El arte de llegar tarde al amor 7. La primera revisión
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7. La primera revisión

La primera revisión

Diecinueve minutos, para el que lleve la cuenta. Es una cifra excelente. Es prácticamente la hora en punto para los estándares de la casa Roldán, y llegué contentísima conmigo misma, que es de las cosas más patéticas que voy a confesar en este documento.

La campanilla sonó. Él levantó la cabeza del banco.

—Buenas tardes.

—Buenas.

Y no dijo nada más. Ni «llegas tarde», ni «te esperaba», ni «no pasa nada», que es lo que dice la gente cuando pasa. Me dejó la frase entera para mí sola, colgando en el aire del taller, y siguió montando algo con unas pinzas.

Yo no soporto que no me den la réplica. Es mi único punto débil documentado.

—Diecinueve minutos —dije.

—Ya.

—Es mi récord del trimestre.

—Enhorabuena.

—Lo digo en serio.

—Y yo —dijo, sin levantar la vista—. Bien hecho.

Estuve a punto de salir y volver a entrar para hacer la entrada mejor.

El taller de este hombre, a las siete y veinte de un jueves, con la persiana a medias y la lámpara encendida, es un sitio que huele a aceite fino, a alcohol y a madera vieja, y en el que hay exactamente un ruido: veintitantos mecanismos yendo cada uno por su cuenta, sin ponerse de acuerdo en nada, como una asamblea de vecinos.

No hay música. Yo pongo música hasta para ducharme.

—¿No pones nada?

—Los oigo.

—¿Para qué?

—Porque uno de ellos es siempre el que va mal.

Se apartó y me dejó sitio en el banco. Ahí estaba el lote veintitrés, abierto, con la puerta trasera quitada y apoyada en un soporte de corcho, y el mecanismo a la vista bajo una luz que lo hacía parecer mucho más caro de lo que es.

—Bien —dije—. Cuéntame la desgracia.

—No hay desgracia.

—Cómo que no.

—No hay desgracia. —Dejó las pinzas—. Eso es lo que llevo diez días queriendo decirte por teléfono y no te he dicho, porque estas cosas no se cuentan por teléfono.

Cogió la lupa y me la ofreció. Yo no supe ponérmela.

Él no se rio, cosa que le apunto, y me colocó la cabeza a la altura correcta con dos dedos en el hombro y ninguna intención de nada, y a mí se me ocurrió pensar que era la primera vez en cuatro años que alguien me tocaba para enseñarme algo y no para consolarme.

—Mira el escape. La ruedecita de arriba, la de los dientes finos.

—La veo.

—Mira los pivotes. Los ejes, los extremos.

—Los veo.

—Ahora dime qué ves.

—Veo una rueda muy limpia.

—Exacto —dijo, y se irguió—. Ahí está el problema.

Trajo dos taburetes, me puso uno, se sentó en el otro y me lo explicó como se explican las cosas cuando llevas veinte años deseando que alguien te deje explicarlas.

—Un reloj no se para de pena, Nora. Se para de mugre.

—Ya empezamos.

—Se para de mugre, de golpe, de falta de cuerda, de una pieza rota, de que alguien lo movió de sitio y lo dejó desnivelado, o de que se le acabó el aceite hace cuarenta años y el aceite viejo, cuando se seca, se convierte en pegamento. Eso es todo. Esas son las causas. No hay más.

—Vale.

—Un mecanismo de estos, si lo dejas ir, se para en unos días.

Si le das cuerda cada semana, aguanta décadas.

Y si lo abandonas, lo que te encuentras setenta y siete años después es un cementerio: barniz seco pegado a los pivotes, óxido de contacto, polvo compactado y, con suerte, un bicho.

Yo he abierto relojes de 1890 y he sacado un nido.

—Y este.

—Este está impecable.

Se quedó callado a propósito, que es una cosa que hace bien.

—Impecable cómo.

—Impecable de que si yo le doy cuerda ahora mismo, echa a andar.

Impecable de que el aceite está seco pero no está podrido.

Impecable de que no hay un diente saltado, ni un muelle cansado, ni una espiga doblada, ni una rueda con juego.

—Se limpió las manos en el paño—. Este mecanismo no se murió, Nora. Este mecanismo está esperando.

Yo tengo por costumbre profesional no reaccionar a nada delante de un proveedor. Aquella tarde tardé unos tres segundos en volver a ser profesional, y los pasé mirando una rueda con muchísimo interés.

—A ver si nos entendemos —dije—. Tú me estás diciendo que la historia es mentira.

—Yo te estoy diciendo lo que tiene dentro.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Yo perito mecanismos, no familias.

—Es exactamente lo mismo y tú lo sabes, porque si esto sale en el catálogo con la palabra «impecable», la frase «se paró de pena el catorce de marzo de 1949» se convierte automáticamente en «alguien lo paró».

—O en «se quedó sin cuerda un jueves y a nadie le apeteció corregir la historia».

—Eso es peor.

—Eso es más frecuente.

—Espera. ¿Y el libro?

—El libro de mi padre.

—El libro de tu padre.

Fue a la estantería del fondo, sacó un cuaderno de tapa dura con el año escrito en el lomo con rotulador y lo abrió por una página que tenía marcada con un papel de fumar, lo cual quiere decir que lo había mirado, y que me había dicho que no, y que después lo había mirado igual.

Letra pequeña, de estilográfica, con la tinta corrida en dos sitios.

11-V-1987. Sobremesa Fr., bronce dor. Sra. de Ayala (hija). Limpieza exterior y revisión de máquina. No se pone en marcha por deseo expreso de la propiedad. 4.500 ptas.

Lo leí tres veces.

—«No se pone en marcha por deseo expreso de la propiedad» —dije.

—Eso es lo que escribió.

—O sea que en el ochenta y siete tu padre abrió este reloj, lo miró entero, y la familia le dijo que ni se le ocurriera arrancarlo.

—Eso es.

—¿Y él qué opinaba?

—Mi padre no opinaba en el libro. Mi padre ponía las pesetas.

Me apoyé en el banco con las dos manos.

—A ver. Si tu padre lo hubiera encontrado roto, lo habría puesto ahí.

—Lo habría puesto ahí.

—Y no lo puso.

—No lo puso.

—Entonces esto lleva parado y sano desde antes de mí.

—Desde antes de los dos.

Me levanté. Di dos vueltas por el taller con las manos en los bolsillos, que es lo que hago cuando estoy pensando en dinero.

Y voy a escribir aquí lo que estaba pensando, porque si no, no vale.

Estaba pensando que aquel hombre me acababa de entregar gratis el problema más caro de mi otoño.

Estaba pensando en Braulio, en la cabecera, en los ciento sesenta lotes correctos y aburridos, y en las cuatro líneas de catálogo que llevaba escritas en la cabeza desde el piso de Fernández de la Hoz.

Estaba pensando en que un peritaje que dice «mecanismo en perfecto estado» junto a una leyenda que dice «se detuvo de dolor» es una bomba con la mecha muy corta, y en que las bombas con la mecha corta, en este oficio, las suele encender un comprador enfadado tres semanas después de pagar.

Y estaba pensando, sobre todo, en que él lo había visto en diez días y me lo estaba contando a mí, en su taller, un jueves a las siete y media, en lugar de mandarlo por escrito como hace todo el mundo.

—¿Lo has puesto en el informe?

—Todavía no.

—¿Por qué no?

Ahí, por primera vez desde la campanilla, se giró del todo hacia mí.

—Porque cuando yo escribo una cosa en un informe, la cosa ya está escrita —dijo—. Y me pareció que antes de escribirla tenías que verla tú.

—Muy amable.

—No es amabilidad. Es que la que firma el catálogo eres tú.

—Eso tampoco es amabilidad.

—No.

—¿Qué es entonces?

Volvió a coger las pinzas.

—Aviso de avería.

—Una cosa más. En el informe, no escribas «impecable».

—Es la palabra exacta.

—Es la palabra cara. Escribe «sin patologías atribuibles al abandono».

—Eso no lo entiende nadie.

—Eso lo entiende exactamente quien tiene que entenderlo —dije—, que es un perito de la otra parte dentro de dos años.

Me miró como se mira a alguien que acaba de hacer bien un truco que no te gusta.

—Lo escribo así si me dices que no es para esconderlo.

—No es para esconderlo. Es para colocarlo.

—Vale.

Me quedé hasta las nueve menos veinte.

Es la primera vez en no sé cuántos años que me quedo en un sitio más tiempo del que tenía previsto, y la cosa fue así de tonta: él dijo que iba a hacer café, yo dije que no, él hizo café igual, y a mí me pareció bien.

El café estaba muy malo. Se lo dije. Me contestó que lo hacía con una cafetera de 1974 que había cogido en un intercambio, y que la cafetera funcionaba perfectamente y que el problema era el café, y a mí eso me pareció, y me sigue pareciendo, un resumen bastante exacto de su carácter.

Hablamos de trabajo todo el rato, con la vehemencia de dos personas que están hablando de trabajo.

Le pregunté cuánto gana un relojero en Madrid. Me contestó con una cifra, sin ninguna vergüenza y sin bajar la voz. La cifra era mala.

—¿Y por qué no vendes el local? En Chamberí eso vale un dineral.

—Vale doscientos setenta mil, según el del banco. Bastante más si lo saco a la calle.

—Pues ya está.

—¿Y entonces qué hago?

Lo dijo sin dramatismo ninguno, encogiéndose de hombros, mientras enjuagaba las dos tazas en una pila diminuta. Y esa respuesta me dio más información sobre él que las tres horas de la taberna.

Porque no dijo «no puedo». Ni «era de mi abuelo». Ni «es mi vida». Dijo y entonces qué hago , que es lo que dice un hombre que ha calculado el resto de sus días y no ha encontrado en qué ponerlos.

—Podrías hacer muchas cosas —dije, en un tono que no era el mío.

—Ya. —Cerró el grifo—. Ese es exactamente el problema.

En la puerta del taller, colgado de una alcayata, había un cartel de cartón escrito a mano que ponía VUELVO ENSEGUIDA, con las letras muy cuidadas, como todo lo suyo.

—Eso es mentira —dije.

—Eso es un cartel.

—Es que no vuelves enseguida. Vuelves cuando vuelves.

—Todo el mundo lo entiende.

—Todo el mundo lo perdona, que es distinto.

A las nueve menos veinte me puse la gabardina.

—El jueves que viene —dije—. ¿A las siete?

—A las siete.

—Voy a llegar tarde.

—Ya lo sé.

—Lo digo para que no pongas la mesa a las dos.

Se quedó completamente quieto, con el paño en la mano.

Yo no sabía lo que acababa de decir. Lo juro por lo poco que me queda. Yo lo había oído a través de una cortina, dicho por una niña de diez años con la boca llena de manzana, y me había parecido una frase graciosa, y las frases graciosas yo me las guardo y las gasto, porque de eso vivo.

—Buenas noches, Nora —dijo.

—Buenas noches.

Salí a Trafalgar y anduve hasta Quevedo repasando la escena, que es mi manera de disfrutar de las cosas: después, y sola.

Tardé hasta el metro en darme cuenta de que aquel hombre me había llamado por mi nombre cuatro veces en dos horas.

Y yo a él, ninguna.