El arte de llegar tarde al amor 27. El traje de los jueves
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27. El traje de los jueves

El traje de los jueves

Los jueves empezaron en septiembre por motivos periciales y en noviembre eran otra cosa, y nadie dijo nunca en voz alta cuándo dejaron de ser lo primero.

Funciona así.

Sonia hace un curso los jueves por la tarde desde el uno de noviembre —tres horas, en Ríos Rosas, algo de gestión de equipos que le paga la empresa—, así que los jueves Greta se queda en la tienda desde las seis hasta las nueve.

Eso significa que a las siete de la tarde de cada jueves hay, en un local de ochenta y cuatro metros de la calle Trafalgar, un hombre, una niña y treinta y nueve relojes.

Y desde el ocho de noviembre, cuatro.

Croquetas del bar de abajo, del Casimiro, doce unidades, que las pide Greta por teléfono ella misma a las seis y media con una voz de adulta que da miedo.

Se comen encima del papel, en el mostrador, de pie.

Está prohibido comer en el banco. Está prohibido tocar la bandeja de las pinzas con las manos grasientas.

Está prohibido decir que las croquetas de Casimiro están normales, y esa la impuso Greta y la firmamos los tres.

Aquel jueves llegué y Greta dijo:

—Cero.

—¿Cero qué?

—Cero minutos. —Estaba en el mostrador con el cuaderno abierto y el boli en la mano—. Son las siete en punto.

Miré el reloj de la pared. Miré el del escaparate de la izquierda. Miré mi móvil.

Las siete en punto.

—Yo he salido de la Sala a las seis y veinte —dije, más para mí que para ellos.

—Ya.

—Y he cogido el metro en Antón Martín.

—Ya.

—Y he venido andando desde Quevedo.

—Papá —dijo Greta, sin levantar la vista—, tráele agua, que se ha puesto blanca.

Voy a explicar el susto, porque el susto es el capítulo.

Yo no decidí llegar a la hora. Esa es la cuestión.

Yo no salí de la Sala Vergara pensando «hoy voy a ser puntual», que es lo que hice el día de la fiesta de Carlota y que me costó trece minutos de pie en una acera.

Aquel jueves yo salí a las seis y veinte porque había terminado, anduve hasta el metro porque es lo que hay que hacer para ir a Trafalgar, no me metí en ningún bar, no di ninguna vuelta a la manzana, no compré ningún champú, y llegué.

Y no me acordaba de haberlo decidido.

Estuve un rato largo intentando reconstruir la hora anterior de mi vida y no encontré la decisión por ninguna parte, porque no la hubo. Simplemente había venido.

Como viene la gente a los sitios.

—Enséñame el cuaderno —dije.

Greta lo giró.

Había añadido una columna. La quinta. La había dibujado con la regla, como todo lo suyo, y arriba, en mayúsculas, ponía: ÚLTIMAS 3.

23 oct — 19:00 — 19:40 — +40 1 nov — 19:00 — 19:09 — +9 8 nov — 19:00 — 19:00 — 0

MEDIA TOTAL: 21,3 ÚLTIMAS 3: 16,3

—Los sábados no los pongo —dijo—, porque los sábados no hay hora. Solo cuentan los que tienen hora.

—¿Y esto de las últimas tres?

—Es que la media total no sirve para nada. —Se comió media croqueta—. Si tú tienes cuarenta al principio, eso te sube la media para siempre aunque luego seas puntual. En cambio las últimas tres te dicen cómo vas ahora.

—Greta, eso es una media móvil.

—¿Eso tiene nombre?

—Eso tiene nombre, se usa en bolsa y hay gente que cobra por hacerlo.

Mi madre habría dicho que qué lista es. Yo lo que pensé, mirando aquella quinta columna dibujada a regla, fue: veintiuno coma tres.

Y después: dieciséis coma tres.

Y después: y bajando.

Y sentí exactamente lo mismo que sentí a los dieciséis cuando me quitaron el aparato de los dientes, que fue pasarme la lengua por donde ya no había nada y no reconocerme la boca.

Julián estaba en el banco montando una cosa pequeña y no dijo nada en toda la escena, y yo se lo agradecí, y a la vez me di cuenta de que llevaba callado el rato exacto que hace falta para que a alguien le dé tiempo a asustarse en paz.

—¿Y esto se puede parar? —dije.

—¿El qué?

—La columna. La media. Todo. —Cogí una croqueta que no me apetecía—. Digo si en algún momento dejas de apuntarlo.

Greta se lo pensó en serio, que es lo que hace ella con las preguntas tontas.

—Cuando ya no haga falta.

—¿Y cuándo no hace falta?

—Pues cuando llegues siempre a la hora —dijo—, porque entonces la tabla es toda igual y no dice nada.

—O sea que si dejo de llegar tarde, se acaba la tabla.

—Sí.

—¿Y no te daría pena?

Y mi respuesta —la respuesta de una mujer de treinta y nueve años a una niña de diez— fue tan transparente que Greta ni siquiera levantó la cabeza para contestarme.

—A mí me daría igual —dijo—. La tabla no es mía.

Y entonces vino lo del traje.

Fue Greta, claro. En esta historia todo lo dice Greta.

Estábamos con la undécima croqueta y ella miró a su padre y dijo, sin ninguna intención, con la boca llena:

—Otra vez el traje de los jueves.

Julián se quedó quieto.

—¿El qué? —dije.

—El traje de los jueves. La camisa esa.

—Greta.

—La azul de rayas finas, esa —siguió Greta, señalándola con la croqueta—. Se la pone todos los jueves. Yo lo apunté una vez en mayo por otra cosa y luego lo dejé de apuntar porque siempre salía lo mismo.

—Greta, come.

—Es que es verdad. Desde septiembre. Todos los jueves.

Hubo un silencio en aquella tienda que yo podría medir.

Yo miré la camisa. La conozco. Es azul, de rayas finas, con el cuello un poco gastado por dentro, y se la he visto puesta en la Taberna Marcial el seis de septiembre, en su taller un jueves a las siete y diecinueve, en un pasillo con seis abrigos y una bombilla desnuda el veintiséis de octubre, y aquel mismo jueves ocho de noviembre a las siete en punto.

Desde septiembre.

Desde antes de que pasara nada. Desde antes de la fiesta, desde antes de la lámpara, desde antes de todo.

Un hombre de cuarenta y cinco años poniéndose la misma camisa todos los jueves desde el principio del otoño para una mujer que llegaba una media de veintiséis minutos tarde y que se creía que estaba ganando algo.

—Es que está planchada —dijo Julián, a los relojes.

—Está planchada porque la planchas los miércoles —dijo su hija.

—Greta.

—Es un dato.

—Es un dato de tu padre.

—Los datos no son de nadie —dijo Greta, y se comió la última croqueta, que estaba pedida para tres y que se comió ella porque a partir de ese momento ninguno de los dos adultos de esa habitación fue capaz de comer nada.

Nos quedamos los tres un rato en silencio, que en esa tienda no es silencio.

—¿Sabéis lo que no entiendo? —dijo Greta.

—Dime.

—Que si el reloj de los Ayala está bien, y papá dice que está bien, ¿por qué no lo ponen a andar y ya está?

Julián levantó la vista del banco por primera vez en veinte minutos.

—Porque lo que vale es que esté parado —dije yo.

—Ya, pero eso es raro.

—Es muy raro.

—¿Y a la señora esa le da igual?

—A la señora esa nadie se lo ha preguntado —dije, y me oí decirlo, y me callé.

A las nueve menos cuarto llegó Sonia a por Greta. Yo no la vi: se quedó en la esquina y Greta bajó sola con la mochila, que es como lo tienen montado.

Y a las nueve, cuando ya estábamos cerrando, Julián sacó de debajo del mostrador un sobre de papel con mi nombre escrito por fuera.

—Toma. De Fermín.

Dentro estaba la foto de la escalinata del Registro Civil, trece por dieciocho, revelada en una tienda de Bravo Murillo. Mi madre en el centro con el abrigo rojo. Fermín pegado a ella con la carpeta de plástico. Yo a la izquierda con cara de haber dormido cinco horas.

Y él a la derecha, un poco separado, con el paraguas plegado.

—Ha impreso cuatro —dijo—. Una para cada uno.

—¿Para cada uno?

—Para tu madre, para él, para ti y para mí. —Se metió la suya en el bolsillo interior de la chaqueta con la naturalidad de quien guarda una factura—. Me la ha dado esta mañana en el bar de abajo. Se ha venido desde Ponzano.

Y yo me quedé en la puerta de la Relojería Sarmiento con una foto en la mano en la que salía yo con una familia que no es exactamente la mía, hecha por un señor que va a casarse con mi madre en dos días, en la que un hombre al que conozco desde hace nueve semanas está de pie a mi derecha con un paraguas que no hacía falta.

—Julián.

—Dime.

—Nada.

Y no dije nada. Que conste. Tuve una frase entera formada y no la dije, y de eso también hay expediente.