El arte de llegar tarde al amor 8. El minutero cojo
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8. El minutero cojo

El minutero cojo

Al lote veintitrés le dediqué los martes.

Los martes por la tarde el taller está muerto.

La gente trae los relojes los sábados y los recoge los viernes, y los martes de cinco a ocho no entra nadie salvo algún señor buscando una pila.

Así que despejaba el banco grande, ponía el paño verde, encendía la lámpara y me sentaba con el francés de los Ayala como quien se sienta con un vecino callado.

Desmontar un movimiento de París es una cosa ordenada, y la gente que cree que este oficio es delicado se equivoca de adjetivo: no es delicado, es ordenado.

Se descarga la cuerda primero, que es lo que separa a los que saben de los que se llevan un muelle en la mano.

Se quita la sonería. Se sacan los pasadores, se separan las platinas y las ruedas van saliendo por orden y se colocan en la bandeja en el mismo orden en que han salido, de izquierda a derecha, porque el que se fía de su memoria termina con tres ruedas de sobra y una humillación.

Se limpia. Se seca. Se mira todo dos veces: una con lupa de tres aumentos para hacerse una idea y otra con la de diez para discutir con la idea.

Y a la tercera tarde encontré una cosa que no encajaba.

No sé todavía qué es. Quiero dejarlo dicho así, tal cual, porque después de todo lo que vino me van a preguntar cuándo lo supe, y la verdad es que aquel martes no supe nada.

Solo tuve la sensación exacta que tengo cuando un cliente me cuenta cómo se le cayó el reloj y el reloj no está roto por donde se rompen los relojes cuando se caen.

Fue en el escape.

El escape es la pieza que reparte el tiempo. Un áncora con dos brazos que va soltando la rueda diente a diente, y ese es el tic y ese es el tac, y todo lo demás del reloj es logística. Es la parte más fina y la más quisquillosa, y es donde se para todo cuando algo se atraviesa.

En el hueco entre el áncora y la rueda había marcas.

Dos rayas paralelas, cortísimas, en el latón, a la altura exacta donde estarían los dientes si algo los hubiera empujado hacia atrás.

Eso no es desgaste. El desgaste es redondo, es simétrico y tarda cincuenta años en dibujarse. Aquello era corto, era reciente en la escala de la pieza y estaba solo en un sitio.

Aquello no lo hizo el tiempo. Aquello lo hizo algo que entró.

Un cuerpo extraño. Se ve más de lo que la gente cree: la cerda de un cepillo, un trozo de papel, un pelo de gato.

Una vez saqué una araña seca de un Morez y me pasé el día raro.

Un cuerpo extraño entra, se mete entre la rueda y el áncora, la máquina hace fuerza contra él dos o tres veces y se para. Y las marcas se quedan.

Pero un cuerpo extraño, después, se queda dentro. Ahí está la cuestión. Se queda dentro, porque nada se mueve solo dentro de una caja cerrada.

Y dentro de este reloj no había nada.

Miré el fondo con la linterna, y a contraluz, y con el pincel de pelo de marta, y con la perilla de aire. Nada. Ni una fibra. Ni una escama de barniz. Ni la sombra de una mancha donde hubiera estado apoyado algo durante décadas.

Es decir: entró algo, paró la máquina y luego salió.

Y para salir hace falta una mano.

Hay una señal que a mí me enseñó mi padre y que no sale en ningún manual, y es la del minutero cojo.

Cuando un minutero arrastra —cuando se queda una décima de milímetro bajo, y al pasar por las doce roza el cristal y hace ese ruido que el dueño describe siempre como «un cric»—, en el noventa por ciento de los casos no es que la aguja esté torcida de fábrica.

Es que alguien la movió a mano y la movió mal.

La gente coge el minutero como se coge el pomo de una puerta, con dos dedos y confianza, y lo empuja.

Y el minutero es una chapa de latón de tres décimas.

Un minutero cojo es la huella de una mano.

El del Ayala no cojea. Lo miré tres veces buscándolo, con la esperanza fea de encontrar una explicación fácil, y estaba recto, centrado y sin una marca. Quien tocó ese reloj no lo tocó por delante.

Lo escribí en la ficha con letra pequeña — marcas en flanco de rueda de escape, sin residuo; pendiente — y me quedé un buen rato con la bandeja delante y el pincel en el aire, que es como me quedo yo cuando algo no me deja.

Anoté también el número de serie, grabado en el canto de la platina. Y junto al número, rayada a mano y torcida, había una letra.

Una ele.

Los talleres firmaban así. Un relojero abre una máquina, la limpia y raya sus iniciales junto al número para que el siguiente sepa quién estuvo.

Japy trabajaba con proveedores y ensambladores franceses de los que hay listas enteras, y varios empiezan por ele.

Lo apunté como lo que parecía — posible marca de taller, «L» — y no volví a pensar en ello hasta mucho después.

Ahí se acabó de estropear todo. Pero eso no es de este martes.

Aquel martes entró una clienta a las siete menos diez, que es una hora imposible para un martes. Una chica de treinta y pocos con un reloj de pulsera de hombre en una bolsa de tela.

—Era de mi abuelo. ¿Se puede arreglar?

Lo abrí. Un automático suizo de los sesenta, correcto, sin nada especial, con el rotor gripado y la esfera manchada de humedad.

—Se puede. Ciento sesenta euros.

—¿Y cuánto vale el reloj?

—Ciento veinte.

Puso la cara que ponen todos. Es una cara concreta, y en catorce años de mostrador la he visto unas mil veces: la de la persona que descubre que la aritmética y el cariño no se hablan.

—Entonces no merece la pena.

—Eso lo decide usted, no la aritmética.

Se lo pensó apoyada en el mostrador. Miró el escaparate, los treinta y nueve relojes, la campanilla.

—Hágalo —dijo.

Y ese es, si alguien pregunta alguna vez, el motivo exacto por el que no he vendido el local.

A las siete y cuarto llamó Sonia.

—Julián, lo del viernes. ¿Te la puedo dejar a las cinco en vez de a las seis?

—Claro.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Vale. Oye, y lo de la excursión, hay que pagarlo antes del día quince.

—Lo pago yo.

—Lo pagamos a medias, que ya lo hablamos.

—Lo pagamos a medias.

Nueve años separados y hablamos así: bien, rápido, sin una sola aspereza, como dos personas que gestionan juntas un pequeño negocio de diez años de edad y de un metro cuarenta de estatura. La gente dice que eso es admirable. Yo he dejado de decir lo que pienso que es.

Colgué y me quedé un momento con el móvil en la mano, y me di cuenta de que en toda la conversación no había mirado ni una vez la hora, y de que llevaba desde el jueves anterior mirándola bastante.

El jueves le di cuerda al reloj de Ramiro, como todos los jueves, y le dije lo que le digo siempre, que es que un día de estos su dueño se va a acordar de él.

Llevo así desde 2019. El reloj no dice nada; es un francés de bolsillo del año 12 y tiene la marcha más honrada de todo el escaparate, y a mí me parece de una injusticia notable que el mejor mecanismo de la tienda sea de un señor que no vuelve.

A las ocho menos cuarto subí a casa.

—¿Ya? —dijo Greta.

—Ya.

—Es pronto.

—Son las ocho menos cuarto.

—Ya —dijo ella—. Es pronto.

Y me di cuenta, con cierto disgusto, de que llevaba tres martes bajando a un taller vacío a trabajar en un reloj que podía peritar en dos tardes.

Aquella noche, arriba, hice una cosa que no me gustó.

Abrí la agenda del taller y miré la semana. Lunes, dos entregas. Martes, el Ayala. Miércoles, la revisión del reloj de la parroquia, que llevo yo gratis desde 2014 y que me lleva media mañana. Jueves.

En la casilla del jueves no había nada escrito, porque no hacía falta escribir nada.

Y aun así estaba escrito.

La apuesta salió a la semana siguiente.

Salió un sábado por la mañana, mientras yo subía la persiana y ella se comía un sándwich sentada en el escalón, con la mochila a un lado y las piernas colgando.

—Papá.

—Dime.

—¿Hoy viene la señora?

—La señora se llama Nora.

—¿Hoy viene Nora?

—A las siete.

—Vale —dijo Greta, masticando—. Pues yo digo treinta y cinco.

—Qué dices.

—Que llega treinta y cinco tarde. Y tú di un número.

—Yo no voy a decir un número.

—Es que si no, no es una apuesta.

—Es que no vamos a apostar sobre una clienta, Greta.

—¿Por qué?

Y me quedé ahí, con la persiana a medio subir y el gancho en la mano, buscando la respuesta que un padre le da a una hija de diez años cuando la hija de diez años tiene razón y el padre necesita que no la tenga.

—Doce —dije.

—Doce.

—Doce.

—Papá, ha venido tres veces y ha llegado a treinta y uno, a diecinueve y a veintiséis. La media es veinticinco coma tres. —Se limpió la boca con la muñeca—. Y tú dices doce. ¿Por qué dices doce?

—Porque hoy es jueves.

—Eso no es un motivo.

—Es un motivo estadístico.

—No lo es —dijo Greta—. Yo he estudiado eso. Y tú no.

Le pregunté qué se jugaba. Dijo que croquetas, cuatro, de las del bar de abajo, que es su moneda desde los siete años y la única inflación que reconoce.

Le dije que vale. Me tendió la mano. Se la estreché, porque en esta familia las cosas serias se cierran con la mano desde mi abuelo, y ella lo sabe, y por eso alarga la mano cuando quiere que algo sea serio.

—Y si gano yo —dije—, ¿qué me das?

Greta se lo pensó de verdad, que es lo que más me gusta de ella.

—Si ganas tú —dijo—, dejo de contarlo.

Se me quedó una cosa fea en el estómago que no supe identificar hasta bastante después, y que era la siguiente: que yo no quería, bajo ningún concepto, que mi hija dejara de contarlo.

Llegó a las siete y treinta y dos.

Greta apuntó los cuatro números en el margen de un cuaderno de matemáticas, hizo la cuenta de cabeza —y no le hizo falta el papel, lo hizo mirando al techo, moviendo los labios— y me enseñó el resultado desde detrás de la cortina, con el brazo estirado y sin decir una palabra, mientras yo le explicaba a Nora Roldán por qué no se puede fotografiar un dorado al mercurio con luz directa.

27,0.

Y debajo, en letras más pequeñas, porque mi hija ya sabía a los diez años lo que su padre no había entendido a los cuarenta y cinco:

Papá: 0 de 1.