El arte de llegar tarde al amor 6. Vuelvo enseguida
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6. Vuelvo enseguida

Vuelvo enseguida

El correo entró un miércoles a las once y cuarenta y uno de la noche y lo leí el jueves a las siete y diez de la mañana, que es cuando leo los correos: sentado en el banco, con el café todavía demasiado caliente para beberlo y perfecto para tenerlo delante.

Sala Vergara, calle Huertas. Firmado: Nora Roldán, responsable de catalogación. Seis líneas. Ni una palabra de más.

Contesté en cuatro y dije que sí, y no porque el trabajo fuera interesante, sino porque el trabajo eran seiscientos euros de peritaje y a mí en octubre me vence el seguro del local.

Eso es lo que no se cuenta de los oficios bonitos: que se dice que sí por el seguro del local.

El viernes cerré una hora antes para dejar el banco despejado.

Colgué el cartel de VUELVO ENSEGUIDA, que es un cartel que miente en todas las tiendas de España, y preparé: fieltro nuevo, lámpara centrada, cámara con el trípode pequeño, fondo blanco, la ficha de peritaje impresa por duplicado, el sello, un paño limpio y los guantes de algodón en su bolsa.

A las seis y media estaba todo hecho.

A las seis y media también llegó Greta, porque los viernes su madre la deja al salir del colegio, y se instaló en la trastienda con los deberes y una manzana.

—Papá.

—Dime.

—¿Esta es la del reloj caro?

—Esta es la del reloj de la señora Ayala.

—¿Y por qué te has puesto la camisa de los entierros?

—Es una camisa normal.

—Es la de los entierros.

—Es la que estaba planchada.

—Ya —dijo Greta, y mordió la manzana, y no dijo nada más, que es lo peor que hace.

A las siete no vino nadie.

A las siete y diez tampoco.

A las siete y veinte me levanté, salí a la puerta y miré la calle en las dos direcciones, que es una cosa que hacen los tenderos y que no sirve absolutamente para nada.

—Papá.

—Dime.

—¿Viene alguien?

—Sí.

—¿A qué hora?

—A las siete.

Silencio en la trastienda. Un mordisco de manzana.

—Vale —dijo Greta.

Llegó a las siete y treinta y uno, con la campanilla y con una caja de transporte a dos manos, jadeando un poco, con el pelo de haber venido muy deprisa el último tramo, que es lo que hacen los que llegan tarde: corren los últimos ochenta metros para que se les note el esfuerzo.

—Perdón. Perdón, perdón. He salido a las siete menos veinte de Huertas y no había manera de...

Y se calló.

Y yo dejé el trapo encima del banco.

Es difícil explicar el orden en que pasan estas cosas.

Yo la conocí de noche, en una taberna, con la luz de Marcial, que es luz de bombilla amarilla y espejo con publicidad de vermú.

Aquello era un local con fluorescente, a las siete y media de un viernes de septiembre, y ella llevaba una gabardina fina y una caja de madera con esquinas metálicas y la cara de una mujer que trabaja.

Lo primero que reconocí no fue la cara. Fue que se apartó el pelo con el dorso de la mano porque tenía las manos ocupadas. Exactamente igual que se lo había apartado con el dorso de la mano en la mesa siete, porque tenía las manos ocupadas con una copa y con una anécdota.

—La mesa siete —dije.

—¿Perdón?

—La Taberna Marcial. Hace dos semanas.

Ella dejó la caja en el mostrador con muchísimo cuidado, se irguió y me miró como si le estuviera hablando de un pueblo que no conoce.

—¿Marcial de Chamberí?

—Marcial de Chamberí.

—No me suena.

—Cenamos.

—¿Nosotros?

—Usted y yo. Hora y media larga. Discutimos sobre el cocido.

Arrugó la frente. Se llevó dos dedos a la sien.

Y ejecutó allí mismo, delante de mí y de la caja del lote veintitrés, uno de los peores trabajos de teatro que he visto en mi vida.

Digo peores por lo mal hecho que estaba.

Digo también que le duró casi cuatro segundos, que para un trabajo tan malo es mucho aguante.

—Ah —dijo—. Ah. Espera. ¿El de la cita?

—El de la cita de otra.

—¡El de la cita de otra! —dijo, con una alegría espantosa—. Madre mía. Qué casualidad.

—Ya.

—Qué casualidad tan grande.

—Enorme —dije.

Y en ese momento habló la trastienda.

—Papá, ¿le digo el minuto o no?

—No.

—Vale.

Nora Roldán se giró hacia la cortina con una cara nueva, y esa fue la primera cosa auténtica que le vi hacer aquella tarde.

—¿Hay alguien ahí?

—Mi hija.

—¿Cuántos años?

—Diez.

—¿Y qué minuto?

—Nada.

—Treinta y uno —dijo Greta desde detrás de la cortina, con la boca llena—. Treinta y uno tarde.

Hubo un silencio.

Y entonces la mujer de la mesa siete se rio. No la risa de la taberna, que era una risa muy bien hecha. Esta le salió a destiempo, por la nariz, con un ruido feo, y le duró demasiado, y cuando terminó tenía los ojos brillantes de haberse reído de verdad.

—Es justo —dijo, hacia la cortina.

—Ya lo sé —contestó Greta.

Trabajamos hora y cuarto.

Sacamos el reloj de la caja entre los dos: ella sujetando la base y yo el cuerpo, y se hizo bien y sin hablar, que es como se hace.

Buen dorado, con un desgaste honrado en las aristas y ni un solo intento de limpiarlo con productos, que es el crimen más frecuente de este país.

La sonería completa. El cristal original, que en estos relojes falta en siete de cada diez.

Ella tomaba notas. Preguntaba bien. Preguntaba como preguntan los que saben mucho de otra cosa: sin fingir en ningún momento que sabían de esta.

—¿Esto se limpia?

—Esto no se limpia. Esto se estabiliza.

—Explícame la diferencia.

—Limpiar es quitar. Estabilizar es que lo que hay deje de ir a peor. Un dorado como este, si lo limpias, lo conviertes en un dorado de 2026.

—Y eso vale menos.

—Eso vale menos y además es una pena.

—Escribe eso en el informe —dijo—. Lo de la pena no, lo otro.

En algún punto se sacó el boli del moño y señaló la puertecita trasera, que yo había dejado apoyada en el corcho.

—Esto es tuyo.

—Eso es de mi padre.

Se acercó. Leyó la etiqueta en voz alta, despacio, como si no la hubiera leído nunca: Relojería Sarmiento, Trafalgar veinticuatro, revisado en 1987.

—Por eso os hemos llamado —dijo—. Un peritaje de la misma casa que ya lo abrió hace cuarenta años no es un peritaje. Es procedencia. En el catálogo eso se paga.

—En el 87 yo tenía seis años.

—Mejor. Así no me discutes el informe de tu padre.

—Mi padre llevaba libro.

Levantó la cabeza.

—¿Cómo que libro?

—Libro de taller. Todos los trabajos, por orden, con el nombre del cliente, la fecha, lo que entraba y lo que se hacía. —Señalé con la barbilla la estantería del fondo, donde hay dieciocho cuadernos de tapa dura puestos de canto—. Desde 1961. Están todos.

Nora Roldán se quedó mirando aquella estantería con una expresión que yo aún no sabía leer y que aprendí a leer después: la cara que se le pone a esta mujer cuando ve un documento.

—¿Y está el reloj?

—Si entró aquí, está.

—¿Lo has mirado?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque me habéis contratado para peritar un mecanismo —dije—, no para hacer arqueología del negocio de mi familia.

—Míralo.

—Eso es otro presupuesto.

—Míralo igual.

Cuando llegué a la casilla de plazo, levanté la vista.

—¿Para cuándo?

—La subasta es en noviembre. Necesito el informe cerrado a primeros.

—Seis semanas.

—Seis semanas.

—Seiscientos euros el peritaje, con fotografía y ficha técnica. Si hay intervención, se presupuesta aparte y no la toco sin firma. Y no lo pongo en marcha sin autorización escrita de la propiedad.

—¿Por qué no?

—Porque en cuanto un mecanismo parado desde hace setenta y siete años echa a andar, empieza a romperse otra vez. —Cerré el bolígrafo—. Y porque, por lo que me han contado por correo, ustedes están vendiendo el hecho de que esté parado.

Nora Roldán levantó la cabeza de la libreta.

—Eso ha sonado a acusación.

—Ha sonado a presupuesto.

—¿Y el veinte por ciento de qué? —dijo, mientras yo escribía—. Perdona, es curiosidad. Vosotros lo vais a sacar en cuánto.

—No te lo puedo decir.

—Sí me lo puedes decir. Lo que pasa es que no quieres.

—Depende del informe —dijo, y le brillaron los ojos de una manera que no tenía nada que ver conmigo—. Si el informe dice lo que yo creo que va a decir, lo sacamos en ocho mil y se va por encima de veinte.

Veinte mil euros.

Yo iba a cobrar seiscientos por decir la verdad sobre una máquina que iba a mover veinte mil, y eso no me pareció injusto ni me lo parece ahora: es el oficio, y el que quiera el veinte por ciento que se compre una sala en Huertas y aguante a los consignatarios.

Lo que sí pensé, mientras firmaba las dos copias, es que en octubre me vence el seguro del local y que aquellos seiscientos euros ya estaban gastados desde antes de entrar por la puerta.

Se guardó el boli en el moño, cosa que hace, y se puso la gabardina.

—¿Cuándo vuelvo?

—El jueves que viene. A las siete.

—A las siete —repitió, ya en la puerta, y sonó a promesa de las que se hacen mirando otra cosa.

Cuando se fue, bajé la persiana y me quedé un momento delante del reloj de los Ayala, que estaba en mi banco marcando las siete y veintitrés como llevaba marcándolas desde antes de que naciera mi padre.

—Papá.

—Dime.

—¿Esa señora es la de la cena?

—Esa señora es una clienta.

—Ya. Pero ¿es la de la cena?

—¿Por qué?

Greta salió de la trastienda con el corazón de la manzana en la mano, buscando dónde tirarlo, y me contestó sin ninguna intención, que es como contesta ella las cosas graves.

—Porque no has mirado la puerta ni una vez.