29. Sonia
Sonia
Sonia me trajo a Greta el viernes a las ocho de la tarde con una bolsa de fin de semana y el vestido de la boda en una funda de plástico.
—Está en una percha, no la dobles —dijo—. Y los zapatos son nuevos, así que llévate una tirita.
—Vale.
—Dos tiritas.
—Dos tiritas.
Greta subió al piso con la bolsa. Nos quedamos los dos en la acera de Trafalgar, junto al coche, con la persiana de la tienda a medias porque yo estaba cerrando.
Sonia tiene cuarenta y cuatro años, lleva el pelo más corto que cuando vivíamos juntos y una vida que se ha construido despacio y bien.
Trabaja en una empresa de material sanitario, hace un curso los jueves, vive con Nacho desde hace tres años en un piso de Prosperidad y en agosto se fueron los tres a Menorca y Greta volvió morena y contenta y con una medusa que contar.
Yo a Nacho le tengo aprecio. Eso no lo digo por quedar bien: es un tío correcto, se toma en serio a mi hija sin intentar ser su padre y una vez me llamó a las once de la noche para preguntarme si podía darle un ibuprofeno.
Greta bajó a los dos minutos a por el neceser que se había dejado en el coche, se lo llevó y volvió a subir corriendo, y Sonia la siguió con la vista hasta el portal, que es una cosa que hace desde que la niña tenía dos años y que no ha dejado de hacer nunca.
—Se ha puesto los zapatos nuevos en el coche para enseñártelos —dijo Sonia—. Llevaba las zapatillas y se ha cambiado en el asiento de atrás en un semáforo.
—Está muy alta.
—Ha dado el estirón en octubre.
—Los zapatos son un número más de lo que calza. Se lo he dicho en la tienda y me ha mirado como me mira ella.
—Ya sé cómo te mira.
—Es tu cara —dijo Sonia—. Es exactamente tu cara y me la hace desde los cuatro años.
Nos reímos los dos, en la acera, y fue una risa fácil, de las que se tienen cuando ya no hay nada que negociar.
—Oye —dijo.
—Dime.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—No, digo bien bien. —Se apoyó en el coche—. Es que Greta ha dicho una cosa.
—¿Qué cosa?
—Ha dicho que ahora los jueves sois cuatro.
Aquella persiana pesa treinta y dos kilos y baja en once segundos si la sueltas bien. Lo sé porque lo he medido, porque yo mido cosas cuando no quiero pensar en otras.
Me quedé con el gancho de la persiana en la mano.
—Ya.
—Que hay una señora.
—Se llama Nora.
—Ya me ha dicho que se llama Nora. Y que trabaja en una casa de subastas y que llega tarde. —Sonia se rio, y fue una risa buena, sin nada debajo—. Me lo ha contado con una tabla, Julián. Con una tabla dibujada a regla.
—Sí.
—¿Y va en serio?
Y a mí me salió lo que me sale siempre, que es una frase corta y de perito.
—Es reciente.
Sonia me miró.
Es una manera de mirar que le conozco de doce años y que no se me ha olvidado, y que consiste en no decir nada durante un rato y en no apartar la vista, que es lo contrario de lo que hace todo el mundo.
—Julián.
—Qué.
—Me alegro mucho.
—Gracias.
—De verdad, ¿eh. Muchísimo. —Y entonces se le puso otra cara—. ¿Puedo decirte una cosa y que no te siente mal?
—Han pasado nueve años. Puedes decir lo que quieras.
—Vale. —Se cruzó de brazos, con el frío—. No la hagas esperar.
Yo creo que me reí. Creo que hice ese ruido corto que hace uno cuando le dicen algo tan al lado de la diana que no le da tiempo a defenderse.
—Yo no hago esperar a nadie —dije—. Yo soy el que llega antes.
—Ya lo sé. —Sonia asintió despacio—. Eso es otra cosa.
Y ahí me lo dijo.
No como un reproche. Eso es lo que me tuvo mal el resto de la noche y buena parte del año: que no fue un reproche.
Fue una mujer de cuarenta y cuatro años, con abrigo, apoyada en su coche, explicándole tranquilamente a un señor con el que estuvo casada doce años una cosa que ese señor no había entendido en nueve.
—Tú llegabas antes a todo. A todo. Nunca te esperé ni un minuto en doce años y eso a mí me lo envidiaba todo el mundo. Mi hermana me lo decía: qué suerte tienes, Sonia.
—Ya.
—Y contigo nunca pasaba nada, Julián.
Me quedé mirando la persiana a medias.
—Nada —repitió—. Ni bueno ni malo. Yo llegaba a casa y estaba la mesa puesta y estaba la cena y estabas tú, y estaba todo bien, y todo iba a estar bien al día siguiente y al otro. Y yo esperaba a que pasara algo. Cuatro años esperando a que pasara algo.
—¿Qué querías que pasara?
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Eso es lo peor. Que no lo sé, y que probablemente ni existía, y que me fui igual.
Silencio en la calle Trafalgar.
—Yo pensaba que llegar antes era quererte —dije.
Y Sonia Vélez, que fue mi mujer, se quedó un momento callada y después dijo la frase con la que me voy a acostar el resto de mi vida.
—Ya lo sé. —Abrió la puerta del coche—. Es que llegar antes es muy fácil, Julián. Lo difícil es pedir algo.
Se subió. Bajó la ventanilla.
—Dile a Greta que me mande una foto de la boda. Y que no se manche.
—Se lo digo.
—Y suerte mañana.
Y se fue.
—Sonia.
Ya estaba con el motor arrancado. Bajó otra vez la ventanilla.
—Dime.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Se lo pensó. Miró hacia el portal, hacia la ventana del piso donde estaba nuestra hija con la tele puesta.
—Porque a mí me lo dijo mi hermana en el noventa y ocho —dijo— y no le hice ni caso, y perdí cuatro años. Y porque me ha dado la impresión, por la tabla esa que me ha enseñado la niña, de que a esa mujer también se le da fatal esto.
—Se le da fatal.
—Pues eso —dijo Sonia—. Que si sois dos, alguien tiene que llegar.
Terminé de bajar la persiana. Le eché las dos vueltas de llave. Subí al piso, donde mi hija tenía la tele puesta y el vestido de la boda colgado del marco de la puerta de su cuarto, en su percha, sin doblar.
Greta se durmió a las once en el sofá con la tele puesta y la llevé a la cama, cosa que ya no voy a poder hacer muchas veces más porque pesa veintiocho kilos y porque el año que viene no me va a dejar.
En la puerta de su cuarto estaba el vestido de la boda colgado del marco, en su percha, con la funda de plástico todavía puesta.
Lo estuve mirando un rato desde el pasillo, con la luz apagada.
Cené huevos, aunque era viernes.
Y a las once y media, sentado en el sofá con la tele apagada, hice la cuenta que llevaba haciendo desde las ocho.
Doce años con Sonia. Nueve solo. Veintiuno.
Veintiún años siendo el hombre que llega antes, que tiene la mesa puesta, que no falla, que no se enfada, que no monta escenas, que no pide.
Y una mujer que estuvo doce de esos años esperando a que pasara algo, y que se fue, y que aquella noche, a los nueve años de irse, había venido hasta la puerta de mi tienda a explicármelo con toda la educación del mundo apoyada en un coche.
Me levanté. Fui al pasillo. Abrí el cajón de arriba de la cómoda, saqué el sobre de debajo de los recibos, me puse el abrigo encima del jersey y bajé a la calle a las once y cuarenta de la noche de un viernes.
Y hasta que no estuve en el portal de la calle Cardenal Cisneros con el dedo en el telefonillo no se me ocurrió pensar que a lo mejor estaba dormida.