12. El comité del lote estrella
El comité del lote estrella
El lunes tuvimos comité de subasta con todo el mundo delante y una cosa clarísima encima de la mesa: mi portada.
Yaiza había montado la maqueta el domingo por su cuenta, que es algo que no le pedí y que no le pagamos, y estaba tan bien que a Braulio se le movió una ceja, cosa que en él equivale a levantarse y aplaudir.
Fondo negro. La esfera a sangre, ocupando tres cuartos de la página.
El blanco del esmalte con el amarilleo justo de los ciento cincuenta y seis años.
Los números romanos. Y las dos agujas clavadas en esa posición fea, torcida, incómoda de las siete y veintitrés, que es una hora que no significa nada para nadie salvo que alguien te cuente por qué.
Debajo, en cuerpo pequeño, una línea:
Se paró el 14 de marzo de 1949 a las 19:23.
Nada más. Sin verbo de sentimiento, sin adjetivos, sin la palabra «pena», que era exactamente lo que la hacía funcionar. Los adjetivos abaratan; ya lo he dicho.
—Bien —dijo Braulio.
Y esa fue la tercera vez en once años, y esta vez la dijo mirándome a mí y con la boca entera.
Yaiza la había hecho con una cámara prestada, un fondo negro de cartón pluma y el archivo que le mandé el sábado desde el móvil, y la había hecho un domingo, en su casa, porque —cito— «es que no me lo podía quitar de la cabeza».
Eso también es este oficio. Once personas, un edificio estrecho en Huertas y una becaria de veinticuatro años que se pasa un domingo maquetando una portada que va a firmar la casa.
—Yaiza —dijo Braulio—. ¿Cuánto llevas con nosotros?
—Catorce meses.
—Ya.
Y no dijo nada más, que en Braulio es una conversación entera sobre el presupuesto del año que viene.
Se fijó todo. La subasta de otoño, el viernes catorce de noviembre, a las siete de la tarde, sala y online.
El catálogo, a imprenta el treinta de octubre, sin excepción, porque la imprenta cierra dos días por un puente y el año pasado eso nos costó un disgusto.
La rueda de prensa pequeña, el ocho. Y el lote veintitrés, portada y cabecera, salida ocho mil euros, reserva siete mil doscientos.
Ocho mil de salida. Ese número lo puse yo y lo defendí sola, y en la sala hubo dos personas que pensaron que era una barbaridad y las dos eran Pilar.
—Es mucho para un Japy —dijo el altavoz.
—No estamos vendiendo un Japy.
—Estamos vendiendo un Japy, Nora.
—Estamos vendiendo el reloj que se paró cuando se murió el hombre de la casa —dije—. El Japy va en la ficha técnica, en cuerpo ocho, para el que sepa. Y el que sepa lo va a comprar igual, porque la caja es buena.
Silencio de altavoz, que es el peor de todos porque no sabes si están pensando o si se han ido.
—Vale —dijo Pilar.
Y entonces Braulio hizo la pregunta.
La hizo sin levantar la vista, mientras apuntaba las fechas en su cuaderno con esa letra suya de médico de 1978, y la hizo con el tono más neutro del mundo, que es como los hombres de setenta años hacen las preguntas que van a decidirlo todo.
—Roldán. Esa frase de la portada.
—Dígame.
—Si la ponemos, va verificada.
—Va verificada.
—Verificada quiere decir que si mañana viene un periodista, o un comprador con abogado, o el sobrino listo de la familia, nosotros tenemos un papel. —Levantó la cabeza—. ¿Lo tenemos?
Aquí es donde yo tenía que haber dicho la verdad. Voy a marcar el sitio con una equis para no engañarme después.
La verdad era esta: que un relojero de Chamberí había abierto ese mecanismo, lo había mirado con lupa de diez aumentos durante tres semanas y me había dicho, a mí, sentada en su taller un jueves a las siete y media, que la máquina estaba sana, que no tenía ni una sola avería atribuible al abandono y que, si le daba cuerda, echaba a andar.
Y que un reloj sano no se para de pena, porque los relojes no tienen pena: tienen mugre.
Y lo que dije fue:
—Tenemos el peritaje en curso. El perito no ha entregado el informe.
Que es verdad.
Es literalmente verdad. A fecha de aquel lunes, el informe del lote veintitrés no estaba entregado, no estaba firmado y no estaba sellado, y en cualquier expediente de reclamación yo podría enseñar el correo de encargo con su fecha y quedarme tan ancha.
—¿Para cuándo lo tiene?
—Primeros de noviembre.
—Eso es después de imprimir el catálogo.
—El catálogo lleva la frase con la fórmula «según tradición familiar documentada» —dije, y esa fórmula la había escrito el domingo por la noche, en pijama, con una precisión que ahora me da un poco de miedo—.
Eso nos cubre. Y el informe pericial se incorpora al expediente antes de la subasta y se pone a disposición de quien lo pida en sala.
—Roldán, en el noventa y siete vendimos una cómoda que había estado en El Escorial.
—Lo sé.
—No había estado en El Escorial.
—Lo sé, don Braulio.
—Estuvo en un piso de Móstoles desde 1953 y en el catálogo pusimos «tradición familiar». —Se recostó—. Y no pasó nada, porque nadie preguntó. Pero yo me acuerdo de esa cómoda todos los años por estas fechas, y ya tengo setenta.
Braulio me miró tres segundos largos.
—Roldán, ¿usted qué cree que va a decir ese informe?
—Que es un movimiento de París de Japy Frères en estado consistente con la fecha declarada.
—No le he preguntado eso.
—Es lo que le puedo contestar hasta que lo tenga.
—Don Braulio, ¿la cómoda se vendió?
—Se vendió muy bien.
—¿Y la familia de Móstoles?
—Encantada. Estuvieron encantados. Se compraron un coche.
—Entonces no veo el problema.
—El problema —dijo Braulio Vergara— es que a mí me lo contaron y yo lo escribí. Yo. Con esta mano. —Levantó la derecha, que le tiembla desde hace dos años y con la que sigue dando el martillo mejor que nadie de Madrid—. Y de eso no se cobra comisión, Roldán. Eso se lleva uno entero.
Y Braulio Vergara, que lleva cincuenta años vendiendo cosas viejas y que sabe perfectamente cuándo alguien le está enseñando la ficha en vez de la cara, apuntó la fecha, cerró el cuaderno y dijo:
—Adelante con la portada.
Salí de allí con la sensación de haber ganado un comité, que es una sensación que conozco bien y que se parece muchísimo a las otras.
Porque yo gané. Eso es lo que hay que anotar.
Salí de aquella sala con la portada aprobada, la salida en ocho mil, la fecha fijada y un «bien» de Braulio Vergara, que se cotiza a razón de uno cada cuatro años.
Cualquiera que hubiera estado sentado a esa mesa habría dicho que la reunión la llevó Nora Roldán de principio a fin.
Y la llevé. Con dos frases verdaderas colocadas en el sitio exacto donde una mentira habría sonado peor.
Yaiza me alcanzó en el pasillo. No dijo nada durante los primeros seis pasos, que en Yaiza es una eternidad geológica.
—Nora.
—Dime.
—El relojero te dijo algo el jueves.
—Me dijo muchas cosas.
—Te dijo algo el jueves y volviste el viernes con una cara rarísima.
—Yaiza.
—Vale.
—Es un peritaje en curso.
—Vale —dijo, y se metió en el archivo, y no volvió a sacar el tema en tres semanas, y eso fue muchísimo peor que si lo hubiera sacado todos los días.
Bajé al almacén antes de irme, aunque no tenía nada que hacer allí.
El lote veintitrés estaba en la estantería tres, envuelto en su manta gris, con la etiqueta atada al asa de la caja de transporte. Le levanté la manta.
Las siete y veintitrés.
Está en la naturaleza de este trabajo que uno acabe hablándole a las cosas, porque las cosas de este trabajo han pertenecido a gente que ya no está y a uno se le pega el tono.
Yo no le hablé. Le miré la esfera dos minutos con las manos en los bolsillos, como se mira un expediente que no te va a dar la razón, y le volví a poner la manta.
Aurelio estaba cerrando.
—¿Se queda usted, Nora?
—Ya me voy.
—Que ese está bien donde está —dijo, y apagó la fila de fluorescentes del fondo—. Lleva setenta y siete años bien donde está.
En el metro de vuelta abrí el correo y le escribí a Casilda Ayala tres líneas para decirle que su reloj iba a portada y que la subasta era el catorce de noviembre por si quería venir.
También le pregunté, en la tercera línea, si tenía por casa papeles del bisabuelo.
Contestó a los cuatro minutos con un audio de nueve segundos en el que solo se la oía reírse y decir «pero qué me estás contando», y ese audio yo lo escuché dos veces en el andén de Bilbao y una tercera al llegar a casa.
Aquella noche hice inventario, que es una cosa que hago cuando no puedo dormir y que consiste en contar lo que tengo pendiente como si fueran lotes.
Lote uno: una mentira dicha en una sala de juntas en septiembre. Los conozco de nombre.
Lote dos: una mentira dicha en la misma sala en octubre, delante de más gente y por escrito en un acta. El perito no ha entregado el informe.
Lote tres: una boda el segundo sábado de noviembre, de la que soy responsable de puntualidad por no haber abierto la boca en un bar de Huertas.
Lote cuatro: una subasta el viernes catorce, con mi portada, mi cabecera y mi número de salida.
Lote cuatro bis: una horquilla de moño partida por la mitad de la que todavía no sabía nada, y que a esas horas estaba encima del banco de un taller de Chamberí esperando a que alguien la mirase con lupa.
Y lote cinco, sin catalogar, sin medidas, sin estado de conservación y sin precio de reserva: un taller en la calle Trafalgar donde los jueves a las siete hay un hombre que ya ha puesto la mesa.
Cerré el cuaderno. Apagué la luz.
Y me dije, en voz alta y en mi propia casa, como una idiota:
—Esto lo tienes controlado.