14. La esquela
La esquela
Lo de «verificada» me quitó dos noches.
Porque una cosa es escribir «según tradición familiar documentada», que es una fórmula preciosa y que se sostiene sola en cualquier catálogo de Europa, y otra cosa es tener la documentación.
Yo había dicho «documentada» en una sala de juntas delante de siete personas y un altavoz, y en mi expediente del lote veintitrés no había, a fecha de aquel miércoles, un solo papel que dijera a qué hora se murió don Álvaro Ayala.
Así que hice lo que hago siempre: bajé al archivo y llamé a la familia.
En ese orden, porque el archivo es gratis.
La hemeroteca me dio dos cosas en cuarenta minutos.
La primera, la esquela. ABC, martes quince de marzo de 1949, página doce, columna derecha, con la cruz arriba.
El señor don Álvaro Ayala Berruguete. Consejero del Banco de Crédito Industrial.
Falleció en Madrid el día 14 de marzo de 1949, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la bendición de Su Santidad.
Y la lista: su esposa, doña Leonor Muriel; sus hijos; sus hermanos políticos; sus sobrinos; y una fila larguísima de gente que ya no le importa a nadie.
Ninguna hora. Las esquelas no llevan hora. Llevan día, y llevan quién manda en la familia por el orden en que se colocan los nombres.
La segunda cosa fue mejor y peor. Una gacetilla de sociedad del mismo día, cuatro líneas, de esas que escribían señores que cobraban por adjetivo:
Ha causado gran pesar en los círculos financieros la noticia del fallecimiento, ocurrido en la madrugada de ayer, de don Álvaro Ayala.
En la madrugada.
Lo leí tres veces con la nariz a diez centímetros de la pantalla del lector de microfilmes, que es como se leen las cosas importantes en un cuarto sin ventanas.
El archivo de la Sala Vergara es un cuarto sin ventanas con dos armarios de catálogos antiguos, una mesa que cojea y un lector de microfilmes de 1994 que solo sabe usar Aurelio y que Aurelio enseñó a usar a Yaiza, y Yaiza a mí, en ese orden de dignidad.
Bajé a las diez y media con un café y subí a las doce menos veinte sin él, porque me lo bebí frío a las once y cuarto sin darme cuenta, que es lo que me pasa cuando la cosa se pone buena.
Y aquella mañana la cosa se puso buena de la peor manera posible: encontré todo lo que fui a buscar.
Y después llamé a Casilda.
—¡Nora! ¿Qué tal? ¿Ya está el catálogo?
Casilda Ayala tiene la alegría de la gente que ha vaciado un piso y ha sobrevivido. Le dije que estábamos cerrando la ficha, que el reloj iba a portada, que la salida eran ocho mil euros. Chilló. Se le oyó chillar en toda la sala del archivo y a mí me dio una alegría absurda.
—Ocho mil.
—De salida. Puede subir bastante.
—Nora, es que a mí ese reloj me parecía feísimo.
—A mí también, la primera vez.
Y entonces le pedí los papeles.
—Verás, para el catálogo necesito documentar la historia. Todo lo que tengas de tu bisabuelo: recordatorios, cartas, papeles del entierro, lo que sea. Cuanto más papel, más valor.
—Ah, de eso hay una caja entera.
—Perfecto.
—Es que mi madre lo guardaba todo, ya te digo. Todo. Espera que te mando fotos esta noche.
Mientras esperaba las fotos me puse a cenar de pie, que ya he explicado lo que significa, y me dediqué a repasar la maqueta de Yaiza en el móvil, ampliando la esfera con dos dedos y volviéndola a reducir, unas quince veces.
Es una portada preciosa. Lo sigo pensando.
Me mandó veintiséis fotos a las once y cuarto de la noche, hechas encima de la mesa de su cocina, con el flash, mal encuadradas, algunas movidas, con una alegría de colaboradora que te rompe el corazón porque va foto por foto poniéndote comentarios.
Este es el recordatorio, mira qué bonito
Esta es mi bisabuela de mayor, jo
Aquí no sé qué pone
Este es del registro, creo que es el papel oficial
Era el papel oficial.
Amplié la foto con dos dedos. Estaba movida por abajo, pero la línea que importaba salía nítida, porque Casilda había puesto el dedo encima justo debajo, señalándomela, para ayudarme.
Certificación literal de la inscripción de defunción del Registro Civil de Madrid, sección tercera, tomo, folio, número.
Un documento de esos con la letra escrita a mano por un funcionario dentro de un impreso, que es la letra más honrada que existe en este país porque no está intentando venderte nada.
Que don Álvaro Ayala Berruguete... falleció en Madrid, en su domicilio de la calle Fernández de la Hoz... el día catorce de marzo de mil novecientos cuarenta y nueve, a las cuatro horas y diez minutos.
A las cuatro horas y diez minutos.
Me quedé sentada en el sofá de mi casa, con el móvil en la mano, a las once y cuarto de la noche de un miércoles de octubre, con la portada de mi catálogo ya maquetada, la subasta fijada para el catorce de noviembre, la imprenta cerrando el treinta, y una fotografía movida hecha con flash encima de un hule de cocina en Alcobendas que decía que don Álvaro Ayala se murió a las cuatro y diez de la madrugada.
Y el reloj marcaba las siete y veintitrés de la tarde.
Quince horas y trece minutos de diferencia.
No es un error. Un error es que la familia diga las siete y media y fueran las siete y veintitrés, o que digan el catorce y fuera el quince. Un error es un redondeo, un recuerdo mal cosido, una fecha que se corre. Quince horas y trece minutos no es un error.
Quince horas y trece minutos es otra historia.
Hay una cosa que se aprende pronto en este oficio y que nadie te explica en ninguna parte, y es que las historias buenas casi nunca son ciertas.
No porque la gente mienta. La gente no miente: la gente redondea.
Una familia cuenta algo una vez en un velatorio, con la voz baja, y a los cinco años la cuenta un poco mejor, y a los veinte ya tiene forma, y a los cincuenta va con las manos.
Cada generación le quita una arruga. Y al final llega una nieta de treinta y cuatro años con la casa a medio embalar y te lo recita como se recita un padrenuestro, sin haber dudado nunca, porque a nadie se le ocurre dudar de lo único que le queda gratis de sus muertos.
Yo he escrito unas cuarenta fichas de catálogo sobre historias así. Cuarenta, tirando por lo bajo.
Y nunca, ni una sola vez, había tenido el papel del registro civil encima de la mesa contradiciéndolas.
Me levanté. Me hice una infusión que no me bebí. Puse la tele sin sonido. Me senté otra vez. Y a las doce menos veinte le contesté a Casilda:
Perfecto, muchísimas gracias. Con esto tengo de sobra.
Y aquí lo dejo escrito, porque si no, no vale: durante cuarenta minutos, sentada en mi sofá, con la infusión enfriándose al lado, yo estuve construyendo argumentos.
Que a lo mejor la hora del registro es la del certificado médico y no la de la muerte, y eso pasa.
Que a lo mejor lo declararon por la mañana.
Que a lo mejor la familia empezó a contar la historia con otra hora y se fue asentando.
Que la portada no dice «murió a las 19:23»: dice «se paró a las 19:23», que es una frase técnicamente independiente.
Que yo puedo poner en la ficha, en cuerpo ocho, «según tradición familiar», y que eso, jurídicamente, aguanta un temporal.
Todo eso me lo dije. Todo eso es defendible. Yo he defendido cosas peores por menos dinero.
Y a las doce y veinte, cuando ya estaba en la cama con la luz apagada, me acordé de una mujer con cinta de embalar en la muñeca preguntándome en la puerta de un piso sin calefacción si yo me creía lo del reloj, y me acordé de que le contesté con una frase de catálogo, y me acordé de que se rio aliviada.
Dormí mal y me desperté a las siete menos cuarto con una frase entera formada en la cabeza, que es una cosa que me pasa dos veces al año y que nunca son buenas noticias.
La frase era: tú lo que quieres es que él te diga que no pasa nada.
Me duché con esa frase puesta. Desayuné con esa frase puesta. Y a las nueve y diez de la mañana, en el metro, entre Bilbao y Alonso Martínez, hice exactamente lo que la frase decía que iba a hacer.
Volví a mirar la maqueta de Yaiza antes de apagar la luz, por decimosexta vez.
Se paró el 14 de marzo de 1949 a las 19:23.
Es una frase perfecta. No dice por qué. No dice de qué. No afirma absolutamente nada que no se pueda sostener con un reloj encima de la mesa y una familia que lo repite desde hace tres generaciones. Yo llevo once años escribiendo frases así y esa es de las mejores que he escrito.
Y por primera vez en once años, mirándola a la una de la madrugada, me pareció una frase escrita por alguien que sabe demasiado bien lo que se hace.
A la mañana siguiente, en el metro, entre Bilbao y Alonso Martínez, marqué el número del taller.
—Relojería Sarmiento.
—Soy Nora. Llamo por trabajo.
—Vale.
—Lo digo porque son las nueve y diez de la mañana y no quiero que pienses que llamo por otra cosa.
—Nueve y once.
—Julián.
—Dime.
Y se lo conté entero, de pie, agarrada a la barra, en el vagón, con la voz de la megafonía diciendo Alonso Martínez por encima: la esquela, la gacetilla, la madrugada, el certificado literal, las cuatro horas y diez minutos, y la portada, y la imprenta, y el treinta de octubre.
Al otro lado hubo un silencio que duró casi una parada entera.
—Nora.
—Qué.
—Ven esta tarde.
—Voy esta tarde. A las cinco y cuarto, ya me lo dijiste.
—No. —Y por primera vez desde la taberna, aquel hombre habló como habla la gente cuando ya no está midiendo—. Ven esta tarde porque lo que yo tengo encima del banco encaja con lo que me acabas de contar, y no me gusta nada cómo encaja.