El arte de llegar tarde al amor 10. Cena a las nueve, es decir, a las diez
23%

10. Cena a las nueve, es decir, a las diez

Cena a las nueve, es decir, a las diez

Salí del taller de Trafalgar a las nueve menos veinte.

Había quedado con Carlota a las nueve en un japonés de Malasaña, y hay veinticinco minutos andando entre una cosa y la otra, con lo cual, según la aritmética, yo llegaba a las nueve y cinco.

Llegué a las diez y dos minutos.

Y esto no es una anécdota, esto es una radiografía, así que lo voy a contar entero.

A las nueve y tres yo estaba en la esquina de la calle del restaurante. La vi. Vi el cartel, vi la cortinilla azul de la puerta, vi a través del cristal la mesa del fondo donde estaría Carlota, que llega diez minutos antes a todo desde 1998.

Y seguí andando.

Me metí por una bocacalle y di una vuelta a la manzana.

Al terminar la vuelta me metí en un bar y pedí una caña que no me apetecía.

Me bebí media. Me puse el móvil en la oreja y estuve nueve minutos diciendo «ya, ya, claro» a nadie, con cara de estar resolviendo un asunto de trabajo, mirando la calle.

Luego pagué, salí, y en vez de ir al restaurante me metí en una tienda de veinticuatro horas y estuve mirando estanterías de champús durante seis minutos.

Compré un champú.

Tengo tres botes de ese champú en el baño. Tres.

Y a las diez menos cinco, con la bolsa del champú en la mano, empecé a andar hacia el japonés, y entonces sí, entonces ya podía entrar, porque ya era tarde de verdad, y cuando es tarde de verdad la cosa se convierte en un chiste y el chiste lo cuento yo.

—Perdona, perdona, perdona. Ha sido un desastre.

—Ha sido un desastre —repitió Carlota.

—Un lío de trabajo tremendo.

—Un lío de trabajo tremendo.

—¿Vas a repetir todo lo que diga?

—Hasta que digas algo nuevo.

Carlota Beltrán tiene cuarenta y un años, es abogada matrimonialista y es mi mejor amiga desde el segundo año de carrera. Estaba sentada con una copa de vino blanco a la mitad, la carta ya leída, el pedido ya hecho para las dos y una carpeta de plástico transparente encima de la mesa.

—¿Qué es eso?

—Mi divorcio.

—Carlota.

—Mi divorcio en carpeta —dijo—. Es que si no lo pongo en carpeta, me pongo triste.

—¿Y por qué una fiesta? —dije—. En serio. Sin cachondeo.

Carlota se lo pensó, que en ella es señal de que la respuesta va a ser buena.

—Porque cuando te casas viene todo el mundo —dijo—.

Se ponen guapos, hacen fotos, te dicen cosas.

Y cuando te descasas te llaman por teléfono de uno en uno a las nueve de la noche con voz de médico.

—Se recolocó el pelo—. Y yo no me estoy muriendo, Nora.

Yo me estoy separando, que es una cosa que he decidido yo.

Llevábamos tres semanas intentando cenar.

Lo habíamos aplazado dos veces: una por mí y otra por ella, y la de ella fue porque su marido, Sergio, había decidido que quería «hablarlo con calma», lo cual, en el vocabulario de Carlota, significa cuatro horas de la vida de una persona que se cobran a ciento veinte euros más IVA cuando no eres tú la que se separa.

—Hoy me he leído mi propio convenio regulador —dijo—. Está muy bien redactado.

—Lo has redactado tú.

—Por eso está muy bien redactado. Me he emocionado en la cláusula sexta.

El japonés de Malasaña es de esos sitios pequeños con doce mesas y una carta plastificada donde todo cuesta cuatro euros más de lo que debería y aun así vas, porque tiene la luz correcta para hablar mal de la gente. Llevamos yendo desde 2014. La camarera nos conoce y nos odia lo justo.

—¿Y cómo estás? —dije—. De verdad.

—Bien.

—Carlota.

—Bien de verdad, que es lo raro. —Movió la copa en círculos—.

Llevo dos años preparándome para esto sin saber que me estaba preparando.

Lo he visto seiscientas veces en el despacho: la gente no se separa el día que lo dice.

Se separa como dos años antes, en una cocina, sin decírselo a nadie, y luego tarda dos años en hacer el papeleo.

—¿Y él?

—Él está fatal, y tiene todo el derecho, porque él sí se ha enterado esta primavera. —Bebió—. Es la parte que no se puede repartir, esa. No hay convenio para eso.

Pidió otra copa. Sacó de la carpeta un folio y lo puso encima de la mesa girado hacia mí, como se enseñan las pruebas.

—Fiesta.

—¿Qué fiesta?

—Fiesta de divorcio. Con tarta.

—Carlota.

—Con tarta —repitió—, con la figurita de arriba serrada por la mitad. Ya he encontrado quien me la sierre. Es un chico de Vallecas que hace maquetas y me ha dicho que sí por sesenta euros y que le parece «un encargo bonito».

—Estás fatal.

—Estoy facturando el duelo, que es distinto —dijo—. Mira: viernes veintiséis. Local pequeño. Veinte personas. Y en algún momento de la noche voy a leer una lista.

—¿Qué lista?

—La lista.

—¿La lista de qué?

Carlota bebió, dejó la copa y me miró por encima de ella.

—De agravios. Doce. Numerados. Plastificados, para que no se me estropee con el vino.

Me reí tanto que se giró la mesa de al lado. Y después me dio una pena espantosa, que es lo que pasa siempre con Carlota, y las dos cosas duraron a la vez, que es lo que pasa siempre conmigo.

—A ver la lista.

—No.

—Carlota.

—El día veintiséis.

—Solo el número uno.

Se lo pensó. Sacó un folio de la carpeta, lo tapó con la mano dejando una sola línea a la vista y me lo giró.

1. Doce años diciendo «lo que tú quieras» y luego poniendo cara.

—Vale —dije.

—Ya te digo.

—¿Y el doce?

—El doce es muy corto y no te lo enseño, porque si te lo enseño lloras tú y esta noche lloro yo, y ya lo hemos hablado: por turnos.

Comimos. Le conté lo de mi madre.

Y lo conté bien. Lo conté con todo: las tres llamadas perdidas, el abrigo rojo, Braulio del brazo, Fermín y el reloj de bolsillo, «mi hija se encarga de los horarios», y le hice el número entero, el que me sé, el que llevo haciendo desde los veintitantos y que en una mesa de seis personas no falla nunca.

—A ver.

—Tres llamadas perdidas en quince minutos.

—Uy.

—Y un mensaje de voz de once segundos.

—Uy, uy.

—Y «no te preocupes».

Carlota dejó los palillos encima del plato con una solemnidad de tribunal.

—Cuéntamelo despacio y no te saltes nada.

—Es que es perfecto, Carlota. Es una obra de arte. La mujer que llegó tarde a todos los sitios de mi infancia me nombra a mí, a MÍ, responsable de puntualidad de su cuarta boda. Es como si un incendio contratara a otro incendio de asesor de seguridad.

Carlota se reía.

—Y encima con un jubilado de Renfe. Un hombre que sabe a qué hora pasa todo. Que lleva un reloj de bolsillo. Fermín va a tener el primer horario incumplido de su carrera profesional y va a ser el suyo.

Carlota se reía.

—Y luego está lo mío, que ya lo sabes, que yo llego tarde porque el que espera pierde.

El que espera es el que quiere más. Yo esto lo tengo estudiadísimo: en cualquier relación humana, el que está sentado mirando la puerta ya ha perdido la negociación.

Y yo no me siento a mirar la puerta ni aunque me paguen.

Y Carlota dejó de reírse.

No de golpe, y no con cara de nada. Terminó de tragar, se limpió con la servilleta y dijo, con muchísima suavidad:

—Eso es buenísimo.

—Gracias.

—No, en serio. Es buenísimo. ¿Cuántas veces lo has contado?

—¿El qué?

—Eso. Lo del que espera pierde. Con esas palabras. ¿Cuántas veces?

Me quedé con el vaso a medio camino.

—No sé. Muchas.

—Yo te lo he oído cuatro. Contando esta. —Se recolocó la servilleta en las rodillas—. Y en las cuatro te has reído en el mismo sitio.

—¿Y?

—Y que eso ya no es una explicación, Nora.

Eso es un número. Y los números salen bordados, y por eso nadie los revisa nunca.

—Cogió su copa—. Yo tengo cuarenta y un años y un convenio regulador precioso porque llevo doce años contando en las cenas un número buenísimo sobre Sergio.

Buenísimo. Todo el mundo se reía. Y resulta que dentro del número había información.

—Carlota.

—Ya está. Ya no digo más.

Pero dijo más. Claro que dijo más. Pidió los postres, esperó a que los trajeran, esperó a que yo me relajara —esperó, ella sí— y entonces, mirando el mochi como si le interesara mucho el mochi, dijo:

—Oye. ¿Y el relojero?

—¿Qué relojero?

—El relojero del que llevas hablando desde que te has sentado.

—Yo no he hablado de ningún relojero.

—Has dicho «Julián» tres veces. Dos con apellido de tienda y una sin nada.

—Es un proveedor.

—Vale.

—Es un peritaje.

—Vale.

—Es un señor de cuarenta y cinco años que tiene una tienda de relojes en Chamberí y una hija de diez años y una cafetera del setenta y cuatro y que gana menos que Yaiza.

Carlota levantó la cabeza del mochi.

—¿Y tú cómo sabes lo de la cafetera?

—Es una cafetera italiana de mil novecientos setenta y cuatro —dije—. Salió en la conversación.

—Salió en la conversación.

—Salió porque el café estaba malísimo y yo se lo dije.

—Nora, yo llevo doce años oyendo a gente contarme el día que conoció a alguien —dijo Carlota, y ya no se estaba riendo, y tampoco estaba siendo cruel, que es la combinación que solo consigue ella—.

¿Sabes qué me cuentan siempre? El electrodoméstico.

Nadie se acuerda de lo que se dijeron. Todo el mundo se acuerda de la cafetera, del ventilador o del gato.

—Es un peritaje.

—Vale.

—Es un señor con un negocio que se muere.

—Vale.

—Y yo tengo una portada que entregar el treinta.

—Vale —dijo Carlota, y pidió la cuenta.

Pagamos a medias. La acompañé al taxi. Nos abrazamos en la acera de Malasaña como nos abrazamos desde hace veinte años, que es fuerte y poco tiempo, y cuando ya estaba sentada dentro bajó la ventanilla.

—Nora.

—¿Qué?

—Ven a mi fiesta a la hora, ¿vale? Aunque solo sea esa.

Y arrancó, que es lo que hacen las abogadas: dejarte con la última frase y sin turno de réplica.