El arte de llegar tarde al amor 21. Cierre por inventario
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21. Cierre por inventario

Cierre por inventario

El catálogo entró en imprenta el martes a las once y cuarenta de la mañana.

La exposición previa abría el lunes siguiente, pero la sala se monta antes, y a mí me habían pedido el reloj para el miércoles por la mañana montado, estable y con el péndulo puesto y bloqueado.

Así que aquella noche cerré la persiana a las ocho, colgué el cartel, subí a cenar con Greta —martes, o sea que estaba con su madre; cené yo solo, huevos—, bajé otra vez a las nueve y me puse a montar.

Montar un movimiento de París lleva su tiempo.

Se colocan las ruedas en las platinas por orden inverso al que salieron, se cierra, se pasan los pasadores, se comprueba que todo gire sin punto duro, se monta la sonería, se pone la esfera, se ajustan las agujas y se deja el conjunto veinticuatro horas en observación.

Las agujas.

Ese fue el problema, y estuve veinte minutos con él.

Porque yo tenía que volver a poner las agujas donde estaban. Las siete y veintitrés. Es lo que dice el albarán, es lo que dice la ficha, es lo que hay en la portada de un catálogo que aquella misma mañana había entrado en una imprenta de Getafe en una tirada de mil doscientos ejemplares.

Y yo, con las agujas en la mano, sabía que aquella hora la había puesto una persona en 1949.

No el reloj. Una persona. Con una horquilla limada, a mano, a propósito.

Y allí estaba yo, en la calle Trafalgar, setenta y siete años después, un martes de octubre a las diez de la noche, colocando esas mismas agujas en esa misma posición con una pinza de latón, para que mil doscientos catálogos dijeran la verdad.

Las puse. Es mi trabajo.

A las diez menos veinte terminé y me quedé sin nada que hacer, que es la peor situación que se le puede dar a un hombre como yo un martes por la noche.

Recogí el banco. Barrí. Ordené la bandeja de las pinzas, que estaba ordenada. Fui a la estantería del fondo, saqué el cuaderno de 1987 y lo volví a abrir por el papel de fumar.

11-V-1987. Sobremesa Fr., bronce dor. Sra. de Ayala (hija). Limpieza exterior y revisión de máquina. No se pone en marcha por deseo expreso de la propiedad. 4.500 ptas.

Lo he leído unas cuarenta veces ya. Sé dónde está la mancha de tinta, sé que la ele de «limpieza» va montada sobre la i, sé que ese día mi padre atendió antes que a los Ayala a un tal Aguirre con un despertador Blessing.

Y lo que hago cada vez es lo mismo: busco algo que no está.

Mi padre tenía cuarenta y dos años en mayo del 87. Yo tenía seis. Ese hombre me enseñó a escribir en el libro antes que a abrir una tapa, y me dijo, con esas palabras, que la avería se escribe aunque el cliente esté delante.

Si él abrió esa máquina y vio una horquilla limada metida en el escape, tuvo que sacarla para revisar.

No se puede revisar un escape con un cuerpo extraño dentro.

Y si la sacó, la vio. Y si la vio y la volvió a poner —porque estaba, porque yo la he tenido en la mano—, entonces alguien de aquella familia se lo pidió, y él dijo que sí, y cobró cuatro mil quinientas pesetas, y escribió una línea que no decía nada.

O no la vio. Que también puede ser. Un hombre de cuarenta y dos años con dos entregas ese mismo día y un local que ya empezaba a ir mal.

He estado dieciocho días eligiendo entre esas dos posibilidades y no consigo elegir, y las dos me caen mal.

Cerré el cuaderno y lo puse de canto en su sitio, entre el del 86 y el del 88.

Sonó la campanilla a las veintidós cuarenta.

Yo tenía la persiana bajada hasta abajo y la puerta cerrada con llave, así que no sonó la campanilla: sonó el cristal. Tres golpes con un nudillo.

Estaba en la acera con el abrigo y sin bolso.

—¿Estás abierto?

—Estoy cerrado.

—Ya lo veo.

—Entra.

Le abrí, volví a cerrar con llave por costumbre y me di cuenta demasiado tarde de que aquello podía parecer otra cosa, y ella se dio cuenta de que yo me había dado cuenta, y no dijo nada, que fue lo mejor que hizo en toda la noche.

Se quedó de pie en mitad de la tienda.

Hay una cosa de mi tienda de noche que yo no sé explicar y que aquella noche entendí porque se la vi entender a ella. Durante el día, con la persiana subida y el ruido de Trafalgar, los relojes no se oyen. Por la noche, con la persiana abajo, se oyen los treinta y nueve.

Y no van juntos.

Cada uno tiene su tren de escape y su ritmo, y ninguno coincide con ninguno más de tres o cuatro golpes seguidos. Se juntan, se separan, uno se adelanta, dos se cruzan. Es un ruido que a mí me duerme desde los nueve años y que a la gente que entra aquí por primera vez de noche le pone nerviosa.

—Están discutiendo —dijo.

—Están cada uno en lo suyo.

—Están discutiendo, Julián. —Se quitó el abrigo—. Yo llevo cuarenta años en reuniones. Eso es una discusión.

—¿Has cenado? —dije.

—He cenado un yogur a las siete de pie en la cocina de la Sala.

—Eso no es cenar.

—Eso es lo que ceno.

Le puse en un plato lo que había, que era el bizcocho de Amparo del sábado envuelto en papel de aluminio, algo seco pero honrado. Se comió dos trozos sin decir una palabra y después dijo «está bueno» con una fluidez que me hizo dudar, y luego cogió el tercero, y ahí ya la creí.

Le puse un taburete. Le hice el café malo. Le enseñé el reloj montado, con las agujas puestas y el péndulo bloqueado con la cuña de corcho, y ella se quedó mirándolo mucho rato.

—Está entero.

—Está entero.

—Da rabia.

—Da bastante rabia, sí.

Y ahí nos quedamos. Dos personas de cuarenta y muchos, en una tienda con la persiana bajada, un martes a las once de la noche, con treinta y nueve relojes discutiendo y un cuarenta que no dice nada.

Ella habló primero. Lo hace siempre.

—Te tengo que contar una cosa.

—Vale.

—El día que traje el reloj. El primer día, el del viernes.

—Ya.

—Ya no. Déjame.

Cogió la taza con las dos manos y no bebió.

—Cuando dije «ah, ¿el de la cita?», y puse esa cara, y tardé cuatro segundos.

—Fueron cuatro segundos malísimos.

—Fueron los peores cuatro segundos de mi carrera profesional —dijo—. Y quiero que sepas que no fue que no me acordara. Yo te reconocí desde la acera de enfrente, antes de entrar. Lo hice a propósito.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Nora, yo llevo catorce años detrás de un mostrador. La gente me miente todos los días sobre cómo se le ha caído el reloj. —Me apoyé en el banco—. Lo que no sé es por qué.

Y ella hizo una cosa que no le había visto hacer nunca: se quedó callada bastante rato.

—Porque si yo entro ahí diciendo «hombre, el de la mesa siete», entonces era yo la que se acordaba —dijo—. Y el que se acuerda es el que ha estado pensando en el otro. Y el que ha estado pensando en el otro va perdiendo.

—¿Perdiendo qué?

—Eso ya no lo sé —dijo—. Antes lo sabía.

Los relojes siguieron discutiendo.

—Te toca —dijo ella.

—¿A mí?

—A ti. Yo he puesto una. Pon otra.

Y aquí es donde yo tenía que haber dicho una de las tres o cuatro cosas que llevaba semanas sin decir, y dije la más pequeña, que es lo mío.

—Lo de las cinco y cuarto.

—La luz.

—La luz era verdad. La luz entra de lado veinticinco minutos y es la única hora del día en que se ve el dorado como se veía en 1870, y todo eso es cierto y lo pondría en un informe.

—Cogí un trapo que no necesitaba—. Y también es cierto que la semana anterior habías cancelado el jueves, y que yo me pasé el fin de semana buscando un motivo profesional para verte que no fuera un jueves.

—Ya.

—Y lo encontré. Ese es el asunto. Que lo encontré, y que era bueno, y que me lo creí durante dos días enteros.

Ella dejó la taza en el banco.

—¿Y lo otro?

—¿Qué otro?

—El cuaderno —dijo—. El de tu hija. La última fila la escribiste tú.

Y yo, que llevo cuarenta y cinco años sin saber decir nada de esto, dije:

—Es que llevo la cuenta desde antes de que ella empezara.

Nora Roldán se levantó del taburete.

No dijo nada. Cruzó los tres metros de tienda que hay entre el taburete y el banco, se paró delante de mí y me puso la mano abierta en el pecho, encima de la camisa, con la palma entera, como se apoya una mano en una puerta para ver si arde.

Y ahí estuvimos un rato con eso.

—¿Cuánto es? —dijo.

—¿El qué?

—La media. Hoy.

—Veintitrés coma ocho.

—Julián.

—Veintitrés coma ocho —repetí—, y llevo desde el martes pasado sabiendo que si mañana llegas a la hora se me estropea la única cosa que tengo tuya que se puede medir.

Y ella se rio con ese ruido feo, con la mano todavía en mi camisa, en una tienda con la persiana bajada, y dijo:

—Apaga eso.

—¿El qué?

—La lámpara del banco. Que llevas veinte minutos apuntándome con ella como si fuera una pieza.

La apagué.

Nos quedamos a oscuras, con la luz naranja de la farola de Trafalgar entrando por la rendija de abajo de la persiana, y treinta y nueve relojes sin ponerse de acuerdo en nada.

—Julián.

—Dime.

—Mañana te tengo que enseñar una cosa que he escrito.

—Vale.

—No es del reloj. —Me quedé callado un momento—. Bueno, sí es del reloj.

—Enséñamela mañana.

—Vámonos —dijo.

—¿A dónde?

—A mi casa, que está a doce minutos andando y no tiene relojes.

Subí la persiana lo justo para pasar por debajo los dos, agachados, como dos ladrones.

Y en la acera, mientras echaba la llave, me acordé de que me había dejado el cartel puesto por dentro del cristal, mirando a la calle, con las letras muy cuidadas.

VUELVO ENSEGUIDA.