El arte de llegar tarde al amor 25. Amonestaciones
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25. Amonestaciones

Amonestaciones

La ratificación del expediente matrimonial de Rosario Roldán Vidal y Fermín Otero Lamas estaba fijada para el viernes dos de noviembre a las doce en punto en el Registro Civil.

Ocho días antes de la boda.

Ocho. Días. Eso, para el que no lo sepa, es una barbaridad.

El expediente matrimonial se abre con tres meses de antelación como poco, y el nuestro se abrió en septiembre, y lo que pasó después es una historia de la que solo diré tres cosas: que faltaba un certificado de empadronamiento histórico, que ese certificado estuvo doce días encima de la mesa de la cocina de mi madre debajo de un frutero, y que la cita de octubre se perdió porque ella creía que se la iban a recordar por mensaje.

La del dos de noviembre nos la dieron porque a alguien se le anuló una. Nos llamaron el lunes. Yo dije que sí antes de que la funcionaria terminara la frase.

Y le dije a mi madre que era a las once y media.

Julián vino porque se lo pedí.

Se lo pedí el jueves por la noche, en su tienda, con la boca llena de croquetas, en el tono más falsamente casual que he conseguido en treinta y nueve años: «oye, mañana tengo que llevar a mi madre al juzgado, si te apetece venir».

Él dijo «vale» y siguió limpiando el banco, y a mí me pareció que aquello había salido muy bien y muy natural, y por la noche me di cuenta de que le acababa de presentar a mi madre.

Llegó a las once y veinte.

Cuarenta minutos antes. Con la chaqueta buena. Con un paraguas plegado que no hacía ninguna falta porque no llovió en toda la semana.

Fermín llegó a las once y veinticinco, con la carpeta de plástico y los tres folios de Cercanías, y aquellos dos hombres se reconocieron a los cuatro segundos como se reconocen los de su especie.

—Fermín Otero.

—Julián Sarmiento.

—¿Usted es el del reloj?

—Yo soy el del reloj.

—Yo tengo uno de bolsillo de mi padre, un Cortébert. ¿Eso vale algo?

—Eso no se vende, don Fermín.

—Ah, no, si yo no lo vendo. Es por saber.

—Es por saber —repitió Julián, y a partir de ese momento se pasaron veinte minutos hablando de un reloj de bolsillo de 1951 y de la línea de Villalba, y yo me quedé sola en el pasillo del Registro Civil mirando una pared con un cartel de tasas.

Los cuarenta minutos de antesala fueron los siguientes.

Julián y Fermín, en el banco de madera del pasillo, hablando de un Cortébert de 1951.

Yo, de pie, con el expediente en una carpeta y el móvil en la mano, mirando la puerta de la sala cada noventa segundos como no he mirado una puerta en mi vida.

Porque esa es la otra cosa que nadie me había explicado de ser responsable de puntualidad: que consiste, exactamente, en esperar.

En ser tú la que está sentada mirando la puerta mientras la otra persona viene o no viene.

Yo llevaba treinta y nueve años organizando mi vida entera para no estar nunca en esa silla, y mi madre me había metido en ella con una frase dicha en un bar de Huertas.

A las once y cincuenta llamé.

Saltó el buzón.

A las once y cincuenta y cuatro llamé otra vez y saltó el buzón otra vez, y entonces Fermín Otero levantó la cabeza desde el banco y dijo, con toda la tranquilidad del mundo:

—Está viniendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque son las doce menos seis —dijo Fermín— y ella sale de casa cuando quedan diez.

Mi madre llegó a las doce y cuatro.

Con el abrigo rojo. Con las gafas de sol en el pelo. Y con una historia sobre un semáforo que duró hasta la puerta de la sala y que era mentira, porque en ese trayecto no hay semáforo.

Cuatro minutos tarde a su propia ratificación.

Y aquí es donde yo me di cuenta de una cosa que me tuvo mal el resto del día: cuatro minutos es lo mejor que ha hecho mi madre en su vida.

Cuatro minutos, para Rosario Roldán, es un récord olímpico.

Le habíamos dado treinta de colchón y se comió veintiséis y aun así llegó cuatro tarde, y estaba orgullosísima.

—¿Ves? He llegado.

—Son las doce y cuatro, mamá.

—Pues eso.

Y entonces vino lo bueno.

Para ratificar un expediente matrimonial hacen falta dos testigos.

Dos personas que declaren ante la funcionaria que conocen a los contrayentes y que no les consta impedimento alguno.

Es un trámite de tres minutos y es obligatorio, y mi madre lo tenía resuelto desde agosto: Puri y Antonio, sus vecinos del cuarto, amigos de toda la vida, encantadores, que además se habían comprado ropa.

Puri y Antonio estaban, a las doce y cuatro de aquel viernes, en el Registro Civil.

En el de la calle Pradillo.

—Mamá, ¿tú qué les dijiste?

—Que en el juzgado.

—¿Qué juzgado?

—El juzgado, hija. El de siempre.

—Mamá, hay once.

Se abrió la puerta y salió una funcionaria con una carpeta.

—¿Roldán Vidal y Otero Lamas?

—Aquí.

—Pasen. Y los testigos.

Silencio.

Y en ese silencio, en un pasillo del Registro Civil de Madrid, a las doce y cinco de un viernes de noviembre, mi madre se giró hacia mí y hacia el hombre con el que yo llevaba dos días acostándome, con la naturalidad más monstruosa que ha existido nunca en esta familia, y dijo:

—Ay, pues estos.

—Mamá.

—Si son dos.

—Mamá, ese señor te ha conocido hace cuarenta minutos.

—¿Y qué tiene que decir? ¿Que somos conocidos y que no hay impedimento? Pues no hay impedimento —dijo mi madre—. ¿Hay impedimento, Julián?

Y Julián Sarmiento, cuarenta y cinco años, relojero, hijo y nieto de relojero, hombre que llega cuarenta minutos antes a todo y que no ha firmado un papel en su vida sin leerlo dos veces, dijo:

—No que yo sepa.

Firmamos.

Es un impreso de media cara con cuatro casillas y hay que poner el DNI, y la funcionaria nos preguntó si conocíamos a los contrayentes y los dos dijimos que sí, y era verdad los dos, aunque uno de nosotros lo fuera desde hacía cuarenta minutos.

Y mientras yo escribía mi número de documento en una casilla demasiado pequeña, con un boli atado a un cordel, en un edificio de la Administración, me di cuenta de que estaba firmando el cuarto matrimonio de mi madre como testigo.

El primero no lo vi. En el segundo tenía once años y llevé unas flores. En el tercero no fui.

En el cuarto puse el DNI.

Antes de entrar, en la puerta de la sala, mi madre me cogió del brazo un segundo.

—Hija.

—Qué.

—Que gracias por lo de las once y media.

Y se metió dentro sin esperar respuesta, que es exactamente lo que hace cuando dice algo verdadero, y a mí me dejó en el pasillo del Registro Civil con la carpeta en la mano y la certeza absoluta de que lo había sabido desde el principio.

Antes de entrar, en la puerta de la sala, mi madre me cogió del brazo un segundo.

—Hija.

—Qué.

—Gracias por lo de las once y media.

Y se metió dentro sin esperar respuesta, que es exactamente lo que hace cuando dice algo verdadero, y me dejó en el pasillo del Registro Civil con la carpeta en la mano y la certeza absoluta de que lo había sabido desde el lunes.

Dentro fueron seis minutos. Mi madre dijo «sí» a todo con una energía innecesaria. Fermín se emocionó en el trámite administrativo, lo cual es un hito, y sacó el reloj de bolsillo dos veces. La funcionaria se llamaba Reyes, cosa que me pareció excesiva.

Y al salir a la escalinata, con el expediente resuelto y la boda a ocho días, Fermín Otero nos puso a los cuatro en fila.

—Una foto.

—Fermín, por Dios.

—Una foto, Charo, que esto no se repite.

Y en ese momento, exactamente en ese momento, mi madre soltó la carcajada más grande del día, porque las cuatro personas que estábamos en esa escalinata sabíamos perfectamente que a ella eso se le había repetido tres veces.

—Póngase usted más cerca, hombre —le dijo mi madre a Julián—, que parece que ha venido a otra cosa.

—Es que he venido a otra cosa, Charo.

—Ha venido usted a firmar mi expediente matrimonial —dijo ella—, que es lo más cerca que va a estar de mí un señor al que conozco desde el desayuno. Póngase.

Se puso. Cinco centímetros. Los mismos cinco centímetros que se ven en la foto y que Fermín no le perdonó nunca del todo, porque cada vez que salía la foto en su casa decía «este hombre salió muy despegado».

Nos hizo la foto un señor que pasaba.

Salimos los cuatro: mi madre en el centro con el abrigo rojo, Fermín pegado a ella con la carpeta de plástico en la mano, yo a la izquierda con cara de haber dormido cinco horas, y Julián a la derecha, un poco separado, con el paraguas plegado, mirando a la cámara con la expresión exacta de un hombre que acaba de ser testigo del matrimonio de una señora a la que conoce desde el desayuno.

Es una foto rarísima.

Fermín la mandó imprimir en una tienda de Bravo Murillo, en tamaño trece por dieciocho, cuatro copias. Nos dio una a cada uno el jueves siguiente en un sobre de papel, con nuestro nombre escrito por fuera.

La mía la tengo.

La de Julián también, ahora. Pero eso es de más adelante.