El arte de llegar tarde al amor 24. Digno de museo
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24. Digno de museo

Digno de museo

Lo tenía escrito desde el veinte de octubre.

Eso es lo que hay que entender de esta profesión y de mí: yo llevaba once días con el informe hecho, con los datos tomados, con las fotografías con escala, con las mediciones repetidas tres veces y con el texto redactado en un archivo.

Lo que no había hecho era firmarlo, sellarlo y meterlo en un sobre, porque en mi oficio un informe sin firmar es un borrador y un informe firmado es un hecho.

Mi padre lo decía de otra manera. Decía que un papel firmado ya no es tuyo.

El uno de noviembre en Chamberí hay un silencio raro. No abren las tiendas, no hay obras, y la gente que anda por la calle a las diez de la mañana va a un sitio concreto y con flores.

Mi padre está en La Almudena. Voy dos veces al año y ninguna de las dos es hoy, porque el día de Todos los Santos aquello es una romería y él lo habría odiado.

Así que bajé al taller, encendí la lámpara del banco y me puse a trabajar en un día en que no trabaja nadie, que es una costumbre que también me viene de él.

Aquella mañana lo leí entero por última vez.

INFORME PERICIAL. Reloj de sobremesa, Francia, h. 1870. Ref.: Sala Vergara, lote 23.

[...]

6. Estado del mecanismo. El movimiento se encuentra íntegro y sin averías atribuibles al abandono prolongado.

No se aprecian dientes fracturados, pivotes desgastados por marcha en seco, corrosión activa ni deformaciones.

El lubricante presenta desecación normal, sin polimerización.

Previa limpieza y engrase, la máquina es apta para el funcionamiento.

7. Hallazgo. Durante el desmontaje se recuperó del interior de la base de la caja un fragmento de horquilla para el cabello (acero, 47 mm) con uno de sus extremos rebajado a lima manualmente hasta un espesor de 0,7 mm.

Dicho espesor coincide con la separación entre dos marcas paralelas presentes en el flanco de la rueda de escape (documentadas en fotografía n.º 11).

Introducida la pieza entre el áncora y la rueda de escape, se produce el bloqueo inmediato y completo del movimiento.

8. Conclusión. La detención del mecanismo no es atribuible a fallo, desgaste ni falta de mantenimiento. El movimiento fue detenido mediante la introducción deliberada de un cuerpo extraño preparado al efecto. La fecha de dicha intervención no puede determinarse a partir del examen de la pieza.

Cuatro páginas. Doce fotografías. Y el punto ocho.

El punto ocho es el que vale seiscientos euros y el que no vale nada, según se mire.

A media mañana llamé a Casajuana.

Vicente Casajuana tiene setenta y nueve años, restauró bronces cuarenta y cuatro años en un taller de la calle Amaniel y hoy vive en Móstoles con dos gatos y una colección de esferas esmaltadas que le va a dar un disgusto a su hija.

Es la única persona viva a la que puedo llamar para esto.

Le mandé las fotos por el móvil de su nieta, que es como se le manda a él cualquier cosa.

Tardó una hora en llamarme.

—Julián.

—Dígame, don Vicente.

—Esto es de museo.

—¿Usted cree?

—Yo no creo, yo lo sé. —Se oía una tele de fondo—. Una pieza así, con la horquilla, con las marcas, con la fotografía y con un informe bien hecho, eso es una ficha de museo. Eso es historia del objeto. Yo he visto en el Museo de Artes Decorativas cosas peores explicadas mucho peor.

—Ya.

—Un reloj que alguien paró a mano en el cuarenta y nueve y una familia que se pasó tres generaciones contándolo de otra manera. Eso es una vitrina entera, Julián. Eso es un cartel.

—Ya.

—Y en un museo no hay comisión —dijo Casajuana, porque tiene setenta y nueve años y ha comido de esto—. Eso también te lo digo.

—Don Vicente.

—Dime.

—Si usted tuviera este reloj en el banco y el informe escrito, ¿qué haría?

Se oyó la tele. Se oyó cómo se movía en un sillón.

—Yo tengo setenta y nueve años, Julián, y he hecho las dos cosas. He escrito informes que le costaron dinero a gente que me caía bien y he escrito informes que se quedaron en un cajón. —Tosió—. Y te voy a decir una cosa que no te va a servir de nada.

—Dígamela.

—De los que escribí, no me arrepiento de ninguno. De los del cajón, de todos.

—Ya.

—Y aun así los metí en el cajón, ¿eh. Que conste. Que yo no soy un ejemplo de nada.

Y ahí está.

Esa frase la estuve rumiando toda la mañana mientras limpiaba unas platinas que no lo necesitaban, y a las dos de la tarde la había entendido del todo.

Aquel reloj tiene dos destinos posibles, y son los dos legítimos, y son incompatibles.

Puede ser un mueble bonito con una historia bonita que se vende el catorce de noviembre a las siete de la tarde por ocho, doce, quince mil euros, y con ese dinero una mujer de treinta y cuatro años arregla una caldera que lleva rota desde 2016 y le queda para vivir un poco más tranquila un par de años.

O puede ser un documento.

Y un documento no se puja. Un documento se estudia, se publica en un boletín que leen doscientas personas, se pone en una vitrina con un cartel de ciento cuarenta palabras y no le da de comer a nadie. En Madrid hay tres instituciones que lo cogerían y las tres lo cogerían en donación.

Que es lo mismo que decir: por cero euros.

Casilda Ayala no me ha visto en su vida.

No sabe cómo me llamo. Firmó un papel encima de un hule de cuadros en la cocina de un piso sin calefacción y a partir de ahí dejó de tener nada que decidir.

Y yo estoy aquí, en un taller de Chamberí, un día festivo, con un informe de cuatro páginas encima del banco, decidiendo si su reloj es una pieza de subasta o una nota a pie de página.

Estuve cuarenta minutos sin firmar, con la estilográfica encima del papel.

Cuarenta minutos. Los conté al final, porque cuento lo que hago desde que tengo memoria, y me pareció una cifra reconocible.

Cuarenta minutos es lo que tardó una mujer en llegar a la Taberna Marcial el seis de septiembre.

Firmé.

Firmé las cuatro páginas, las sellé con el sello redondo de mi abuelo, metí las fotografías impresas y lo cerré en un sobre.

Y aquí va la única cosa técnica de este capítulo, que es la que más me importa y la que menos le importará a nadie.

En el punto siete escribí «la fecha de dicha intervención no puede determinarse a partir del examen de la pieza». Esa frase la reescribí seis veces.

Porque yo podría haber puesto «en fecha probablemente cercana a 1949», y habría sido razonable, y todo el mundo lo habría dado por bueno, y encima le habría hecho un favor al catálogo.

Pero de eso yo no sé nada. Yo sé lo que tengo debajo de la lupa, y debajo de la lupa hay un acero limado que puede ser de 1949, de 1960 o de 1974. No hay manera. La corrosión de contacto no data.

Así que puse que no se puede determinar, que es la verdad, y que además es la única frase de las cuatro páginas que le deja a otro la puerta abierta.

Y en el sobre no escribí Sala Vergara .

Escribí, con rotulador, Nora .

Y luego pasé la tarde entera intentando decidir si aquello que acababa de hacer era honradez o era otra cosa con mejor letra.

Después me pasé la tarde entera intentando decidir si aquello que acababa de hacer era honradez o era otra cosa con mejor letra.

Todavía no lo he decidido. Lo que sí sé es que aquel sobre pesaba muy poco y que a mí, desde que salió de mi banco, me pesó bastante menos todo.

Se lo di al día siguiente, en el juzgado, entre una cosa y otra, y de eso ya hablará ella porque estaba más entretenida.

Pero lo que le dije se lo digo aquí, porque fue mío.

—Está entregado.

—¿A la Sala?

—A ti.

—Julián, el encargo es de la Sala.

—El encargo es de la Sala y el informe está firmado y sellado con fecha de ayer, uno de noviembre, y eso ya no lo puede cambiar nadie. —Le puse el sobre en la mano—. Y ahora lo tienes tú.

Se quedó con el sobre.

—¿Y por qué no lo mandas tú?

—Porque si lo mando yo, mañana está en un expediente de la calle Moratín y el catorce de noviembre alguien se lo enseña a un comprador y se acabó. Y porque llevo dos semanas pensando en esto y he llegado a una conclusión que no me gusta nada.

—¿Cuál?

—Que a mí me pagan seiscientos euros por decir lo que hay dentro de una máquina —dije—, y que lo que hay que hacer con eso no lo decide el que abre el reloj.

—¿Y quién lo decide?

—El que tiene que mirar a la cara a la familia.

Nora Roldán se guardó el sobre en el bolso.

Y aquella fue la última vez en veintitrés días que hablamos del lote 23 sin gritar.

Yo me convencí durante bastante tiempo de que aquello había sido un gesto. Que le había dado la decisión a quien le correspondía, que había respetado su oficio, que había hecho lo honrado.

Y algo de eso hay. Yo firmé. Con fecha. Con sello. Ese papel existe y existirá cuando yo no exista, y ahí está el punto ocho, y el punto ocho no lo he movido ni una coma.

Pero también es verdad, y lo escribo aquí porque es el sitio, que un hombre que le entrega un sobre a otra persona y se queda tan tranquilo es un hombre que ha encontrado la manera de tener las manos limpias y la conciencia repartida.

Yo peritó mecanismos. Se lo he dicho a esa mujer tres veces.

Y las tres veces me ha contestado que es exactamente lo mismo, y las tres veces he hecho como que no la oía.