El arte de llegar tarde al amor 20. Resaca y catálogo
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20. Resaca y catálogo

Resaca y catálogo

El sábado me desperté a las diez y cuarenta con la boca seca, los ojos hinchados y una frase entera formada en la cabeza, que ya he dicho que me pasa dos veces al año y que nunca son buenas noticias.

La frase era: tienes hasta el martes.

Me hice un café. Me lo bebí de pie. Me hice otro y ese me lo llevé al ordenador, que está en la mesa del salón, delante de la ventana, en un piso que compré hace cuatro años con una carpeta de anillas y treinta y siete minutos de retraso.

Y me puse a escribir la ficha del lote 23.

En la Sala Vergara una ficha de catálogo tiene un formato fijo desde 1953 y ocupa lo que ocupa: encabezado, descripción técnica, medidas, estado de conservación, procedencia, nota, salida.

La nota es el único sitio donde uno puede escribir como una persona y por eso es el único sitio donde se pierden o se ganan los cuatro mil euros de diferencia.

A las once y veinte tenía escrita la ficha.

LOTE 23 Reloj de sobremesa. Francia, hacia 1870.

Bronce dorado al mercurio y bronce patinado.

Esfera esmaltada con numeración romana. Movimiento de París con sonería de campana, marcado Japy Frères et Cie, Médaille d'Honneur .

Caja con dos figuras alegóricas. Medidas: 47 × 34 × 16 cm.

Estado de conservación: dorado original con desgaste en aristas; cristal original; una figura con atributo perdido.

Mecanismo no puesto en marcha. Procedencia: gabinete de don Álvaro Ayala Berruguete (1881-1949), Madrid, calle Fernández de la Hoz; por descendencia directa hasta la actual propiedad.

Revisado por Relojería Sarmiento (Madrid) en 1987.

Nota: Según tradición familiar documentada, el reloj se detuvo el 14 de marzo de 1949, día del fallecimiento de don Álvaro Ayala, y no ha vuelto a ponerse en marcha por voluntad expresa de sus descendientes.

Se ofrece en el estado en que ha permanecido durante los últimos setenta y siete años. Salida: 8.000 €

La leí ocho veces.

Es una ficha impecable. Que quede constancia.

En once años no he escrito nada mejor. «Según tradición familiar documentada» aguanta un temporal.

«No ha vuelto a ponerse en marcha por voluntad expresa de sus descendientes» es literalmente lo que puso el padre de Julián en un libro de taller en mayo de 1987 y es verificable con un cuaderno de tapa dura de la calle Trafalgar.

«Se ofrece en el estado en que ha permanecido» es una frase de una honradez conmovedora que no significa absolutamente nada.

No hay una sola mentira en esa ficha. Ni una. Se puede leer delante de un juez.

Guardé el archivo. Le puse nombre: 23_ficha_catalogo_DEF.docx .

DEF. Definitivo. Tres letras.

Y a las once y media abrí un documento nuevo.

No sé por qué lo hice. Es decir: sí lo sé, pero no me lo dije en ese momento.

En ese momento me dije que era un ejercicio, que era por ver cómo quedaba, que a veces escribo dos versiones de una nota para elegir.

Eso último es verdad. Lo hago. Lo que no hago nunca es escribir una versión que sé que no voy a mandar.

LOTE 23 Reloj de sobremesa. Francia, hacia 1870.

[...] Estado de conservación: mecanismo íntegro, sin averías atribuibles al abandono.

Peritaje de Relojería Sarmiento (Madrid), 2026: la máquina se encuentra en condiciones de funcionamiento previa limpieza.

Procedencia: gabinete de don Álvaro Ayala Berruguete (1881-1949).

Nota: El reloj marca las 19:23. La tradición familiar atribuye esa hora al fallecimiento de don Álvaro Ayala el 14 de marzo de 1949.

La certificación literal de defunción del Registro Civil de Madrid sitúa el fallecimiento a las 4:10 de ese mismo día.

Durante el peritaje se ha recuperado del interior de la caja media horquilla de moño con la punta limada a mano, cuyo grosor (0,7 mm) coincide con las marcas presentes en el flanco de la rueda de escape.

El mecanismo fue detenido de forma deliberada, mediante intervención manual, en fecha indeterminada. Salida: —

Me quedé mirando esa raya un rato largo.

Porque esa es la pregunta y ahí está entera.

¿En cuánto sale un reloj al que alguien paró a mano?

No lo sé. Nadie lo sabe. No hay comparables.

Yo llevo once años poniéndole precio a las cosas y sé decirte lo que vale un tapiz restaurado en los cincuenta, una cristalería con una copa desportillada y un Sorolla que no es de Sorolla, y no tengo la más remota idea de lo que vale la verdad, porque en mi oficio la verdad no se subasta: se cataloga o no se cataloga.

Antes de guardarlo hice una cosa que no le he contado a nadie.

Cogí el móvil y abrí la conversación con Julián. La última línea era suya, del jueves, y ponía: Vale. Otro día.

Escribí: He escrito la ficha de verdad. La tengo aquí.

Y lo borré.

Escribí: ¿Qué harías tú?

Y lo borré también, porque a mí no me hace ninguna gracia preguntarle a nadie qué haría, y menos a un hombre que ya me lo dijo en su tienda: yo no soy tu conciencia, yo soy el perito.

Al final no escribí nada, que es la tercera cosa que se me da bien después de tasar muebles y llegar tarde.

Guardé el archivo.

Y aquí viene la parte por la que estoy escribiendo todo esto, porque en el nombre del archivo está el capítulo entero.

No le puse 23_ficha_verdad.docx . No le puse 23_ficha_B.docx . No le puse nada que dijera lo que era.

Le puse: 23_ficha_alternativa_borrador.docx .

Alternativa. Borrador. Dos palabras que quieren decir «esto no existe todavía» y que yo he usado ochocientas veces en once años para nombrar cosas que no existían todavía y que después no existieron nunca.

Los tuve los dos abiertos en la pantalla, uno al lado del otro, durante veinte minutos.

Antes de eso me di una ducha larga y estuve un rato haciendo lo que hace la gente el día después: recomponer la noche por trozos y ponerlos en orden.

La tarta con la figurita serrada.

Julián arreglando el reloj del pasillo con una pila que le dio la chica de la barra y con un destornillador de gafas que llevaba en la cartera, en un local de la calle Espíritu Santo, a las once y media de la noche, con seis personas mirándolo como se mira un truco de magia.

Y él sin darse cuenta de que lo miraban.

El pasillo.

Y la doce.

Nunca me esperó despierto.

Yo llevaba desde las once menos veinte sin poder pensar en otra cosa, y no era por Sergio, al que además le tengo cariño y al que voy a echar de menos, y no era por Carlota.

Era porque yo llevo veinticuatro años contando en las cenas un chiste que dice que el que espera pierde.

Y aquella noche, en un local con las paredes de ladrillo, mi mejor amiga se subió a una silla delante de veinte personas y dijo que lo que le había roto el matrimonio, la cosa que había puesto la número doce y no la número uno porque era la única que dolía de verdad, era exactamente eso.

Que nadie la esperó despierto.

Y que uno puede llegar a casa a la una de la madrugada y encontrarse la casa a oscuras, y que eso no es libertad. Que eso, cuando pasa doce años seguidos, es que nadie tenía la luz encendida por ti.

Me sequé el pelo pensando en eso, y me lo quité de la cabeza como me quito yo las cosas de la cabeza, que es poniéndome a trabajar.

Y a las doce y diez sonó el teléfono.

—¡Nora! Perdona, ¿es sábado? Es sábado. Perdona.

—Casilda, no pasa nada.

—Es que se me ha ido la cabeza. Oye, que me ha llamado mi prima, que ha visto lo de la subasta en la web, y me ha dicho que si me he vuelto loca por vender el reloj.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que sí. —Se rio—. Que me he vuelto loca y que voy a arreglar la caldera.

—Casilda, una cosa. La ficha del catálogo. ¿Quieres leerla antes de que entre en imprenta?

—¿Puedo?

—Es tu reloj.

—Ay, no, no. Mándamela cuando esté impresa y la enseño en Navidad. —Se rio—. Si te la leo ahora me la voy a leer cuarenta veces y le voy a cambiar cosas, y yo de esto no sé nada.

Le expliqué el calendario: catálogo a imprenta el martes, exposición previa del cinco al trece, subasta el catorce a las siete de la tarde. Le dije que viniera. Le dije que la sentaríamos en las primeras filas, que es lo que se hace con los consignatarios cuando el lote es cabecera.

—¿Y sale en la portada de verdad?

—Sale en la portada de verdad.

—Jo.

Silencio.

—Oye, Nora.

—Dime.

—Una pregunta tonta.

—Dime.

—¿Cuánto vale la pena?

Me quedé con el móvil en la oreja.

Ella lo preguntaba en el sentido normal. Ella lo preguntaba como pregunta la gente de la vida real, queriendo decir «cuánto de los ocho mil euros es por el bronce y cuánto es por la historia», porque a Casilda Ayala le fascinaba desde el primer día que una anécdota familiar valiera dinero.

Y yo lo oí de la otra manera.

Lo oí entero y de golpe y en el sentido feo, sentada en mi salón, con dos documentos abiertos en la pantalla, uno llamado DEF y otro llamado alternativa borrador , y con la boca todavía sabiéndome un poco a la copa de la noche anterior.

—Depende —dije.

—¿De qué?

Y ahí tuve delante los cuatro segundos más caros de mi vida profesional, y los gasté como los gasto siempre.

—De lo que esté dispuesto a pagar el que puje.

Casilda se rio.

—Eso ha sonado muy de subastadora.

—Es que soy subastadora.

—Ya, mujer, era una broma. —Se oyó un ruido de cajas al fondo, porque esa mujer sigue vaciando pisos los sábados—. Oye, pues muchas gracias por todo, ¿eh. De verdad. Que sepas que en mi casa esto es un acontecimiento.

Y me quedé sentada delante de la pantalla con las dos fichas abiertas, la DEF a la izquierda y la alternativa borrador a la derecha, y con la voz de una mujer de treinta y cuatro años diciendo «que sepas que en mi casa esto es un acontecimiento».

Colgué.

Cerré el documento alternativa borrador sin guardar nada, porque no había cambiado nada.

Y no lo borré.