El arte de llegar tarde al amor 15. Las cinco y cuarto
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15. Las cinco y cuarto

Las cinco y cuarto

Lo de la luz era verdad.

A las cinco y cuarto, en octubre, el sol da en la fachada del edificio de enfrente —seis plantas de ladrillo claro de los años cincuenta— y rebota por la calle Trafalgar en un ángulo que entra en mi tienda por la mitad izquierda del escaparate y llega hasta el banco grande.

Dura unos veinticinco minutos. Después el sol baja detrás de la esquina de Santa Engracia y se acabó hasta marzo.

Yo puse el papel milimetrado a las cinco menos cuarto. Puse la horquilla encima con la pinza. Puse la lupa binocular a la derecha, el calibre a la izquierda, la ficha en medio y las fotos impresas por si acaso.

A las cinco y cuarto la luz entró por el escaparate, cruzó el mostrador y llegó al banco.

A las cinco y veinticinco seguía ahí.

A las cinco y treinta y cinco empezó a subir por la pared, que es lo que hace, y para cuando sonó la campanilla ya solo le daba a la parte de arriba de la estantería de los cuadernos de mi padre.

Las cinco y treinta y ocho.

Veintitrés minutos.

A las cinco y media puse la cafetera del setenta y cuatro, porque quedaba una hora de tarde y porque la cafetera tarda ocho minutos y a mí me gusta que las cosas estén hechas antes.

Es decir: puse la mesa.

Lo escribo aquí porque me lo dijo mi hija en septiembre y porque no le hice ningún caso.

Y ahora viene la parte que no me gusta contar.

Porque yo, que llevaba desde las cinco menos cuarto con todo preparado y con la luz muriéndose encima de mi banco, no pensé «se ha ido la luz». No pensé «ya no se va a ver bien». No pensé en el peritaje.

Pensé: veintitrés.

Y a los dos segundos, sin querer, sin proponérmelo, con la campanilla todavía sonando y esa mujer entrando por la puerta con el abrigo mal abrochado, hice la cuenta.

Treinta y uno, diecinueve, veintiséis, treinta y dos, doce y veintitrés. Ciento cuarenta y tres entre seis.

Veintitrés coma ocho.

Un hombre de cuarenta y cinco años haciendo divisiones de cabeza en su propia tienda, con los deberes de su hija de diez años, sin cuaderno y sin que nadie se lo pidiera.

—Perdona —dijo ella—. Perdona. He tenido una...

—No hace falta.

—Es que de verdad que esta vez ha sido...

—Nora. Que no hace falta.

Se paró en seco a media frase, con el abrigo a medio quitar, y me miró de una manera rarísima.

—Vale —dijo.

Traía el pelo mojado por la nuca y el abrigo mal abrochado, con un ojal de diferencia, y no se lo dije porque hay cosas que uno no dice el primer año.

Le enseñé la horquilla.

Se la enseñé sin adornos, que es como se enseñan estas cosas: la pieza encima del papel milimetrado, la escala al lado, y el escape en su soporte con las dos rayas marcadas con un círculo de lápiz.

Le expliqué el calibre. Le expliqué las siete décimas.

Le expliqué las estrías de la lima, todas en el mismo sentido, unas quince pasadas, mal apoyadas.

Le expliqué que aquello había estado dentro del escape, que había caído al fondo de la caja con los años y los traslados, y que llevaba ahí desde entonces sonando como suena una arandela cada vez que alguien inclinaba el reloj, sin que nadie lo inclinara nunca porque en aquella casa a ese mueble no se le tocaba.

Nora Roldán escuchó todo aquello sin decir una palabra, de pie, con el abrigo colgando de una mano.

Después dejó el abrigo en el taburete, se acercó, cogió la lupa y se inclinó sobre el papel milimetrado. Le costó un poco encontrar la distancia. Yo le sujeté la muñeca para acercarle la mano a la altura buena.

Y ninguno de los dos se movió.

No fue nada. Fueron tres segundos, cuatro, con mis dedos en su muñeca y su mano quieta encima del banco y una pieza de acero de cuatro centímetros y siete milímetros debajo de la lupa. En la taberna, en septiembre, esto habría sido un accidente y los dos habríamos dicho perdona.

Aquella tarde ninguno de los dos dijo perdona.

Ella se irguió. Yo retiré la mano. Y seguimos, que es lo que hace la gente adulta cuando algo se pone claro y no le conviene.

—¿Cuánto vale una horquilla de esas? —dijo—. En 1949, digo.

—Nada. Céntimos. Se vendían por docenas.

—¿Y cuánto vale el reloj?

—Entonces, unas cinco mil pesetas. Un sueldo de tres o cuatro meses.

Se quedó callada un momento.

—O sea que alguien paró un reloj de cuatro meses de sueldo con una cosa que valía menos que un sello.

—Con lo que tenía en la cabeza —dije—. Literalmente.

—A ver si lo he entendido —dijo, con la voz un poco más grave de lo normal—. Alguien limó una horquilla y paró el reloj a mano.

—Sí.

—A propósito.

—Con premeditación de unos cinco minutos, que es lo que se tarda en limar eso.

—Y don Álvaro se murió a las cuatro y diez de la madrugada.

—Eso lo has traído tú.

—Y el reloj marca las siete y veintitrés de la tarde.

—Marca las siete y veintitrés. Que es una hora en la que la gente está en casa.

Se sentó en el taburete, encima de su propio abrigo, y se quedó mirando la horquilla un rato largo.

—O sea que la historia entera es mentira.

—La historia entera es de otra cosa —dije—. Que no es lo mismo.

—Julián, yo tengo esa historia en una portada.

—Ya.

—Yo tengo esa historia maquetada a sangre, en negro, con la esfera a toda página y la frase debajo. Y entra en imprenta el treinta.

—Ya.

—Y la nieta de esa señora se cree eso desde que tiene cinco años.

Y ahí se calló, porque acababa de decir la frase que le importaba y no era ninguna de las dos anteriores, y las dos lo sabíamos.

Nos quedamos así un rato. Ella en el taburete, yo apoyado en el mostrador. Los relojes haciendo lo suyo. La luz ya en el techo.

—¿Puedo preguntarte una cosa que no es del reloj? —dijo.

—Pregunta.

—Tu hija tiene una libreta con mis retrasos y tú tienes una etiqueta de tu padre de 1987 y un libro de tu abuelo de 1961. En esta tienda se apunta todo.

—Eso no es una pregunta.

—¿Por qué se fue tu mujer?

Se hizo un silencio muy corto.

—Por previsible.

Ella no dijo «ya no te quiero», ni «hay otro», ni ninguna de las cosas que se pueden discutir a las tres de la mañana en una cocina.

Dijo esa. Y una palabra así no se contesta: se guarda en el cajón de las piezas que no se tiran porque a lo mejor algún día sirven, y ahí lleva nueve años, y no ha servido para nada.

—Aunque hoy la he sacado —dije—, así que técnicamente ya ha amortizado.

—Nueve años —dijo.

—Nueve.

—¿Y en todo ese tiempo no se te ha ocurrido que a lo mejor no era un insulto?

—Se me ha ocurrido tres veces —dije—. Las tres a las cuatro de la mañana, que es cuando se le ocurren a uno las cosas que no sirven.

Nora Roldán se rio con ese ruido feo que hace cuando se ríe de verdad, y me pareció, mirándolo con distancia, que fue un poco por compasión y bastante por otra cosa.

—¿Y qué hago yo ahora? —dijo.

—¿Con la portada?

—Con la portada.

Miré la horquilla. Miré el escape. Miré a la mujer que llevaba seis visitas llegando tarde a mi tienda y que aquella tarde había llegado veintitrés minutos después de una luz que ya no se iba a repetir hasta marzo.

—Yo peritó mecanismos —dije.

—Eso ya me lo dijiste el primer día.

—Y tú me contestaste que era exactamente lo mismo.

—Sí.

—Pues eso.

Recogí el papel milimetrado, metí la horquilla en una bolsita de plástico con cierre y le escribí encima, con rotulador: Lote 23 — cuerpo extraño hallado en base de caja — 16-X. Se la ofrecí.

—No —dijo—. Guárdala tú.

—Es de la propiedad.

—Ya. —Se abrochó el abrigo, esta vez bien—. Pero si me la llevo yo, mañana está en un almacén de la calle Moratín dentro de un sobre, y en un almacén las cosas se quedan.

—Una cosa —dijo—. El informe.

—Dime.

—Cuando lo escribas, escríbelo entero.

Levanté la vista.

—¿Estás segura?

—No. —Se puso los guantes, uno y luego el otro, muy despacio, que es una cosa que le he visto hacer cuando está ganando tiempo—. Estoy diciendo lo que hay que decir. Que no es lo mismo.

Se puso el abrigo. Ya en la puerta, con la campanilla temblando, se giró.

—Julián.

—Dime.

—El jueves que viene a las siete. Y voy a llegar tarde.

—Ya lo sé.

—No —dijo—. Es que hoy iba a llegar a la hora.