19. La fiesta de divorcio
La fiesta de divorcio
Llegué a las nueve en punto.
Voy a decir cómo lo hice, porque no lo hice bien: lo hice con trampa.
Llegué al portal a las ocho y cuarenta y siete, vi que era pronto, sentí físicamente el impulso de meterme en un bar, y en vez de meterme en un bar me quedé de pie en la acera de enfrente del número que ponía en el sobre, con el frío de finales de octubre, durante trece minutos, mirando el móvil como una idiota.
Trece minutos de pie en la calle para no llegar antes.
Ni siquiera puedo decir que fuera puntualidad. Fue puntualidad ejecutada con el método de la impuntualidad, que es como dejar de fumar mascando el filtro.
A las nueve en punto crucé y llamé al timbre.
No lo notó nadie.
Eso también hay que ponerlo. Entré, me quité el abrigo, saludé a doce personas y ninguna, ni una sola, me dijo nada. Yo llevaba veinticuatro años entrando a los sitios con una entrada y aquella noche entré como entra todo el mundo, que es sin que pase nada.
Bueno: lo notó una.
Carlota estaba en mitad del local con una copa en la mano y un vestido rojo que se había comprado el jueves, y cuando me vio se paró en seco.
—Son las nueve.
—Ya.
—Son las nueve en punto, Nora.
—Ya lo sé.
—Yo he dicho a las nueve y he puesto en el sobre a las nueve porque doy por hecho que la gente viene a las nueve y media.
—Pues lo siento mucho.
—No lo sientas, me estoy emocionando y me he pintado los ojos.
El local era un bajo pequeño de la calle Espíritu Santo con las paredes de ladrillo, una barra al fondo y unas guirnaldas que alguien había puesto con muchísima intención.
Veinte personas. La hermana de Carlota. Tres del despacho.
Dos parejas de las de siempre. Un chico de Vallecas que resultó ser el que había serrado la figurita y al que Carlota había invitado por gratitud profesional.
Y Julián Sarmiento, de pie junto a la barra, con la camisa buena, hablando con la hermana de Carlota.
—¿A qué hora ha llegado? —le pregunté a Carlota.
—A las ocho y treinta y cinco.
—Ay, Dios.
—Ha llegado veinticinco minutos antes de la hora de una fiesta —dijo Carlota— y se ha quedado fuera diez porque no había nadie, y luego ha entrado y ha ayudado a mi hermana a subir las sillas del sótano. Nora, ese hombre lleva aquí desde antes que el hielo.
Veinticinco minutos.
Es el mismo número. Es exactamente el mismo número de la Taberna Marcial, y yo me quedé un segundo con la copa en la mano pensando que hay gente que tiene una constante, como los materiales, y que a lo mejor la de este hombre son veinticinco minutos y ya está, y que llevo desde septiembre gastándoselos.
Antes de la tarta pasó lo del reloj del pasillo, aunque yo entonces no me enteré y me lo contaron después tres personas distintas con tres versiones que mejoraban.
Al parecer, la hermana de Carlota dijo que aquel cacharro llevaba parado desde que ella iba a ese local, que son siete años.
Al parecer, Julián preguntó si había una pila del uno cinco tres o similar.
Al parecer, la chica de la barra encontró una en un cajón de la cocina, debajo de unos manteles.
Y al parecer, aquel hombre sacó de la cartera un destornillador de gafas de los que se venden en las ferreterías por un euro veinte, se subió a una silla y en diez minutos el reloj del pasillo estaba en hora.
Y seis personas lo miraron hacerlo como se mira un truco de magia, y él no se enteró de que lo estaban mirando, que es la parte que a mí me contaron las tres.
La tarta salió a las diez y media.
Bizcocho de tres pisos, cobertura blanca, y arriba, en el centro, la figurita de novios de las de toda la vida serrada limpiamente por la mitad con una sierra de marquetería, las dos mitades separadas cuatro centímetros y cada una mirando hacia un lado.
El chico de Vallecas la había lijado y le había pintado el corte de blanco para que no se viera el plástico.
Fue lo más bonito de la noche y lo dijo todo el mundo.
—Es que se lo dije —repetía Carlota—: la figurita se sierra o no hay tarta.
Y a las once menos veinte, con una copa de más y sin ningún micrófono porque el local no tenía, Carlota Beltrán se subió a una silla y sacó del bolso un folio plastificado.
—¡Callaos!
Se calló todo el mundo.
—Esto es la lista. Son doce. Las he numerado yo y las he plastificado yo porque llevo doce años redactando documentos para otros y esta noche me redacto uno mío.
Aplausos.
—Uno. Doce años diciendo «lo que tú quieras» y luego poniendo cara.
Risas.
—Dos. Contar mis anécdotas en primera persona delante de mí.
Más risas.
—Tres. Decir que le daba igual dónde veranear y después los diez días de Cádiz de 2019, que están en el expediente.
—¡Los diez días de Cádiz! —gritó alguien del despacho.
—Cuatro. Preguntar «¿qué te pasa?» con un tono que garantizaba que yo no iba a contestar.
—Cinco. El cajón.
—¡EL CAJÓN! —gritaron cuatro personas a la vez, y yo no supe nunca lo que era el cajón, y no lo he preguntado, porque hay cosas que solo pertenecen a los años que uno no ha estado.
Fue subiendo. La seis, la siete, la ocho. La nueve era buenísima y ya no me acuerdo. La diez hizo que la hermana se tapara la cara. La once tenía una fecha exacta y un nombre propio y provocó un silencio de dos segundos y después la carcajada más grande de la noche.
Y ahí, en el minuto once de doce, yo salí al pasillo.
Salí porque me faltaba el aire de reírme y porque en el pasillo estaban los abrigos y yo quería el pañuelo, o eso me dije. En el pasillo había una bombilla desnuda, seis abrigos colgados de una barra y un radiador.
Y estaba él.
—Se te ha escapado la once —dije.
—La he oído desde aquí.
—¿Y qué haces en el pasillo?
—Estaba mirando eso.
Señaló con la barbilla la pared del fondo, donde había un reloj de cocina de esos redondos de plástico blanco, de bar, con el segundero rojo. Parado en las cuatro y diez.
Las cuatro y diez.
Los dos lo miramos. Ninguno de los dos dijo nada durante un momento, porque las dos personas que estábamos en aquel pasillo éramos las dos únicas personas de Madrid para quienes esa hora significaba algo, y las dos lo sabíamos.
—No me lo puedo creer —dije.
—Es una pila.
—Ya sé que es una pila.
—Le he pedido una a la chica de la barra. Se la pongo antes de irme.
—Julián.
—Es que si no, mañana ese reloj sigue así —dijo, y se encogió de hombros—. Y a mí eso me pone de mal humor toda la semana.
Y yo me reí, y la risa se me acabó en mitad del pasillo, y él se calló, y yo di un paso.
No voy a explicarlo mejor. Di un paso. Él no dio ninguno, que es peor.
Estábamos entre seis abrigos y un radiador, con la bombilla desnuda encima, con el ruido de veinte personas riéndose al otro lado de un tabique, y le puse la mano en el cuello de la camisa buena por la parte de dentro, donde la tela está caliente, y él me cogió por la cintura con las dos manos a la vez, con la firmeza de un hombre que lleva veinte años cogiendo cosas frágiles y no se le ha caído ninguna.
Y nos besamos.
Duró poco y no fue poco. Fue de los que empiezan con cuidado por si acaso y a los tres segundos ya no.
Fue de los que hacen ruido de ropa. Fue —y esto no lo he escrito nunca en ningún sitio— de los que te dejan sin sistema, porque en algún momento yo me oí a mí misma hacer un ruido que no era ninguno de los ruidos que yo hago.
Y entonces, al otro lado del tabique, la voz de Carlota Beltrán dijo:
—Y el número doce.
Me separé.
Fue automático. No lo decidí. Me separé cinco centímetros y me quedé quieta, con la mano todavía en su camisa, mirando el tabique.
—Es la doce —dije.
—Ya.
—Es la única que no me enseñó.
Julián me soltó la cintura despacio, sin ninguna prisa y sin ninguna cara, y dijo:
—Pues vamos.
Entramos los dos. Cabíamos justo en la puerta.
Carlota estaba en la silla con el folio plastificado en una mano y la copa en la otra, y ya no se reía nadie, porque hay un momento en todas las fiestas en que se acaba, y ese momento se ve venir por la cara de la que habla.
—Y el número doce —repitió.
Miró el folio. No lo leyó: se lo sabía.
—Nunca me esperó despierto.
Nadie dijo nada.
—Doce años —dijo Carlota Beltrán, con muchísima tranquilidad, desde una silla, con un vestido rojo—. Yo llegaba a las once, a las doce, a la una. Y la casa a oscuras. Y él no estaba enfadado, ¿eh? Nunca estaba enfadado. Estaba dormido, que es distinto y es peor.
Silencio.
—Ya está. Ya son doce. —Se bajó de la silla—. Poned música.
Pusieron música.
Yo me quedé de pie donde estaba, con una copa vacía en la mano, en un local de la calle Espíritu Santo, a las once menos veinte de un viernes de octubre, y con la boca todavía caliente.
Y lo único que era capaz de pensar, con una claridad que no le deseo a nadie, era:
Ese hombre lleva desde las ocho y treinta y cinco.