El arte de llegar tarde al amor 18. Miércoles
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18. Miércoles

Miércoles

La calle Huertas a las once de la mañana de un miércoles es una calle en obras con veintitrés bares cerrados y dos personas fregando aceras.

Yo no bajo al centro. Lo digo sin ninguna épica: tengo una tienda que abre de diez a dos y de cinco a ocho, no tengo empleados y para cerrar en horario comercial necesito un motivo.

En catorce años he cerrado siete veces por asuntos propios y de esas siete, cuatro fueron por Greta y dos por entierros.

Aquel miércoles cerré por lo siguiente.

Uno: el catálogo entraba en imprenta el martes de la semana siguiente y yo quería ver la maqueta con mis ojos antes de que estuviera impresa.

Eso es defendible. Yo he firmado un peritaje de esa pieza, mi apellido va en la ficha técnica, y si en la página anterior a mi apellido va una frase que yo sé que no es verdad, eso es un asunto mío y no solo de la Sala.

Dos: había que devolver el reloj para la exposición previa y no me apetecía que lo bajara Aurelio en el furgón con una manta. Un movimiento recién montado no se transporta con el péndulo puesto, y yo prefiero llevarlo yo, aunque eso me cueste un taxi de diecinueve euros que no me van a pagar.

Y tres: el martes ella había llegado cuarenta minutos tarde a una cita que había pedido ella, y el jueves lo había cancelado por mensaje a las nueve menos cuarto de la noche.

Yo no me digo estas cosas en este orden. Me las digo en el orden uno, dos, tres. Lo del tres me lo digo al final, en el taxi, y me lo digo entero, y me da la misma vergüenza que le daría a cualquiera.

Ella se pasa la vida concediéndose excusas y las cuenta a gritos en las mesas. Yo me las concedo igual, lo que pasa es que las mías van numeradas y con factura de taxi.

La Sala Vergara huele a cera y a papel y tiene una escalera de madera con la alfombra sujeta por barras de latón que alguien limpia. Me abrió la chica joven, Yaiza, que me quitó la caja de las manos con una seguridad que agradecí.

—¿Julián? ¿El relojero?

—Sí.

—Vale. Vale, vale. —Y se giró hacia dentro—: ¡Nora, que está aquí el señor Sarmiento!

Y ese «vale, vale» me duró toda la mañana, porque yo llevaba diecinueve euros de taxi convencido de que en aquella casa mi nombre era una firma en un albarán.

Nora bajó las escaleras a los veinte segundos.

Yo la he visto en tres sitios: en una taberna, en mi taller y en la acera de mi calle.

En su casa es otra persona. No peor ni mejor: otra.

Anda más recta, habla más bajo y se toca menos el pelo.

Llevaba una carpeta debajo del brazo y un lápiz detrás de la oreja y le estaba diciendo algo a un hombre mayor con bata gris mientras bajaba, sin mirar los escalones, porque lleva once años bajando esos escalones.

—Has venido.

—He traído la pieza.

—Podía haber ido Aurelio.

—Aurelio la habría bajado con el péndulo puesto.

—Aurelio ha bajado cuatro mil relojes.

—Y todos con el péndulo puesto —dije, y el hombre de la bata gris, que era el propio Aurelio, soltó una risa por la nariz y siguió andando sin defenderse, que es lo que hacen los hombres que llevan treinta y un años teniendo razón.

Estuvimos una hora en la sala de exposición.

Es una sala grande con las paredes forradas de tela y los muebles de la subasta de otoño colocados en isla, con las etiquetas de lote atadas con hilo.

Ciento sesenta piezas. Vi las vitrinas isabelinas.

Vi el despacho fernandino, que es feo. Vi la plata puesta en bandejas encima de un paño gris, y vi la marina de la que ella se ríe.

Y vi la maqueta del catálogo, en un tablero, con la portada a tamaño real.

Es muy buena. Eso lo digo yo, que no entiendo de esto.

El negro es un negro de verdad, no un gris oscuro.

La esfera ocupa la página entera y se ven las horquillas del esmalte, las grietas finas que tienen todos los esmaltes de esa época y que a mí me gustan más que el esmalte entero.

El dorado sale con el relieve que le sacó mi hija con un cartón blanco inclinado quince grados.

Y las agujas están donde llevan setenta y siete años.

Debajo, en letra pequeña:

Se paró el 14 de marzo de 1949 a las 19:23.

Me quedé delante de aquello un rato largo.

—Di algo —dijo ella.

—Es muy bonito.

—Di lo otro.

—No hay otro. Es una frase que no afirma nada que no se pueda sostener.

—Julián.

—Es verdad que se paró. Es verdad que marca esa hora. Y de la fecha tenéis la palabra de la familia, que es lo que tiene cualquier catálogo de Europa. —Me metí las manos en los bolsillos—. Yo no soy tu conciencia, Nora. Yo soy el perito.

Y ella me miró como se mira a alguien que te acaba de dar exactamente lo que le habías pedido y no era lo que querías.

Fue entonces cuando apareció Braulio Vergara.

Setenta años, chaqueta cruzada, gafas en la mano, y esa manera de entrar en una habitación de la gente que lleva cincuenta años entrando en habitaciones donde todo el mundo se calla.

—Así que usted es el de Trafalgar.

—Julián Sarmiento.

—Su abuelo le puso el escaparate en el sesenta y uno.

—En el sesenta y uno.

—Yo tenía cinco años y mi padre esta casa. —Se puso las gafas—. Dígame una cosa. Ese reloj, como máquina, ¿cuánto vale?

—¿Como máquina?

—Como máquina.

—Trescientos euros. Cuatrocientos si el comprador la quiere andando y le hago la limpieza completa.

Braulio Vergara se giró hacia Nora, muy despacio, con una satisfacción de hombre que ha ganado una apuesta consigo mismo.

—¿Lo ve, Roldán? Trescientos euros.

—Don Braulio.

—Sale en ocho mil. —Volvió a mirarme—. ¿Y sabe usted por qué sale en ocho mil, señor Sarmiento?

—Por la caja.

—No.

—Por la historia.

—Por la historia. —Se quitó las gafas otra vez, que es una cosa que hace cada cuarenta segundos y que a mí me pone nervioso—. Nosotros no vendemos objetos. Nosotros vendemos el motivo por el que alguien guardó un objeto. Lo demás lo hace el bronce.

—Ya.

—¿Le parece a usted una estafa?

Y ahí me di cuenta de que aquel hombre llevaba cuatro minutos haciéndome una entrevista de trabajo para un puesto que no existía.

—Me parece —dije— que ustedes escriben en el catálogo lo que la familia les cuenta, y que si la familia se equivoca, se equivocan ustedes de buena fe.

—Exacto.

—Y que si la familia no se equivoca, entonces alguien tiene que estar equivocándose en otro sitio.

Braulio Vergara se quedó quieto.

Fueron dos segundos. Dos segundos y pico. Los mismos dos segundos con los que ella le había sacado cuatrocientos euros a un decorador el martes, y me di cuenta después de que en aquella casa todos hacen lo mismo y que probablemente lo aprendieron todos del mismo señor.

—Roldán —dijo, sin dejar de mirarme a mí—. Su perito le ha dicho a usted algo que a mí no me ha dicho.

—Mi perito no ha entregado el informe, don Braulio.

—Ya.

—Lo entrega a primeros de noviembre.

—Ya —dijo Braulio Vergara.

Y se fue.

Nos quedamos ella y yo en mitad de una sala con ciento sesenta lotes etiquetados y una moqueta que se traga los pasos.

—No has mentido —dijo ella.

—No.

—Pero has ayudado.

—Yo no he ayudado a nada. He contestado a lo que me han preguntado y me han preguntado mal a propósito. —Cogí la caja vacía del reloj—. Y tú acabas de repetir por segunda vez delante de mí una frase que llevas repitiendo desde octubre.

Se quedó con la carpeta en el pecho.

—¿Y tú qué habrías dicho?

—Yo no sé qué habría dicho. Yo tengo una tienda con treinta y nueve relojes y ninguna sala de juntas. —Y esto lo dije más suave, porque me salió más suave—. Lo único que sé es que llevo tres semanas escribiendo un informe muy corto y que se me está haciendo largo.

Y entonces se abrió la puerta de la calle y entró una mujer de unos cuarenta años con dos bolsas de una pastelería, gafas de sol en la cabeza y una energía que se notaba desde el otro lado de la sala.

—¡Perdón! Traigo la prueba de la tarta. —Dejó las bolsas encima de una vitrina isabelina, que costaba tres mil ochocientos euros, y a nadie le dio tiempo a impedirlo—.

Nora, tienes que probarla, porque el de la pastelería dice que la figurita no se puede serrar por el bizcocho y yo le he dicho que la figurita se sierra o no hay tarta.

—Carlota.

—Es un tema de integridad estructural, dice él. Le he dicho que de integridad estructural sé yo un rato.

—Carlota.

—¿Qué?

—Que hay gente.

Aquella mujer se giró. Me miró de arriba abajo con una velocidad que me recordó a alguien y que tardé cuatro segundos en identificar como la velocidad exacta de Nora Roldán mirando un mueble.

—Ah —dijo.

Y luego, otra vez, más despacio:

—Ah.

—Julián Sarmiento —dije—. Encantado.

—Carlota Beltrán. —Me dio la mano. Le duró—. El relojero.

—El relojero.

—Usted viene el viernes.

—Carlota, no.

—El viernes a las nueve, en un local de la calle Espíritu Santo, me divorcio yo.

—Sacó de la bolsa un sobre y me lo puso en la mano con la naturalidad de quien te entrega una citación—.

Van veinte personas y todas me conocen desde hace veinte años, que es lo malo de las fiestas de divorcio.

Usted no me conoce de nada. Usted es exactamente lo que necesita esa fiesta.

—Carlota.

—Puede venir en calidad de acompañante técnico —dijo, y se puso las gafas de sol otra vez, en la cabeza, que es donde las llevaba—. Habrá tarta.

En la puerta, mientras Yaiza me devolvía el albarán firmado y sellado, miré una última vez hacia la sala.

Ciento sesenta lotes con su etiqueta de hilo. Doscientos ochenta metros de una casa de Almagro repartidos en islas encima de una moqueta, con precios de salida escritos a lápiz en la lista de un becario. Un piso entero convertido en una mañana de viernes.

Y en el centro, en su vitrina, con el péndulo bloqueado y las agujas donde alguien las dejó en 1949, mi trabajo.

Cogí un taxi de vuelta a Chamberí porque ya eran las doce y media y a la una tenía que abrir.

Diecinueve euros de ida, veintiuno de vuelta, cuarenta euros que no me va a pagar nadie, una caja vacía en las rodillas y un sobre en el bolsillo de la chaqueta.

Y en el semáforo de Alonso Martínez me pillé haciendo una cosa que no había hecho desde hace nueve años, que fue pensar si la camisa buena estaría planchada.