El arte de llegar tarde al amor 13. La cuña
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13. La cuña

La cuña

Para fotografiar la platina hay que sacar la máquina de la caja, y para sacar la máquina de la caja hay que desmontar el conjunto entero: quitar la esfera, soltar las agujas, aflojar los cuatro tornillos del fondo y levantar el movimiento en vertical, sin ladearlo, porque el que ladea un movimiento se lleva un péndulo por delante.

Eso lo hice el martes.

Y cuando incliné la caja vacía para limpiarle el fondo, sonó.

Fue un ruido pequeñísimo. Un cric de nada, un tintineo seco de metal contra madera, de esos que hacen las cajas viejas cuando llevan dentro una arandela desde 1970.

Yo he vaciado cajas y he sacado de ahí de todo: monedas, un botón de nácar, una llave de armario, tres alfileres, un diente de leche que prefiero no explicar.

La puse boca abajo encima del paño verde y la sacudí una vez.

Cayó una horquilla de moño partida por la mitad.

Cuatro centímetros y siete milímetros de largo. Acero, de las de antes, con esa ondulación en una de las dos ramas que ya no se fabrica. Rota, no cortada: se ve la fractura por fatiga, con el borde irregular. Negra de un baño que en su día fue barniz y hoy es óxido de contacto.

Y en el extremo roto, la punta estaba limada.

Limada a mano. Con lima plana, de las medias cañas. Se ven las estrías, todas en el mismo sentido, unas quince pasadas, hechas deprisa y sin apoyar bien la pieza, porque el chaflán no está centrado. Lo hizo alguien que no tenía costumbre de limar nada.

Estuve un rato largo con la horquilla en la pinza, delante de la lámpara, dándole vueltas.

Es una pieza de nada. En 1949 estas cosas se vendían en cajas de cartón por docenas, en cualquier mercería de cualquier calle de Madrid, y valían céntimos.

Amparo tiene todavía una caja de las de antes en la trastienda, con la etiqueta de un fabricante de Barcelona que cerró en los sesenta. Se las he visto.

Media horquilla es lo más barato que puede haber dentro de un reloj de cinco mil pesetas de la época.

Y ahí estaba, limada.

Le pasé el calibre.

Siete décimas de milímetro en la punta.

Después cogí el escape, que llevaba tres semanas encima de mi banco con dos rayas paralelas en el flanco de la rueda que yo había apuntado en la ficha con letra pequeña, y medí la separación entre las dos rayas.

Siete décimas de milímetro.

Y no es que hubiera dos explicaciones y yo eligiera la mala. Es que solo hay una. En un mecanismo no hay opinión: una pieza de siete décimas encaja en una marca de siete décimas o no encaja, y esta encajaba.

Me levanté. Fui a la puerta. La abrí, salí a la calle Trafalgar y estuve un minuto en la acera mirando el escaparate de la mercería de Amparo como un idiota, con un paño en la mano, porque hay cosas que hay que pensarlas de pie y fuera.

Lo que había pasado con aquel reloj era esto, y no admite otra lectura.

Alguien abrió la puertecita trasera. Alguien cogió media horquilla del pelo, le limó la punta en algún sitio de la casa donde hubiera una lima —el cuarto de la plancha, el taller del portero, un cajón—, volvió, la metió entre el áncora y la rueda de escape y la empujó hasta que hizo tope.

El reloj se paró en cuestión de segundos.

Y después, con los años, con los cambios de sitio, con los golpes de las mudanzas, con el viaje en el furgón de Aurelio desde Fernández de la Hoz hasta la calle Moratín, la cuña se soltó de su alojamiento y cayó al fondo de la caja, que es donde se le cae todo a todas las cajas del mundo.

Un reloj no se para de pena. Este se paró de horquilla.

Volví a entrar y monté el escape otra vez, solo para verlo. Puse la horquilla donde tenía que ir, entre el áncora y la rueda, empujando con la pinza hasta que hizo tope.

Entró como entra una llave en su cerradura.

No hubo que forzar nada, ni buscar el ángulo, ni probar dos veces: la punta limada se metió en el hueco y se quedó ahí, y la rueda no giró ni un diente.

Le di un cuarto de vuelta a la cuerda para comprobarlo.

La máquina hizo fuerza, la cuña aguantó y no pasó absolutamente nada, que es exactamente lo que lleva pasando desde el catorce de marzo de 1949.

Después la saqué con muchísimo cuidado y la volví a poner en el papel milimetrado.

Y eso quiere decir dos cosas más, y la segunda es la que me tuvo mal el resto de la tarde.

La primera: la mano fue de mujer. No por la horquilla en sí —una horquilla la coge cualquiera, y en 1949 había horquillas en todos los cajones de todas las casas de España—, sino por el conjunto.

Por que se limara con esa torpeza y con esa prisa.

Por que se hiciera con lo que se tenía a mano, encima, en el pelo, a dos metros del mueble.

Eso no lo hace un hombre que baja a por un destornillador. Eso lo hace alguien que decide una cosa y no quiere darse tiempo para pensarla mejor.

La segunda es que mi padre abrió este reloj en mayo de 1987.

Y en el libro puso: revisión de máquina. No se pone en marcha por deseo expreso de la propiedad. 4.500 ptas.

Ni una palabra de una horquilla limada dentro del escape.

O sea que, o mi padre no la vio, cosa que en un hombre que estuvo cuarenta y un años detrás de ese banco es difícil de sostener, o mi padre la vio, la dejó donde estaba, cobró cuatro mil quinientas pesetas y escribió una línea que no decía nada.

Ese hombre me enseñó a mí a hacer esto. Me enseñó que un informe es una cosa que se firma. Me enseñó que si un reloj tiene una avería tú la escribes aunque el cliente prefiera que no la escribas, porque el papel dura más que el cliente y muchísimo más que tú.

Y llevo desde el martes con la posibilidad de que también me enseñara, sin decírmelo, que hay familias a las que no se les toca la historia.

Amparo entró a las siete y media a devolverme un tupper y se encontró la tienda con la luz del banco encendida, la caja del reloj abierta y a mí de pie sin hacer nada, que en veintitantos años no me ha visto.

—Julián, ¿tú estás bien?

—Estoy trabajando.

—Estás de pie.

—Es parte del trabajo.

Amparo dejó el tupper en el mostrador, miró la horquilla encima del papel milimetrado, y como es mujer de mercería y lleva treinta años vendiendo exactamente esas cosas, dijo lo único inteligente que se dijo en aquella tienda en toda la tarde:

—Uy. Esas ya no las hacen.

—Ya.

—Esa es de las de acero de antes, de las que aguantaban. Las de ahora se doblan mirándolas. —Se acercó dos pasos—. ¿Y por qué está partida?

—No lo sé.

—Pues es una pena, porque partida no vale para nada.

Y se fue.

Mi padre me sentó por primera vez en ese banco cuando yo tenía nueve años, y lo primero que me enseñó no fue a abrir un reloj. Fue a escribir en el libro.

Se abre por la primera línea en blanco. Se pone la fecha completa, con el mes en romanos.

Se pone qué entra, quién lo trae y qué se hace.

Y si hay una avería, la avería se escribe, aunque el cliente esté delante y aunque el cliente prefiera que no se escriba, porque —esto lo dijo así, con esas palabras, y yo tenía nueve años— el papel dura más que el cliente y muchísimo más que tú .

Dieciocho cuadernos de tapa dura puestos de canto en una estantería. Sesenta y cinco años de averías escritas.

Y en el de 1987, el once de mayo, una línea de nada.

Volví a entrar. Cerré la puerta. Puse la horquilla encima de una hoja de papel milimetrado, la fotografié con escala, la medí otra vez y anoté todo en la ficha con la letra que uso para lo que va a acabar en un juzgado.

Y después hice una cosa que no era necesaria.

Cogí el móvil y la llamé.

—¿Sí?

—Soy Julián.

—Ya lo sé, sale tu nombre.

—Ha aparecido una cosa en el reloj.

—¿Qué cosa?

Y ahí me oí a mí mismo, en mi propio taller, un martes a las siete y veinte de la tarde, decir lo siguiente:

Ella tardó dos segundos en contestar, y en esos dos segundos me dio tiempo a oír, con una claridad desagradable, todo lo que aquella frase no era.

—Es mejor que lo veas.

Lo cual es rigurosamente cierto. Una pieza de siete décimas hay que verla, porque contarla por teléfono no sirve de nada y porque en un peritaje lo que no se ve no se defiende.

También es cierto que le podía haber mandado las fotos con la escala en tres minutos y que ella las habría entendido perfectamente, porque esa mujer entiende un documento antes que yo.

—Vale —dijo—. ¿El jueves a las siete?

—El jueves a las cinco y cuarto.

Pausa.

—¿Por qué a las cinco y cuarto?

—Porque a esa hora la luz entra de lado por el edificio de enfrente y quiero que lo veas con luz de verdad, no con la lámpara.

Eso también es cierto.

Todo lo que le dije aquella tarde fue cierto, palabra por palabra, y colgué el teléfono con la sensación exacta que tiene un hombre que ha mentido sin decir una sola mentira, que es una sensación que yo no conocía y que, por lo visto, se aprende a los cuarenta y cinco años.

—Papá —dijo Greta al día siguiente, mirando el calendario del taller—. ¿Y esto qué es?

En la casilla del jueves yo había escrito, con rotulador y en mayúsculas, algo que no había escrito en ninguna casilla en cuatro años.

17:15.

—Una visita.

—Ya. —Cogió el bollo, se lo llevó a la trastienda y lo dijo desde allí, sin ninguna maldad, que es como lo dice todo—. Nunca apuntas las visitas.