si te digo lo otro, no vale.
—¿Qué otro?
—El otro —dijo Julián Sarmiento— es que llevo trece días con un papel en un cajón y que esta noche me he tenido que poner el abrigo encima del jersey para bajar a la calle a las once y media. Y eso, dicho ahora, es hacerte trampa.
Se fue.
Le acompañé al descansillo, le di un beso en la puerta y se fue andando, porque a esas horas ya no hay metro y porque hay doce minutos hasta Trafalgar.
Y yo me quedé en el salón, con la luz de la lámpara encendida —la que se apaga desde el enchufe, la que él desenchufó a las dos y media de la mañana del treinta y uno de octubre—, con un sobre en la mano, un vestido verde colgado detrás de la puerta y una boda a nueve horas.
Tres nombres en una reserva de hotel.
Y hasta el sábado para contestar.
Me senté en el sofá con el sobre encima de las rodillas y estuve un rato leyendo tres líneas escritas a bolígrafo azul por un hombre que ha decidido que su hija tiene que ver el mar en invierno.
Domingo: volver despacio, parar a comer.
Volver despacio. Eso es lo que más me hizo. No lo del mar, ni lo de Santillana: lo de volver despacio. Un hombre que se compra tres días y que ya ha decidido que el último se gasta en volver sin prisa.
Guardé el folio en el sobre. Guardé el sobre en el cajón de la mesa del salón, que es donde guardo yo las cosas que no sé dónde poner.
Y ahí está el chiste, si es que hay alguno.
Que aquel sobre llevaba trece días en el cajón de un hombre que no se atrevía a dármelo.
Y esa noche lo metí yo en otro cajón.
Puse el despertador a las siete. Lo comprobé dos veces, que es una cosa que yo no hago nunca.