El arte de llegar tarde al amor 26. El sobre en el cajón
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26. El sobre en el cajón

El sobre en el cajón

El sábado por la mañana se lo conté a Greta.

Estábamos abriendo. Ella con el bollo, yo con la persiana, sábado tres de noviembre, la calle Trafalgar con ese sol bajo de noviembre que da en las letras doradas del escaparate y las pone a funcionar durante veinte minutos.

—Greta.

—Dime.

—¿Tú qué harías tres días en el norte?

Se paró con el bollo a medio camino.

—¿Qué norte?

—Cantabria.

—¿Cuándo?

—El puente. El fin de semana después de la boda de la madre de Nora. Salimos el viernes y volvemos el domingo.

—¿Y el cole?

—El viernes lo hablo yo.

Mi hija dejó el bollo encima del papel, que es la primera vez en su vida que lo deja donde le he dicho ochenta veces que lo deje, y me miró como se mira una jugada.

—¿Quiénes vamos?

—Tú y yo.

—Papá.

—Y Nora.

Dio un salto. Literal. Dio un salto en el escalón de mi tienda con las dos manos arriba, y luego se puso muy seria de golpe, porque tiene diez años y once meses y a esa edad la alegría dura cuatro segundos y luego viene la auditoría.

—¿Ella lo sabe?

—Todavía no.

—Vale.

Subí a por el sobre.

Lo tenía en el cajón de arriba de la cómoda del pasillo, debajo de los recibos.

Dentro: la reserva impresa de un hotel de Comillas, tres noches, del viernes al domingo, dos habitaciones, cancelación gratuita hasta cuarenta y ocho horas antes.

Y una hoja doblada con lo que había pensado hacer cada día, escrito a mano, porque yo escribo las cosas a mano cuando quiero que salgan bien.

Viernes: llegar, cenar allí. Sábado: Santillana por la mañana. La playa por la tarde (G. no ha visto el mar en invierno). Domingo: volver despacio, parar a comer.

Lo imprimí el veintinueve de octubre. O sea, el lunes antes de aquella noche en la calle Cardenal Cisneros.

O sea que yo tenía tres días con esa mujer y mi hija reservados en un hotel de Comillas antes de que pasara absolutamente nada entre nosotros, cosa que en su momento me pareció una locura y que hoy me parece la definición exacta de mi carácter.

Bajé con el sobre en la mano.

Y no lo abrí en todo el día.

Ella vino a la tienda a la una y cuarto, porque los sábados venía ya, sin que nadie lo hubiera acordado nunca, que es como se establecen estas cosas.

Trajo cruasanes. Se sentó en el taburete.

Discutió con Greta sobre si un cruasán se moja o no se moja, y Greta ganó, y ganó con un argumento que yo no habría sabido rebatir.

Estuvo hora y media.

Y en esa hora y media hubo ocho o nueve momentos en los que yo podía haber cogido el sobre del cajón del banco, dárselo y decirle: oye, hemos pensado una cosa.

El mejor fue a las dos menos veinte, cuando Greta se fue al baño y nos quedamos los dos solos en la tienda y ella se apoyó en el mostrador y dijo, mirando el escaparate:

—Qué a gusto se está aquí.

Eso es una puerta abierta. Eso es una puerta abierta con un cartel encima que dice PUERTA ABIERTA.

Y yo dije:

—Es por el suelo. Es de madera y no resuena.

Cuando se fue, a las tres menos cuarto, Greta salió de la trastienda y se quedó de pie en mitad de la tienda con las manos en la espalda.

—No se lo has dicho.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no hay prisa.

Y ahí, en mi tienda, delante de treinta y nueve relojes y de un sobre que llevaba cuatro días en un cajón, tuve que oír cómo mi hija de diez años se tomaba en serio esa frase.

Porque no me contestó de golpe. Se lo pensó. Le dio vueltas. Miró el calendario de la pared, ese en el que llevo desde octubre apuntando cosas que no apuntaba nunca.

—Pero es el viernes dieciséis —dijo—. Y hoy es el tres.

—Ya.

—Trece días.

—Ya.

—Y hay que decirlo con tiempo, porque a lo mejor ella tiene cosas. —Se rascó la nariz—. Tú siempre dices que las cosas se dicen con tiempo.

—Greta.

—Es que lo dices tú.

—Ya lo sé.

—Y a mamá se lo dijiste en septiembre.

—¿El qué?

—Lo de cambiar el fin de semana para la boda. Se lo dijiste en septiembre y todavía es noviembre.

Y no supe qué contestar, porque tenía razón en todo y porque el motivo verdadero era de esos que un padre no puede decirle a una hija de diez años, y que es el siguiente.

Que mientras el sobre esté en el cajón, no hay respuesta.

Que una mujer que viene a mi tienda los sábados con cruasanes sin que nadie se lo haya pedido es una cosa que está pasando, y que una mujer a la que yo le pido tres días en Comillas con mi hija es una pregunta, y que las preguntas se contestan, y que hay una de las dos contestaciones posibles que a mí me deja sin nada.

Yo llevo nueve años sin pedirle nada a nadie. Eso no es paciencia. Eso lo he creído durante nueve años y aquel sábado, con mi hija delante, me duró exactamente hasta las tres y diez de la tarde.

Aquella noche, después de cerrar y de subir a Greta a casa de su madre, me senté en el sofá con el sobre en las rodillas y estuve un rato haciendo una cosa que se me da muy bien y que consiste en tener razón.

Argumento uno: la boda de su madre es el diez y ella está con eso desde septiembre. Meterle en la cabeza un viaje de tres días a nueve días vista es cargarle una cosa más.

Argumento dos: la subasta es el catorce. Es su lote de portada. Es el otoño entero de esa mujer.

Argumento tres: llevamos cinco días. Cinco. Hay gente que a los cinco días no sabe ni el segundo apellido.

Argumento cuatro, que es el bueno y que por eso lo puse el último: si se lo pido ahora y me dice que no, todavía quedan la boda y la subasta y los jueves, y entonces habrá un no encima de la mesa durante tres semanas y yo tendré que verla los jueves sabiendo que hay un no.

Ese argumento es impecable. Lo tuve montado en cuatro minutos.

Y lo que no me dije, porque no me lo dije hasta mucho después, es que los cuatro argumentos servían igual el día veinte, y el día veintisiete, y en febrero.

Aquella noche, después de cerrar y de subir a Greta a casa de su madre, me senté en el sofá con el sobre en las rodillas y estuve un rato haciendo una cosa que se me da muy bien, que es tener razón.

Argumento uno: la boda de su madre es el diez y ella está con eso desde septiembre.

Argumento dos: la subasta es el catorce. Es su lote de portada. Es el otoño entero de esa mujer.

Argumento tres: llevamos cinco días. Cinco. Hay gente que a los cinco días no sabe ni el segundo apellido del otro.

Argumento cuatro, que es el bueno y por eso lo puse el último: si se lo pido ahora y me dice que no, todavía quedan la boda, la subasta y todos los jueves, y entonces habrá un no encima de la mesa durante tres semanas y yo tendré que verla los jueves sabiendo que hay un no.

Ese argumento es impecable. Lo tuve montado en cuatro minutos.

Lo que no me dije, y no me lo dije hasta mucho después, es que los cuatro argumentos servían igual el día veinte, y el veintisiete, y en febrero.

El lunes cinco abrió la exposición previa de la Sala Vergara.

El lunes por la tarde estuve tentado de escribirle un mensaje que decía: tengo una cosa que enseñarte . Lo escribí. Lo tuve en la pantalla siete minutos.

Y lo borré, porque «tengo una cosa que enseñarte» es una frase que obliga a la otra persona a preguntar «¿qué cosa?», y entonces la conversación la habría empezado ella, y yo me habría podido decir a mí mismo que fue ella.

Eso lo pensé de verdad. Con esas palabras. Un hombre de cuarenta y cinco años en un sofá.

Y el martes seis por la mañana, a las nueve y media, hice una llamada.

—Sala Vergara, buenos días.

—Buenos días, soy Julián Sarmiento, el perito del lote veintitrés. Quería avisar de que voy a pasarme mañana por la exposición a revisar la pieza.

—Ah, muy bien. ¿Hay algún problema?

—No, no. Es por el cambio de humedad relativa. Una caja de esas, pasar de un taller a una sala de exposición con público, con luz de focos... conviene ver que no haya movimiento en las juntas de la madera.

—Perfecto. Le apunto a las once.

—A las once.

Colgué.

Y me quedé sentado en el banco con el teléfono en la mano.

Todo lo que dije en esa llamada es cierto. Una caja de bronce sobre base de madera de 1870 puede acusar un cambio de humedad. Se ha visto. Yo he visto abrirse una junta en una semana.

También es cierto que aquella pieza llevaba once días en un almacén con condiciones peores y que a mí no se me ocurrió llamar a nadie.

Y es cierto —y esto es lo que tengo que dejar escrito, porque es la fecha exacta— que seis días antes, en una cama de la calle Cardenal Cisneros, con la lámpara encendida, una mujer me había dicho no inventes más motivos , y yo había contestado, en voz alta y con mi propia boca: no voy a inventar más motivos.

Seis días.

Greta bajó a la tienda a media tarde, antes de cerrar, vio el sobre todavía en el cajón del banco, debajo de las facturas, y no dijo nada durante un rato.

Después se puso a hacer los deberes.

Y a los diez minutos, sin levantar la cabeza del cuaderno, dijo:

—Papá.

—Dime.

—Has perdido la apuesta contra ti mismo.

—¿Qué apuesta?

—Ninguna —dijo mi hija—. Por eso la has perdido.