28. Prueba de vestido n.º 2 (el de Nora)
El viernes nueve de noviembre, a las cuatro y media de la tarde, mi madre me tenía cogida del brazo en la puerta de Novias Beatriz.
—Solo uno.
—Mamá, tengo un vestido.
—El negro no.
—No es negro, es azul marino.
—Es negro con luz —dijo Rosario Roldán—. Yo he visto ese vestido en dos funerales.
Y era verdad. Yo tengo un vestido bueno y lo he llevado a dos funerales y a una comunión, y lo compré en 2018 con criterio y me sigue quedando bien, y esa es exactamente la clase de argumento que en mi familia no vale nada.
—Yo el mío ya lo tengo —le dijo mi madre a Loli, señalándome con la barbilla—. Esto es para la hija.
—¿Y la hija qué se pone normalmente?
—La hija se pone lo que hay —dijo Rosario Roldán, sin ninguna intención, en el mismo tono con el que habría comentado el tiempo, y por lo tanto sin enterarse de que acababa de repetir, palabra por palabra y tres semanas después, la frase exacta que me había dicho en octubre delante del espejo.
Yo sí me enteré.
Y no dije nada, que a estas alturas del expediente ya no es noticia.
Loli me sacó tres.
Yo me probé el primero por educación y el segundo por rendición, y con el tercero salí del probador y me miré en el espejo grande y dije la frase que dicen todas las mujeres que han entrado alguna vez en un sitio así con su madre:
—Es demasiado.
—¿Demasiado qué?
—Demasiado.
Era verde. Verde botella, como el segundo que se había probado ella en octubre y que no se compró.
Con la falda por debajo de la rodilla y un escote que no era escote pero se le parecía lo suficiente como para que yo me pasara cuarenta segundos girándome delante de un espejo de Bravo Murillo con la sensación de estar cometiendo una infracción.
Mi madre no dijo nada.
Se quedó sentada en la silla de los acompañantes con el bolso en las rodillas, mirándome, y no dijo absolutamente nada durante quince segundos, lo cual en ella es un fenómeno meteorológico.
—Ese —dijo.
—Mamá.
—Ese, Nora.
—Es la boda de mi madre. No puedo ir así a la boda de mi madre.
—¿Y cómo quieres ir a la boda de tu madre? —dijo—. ¿De azul marino con luz?
Loli, que llevaba veinte minutos fingiendo ordenar unas perchas, dijo desde el otro lado de la tienda:
—Le queda de muerte.
Lo compré yo. Insistió ella tres veces y lo pagué yo, y esa es la única batalla que he ganado en Novias Beatriz.
Antes de salir de Novias Beatriz pasó una cosa pequeña que no le he contado a nadie.
Loli estaba metiendo el vestido en la funda y mi madre se acercó al mostrador, sacó la cartera y le puso dos billetes de cincuenta encima del cristal, muy deprisa, como quien deja una propina.
—Toma, para el de la niña.
—Mamá, ya lo he pagado yo.
—Pues para lo que sea.
—No es para nada. Ya está pagado.
—Nora, cógelo.
Y lo dijo con una cara que yo no le había visto en la vida, y que era una cara de urgencia, y ahí entendí que aquellos cien euros no eran para el vestido.
—Mamá.
—Que lo cojas, hija.
Los cogí. Se los devolví el lunes en un sobre por debajo de la puerta de su casa y ella no me dijo nada nunca, y yo tampoco, y así funciona esto.
La peluquería era a las seis.
Es una peluquería de la calle Ponzano, de las de toda la vida, con cuatro sillones, secadores de casco y un calendario de una marca de tinte del año pasado.
La peluquera se llama Loli —la otra Loli, la de mi madre, que fue la que me costó veinte minutos aclarar por teléfono en octubre—, y lleva peinando a Rosario Roldán desde 1997, y ha peinado tres de sus cuatro bodas.
En la puerta de la peluquería, antes de entrar, sonó el móvil y era Yaiza para decirme que en la exposición previa un señor había preguntado por el lote veintitrés y había dejado tarjeta.
—¿Quién es?
—Un anticuario de Sevilla. Ha estado veinte minutos delante de la vitrina.
—¿Veinte minutos?
—Veinte. Lo he cronometrado porque me daba cosa.
Colgué y me quedé un momento en la calle Ponzano pensando que en aquella ciudad había empezado a haber gente que cronometraba cosas por mí.
Yo iba a acompañarla. Ese era el trato. Ella se hacía la prueba de peinado y yo miraba el móvil.
Acabé con rulos.
No sé explicar cómo. Sé que a las seis y veinte mi madre dijo «pero mírale las puntas a esta niña», y sé que a las seis y veinticinco yo estaba en el sillón dos con una capa negra y la Loli de Ponzano diciéndome que a ver quién me había hecho eso en la nuca, y sé que a las siete menos cuarto estábamos las dos, madre e hija, en sillones contiguos, con rulos, debajo de dos secadores de casco apagados, esperando.
Y ahí, en el sillón uno, mi madre se puso a hablar.
Fue por la foto. Fermín le había dado su copia de la escalinata y ella la llevaba en el bolso, y la sacó, y se la enseñó a Loli, y Loli dijo que qué guapos, y mi madre dijo:
—Este es Julián. El de mi hija.
—Mamá.
—Es el de tu hija —dijo Loli, encantada.
—Es el de mi hija, sí. Un hombre estupendo. Vino al juzgado y todo.
Y luego, mirando la foto, ya sin hablarle a Loli:
—Fíjate que en el mío no vino nadie.
—¿En cuál? —dije.
—En el segundo. En lo de Quique. —Pasó el pulgar por encima del cristal del móvil—. En el primero vino mi madre, pero de mala gana. Y en el segundo, nadie. Vinieron los de él.
Loli se fue a por las pinzas.
Y mi madre siguió hablando, sin mirarme, con los rulos puestos y una revista sin abrir en las rodillas, y con ese tono suyo de estar contando algo divertido, que es el tono con el que Rosario Roldán ha contado todo lo que le ha pasado en sesenta y tres años.
—Yo es que he llegado tarde toda la vida, hija, ya lo sabes.
—Ya lo sé.
—Y no es por vaga. Que todo el mundo se cree que es por vaga y yo a las siete de la mañana estoy de pie. —Se rio—. Es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Que a mí no me ha esperado nadie nunca.
Y ahí, en una peluquería de la calle Ponzano, a las siete menos cuarto de la tarde del viernes nueve de noviembre, mi madre me explicó mi propio sistema.
—Yo llegaba a los sitios a la hora y ya estaban todos en otra cosa. En las cenas, en las bodas, en las casas de la gente. Llegabas puntual y era como si no hubieras llegado. —Se ajustó un rulo—. Y un día, no sé cuándo, me di cuenta de que si llegaba la última, por lo menos me miraban al entrar.
—Mamá.
—Es una tontería.
—No es una tontería.
—Es una tontería, Nora, que yo ya tengo una edad. —Y se rio otra vez, con esa risa suya que ha vendido cuatro bodas—. Pero es que funcionaba, hija. Es que funcionaba.
Silencio.
Y entonces, sin cambiar de tono, sin bajar la voz, con los rulos puestos y la revista cerrada en las rodillas, dijo:
—Y yo tenía a una niña de siete años en un portal con la mochila puesta.
Se miró las manos.
—Eso lo sé. No te creas que no lo sé.
Y después:
—Lo que pasa es que si me pongo a saberlo entero, no salgo de casa.
Yo no dije nada.
Que quede constancia, porque me lo he reprochado ciento cuarenta veces desde entonces: yo tenía delante a mi madre, con rulos, diciéndome por primera vez en treinta y nueve años que sabía lo del portal, y yo me quedé mirándome las manos en el espejo de una peluquería de la calle Ponzano y no dije absolutamente nada.
No por rencor. Ni por castigo. Por lo mismo por lo que no dije nada en un bar de Huertas cuando ella le dijo a Fermín que yo me encargaba de los horarios.
Porque si yo hablo, aquello se convierte en una conversación. Y una conversación tiene dos partes. Y si mi madre me pide perdón de verdad, con toda su alma, y llora en dos segundos y medio, y a los ocho minutos se le olvida, entonces yo me quedo sin lo único que tengo, que es la versión.
Yo llevo veinticuatro años contando la versión. En las cenas. Con remate. Y funciona.
Volvió Loli con las pinzas.
—¡Charo, que te enfrías! ¿Bajo el casco?
—Baja, baja, hija.
Bajó el casco. Se encendió el secador con ese ruido de avión pequeño que hacen los secadores de casco, y mi madre cogió la revista, la abrió por la mitad, señaló una foto y me dijo, gritando por encima del ruido:
—¡Nora! ¡Mira qué pelo lleva esta!
Y a mí no me salió la voz para contestarle.
Estuvimos veinte minutos así, las dos con el casco puesto, en sillones contiguos, sin poder oírnos, en la calle Ponzano.
La Loli de Ponzano me levantó el casco a las siete y veinte, me pasó el cepillo y me dijo, muy bajito, mirándome por el espejo:
—Su madre es un cielo.
—Ya.
—Yo la peino desde el noventa y siete y no la he visto llorar nunca. Ni con lo de Alicante.
Y siguió cepillándome, tan tranquila, sin saber que acababa de darme el único dato clínico que he conseguido en treinta y nueve años.
Y cuando lo apagaron y salimos a la calle con el pelo hecho, mi madre me cogió del brazo en el semáforo, como hace siempre, y me dijo:
—¿Vas a llevar el verde?
—Voy a llevar el verde.
—Ay, qué bien.
Y no volvimos a hablar de nada de aquello. Ni esa noche, ni al día siguiente, ni nunca.
Yo he intentado tres veces en mi vida hablar con mi madre de mi infancia y las tres veces se ha puesto a llorar en dos segundos y medio y me ha pedido perdón con toda su alma, y a los ocho minutos se le ha olvidado.
Aquella tarde, por primera vez, lo hizo ella.
Lo dijo entero, sin que yo se lo pidiera, en tres frases, con rulos, y después bajó el casco.
Y yo no sé si eso es una disculpa o si es lo contrario, y llevo desde entonces sin saberlo, y me da la impresión de que la respuesta es que es las dos cosas y que en esta familia siempre lo ha sido.