9. Charo, en tres llamadas perdidas
Charo, en tres llamadas perdidas
Con mi madre funciona así.
Una llamada perdida no es nada. Mi madre llama a la gente como otros miran por la ventana: sin motivo y por si acaso. Dos llamadas perdidas tampoco son nada, porque cuando la primera no le contestan ella insiste inmediatamente, no por urgencia, sino porque le parece que el teléfono ha fallado.
Tres llamadas perdidas es algo.
Tres llamadas perdidas y un mensaje de voz de once segundos que dice «hija, nada, ya te contaré» es una emergencia. Y tres llamadas perdidas, un mensaje de voz de once segundos y la frase «no te preocupes» son un acontecimiento de los que salen en el periódico.
Las tres llamadas entraron el martes entre las once y cuarto y las once y media, mientras yo estaba en la sala de exposición con Yaiza colocando la plata para el fotógrafo.
—Es mi madre.
—Cógelo.
—No.
—Que es tu madre.
—Yaiza, si le cojo el teléfono a las once y cuarto, a las once y veinte estoy comprometida con algo.
A las once y cuarenta entró por la puerta de la Sala Vergara.
Mi madre se llama Rosario Roldán, tiene sesenta y tres años, mide metro cincuenta y ocho y ocupa un salón.
Aquel día llevaba un abrigo rojo de entretiempo, gafas de sol en el pelo y una bolsa de tela de una librería en la que nunca ha comprado un libro.
Entró como entra ella en los sitios, que es mirándolo todo con una alegría de propietaria, y a los cuatro segundos ya le estaba diciendo a Yaiza que tenía un cutis precioso.
Detrás venía un señor.
—Nora, hija. Mira quién es. Este es Fermín.
Fermín Otero tiene sesenta y ocho años, es jubilado de Renfe y es, con mucha diferencia, la mejor persona que ha entrado en esa casa de subastas desde 1953.
Llevaba una chaqueta de punto gruesa, unos zapatos limpísimos y esa cara de hombre que ha madrugado cuarenta y un años seguidos y ya no sabe dormir hasta las ocho. Me dio la mano con las dos manos.
—Encantado. Llevo tres semanas oyendo hablar de usted.
—De ti —dijo mi madre.
—De ti —dijo Fermín, obediente y feliz.
Braulio salió de su despacho porque Braulio sale siempre que oye reír a alguien en la sala, para comprobar de qué se ríen y si se puede monetizar.
En cuatro minutos mi madre lo tenía cogido del brazo enseñándole las vitrinas isabelinas y diciéndole que su abuela tuvo una igual, cosa que es rigurosamente falsa.
Mi abuela tuvo un aparador de fórmica y una plancha.
—Roldán —me dijo Braulio al pasar, muy bajo—. Su madre es encantadora.
—Ya.
—Es que es encantadora de verdad.
—Ya, don Braulio.
Braulio tardó once minutos en enseñarle la casa entera. Mi madre no ha comprado un mueble antiguo en su vida y le hizo tres preguntas perfectas, que es su especialidad: preguntar exactamente lo que el otro se muere por contestar.
—¿Y esto de dónde sale?
—De una testamentaría de Ávila.
—Ay, Ávila. ¿Y la familia lo vende con pena o con alivio?
Braulio se paró en seco en mitad de la sala de exposición.
—Con las dos cosas —dijo—. Siempre con las dos cosas.
—Claro —dijo mi madre—. Como todo.
Y ese hombre, que en once años me ha dicho «bien» tres veces, la miró como se mira a alguien que acaba de resumirte el oficio en la puerta del ascensor.
Mi madre tiene eso. Lo tiene desde siempre y no es un truco; ojalá fuera un truco.
Es que le interesa la gente de verdad durante ocho minutos seguidos, y ocho minutos seguidos de interés verdadero es más de lo que recibe la mayoría de las personas en una semana.
El problema no es lo que hace mi madre en esos ocho minutos. El problema es el minuto nueve.
Nos metimos en la sala de juntas porque no había otro sitio, y ahí, entre la mesa larga y las sillas de los consignatarios, mi madre puso las manos encima de la mesa y dijo:
—Nos casamos.
Hay noticias que se reciben con el cuerpo antes que con la cabeza. Yo noté que me sentaba.
—¿Cuándo?
—El segundo sábado de noviembre.
—¿De este noviembre?
—Hija, ¿de cuál va a ser?
Fermín, a su lado, se puso colorado hasta las orejas y sacó del bolsillo del chaleco un reloj de bolsillo de acero, lo abrió, lo miró sin necesidad ninguna y lo volvió a cerrar. Después me di cuenta de que eso lo hace cuando se emociona, que es lo mismo que otros hacen con las llaves.
Cuatro. Es la cuarta.
Voy a poner el historial aquí de una vez para no tener que ir explicándolo por capítulos.
El primero fue mi padre, que duró cinco años y del que conservo un apellido y dos fotos.
El segundo fue Quique, que era simpatiquísimo y vendía toldos, y que duró desde que yo tenía once hasta que tuve dieciséis.
El tercero fue un señor de Alicante con un chalé, y de aquello no quiero hablar, y mi madre tampoco quiere, y es la única cosa en la que estamos absolutamente de acuerdo.
A Fermín lo conoció en el andén 4 de Chamartín en marzo, porque a ella se le iba un tren y él le explicó, con una paciencia de cuarenta y un años de servicio, que ese tren no era el suyo, que el suyo salía del andén 8 y que aún le sobraban catorce minutos.
Catorce minutos.
Mi madre lleva desde marzo contando esa historia en todas partes, y la cuenta bien, y siempre termina igual: «y yo dije, huy, este hombre sabe a qué hora pasan las cosas».
Y ahora Fermín.
—Es muy bonito —dije, y lo dije de verdad—. Enhorabuena a los dos.
Mi madre se puso a llorar en dos segundos y medio, que es su marca personal, y luego se rio, y luego dijo:
—Hay una cosa.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—He dicho que no a la cosa.
—Es una tontería.
—Mamá.
Se echó hacia adelante en la silla, me cogió las dos manos por encima de la mesa y dijo la frase que llevaba preparada desde la primera llamada perdida de las once y cuarto.
—Quiero que te encargues tú de los horarios.
Silencio.
—¿De los horarios?
—De los horarios. De que todo salga a su hora. Que si el coche, que si la peluquería, que si el restaurante. Tú eres la organizada.
—Yo no soy la organizada.
—Tú tienes agenda.
—Mamá, yo tengo agenda como tú tienes bicicleta estática.
—Nora.
—Yo llego tarde a todo.
—Tú llegas tarde a tus cosas —dijo mi madre—. A las mías no has llegado tarde en tu vida.
Y ahí me callé, porque era verdad, y porque llevaba treinta y nueve años sin darme cuenta de que era verdad, y porque a mi madre le salen estas cosas sin ninguna intención, del mismo sitio del que le sale ponerse un abrigo rojo.
Sacó de la bolsa de tela un folio doblado en cuatro. Escrito a mano. Por las dos caras.
—Es que ya lo tengo todo pensado, mira.
Peluquería 9:30 (Loli). Coche 11:15. Ayuntamiento 12:00. Fotos jardín. Restaurante 14:00 (44 personas). Tarta 17:00.
Y en el margen, con otro boli, más apretado, una nota que no iba dirigida a mí y que leí igual, porque yo leo todos los documentos que se me ponen delante:
llegar a las 11:45 !!! no a las 12
Tres signos de admiración. De su puño y letra. Una mujer de sesenta y tres años apuntándose a sí misma, en el margen de su propia boda, que tiene que salir de casa quince minutos antes de lo que ella cree.
Dije que no.
Lo dije bien, además, con argumentos: que yo tenía la subasta de otoño encima, que noviembre era el mes peor del año para mí, que había profesionales que hacen exactamente eso y cobran seiscientos euros y no son tu hija.
Fermín escuchaba con las manos en las rodillas, muy serio, y cuando terminé dijo:
—Tiene toda la razón.
—Gracias, Fermín.
—Es que yo se lo dije, Charo. Que la niña trabaja.
—Y además —dijo mi madre, guardando el folio— es que a Fermín le hace ilusión.
—A Fermín le hace ilusión que llegues.
—A Fermín le hace ilusión que estés tú.
Ese es el otro sistema. Mi madre nunca pide nada para ella. Mi madre pide cosas en nombre de terceros, y los terceros están siempre delante, colorados, con un reloj de bolsillo en la mano, incapaces de desmentirla porque además es verdad.
Nos fuimos los tres a tomar algo al bar de la esquina de Huertas, porque a mi madre no se la despide en un portal.
Y ahí fue la segunda parte.
Fermín se levantó a pagar —insistió, se levantó tres veces, es de esos— y mi madre esperó a que estuviera en la barra, se giró hacia mí, dejó la taza en el plato y bajó la voz.
—Es que tengo miedo.
—¿De qué?
—De llegar tarde.
Me quedé mirándola.
—Al mío —dijo, y se señaló a sí misma con dos dedos, como quien señala un bulto—. Que yo me conozco, hija. Que yo el día de la boda de mi hermana llegué cuando estaban sirviendo el segundo plato. Y a este hombre no le puedo hacer eso.
—Mamá.
—A este hombre no. —Cogió la cucharilla y se puso a removerse un café que ya se había tomado—. A los otros sí, mira, pues bueno. A este no.
Es exactamente el mismo miedo que tengo yo, formulado por la persona que me lo enseñó, y dicho en un bar de Huertas a las doce y veinte de un martes con un ruido de cafetera de fondo.
Le dije que no otra vez. Con menos convicción, pero se lo dije, y lo dejo escrito porque fue verdad: se lo dije dos veces y las dos veces dije que no.
Y entonces volvió Fermín con el cambio en la mano.
—Ya está. Nos vamos, Charo, que a y media pasa el 27.
—Fermín, siéntate un momento. —Mi madre le puso la mano en el antebrazo y le dedicó la sonrisa que ha vendido cuatro bodas—. Que ya está arreglado. Mi hija se encarga de los horarios.
Fermín me miró.
Y yo no dije nada.
No dije que sí. Quiero que eso conste, porque en los meses siguientes yo me repetí muchas veces que a mí nadie me había preguntado.
Y es verdad que nadie me preguntó. Lo que pasa es que yo estaba delante, y Fermín Otero, jubilado de Renfe, me miró a los ojos con el cambio en la mano esperando una corrección que no llegó, y después sacó otra vez el reloj de bolsillo, lo abrió, lo cerró y dijo:
—Pues qué tranquilidad.