El arte de llegar tarde al amor 11. Sábado por la mañana
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11. Sábado por la mañana

Sábado por la mañana

Los sábados por la mañana Greta está en la tienda aunque no le toque.

Es un acuerdo que no está en ningún convenio y que funciona desde hace cuatro años: Sonia trabaja los sábados, yo abro los sábados, y a las diez menos cuarto suena la campanilla y entra una niña con un bollo en la mano y opiniones sobre el escaparate.

A la una la recoge su madre y comen juntas.

Los fines de semana alternos son otra cosa y esos sí están escritos, con hora y todo, y a mí me parece bien que estén escritos, porque los papeles no discuten.

Aquel sábado de octubre entró a las diez menos cuarto, dejó el bollo en el mostrador —encima del papel, que se lo he dicho ochenta veces— y me informó de lo siguiente:

—El de la vitrina va cinco minutos adelantado.

—El de la vitrina es de un cliente.

—Sigue yendo adelantado.

—Ese cliente lleva siete años sin venir, Greta.

—Pues peor. Va adelantado para nadie.

A las diez y media entró doña Elvira con el despertador de baquelita.

—Julián, este va atrasado.

—Este va perfecto, doña Elvira.

—Va atrasado, hijo.

Greta, desde el mostrador, sin levantar la vista del bollo:

—Va perfecto. Lo que pasa es que usted se levanta más tarde.

Doña Elvira tiene ochenta y siete años y se quedó mirando a mi hija con un respeto escandalizado que yo no había conseguido en catorce años detrás de ese mostrador.

—Pues igual sí —dijo.

Cuatro euros.

A las once y doce entró Nora Roldán con una bolsa de cámara al hombro y cara de mujer que trae un problema envuelto para regalo.

—Doce —dijo la trastienda.

—Buenos días a ti también —dijo Nora.

—Buenos días. Doce.

—¿Doce qué? —dijo Nora, dejando la bolsa en el mostrador.

—Doce minutos tarde.

—Son las once y doce, ¿no?

—Sí.

—Yo había quedado a las once.

—Sí.

—Entonces doce.

—Doce —confirmó Greta, y salió de la trastienda con la mitad del bollo—. La media va a bajar.

—¿Hay media?

Greta me miró a mí. Yo me puse a limpiar una cosa que estaba limpia.

Traía la cámara de la Sala Vergara porque el fotógrafo se había roto la muñeca izquierda jugando al pádel, que es la forma más contemporánea de romperse una muñeca, y porque el catálogo tenía que estar en imprenta a finales de mes y la portada era el lote veintitrés.

—¿Y no tenéis otro fotógrafo?

—Tenemos tres presupuestos y ninguna gana de pagarlos.

—¿Y sabes hacerlo?

—He visto hacerlo doscientas veces.

—Eso es exactamente lo que dice la gente que trae aquí un reloj destrozado.

Montamos el fondo blanco encima del banco grande. Y ahí empezó una hora que voy a recordar bastante tiempo, aunque en su momento la viví como se viven estas cosas, que es sin enterarse.

Porque el problema del dorado al mercurio es real y no tiene solución fácil.

Si le das luz directa, el oro devuelve un brillo blanco que se come el relieve y el reloj sale en la foto como un adorno de bazar.

Si le quitas luz, se apaga y parece bronce sucio.

Hay que iluminarlo de lado, rebotado en algo blanco, y hay que hacerlo despacio.

—Ponte ahí y sujeta esto —le dije, y le di un cartón blanco de los que uso para las tapas.

—¿Esto para qué es?

—Para devolverle la luz.

—Estoy haciendo de pared.

—Estás haciendo de ventana.

Sujetó el cartón durante veinte minutos sin quejarse una sola vez, moviéndolo dos centímetros cada vez que yo se lo pedía, y cada dos por tres decía algo malísimo sobre mi cafetera o sobre el ruido de los relojes o sobre el hecho de que en aquella tienda no hubiera ni una silla cómoda, y yo le contestaba, y así.

La cuarta o quinta vez que le pedí que subiera el cartón, dijo:

—Oye, y esto de la luz, ¿lo sabías tú o lo sabía tu padre?

—Lo sabía mi abuelo. Fotografiaba las piezas antes de entregarlas, por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si el cliente decía que se la habíamos rayado.

—Tu abuelo era un tipo listo.

—Mi abuelo era un tipo desconfiado, que en los años sesenta era lo mismo.

Fue Greta la que salvó las fotos.

Salió de la trastienda, se quedó mirando la pantalla por encima de mi hombro, dijo «así se ve raro» con esa autoridad de perito que gasta desde los siete años, cogió el cartón blanco de las manos de Nora sin pedir permiso y lo inclinó unos quince grados hacia abajo.

Y el dorado apareció.

Apareció el relieve, apareció la sombra debajo de las figuras, apareció la esfera con el blanco correcto y las agujas negras clavadas en las siete y veintitrés, y aquello dejó de ser un objeto encima de un banco y se convirtió en una cosa que uno querría tener.

—Ahí —dijo Greta.

Nora se quedó mirándola.

—¿Cómo has sabido eso?

—Porque en el cole hicimos un vídeo y salíamos todos verdes —dijo Greta—. Y era por el techo.

—¿Y esta hora? —dijo Nora, señalando la esfera en la pantalla—. Así, en la foto, ¿tú qué ves?

—Veo las siete y veintitrés.

—No. Digo qué te transmite.

—A mí una hora no me transmite nada. Yo llevo cuarenta años mirando horas.

—Pues a mí me transmite ocho mil euros de salida.

—Entonces ya sois dos los que veis algo —dijo Greta desde detrás del cartón—, porque yo tampoco veo nada.

Hicimos cuarenta fotos. Greta sostuvo el cartón las cuarenta y cobró en especie: un batido y la promesa de que su nombre iba en algún sitio del catálogo, cosa que yo dije que era imposible y que Nora dijo que era negociable, y ahí perdí yo la primera votación de mi propia tienda.

A todo esto entró un cliente, el señor Nogueira hijo, el del reloj de pared de Espronceda, a preguntar si le podíamos poner una pila a un despertador de viaje.

Se lo puse en dos minutos y le cobré seis euros, y él miró todo aquel montaje —el fondo blanco, la cámara, el cartón, la mujer del abrigo, la niña— y dijo:

—Vaya, esto parece un plató.

—Es una portada de catálogo —dijo Nora.

—¿De qué?

—De una subasta.

—Ah. —Se guardó el despertador en el bolsillo—. ¿Y eso vale mucho?

—Ese reloj sale en ocho mil euros.

El señor Nogueira miró el reloj de los Ayala. Miró la cámara. Miró la tienda de arriba abajo, con sus treinta y nueve relojes parados en tres horas distintas, y dijo la frase que llevo oyendo desde que abrí:

—Pues quién lo diría.

Cuando se fue, Nora se quedó mirando la puerta.

—Se le ha olvidado que su madre tiene un reloj de pared en el pasillo —dijo—. ¿Verdad?

—Se le olvidó en junio.

Y luego salió la libreta.

Yo no la saqué. Que quede claro.

Estábamos recogiendo, Nora estaba guardando la cámara en la funda, y Greta apareció con un cuaderno cuadriculado de los de espiral abierto por la mitad y lo puso encima del banco, girado hacia ella, como se presenta un informe.

—Es esto.

Nora se acercó.

Y voy a describir la página porque yo la vi aquel sábado por primera vez, aunque llevara semanas sabiendo que existía.

Cuatro columnas dibujadas con regla. Fecha. Hora prevista. Hora real. Diferencia. Debajo, una fila por visita, con la letra grande y redonda de tercero de primaria. Y abajo del todo, subrayada dos veces, una casilla que ponía MEDIA.

21 sep — 19:00 — 19:31 — +31 27 sep — 19:00 — 19:19 — +19 4 oct — 19:00 — 19:26 — +26 6 oct — 19:00 — 19:32 — +32 13 oct — 11:00 — 11:12 — +12

MEDIA: 24,0

Vi cómo le cambiaba la cara por fases. Primero le hizo gracia. Después le hizo menos gracia. Después se puso muy seria y no era enfado: era otra cosa, era la cara que pone la gente que trabaja con documentos cuando por fin ve el documento.

Nora Roldán no dijo nada durante unos segundos que a mí se me hicieron muy largos.

Después se sentó en el taburete, se acercó el cuaderno y lo leyó entero, línea por línea, con el dedo, como se lee una liquidación.

—Ha bajado —dijo.

—Sí —dijo Greta.

—Ha bajado ocho minutos en tres semanas.

—Nueve coma tres desde la primera media —dijo Greta—. Pero eso es porque hoy has llegado a doce y hoy no cuenta igual.

—¿Por qué no cuenta igual?

—Porque hoy sabías que estaba yo.

Silencio en la Relojería Sarmiento. Los relojes siguieron con lo suyo, que es lo único que hacen bien en las situaciones incómodas.

—Es verdad —dijo Nora, muy despacio.

—Ya lo sé —dijo Greta.

—¿Y eso lo apuntas?

—No. Eso no se puede apuntar. —Greta le dio la vuelta al cuaderno y lo cerró—. Eso es una explicación, y las explicaciones no van en la tabla.

—¿Y por qué lo apuntas? —dijo Nora, todavía con el dedo en la última fila.

Greta se encogió de hombros.

—Porque si no, se olvida.

—Ya, pero ¿por qué te importa a ti?

Y mi hija, que tiene diez años y once meses y que no ha leído un libro de psicología en su vida, contestó lo siguiente sin levantar la voz y sin dejar de alinear el cuaderno con el borde del banco:

—Es que mi padre se pone a mirar la puerta.

Nora no dijo nada.

—Y si yo sé el número —siguió Greta—, se lo digo antes y ya no la mira tanto.

Y ahí me pillé.

Llevaba un rato mirando a Nora Roldán mirar un cuaderno, con las dos manos apoyadas en el borde del banco y la cabeza inclinada, y llevaba mirándola el tiempo suficiente como para haberme aprendido que se muerde el interior del carrillo izquierdo cuando lee algo que le importa, y que cuando termina de leerlo se toca la nuca.

Me di cuenta yo solo, que es lo peor. Nadie me dijo nada.

Bueno: nadie no.

Recogimos. Greta guardó las cuarenta fotos en la tarjeta, hizo que Nora se las pasara a un correo suyo que le abrió su madre para el colegio y del que se supone que yo no sé la contraseña, y negoció el batido.

—Y salgo en el catálogo.

—Eso lo tiene que aprobar mi jefe.

—¿Cómo se llama tu jefe?

—Braulio.

—Dile que fui yo la del cartón.

—Se lo voy a decir literalmente así.

A la una menos cuarto, cuando Nora ya se había ido con la cámara y con el batido pagado, Greta estaba recogiendo el fondo blanco. Yo estaba de espaldas, limpiando el banco.

—Papá.

—Dime.

—Nada.

Me giré. Estaba doblando el cartón con muchísimo cuidado, alineando las esquinas.

—Greta.

—Que no es nada.

—Dilo.

—Que hoy tú tampoco has mirado la puerta —dijo mi hija—. Pero es que hoy es que ni una vez, ¿eh. Ni cuando ha sonado la campanilla del veintiséis.