23. La mañana siguiente, con actas
La mañana siguiente, con actas
Eso es lo que me salió a las siete y cuatro de la mañana del miércoles: redactarme la escena. Es lo que hago. A la gente le da por rezar.
Y estuve veintitrés minutos despierta al lado de un señor dormido, sin moverme, con los ojos abiertos, en mi propia cama, calculando.
Porque hay un momento, en las mañanas siguientes, en el que se decide todo. Es un momento muy corto y está antes del café. Yo lo conozco bien: es el momento en que te levantas sin hacer ruido, te vistes en el baño, y a partir de ahí ya has empezado a ser una mujer que tiene mucho lío esta semana.
Lo he hecho cuatro veces. Se me da bien. La última fue en 2021 y el pobre hombre no se enteró de nada hasta el tercer mensaje sin contestar.
A las siete y veintisiete Julián Sarmiento abrió los ojos.
Y aquí está el problema con este hombre, y ya lo he dicho antes pero se agrava: no hizo nada de lo que hace la gente. No dijo «buenos días» con voz rara. No se incorporó de golpe. No preguntó qué hora era.
Miró el techo dos segundos y dijo:
—Tienes una humedad ahí, en la esquina.
—Lleva dos años.
—Eso es de la terraza del de arriba. Eso no es la fachada.
—Julián.
—Perdona. —Se pasó las manos por la cara—. Buenos días.
Y me di cuenta de que me estaba riendo con la cara metida en la almohada a las siete y media de la mañana, que es una cosa que yo no hago, y de que ya no me iba a levantar sin hacer ruido, y de que aquello se había decidido solo mientras un hombre me hablaba de una humedad.
Desayunamos.
Fue horroroso. Fue de las cosas más incómodas que he vivido y no por él: por mí.
Yo tengo dos tazas y una de ellas está desportillada, tengo café pero no tengo leche, tengo pan pero de hace tres días.
Le puse un café solo en la taza buena y un plato con tres galletas de un paquete abierto, y él se comió las tres galletas como si aquello fuera un desayuno.
—Nora.
—Qué.
—Deja de mirarme las galletas.
—Es que no tengo nada en casa.
—Yo tampoco tengo nada en casa los miércoles.
—Tú tienes una hija.
—Tengo una hija los fines de semana alternos y los jueves —dijo—. Los miércoles yo ceno huevos.
Y ahí, con la taza en la mano y una galleta partida en el plato, se lo enseñé.
Fui al ordenador, abrí los dos archivos y le puse el portátil delante en la mesa del salón, girado hacia él, como se enseñan las pruebas.
23_ficha_catalogo_DEF.docx , a la izquierda. La que ya estaba impresa desde el martes a las once y cuarenta en mil doscientos ejemplares en Getafe.
23_ficha_alternativa_borrador.docx , a la derecha. Con la salida en blanco.
Se puso las gafas, que tiene y usa poco, y las leyó las dos enteras sin decir nada. Tardó cuatro minutos. Volvió atrás dos veces.
—La segunda está mejor escrita —dijo.
—Ya lo sé.
—Y la primera es mejor ficha.
—Ya lo sé.
—Y las dos son verdad.
—No.
—Sí lo son —dijo—. Esa es la avería. Que las dos son verdad, y una de ellas está impresa.
Se quitó las gafas y se quedó mirando la pantalla.
—¿Y ahora qué?
—Ahora hay una exposición previa del cinco al trece, una subasta el catorce a las siete de la tarde y una mujer en Alcobendas que va a arreglar una caldera.
—Nora.
—Y hay un informe pericial que tienes que entregar a primeros de noviembre y que hoy es día treinta y uno.
Nos quedamos los dos mirando el portátil, en una cocina que no da para dos personas, a las ocho y diez de la mañana de un miércoles.
—Yo lo entrego —dijo.
—Ya lo sé.
—Lo digo para que no tengas que pedírmelo.
Y me dio un beso en la coronilla, que es un sitio en el que a mí no me había besado nadie desde que tenía nueve años, y se fue a abrir su tienda a las diez, porque los relojes.
En la Sala Vergara aquel día se montaba la exposición previa, que es la semana en que once personas se convierten en veinte y todo el mundo anda con guantes.
Yaiza y yo colocamos la isla del gabinete Ayala: el secreter, la cristalería en su vitrina, el tapiz flamenco en la pared del fondo con la restauración de los cincuenta mirando hacia la ventana, que es donde menos se ve.
Y en el centro, en una vitrina baja con luz cenital y su cartel, el lote veintitrés.
—¿Le pongo la ficha entera o el resumen?
—El resumen.
—El resumen es la frase.
—El resumen es la frase.
Yaiza imprimió el cartel y lo puso en el atril de metacrilato, y se quedó mirándolo con la cabeza un poco ladeada.
—Nora.
—Dime.
—Esta frase la va a leer todo el que entre.
—De eso se trata.
—Ya. —Se ajustó el guante—. Es que es muy buena.
Y se fue a por el tapiz, y yo me quedé cuatro segundos delante de una vitrina con luz cenital, con un cartel de nueve palabras que había escrito yo en pijama un domingo por la noche.
Ahora la parte por la que estoy escribiendo esto.
Antes de eso hubo una escena a la hora de comer que también va en el expediente.
Yaiza y yo bajamos al bar de Moratín, el de Aurelio, y Yaiza pidió el menú y yo pedí el menú, y a mitad de la ensalada me dijo:
—Estás rara.
—Estoy bien.
—Estás rara de bien, que es peor. —Pinchó un tomate—. Llevas toda la mañana sin decir ninguna maldad.
Y me quedé con el tenedor a medio camino, porque tenía razón, y porque a mí me pagan por decir maldades en el momento exacto, y porque llevaba desde las ocho y diez de la mañana sin encontrarle la gracia a nada y no porque estuviera triste.
Yo tenía dentista a las cinco.
Limpieza de boca, media hora, en una clínica de López de Hoyos a la que voy desde 2015 porque es barata y porque la higienista se llama Vanesa y me cae bien. Lo tenía apuntado desde julio. No es una cita con nadie. No hay nadie esperándome. Le pagas lo mismo si vas que si no vas.
A las cuatro y veinte terminé lo que tenía que terminar en la Sala.
A las cuatro y veinticinco cogí el bolso.
Y a las cuatro y veintiséis me senté otra vez.
Me senté en mi mesa, en el segundo piso de la Sala Vergara, delante de un ordenador con la pantalla apagada, y estuve cuarenta minutos.
No hice nada. Que quede escrito, otra vez, porque es lo único que importa: no hice nada. No contesté correos. No revisé nada. Estuve sentada mirando una estantería con doce años de catálogos de la casa, con el bolso en las rodillas, hasta las cinco y seis.
Llegué a la clínica a las cinco y treinta y cinco.
—Nora, es que te hemos dado la hora a otra persona.
—Ya, Vanesa. Lo siento mucho.
—Es que hemos esperado veinte minutos, ¿eh, que hemos llamado y todo.
—Ya. Perdóname.
—Te doy para el veintitrés.
—Perfecto. Gracias, guapa.
Y salí a López de Hoyos.
Y sentí alivio.
Alivio. Físico. En el pecho. Como cuando sales de un examen. Yo bajé aquella calle a las cinco cuarenta de la tarde de un miércoles de octubre con la boca sin limpiar y una sensación de haber recuperado algo, y estuve andando cuatro manzanas disfrutándola antes de preguntarme qué era.
Y ahí me paré en mitad de la acera.
Porque no había nadie. Ese es el asunto entero.
No había nadie en aquella cita. No había una madre en un portal, ni un novio en una taberna, ni un hombre en un taller poniendo una mesa.
Había una higienista con la agenda llena que me iba a cobrar igual y a la que le daba exactamente lo mismo si yo aparecía a las cinco o el veintitrés.
Y yo, aquella tarde, once horas después de desayunar tres galletas con un señor que se había quedado a dormir, había necesitado dejar plantado a alguien.
A cualquiera. Al que fuera. A Vanesa.
Me acordé de una cosa que dijo Carlota en un japonés de Malasaña hace un mes: eso ya no es una explicación, es un número.
Y me acordé de la palabra que yo llevo usando desde los veintitantos —que el que espera pierde, que el que espera es el que quiere más— y por primera vez en veinticuatro años se me ocurrió mirarla del otro lado.
Porque si el sistema fuera de verdad un sistema para no esperar, aquella tarde no habría hecho falta.
Aquella tarde no me esperaba nadie.
Y aun así lo hice.
Saqué el móvil en la acera de López de Hoyos y le escribí:
¿Mañana a las siete?
Contestó en cuarenta segundos.
Sí.
Y luego, a los diez segundos, otro mensaje:
Trae hambre, que Greta ha decidido cosas.