El arte de llegar tarde al amor 16. Prueba de vestido n.º 1
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16. Prueba de vestido n.º 1

Mi primera decisión como responsable de puntualidad de la boda de mi madre fue mentirle a mi madre.

La cita en la tienda era a las once. Yo le dije diez y media.

Se lo dije el jueves por teléfono, con la voz más neutra que tengo, que es bastante neutra, y ella dijo «ay, qué pronto» y yo dije «es que los sábados se llena», y colgué y me quedé mirando el móvil con una sensación rarísima.

Porque acababa de aplicarle a mi madre, con premeditación, el sistema que yo llevo treinta y nueve años usando contra el mundo: mover la hora.

Trucar el reloj de la otra persona para que el retraso caiga dentro del margen y nadie se entere.

Es lo que me hacían a mí en el colegio. «Nora, el autobús sale a menos cuarto», y salía a las nueve. Yo lo descubrí a los quince y me pareció una humillación. Ahora entiendo que a lo mejor era la única manera que se les ocurrió de tenerme dentro del autobús.

Fermín llegó a las diez y cuarto.

Estaba en la puerta de la tienda, en la calle Bravo Murillo, con la chaqueta de punto buena, los zapatos limpísimos y un sobre de plástico en la mano. Cuando me vio venir levantó el sobre como quien enseña un salvoconducto.

—He traído los horarios.

—¿Qué horarios, Fermín?

—Los del día. —Sacó tres folios impresos—. Mira: aquí tienes el C-4 y aquí el C-3, por si algún invitado viene de Alcalá. Y esto de aquí es el intervalo del 27 en sábado, que los sábados baja a doce minutos a partir de las diez.

—Fermín, la boda es en el ayuntamiento de aquí al lado.

—Ya, hija. Pero yo lo tengo, y si lo tengo, lo doy.

Ese hombre había impreso tres folios de horarios de Cercanías para una boda que se celebra a novecientos metros de su portal.

Y no lo hizo por control, ni por manía, ni por nada de lo que yo habría sospechado en cualquier otro ser humano.

Lo hizo porque en su cabeza un horario es una forma de cuidar a la gente: si tú sabes a qué hora pasan las cosas, nadie se queda tirado.

Me guardé los tres folios en el bolso. Los tengo.

Mi madre llegó a las once y dos.

Es decir: treinta y dos minutos después de la hora que yo le había dado y dos minutos después de la hora real. Es decir: mi sistema funcionó. Es decir: yo, Nora Roldán, había conseguido meter a Rosario Roldán en una tienda de novias a la hora de la cita, y lo había hecho engañándola.

Nadie me dio un premio. Fermín miró el reloj de bolsillo, lo cerró y dijo «pues muy bien», y yo me quedé con una victoria de las que no se pueden contar en ningún sitio.

La tienda se llama Novias Beatriz y lleva en Bravo Murillo desde 1979. Tiene el suelo de moqueta gris, tres probadores con cortina de terciopelo y una dependienta que se llama Loli y que en veinte minutos estaba enamorada de mi madre, como todo el mundo.

—¡Ay, qué guapa viene usted!

—Bueno, hija, con lo que hay.

—¿Y es su primera boda?

—La cuarta.

Se hizo un silencio de tres segundos y medio en Novias Beatriz.

Y entonces mi madre se rio. Se rio ella primero, fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y Loli se rio detrás, y la señora que estaba probándose una madrina en el fondo se rio también, y en cuatro segundos aquella tienda era una fiesta.

Eso es mi madre. Que quede escrito con toda justicia: cualquier otra persona habría dicho «la cuarta» en tono de disculpa y habría estropeado la mañana. Ella lo dijo como quien enseña un carné.

Se probó tres.

El primero era azul marino con manga francesa y le quedaba perfecto, y ese era el problema.

—Es que estoy de luto.

—No estás de luto, mamá.

—Es que parezco la madre de alguien.

—Eres la madre de alguien.

—De la novia no, hija. De la novia no.

El segundo era verde botella con un cuello barco, y con ese estuvo doce minutos delante del espejo girándose, mirándose por encima del hombro, poniéndose y quitándose el pelo, y en el minuto seis dijo, dirigiéndose a Loli y no a mí:

—Es que mi hija a esto no le encuentra la gracia.

—Yo no he dicho nada.

—No, si no lo dices. —Se giró otro cuarto—. Es que a ti nunca te ha interesado esto. Tú de pequeña te ponías lo que hubiera.

—Yo de pequeña me ponía lo que había.

—Eso digo.

Loli miraba el suelo. Fermín estaba sentado en la silla de los acompañantes con las manos en las rodillas y la vista puesta en el escaparate, y yo creo que ese hombre lleva desde marzo desarrollando la habilidad de no estar presente durante ocho segundos exactos.

Y ahí está el asunto entero, si alguien me pregunta.

Porque si yo escribo la frase sola — a ti nunca te ha interesado esto, tú de pequeña te ponías lo que hubiera — parece una crueldad.

Y no lo es. Ese es el problema. No lo es.

Mi madre lo dijo mirándose al espejo, sin intención, distraída, de la misma manera en que le habría dicho a Loli que le apretaba una sisa.

Ella no sabe que hubo diez años en los que yo me ponía lo que había porque lo que había era lo que quedaba después de que ella se comprara lo suyo.

Y si yo se lo digo, se pone a llorar en dos segundos y medio y me pide perdón de verdad, con toda su alma, y a los ocho minutos se le ha olvidado.

Yo lo he probado. Tengo el experimento hecho tres veces.

Entre el segundo y el tercero pasó lo de la lista.

Mi madre sacó del bolso el folio de los horarios —el suyo, el que ya me había enseñado, con la peluquería a las nueve y media y el coche a las once y cuarto— y se puso a repasarlo con Loli, que no pintaba nada en aquello y que colaboró con entusiasmo.

—Ay, pues Loli, ¿tú a qué hora crees que hay que salir de casa?

—Depende de dónde viva usted.

—Aquí al lado, en Ponzano.

—Pues con veinte minutos.

—¿Ves? —Se giró hacia mí, triunfal—. Veinte minutos.

—Mamá, tienes peluquería a las nueve y media.

—Ya.

—Y peinarte para una boda son dos horas.

—Ay, hija, dos horas no.

—Dos horas. Se lo he preguntado a la peluquería.

Silencio de tres segundos y medio. El segundo de la mañana.

—¿Tú has llamado a Loli?

—A tu peluquera, mamá. Que también se llama Loli, y eso me ha costado veinte minutos aclararlo por teléfono.

Mi madre me miró desde el espejo, con el vestido verde botella y una expresión que no supe leer, y que no era enfado, y que ahora sé lo que era, aunque tardé tres semanas.

—Qué bien lo llevas —dijo.

Y volvió al espejo.

El tercero era gris perla con una chaqueta corta, y en cuanto salió del probador Fermín se levantó de la silla.

Se levantó sin decir nada. Se puso de pie, con las manos colgando, y miró a mi madre desde el otro lado de la moqueta gris de Novias Beatriz como se mira un tren que entra en la estación cuando tú creías que ese día no venía.

Después se sentó otra vez, se sacó el reloj de bolsillo, lo abrió, lo cerró y dijo:

—Ese.

—Fermín, si no has visto los otros.

—Los he visto.

—Pero este es el más caro.

—Ese —repitió, y se puso colorado hasta las orejas.

Mi madre se metió en el probador muy deprisa y tardó bastante más de lo necesario en salir, y cuando salió tenía la cara lavada.

Loli nos hizo un descuento del quince por ciento que nadie había pedido, porque a mi madre le hacen descuentos hasta en Hacienda, y mientras lo apuntaba en el albarán me dijo por lo bajo:

—Qué madre tan encantadora tiene usted.

—Ya.

—De verdad. Aquí entra mucha gente y créame que no.

—Ya, Loli. Ya lo sé.

Y lo sé. Ese es el chiste que nadie entiende. Lo sé perfectamente.

Mientras Loli empaquetaba, Fermín se acercó al mostrador con los tres folios otra vez.

—Nora, una cosa. El de la peluquería.

—Dime.

—Que si tu madre sale de casa a las nueve y veinte, y la peluquería está en Ponzano, ella cree que tarda diez minutos.

—Tarda quince.

—Tarda diecisiete —dijo Fermín Otero—. Lo he hecho tres veces esta semana. Andando despacio, que ella anda despacio y se para en los escaparates. Diecisiete.

Lo había cronometrado. Tres veces. Un hombre de sesenta y ocho años bajando de su casa a hacer el recorrido de su novia con un reloj de bolsillo en la mano para saber cuánto tarda de verdad.

—Fermín.

—Yo no le digo nada, ¿eh —se apresuró—. Que no quiero que se agobie. Yo te lo digo a ti, que llevas los horarios.

Salimos a Bravo Murillo a las doce y veinte. Fermín se empeñó en invitarnos a un café. Mi madre me cogió del brazo en el semáforo, como hace siempre, con esa manera suya de agarrarse que en cualquier otra persona sería apoyarse y en ella es conducirte, y me dijo al oído:

—Hija, ¿tú qué tal con lo de los horarios?

—Bien.

—Es que me quedo mucho más tranquila.

—Ya.

—Porque yo, mira, si me dejan sola llego cuando llego. —Apretó el brazo—. Y esta vez no.

En la cafetería, Fermín pidió tres cafés y un pincho de tortilla para compartir que se comió mi madre entero, y contó, porque se lo preguntó ella y porque a ella se lo cuenta todo el mundo, la historia del jefe de estación de Villalba que en 1994 aguantó un tren cuatro minutos porque venía corriendo una mujer con dos niños.

—Cuatro minutos —dijo Fermín—. Eso en la vida real son cuatro minutos y en un cuadro de servicio es una barbaridad.

—¿Y le pasó algo?

—Un parte. Se lo puso el jefe de circulación.

—Qué injusticia.

—Qué injusticia, no —dijo Fermín, muy tranquilo, removiendo el café—. Si aguantas cuatro minutos, se te acumulan por detrás. Lo que pasa es que a las madres con dos niños no las ve nadie y a los trenes de detrás los ve todo el mundo.

Y ahí, en un semáforo de Bravo Murillo, a las doce y veintiuno de un sábado de octubre, con Fermín Otero tres metros por delante buscando una cafetería con la seguridad de un hombre que conoce el barrio desde 1972, mi madre me hizo la única pregunta importante que me ha hecho en su vida, y me la hizo como se hacen esas cosas, sin darse cuenta y en la calle.

—¿A ti te importaría mucho que llegara tarde?

Se puso verde. Cruzamos.

—Sí —dije.

—Ah. —Y me soltó el brazo para saludar a Fermín desde lejos, aunque estaba a tres metros—. Pues ya está.