22. Aquella noche
Aquella noche
### NORA
Doce minutos andando desde Trafalgar hasta mi portal y no dijimos gran cosa, y lo poco que dijimos fue idiota.
Que si hacía frío. Que si el bar de la esquina había cambiado de dueño.
Que si el toldo aquel. Íbamos deprisa los dos, cada uno por su lado de la acera, con esa manera de andar de la gente que ha decidido una cosa y ahora tiene que sostenerla doce minutos, que es exactamente el tiempo justo para que a cualquiera de los dos le dé tiempo a estropearlo.
En el portal me temblaron las llaves y él no hizo como que no lo veía, que se lo agradezco.
—Aviso de una cosa —dije, con la llave puesta.
—Dime.
—Que mi casa está fatal.
—Vale.
—No es una manera de hablar. Está fatal de verdad. Hay una caja de libros en el pasillo desde 2022.
—Nora.
—Y tengo tres botes del mismo champú.
—¿Por qué tienes tres botes del mismo champú?
—Por motivos que constan en un expediente —dije, y abrí.
Mi piso son sesenta y ocho metros en el segundo, con una cocina en la que no cabe una mesa y un salón grande con la mesa del ordenador delante de la ventana.
Lo compré hace cuatro años con treinta y siete minutos de retraso.
Aquí no ha entrado nadie que no fuera Carlota, mi madre o un fontanero, y llevaba en esa lista tanto tiempo que se me había olvidado que era una lista.
Julián Sarmiento entró en mi casa y no miró nada.
Eso es lo que más me desarmó de toda la noche, y me pasó en el primer minuto.
La gente entra en las casas ajenas y hace el recorrido: mira los libros, mira las fotos, dice «qué bonito» delante de algo.
Él dejó el abrigo donde le dije, se quedó en mitad del salón con las manos un poco separadas del cuerpo, como el que espera instrucciones en un sitio donde puede romper algo, y se estuvo quieto.
—Puedes mirar.
—Estoy mirando.
—Estás mirando al suelo.
—Estoy mirando el suelo —dijo—. Tiene ciento diez años y está sin lijar. Eso ya casi no queda.
Y ahí me di cuenta de que aquel hombre no estaba paralizado. Aquel hombre estaba en su modo, que es tasar en silencio, y que resulta ser el mismo modo que el mío, y que en dos personas que se dedican a mirar cosas viejas se parece bastante a rezar.
Le besé en mitad del salón.
Fue mejor que en el pasillo de los abrigos porque no había tabique, y peor porque en el pasillo de los abrigos yo no tenía tiempo de pensar y en mi salón sí lo tenía.
Pensé cuatro cosas seguidas y las cuatro eran gilipolleces, y la tercera era «tengo treinta y nueve años», y la cuarta era «y él cuarenta y cinco, o sea que estamos en paz», y por lo visto eso es lo que se le pasa a una por la cabeza en el momento más importante de su otoño.
Se separó él primero.
—Espera.
—¿Qué.
—Que si vamos a hacer esto, lo hacemos con luz.
Me eché hacia atrás.
—¿Qué?
—Que enciendas la luz.
—Está encendida la del pasillo.
—La del pasillo es una luz de pasar. —Y lo dijo perfectamente serio, con esa cara de hombre que explica el escape de un reloj—.
Yo tengo cuarenta y cinco años y me he separado hace nueve.
Si esto lo hacemos a oscuras y mañana por la mañana te arrepientes, tú me vas a decir que no te acuerdas bien, y yo me lo voy a creer, y voy a estar dos años pensando en ello. Enciende la luz.
—Eres un negociador espantoso.
—Soy relojero. Yo trabajo con luz.
—¿Y si mañana me arrepiento con luz? —dije.
—Entonces me lo dices mañana con luz y yo me voy a mi casa con luz —contestó—, y por lo menos los dos sabremos de qué estamos hablando.
Encendí la lámpara del salón, que es una de pie, de las de brazo, y a mí me pareció que aquella habitación se ponía como un quirófano y se lo dije, y él dijo que un quirófano tiene mil doscientos lux y que aquello tenía ochenta, y que si quería se lo demostraba con el móvil.
—Estás midiendo la luz de mi salón.
—Estoy intentando que no te dé vergüenza —dijo—. Y se me está dando muy mal.
Y ahí se acabó la parte en la que yo controlaba algo.
Porque me reí, me reí con el ruido feo, me reí con toda la caja del pecho, y él se rio también, y cuando dos personas de esa edad se están riendo así ya no hay manera de volver a poner la cara de nada.
Y en algún momento de todo aquello dije en voz alta, sin ninguna necesidad y en el peor momento posible:
—Tengo que decirte una cosa del reloj.
Y él, que estaba a diez centímetros, contestó:
—Mañana.
—Es que es importante.
—Mañana también va a ser importante —dijo—. Lleva setenta y siete años siendo importante.
Y eso, que en cualquier otro hombre habría sido una manera de quitárselo de encima, en aquel era literalmente una previsión técnica.
### JULIÁN
Voy a contar lo justo, porque hay cosas que uno no cuenta y porque además no soy quién.
Diré esto.
Que a esa edad ya nadie se desnuda de golpe, que eso se acaba a los treinta, y que lo que hay a partir de ahí es una serie de decisiones pequeñas que se van tomando en voz alta o casi.
Que ella dijo «espera» dos veces y las dos veces esperé, y que la segunda vez se rio de mí porque esperé demasiado.
Que yo dije «esto no» una vez y ella dijo «vale» sin ninguna ceremonia, y que después de eso todo fue mucho mejor, porque a partir de ahí ya sabíamos los dos que se podía decir.
Que se le enredó un jersey en un pendiente y estuvimos casi un minuto con eso.
Un minuto. Con la lámpara encendida, ella con el jersey por la cabeza y yo intentando soltar un aro de un hilo de lana con la torpeza de un hombre que se pasa el día trabajando con piezas de siete décimas de milímetro y que en aquel momento no habría sido capaz de abrir un bote de mermelada.
—Deja, deja.
—Espera que lo veo.
—Que lo rompes.
—No lo rompo, es lana.
—Rompes el pendiente.
—Es un pendiente de acero, es lo único de esta habitación que no se rompe —dije, y ella se rio dentro del jersey, con la cabeza tapada y los brazos arriba, y ese es el ruido con el que yo me acuesto desde entonces.
Que hubo un momento en el que se apagó todo lo que suena en mi cabeza.
Yo tengo un ruido de fondo. Lo tengo desde que tengo memoria y creo que se me pegó en el taller: es una cuenta.
Cuánto queda, qué hora es, cuánto lleva esto, a qué hora tengo que estar.
He hecho la compra contando, he conducido contando y me he ido a dormir contando.
Sonia me lo decía sin saber lo que estaba diciendo: tú estás siempre pendiente de otra cosa .
Y aquella noche, en algún punto, entre la lámpara de ochenta lux y el jersey y todo lo demás, se paró.
No sé cuánto rato. Esa es la cuestión. No lo sé, y es la primera vez en cuarenta y cinco años que puedo escribir esa frase.
Que después estuvimos callados un rato largo, cada uno mirando el techo, y que ella dijo:
—Bueno.
—Bueno.
—Pues ya está.
—Ya está.
Y que a los dos minutos se incorporó apoyada en un codo, con el pelo hecho un desastre y la lámpara todavía encendida, y me miró de esa manera suya de tasadora, por partes, empezando por las manos.
—Julián.
—Dime.
—No inventes más motivos.
—¿Cómo?
—Que no inventes más motivos. Lo de la luz de las cinco y cuarto, y lo de traer el reloj tú en taxi, y lo de las revisiones de un peritaje que podías haber cerrado hace tres semanas. —Se apoyó mejor—. Que ya está. Que no hace falta.
Me quedé mirando el techo de una casa que no conocía.
—Vale.
—Dilo tú.
—Ya lo he dicho.
—Has dicho «vale». Eso no lo has dicho tú, eso lo has firmado.
Y entonces me giré hacia ella, en una cama que no era la mía, con la luz encendida, a las dos y algo de la mañana de un miércoles laborable, y dije la frase más difícil que he dicho en nueve años, que además es una frase de nada:
—No voy a inventar más motivos.
—Ya está.
—Ya está.
—Pues apaga.
—Has dicho con luz.
—He dicho con luz para lo otro —dijo Nora Roldán, y se dejó caer de espaldas—. Para dormir soy una persona normal.
Alargué la mano y le di al interruptor de la lámpara.
No se apagó.
Le di otra vez. Nada. Le di tres veces, y la cuarta la moví, y la lámpara siguió encendida con la placidez de las cosas que llevan cuatro años esperando a que alguien las mire.
—Nora.
—Ya lo sé.
—¿Cuánto lleva así?
—Desde febrero.
—¿De este año?
—Del anterior —dijo, tapándose la cara con el brazo—. Se enciende con el interruptor de la pared, pero apagarla hay que hacerlo desenchufándola, y el enchufe está detrás de la caja de libros que hay en el pasillo desde 2022.
Me quedé un momento en silencio.
—¿Y tú cómo duermes?
—Yo duermo con la luz encendida desde hace veinte meses.
Me levanté. Ella dijo «no, no, déjalo» y yo ya estaba de pie. Fui al pasillo en calzoncillos, aparté la caja de libros veinte centímetros —pesaba lo que pesan las cajas de libros, o sea, más de lo que nadie recuerda—, encontré el enchufe, saqué la clavija y volví.
Se hizo la oscuridad en la calle Cardenal Cisneros.
—Ya está —dije.
Volví a meterme en la cama. Estaba fría por mi lado, que es lo que pasa cuando uno se levanta a arreglar algo a las dos y media de la mañana.
Y ella no dijo nada durante un rato bastante largo, y después dijo, desde el otro lado de la cama, con una voz que no le había oído nunca:
—Veinte meses.
—Ya.
—Veinte meses y venías tú y lo arreglas en cuarenta segundos.
—Es que no estaba roto —dije—. Solo estaba enchufado.