El arte de llegar tarde al amor 17. La puja telefónica
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17. La puja telefónica

La puja telefónica

Los martes de subasta menor la Sala Vergara se convierte en otro sitio.

La grande de otoño es teatro: catálogo en papel, sala llena, prensa, el martillo de Braulio, gente que se pone corbata.

La menor de los martes es una máquina. Noventa lotes, dos horas y veinte minutos, salidas de cien a mil quinientos euros, tres cuartos de sala vacía y todo el dinero de verdad en los teléfonos y en la web.

A mí me gusta más la de los martes. Ahí no hay nada que contar. Ahí solo hay que ser buena.

Yo llevo el teléfono uno desde hace nueve años.

Funciona así. Un cliente que no puede o no quiere venir deja instrucciones: lote, tope y forma.

Diez minutos antes de su lote, tú le llamas.

Y a partir de ese momento tienes en una oreja a una persona que se está gastando su dinero y en la otra a un subastador que va a dar tres golpes y a cerrar, y tu trabajo es que esas dos cosas no se estropeen mutuamente.

Aquel martes yo tenía cuatro teléfonos. El bueno era el lote 52.

Lote 52: pareja de jarrones chinos, familia rosa, hacia 1870, uno con restauración en el cuello. Salida mil doscientos. Mi cliente era Ramón Sedano, decorador, que compra para gente que no sabe que compra. Tope: cuatro mil.

Yaiza llevaba el teléfono dos, con un señor de Bilbao que iba al mismo lote y que le había dado un tope de tres mil quinientos, cosa que ni él ni Sedano sabían, y esa es exactamente la clase de cosa que hace que dos personas de la misma empresa se miren por encima de dos teléfonos como dos ajedrecistas.

Y en la sala, fila tres, estaba la señora Bergareche, que compra porcelana desde 1991 y que levanta la paleta como si le doliera el hombro.

—Lote cincuenta y dos —dijo Braulio—. Pareja de jarrones. Mil doscientos. Mil doscientos tengo. Mil trescientos.

Marqué.

—Ramón, soy Nora, de Vergara. Estamos en su lote. Mil trescientos en sala.

—Buenos días, Nora. ¿Cómo está la cosa?

—Hay dos más.

—¿Fuertes?

—Uno.

Los incrementos de esa franja van de cien en cien hasta dos mil y de doscientos a partir de ahí.

Eso quiere decir que entre mil trescientos y cuatro mil hay diecinueve escalones y que la puja entera va a durar entre cincuenta segundos y dos minutos y medio, y que en ese rato tú tienes que decirle a tu cliente lo justo.

Si le hablas de más, se pone nervioso y se sale.

Si le hablas de menos, se pierde y se sale también.

Es una conversación en la que se dice la palabra «sube» muchas veces y casi nada más.

—Mil cuatrocientos, teléfono dos. Mil quinientos, sala. Mil seiscientos.

—Sube —dijo Sedano.

—Mil seiscientos, teléfono uno. Mil setecientos.

La Bergareche levantó la paleta a mil ochocientos y ahí la dejó, que es lo que hace siempre: entra fuerte y se cae en el segundo tercio.

A partir de dos mil se quedaron dos: Sedano y el señor de Bilbao. O sea, mi oreja y la oreja de Yaiza.

Y aquí es donde el trabajo es trabajo.

Porque a partir de ese punto tú ya no estás transmitiendo información. Estás administrando la respiración de un hombre que no ve la sala. Sedano me dijo «sube» seis veces seguidas sin dudar, y a los tres mil doscientos hizo la primera pausa.

Una pausa. Media respiración. Nada.

—Tres mil cuatrocientos —dijo Braulio.

Y yo, en vez de decirle «sube», que es lo que le habría dicho un becario, no dije absolutamente nada.

Silencio. Un segundo. Dos.

Un subastador bueno le da a un teléfono tres segundos y medio antes de mirar hacia otro lado, y Braulio Vergara es un subastador bueno, y a los dos segundos y ocho décimas empezó a girar la cabeza hacia el teléfono dos.

—Tres mil cuatrocientos —dijo Sedano.

—Tres mil cuatrocientos, teléfono uno.

Y ahí se acabó, porque Yaiza tenía tope de tres mil quinientos, y el señor de Bilbao subió una vez más, y a los tres mil seiscientos ya estaba fuera y ella colgó con esa cara que se le pone a la gente que pierde por cien euros.

—Tres mil seiscientos, teléfono uno. ¿No hay más? Adjudicado.

Martillo.

Sedano compró la pareja de jarrones en tres mil seiscientos euros teniendo un tope de cuatro mil, y no lo compró más barato porque yo sea lista: lo compró más barato porque no dije una palabra durante dos segundos y ocho décimas. Ese es todo el oficio. Ese es el oficio entero.

Colgué, apunté la adjudicación, tapé el auricular y le dije a Yaiza, muy bajo:

—Lo has hecho bien.

—He perdido.

—Has llegado a tope. Eso no es perder, eso es haber trabajado con lo que te dieron.

Terminamos a las dos y cuarto. Noventa lotes, ochenta y uno vendidos, un noventa por ciento de colocación, que para un martes de octubre es una mañana muy buena. Braulio pasó por detrás de la mesa de teléfonos, no me miró y dijo, hacia adelante, sin detenerse:

—Los dos segundos.

—¿Perdón?

—Los dos segundos del cincuenta y dos. —Y siguió andando—. Eso no se enseña.

Comí un sándwich de pie en el almacén con Aurelio, que come todos los días a las dos y cuarto en el mismo sitio desde 1995, y que a media conversación dijo, sin venir a cuento:

—Bonita mañana ha hecho usted.

—Ha ido bien.

—No digo que haya ido bien. Digo que ha sido bonita. —Envolvió el papel de plata en una bola—. Yo llevo aquí treinta y un años y he visto a mucha gente en esa mesa de teléfonos. Usted es la única que se calla.

Habíamos quedado a las siete en Trafalgar.

Era una revisión extra, además. La había pedido yo, por escrito, el domingo: quería ver el borrador del informe antes de que él lo cerrara, porque el catálogo entraba en imprenta el martes siguiente y yo necesitaba saber con qué palabras iba a estar redactado el papel que iba a contradecir mi portada.

O sea que la cita era mía. Yo la pedí. Yo elegí el día y la hora.

A las seis y veinticinco estaba vestida y con el bolso en el pasillo.

A las seis y media salí de casa.

A las seis y cincuenta y dos estaba en la boca de metro de Quevedo, a cuatro minutos andando del número veinticuatro de la calle Trafalgar.

Y me metí en el bar de la esquina.

Voy a escribir esto entero porque si lo resumo me perdono.

No había ningún motivo. No me llamó nadie. No surgió nada. Me metí en un bar que se llama El Cruce, pedí una caña, me senté en un taburete de espaldas a la puerta y me quedé mirando la tele, que estaba puesta en un canal de noticias sin sonido, y estuve treinta y cuatro minutos.

Treinta y cuatro minutos.

Y durante esos treinta y cuatro minutos yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, sabía qué hora era, sabía que a cuatro minutos andando había un hombre que a las seis y media ya lo tenía todo preparado encima del banco, y sabía —esto es lo peor— que había una niña de diez años con un cuaderno cuadriculado en el que aquello se iba a escribir en una columna.

¿Por qué?

Voy a dar la respuesta buena, que es la que me sale, y luego la verdadera.

La buena: porque había tenido una mañana intensísima, porque llevaba desde las nueve con cuatro teléfonos, porque necesitaba veinte minutos de descompresión antes de meterme en otro sitio a hablar de otra cosa, porque cualquiera lo entendería.

Y la verdadera: porque a las siete en punto yo iba a ser una mujer que llega a la hora a un sitio donde la están esperando.

Y eso no.

A las siete en punto, en aquel bar, con la caña a la mitad, yo era todavía una mujer que estaba decidiendo.

A las siete y cuarto era una mujer que llegaba un poco tarde, que es una cosa graciosa.

A las siete y media ya era yo. Y a las siete y cuarenta, cuando por fin pagué y anduve los cuatro minutos, yo era la Nora Roldán de siempre, la que entra por la puerta con las manos abiertas diciendo «perdón, perdón, perdón», la que tiene una anécdota, la que hace reír, la que no le debe nada a nadie porque a ella tampoco la espera nadie.

Ese es el sistema. Ahí está entero. Lo pongo por escrito una vez y no lo vuelvo a explicar.

Y por el camino, en esos cuatro minutos, me construí la anécdota. Entera. Con el remate y todo: el lote cincuenta y dos, los dos segundos, Braulio diciendo «eso no se enseña», y luego la caña en El Cruce contada como si hubiera sido un desplome inevitable después de una mañana épica.

Era buenísima. La tenía lista al llegar al portal.

Llegué a las siete y cuarenta.

La campanilla sonó. Él estaba en el banco, con la lámpara encendida, montando el ancla del Ayala.

—Hola —dijo.

—Perdón. Ha sido un...

—No pasa nada. Está el borrador ahí.

Y siguió trabajando.

No fue frío. Quiero dejarlo claro, porque frío habría sido mejor.

Fue amable. Me preguntó por la subasta y le conté lo del lote cincuenta y dos y se rio con lo de los dos segundos y me dijo que eso en su oficio se llama «dejar que el muelle se asiente».

Me sirvió el café malísimo de la cafetera de 1974.

Estuvimos una hora larga trabajando el borrador línea por línea y discutimos dos veces, bien, de las que dan gusto.

Todo perfectamente normal.

Y a las nueve menos veinte, cuando ya me estaba poniendo el abrigo, vi el cuaderno.

Estaba abierto encima del extremo del banco, al lado de la caja de las pinzas. Cuadriculado, de espiral, con las cuatro columnas hechas a regla.

Y en la última fila, escrita con una letra que no era la letra grande y redonda de una niña de diez años, sino con una letra pequeña de estilográfica, ordenada, de las que se usan para que un papel dure más que el cliente:

23 oct — 19:00 — 19:40 — +40

Él no me dijo nada. No me lo enseñó, no lo tapó, no lo movió. Estaba ahí porque en esa tienda las cosas se apuntan.

—Julián.

—Dime.

Y no fui capaz.

Salí a Trafalgar, anduve hasta Quevedo y en el andén, mientras entraba el metro, le escribí un mensaje que decía:

Oye, el jueves no voy a poder. Tengo lío con lo del catálogo. Te escribo.

Lo mandé.

Y me quedé con el móvil en la mano viendo cómo se ponía el doble tic azul en cuatro segundos, que es el tiempo que tarda en leer un mensaje un hombre que tiene el teléfono encima del banco.