5. 1923
El almacén de la Sala Vergara está en un semisótano de la calle Moratín, tiene ocho grados menos que la calle en verano y ocho menos también en invierno, y es el único sitio de Madrid al que he llegado puntual once años seguidos.
Eso me lo dijo Yaiza un día y se quedó tan ancha.
—Es que al almacén no llegas tarde nunca.
—Al almacén no me espera nadie.
—Ya —dijo ella—. Por eso.
Yaiza tiene veinticuatro años, un máster en Londres pagado por sus padres y la costumbre de decir verdades como quien comenta el tiempo. Yo la contraté precisamente por eso, aunque en el informe de selección lo llamé «criterio».
El lunes siguiente bajamos a catalogar el ingreso Ayala.
Ciento cuarenta y dos piezas, tres carritos, dos días de trabajo.
Yo dicto y ella escribe. Se hace deprisa y se hace bien: material, medidas, época, estado, marcas, procedencia, salida orientativa.
Hay un ritmo, y cuando el ritmo entra, entran cuatro horas de golpe y sales a la calle con la sensación de haber estado en otro país.
—Lote provisional veintitrés —dije, y quité la manta.
Ahí estaba, encima de la mesa de trabajo, bajo el fluorescente, sin la penumbra de Fernández de la Hoz haciéndole el favor. Fuera de aquel piso el reloj era menos leyenda y más objeto, y como objeto era todavía mejor.
—Reloj de sobremesa. Francia, hacia 1870.
Bronce dorado al mercurio y bronce patinado.
Esfera esmaltada, números romanos, minutería árabe.
Dos figuras alegóricas: a la izquierda, la Astronomía; a la derecha, en principio, la Geografía, pero el globo se lo han comido, así que pon «figura femenina con atributo perdido» y que discuta el que quiera.
—¿Marcas?
—A ver.
Le di la vuelta, que es una cosa que hay que hacer despacio, porque el dorado se raya con la respiración. Se levanta, se apoya en el fieltro, se abre la puertecita trasera. Dentro, el mecanismo: movimiento de París redondo, dos barriletes, sonería de campana. En la platina, la marca estampada.
—Japy Frères et Cie. Con medalla de honor.
—¿Eso es bueno?
—Es una casa grande que hizo cientos de miles de máquinas. Es bueno como es bueno un Seat: te dice el año, no te dice el hombre. Lo bueno de este es la caja.
Y entonces vi la etiqueta.
Estaba pegada en la cara interior de la puertecita. Ovalada, papel amarillo, bordes comidos, con ese barniz que las etiquetas viejas van cogiendo hasta convertirse en parte del mueble. Letra inglesa impresa. La leí dos veces, la segunda innecesaria.
RELOJERÍA SARMIENTO — Trafalgar, 24 — Madrid — Revisado en 1987.
—Nora.
—Un momento.
—Nora, que te has quedado con la puerta abierta.
—Un momento, Yaiza.
Voy a explicar lo que pasó dentro de mi cabeza, porque más adelante voy a necesitar que se me juzgue con todos los datos delante.
Primero pensé: qué suerte, tiene revisión documentada. Eso son dos líneas de catálogo y trescientos euros de salida. Eso es trabajo.
Segundo pensé: Trafalgar veinticuatro.
Tercero pensé en un hombre en una taberna diciendo, muy despacio, yo arreglo relojes .
Y cuarto —y esto es lo que hay que anotar— no pensé nada.
Cerré la puertecita. Dije «apunta: etiqueta de taller, Madrid, 1987».
Yaiza lo apuntó. Seguimos con el lote veinticuatro, que era una bandeja de plata sin ningún interés, y estuvimos otras dos horas trabajando como si tal cosa, y me oí a mí misma hacer dos chistes buenos en ese rato.
Aurelio pasó por detrás con un carrito y se paró a mirar el reloj un momento, como se para él a mirar las cosas, con las manos cruzadas por delante.
—Ese ha estado bien puesto toda la vida —dijo.
—¿Por qué lo dices?
—Por el polvo. —Y siguió andando—. Un reloj que cambia de sitio se ensucia por otro lado.
Aurelio lleva treinta y un años bajando muebles y sabe más de procedencias que la mitad de los peritos de este país, y nunca ha escrito una línea de catálogo, y no piensa hacerlo.
A las siete y media salimos del almacén. Yaiza se fue hacia Atocha.
Y yo, en lugar de coger el metro en Antón Martín, que es lo que hay que hacer para ir a mi casa, lo cogí en dirección contraria hasta Quevedo y anduve hasta la calle Trafalgar.
Eran las ocho y diez. Todavía había esa luz de septiembre que parece que va a durar y no dura.
El veinticuatro es un local pequeño con el escaparate de madera pintada de verde y una campanilla que se ve desde fuera.
En el cristal, con letras doradas de las que ya no se hacen, pone RELOJERÍA SARMIENTO, y debajo, más pequeño, fundada en 1961 .
En el escaparate hay muchísimos relojes y ninguno parece estar a la venta con verdadero entusiasmo.
Dentro, al fondo, había un hombre inclinado sobre un banco de trabajo, con una lámpara articulada bajada hasta casi tocarle la frente y una lupa de esas que se ponen en el ojo y le dejan a cualquiera la cara idiota.
No a él, por cierto. A él le dejaba la cara de estar en otro sitio mejor.
Me quedé en la acera de enfrente, junto a un contenedor, como una detective de pueblo.
Estuve nueve minutos.
Lo sé porque los conté, y yo cuento cosas cuando no quiero sentirlas. Nueve minutos viendo a un hombre que no sabía que lo miraban hacer algo pequeño con las manos sin levantar la cabeza ni una vez. Ni una. Yo no aguanto nueve minutos en nada, salvo hablando.
Pasó una mujer con un carro y me miró. Pasó un chaval en patinete.
En el bar de al lado pusieron el partido y salió ese ruido de bar con partido que es el mismo desde que yo era pequeña.
Y el hombre del escaparate seguía en su sitio, con la espalda un poco encorvada, dándole vueltas a una cosa diminuta que desde la acera de enfrente no se veía y que yo, sin embargo, tenía la sensación de estar viendo.
En el minuto nueve pasaron dos cosas.
La primera es que él se enderezó, se quitó la lupa, se apretó los ojos con dos dedos y miró un momento hacia la puerta de su tienda. A nadie. A la puerta.
La segunda es que yo di media vuelta y me fui.
No entré. Podía haber entrado. Se me ocurren catorce formas de entrar en esa tienda con naturalidad y once de ellas son buenísimas, y yo soy una mujer que ha entrado en casas de gente que acababa de enterrar a su padre y ha salido con un contrato firmado y un café encima.
Podía haber empujado la puerta, haber dejado que sonara la campanilla y haber dicho: hombre, el de la mesa siete.
Y en lugar de eso volví andando hasta Quevedo repitiéndome una frase. La frase era «esto es lo profesional». Me la dije como diecisiete veces, que es el número de veces que hay que decirse algo cuando no te lo estás creyendo.
También me dije, y esto es más feo, que si entraba en aquel momento perdía la ventaja.
Que un proveedor al que has ido a ver a la acera de enfrente es un proveedor delante del cual ya no puedes fingir que la vida es casualidad.
Yo me dije eso, con esas palabras, a la altura de Fuencarral con Trafalgar, y luego me metí en el metro tan tranquila, porque hay días en que a una le sale la profesión por sitios que no son la boca.
Aquella noche cené de pie, que es como ceno cuando estoy contenta y no quiero examinar por qué.
El miércoles, en el comité de catalogación, expuse el lote veintitrés.
—Necesita informe pericial. Sin peritaje no podemos escribir la palabra «detenido» en el catálogo, y toda la cabecera está montada sobre esa palabra. Si un comprador pregunta si funciona y nosotros decimos «no lo sabemos», se acabó la magia y se acabó el precio.
—¿Y a quién quiere usted? —dijo Braulio—. Porque Ferrán nos cobra cuatrocientos y tarda tres meses.
—Ferrán es tasador de bolsillo. Esto es sobremesa francés con caja.
—¿Entonces?
—La pieza tiene una revisión documentada de 1987 de un taller de Chamberí que sigue abierto.
—Y lo dije muy tranquila, apoyando el dedo índice en la ficha, que es un gesto que hago cuando quiero que la gente mire el papel y no a mí—.
Relojería Sarmiento. Tercera generación en el mismo local.
En el catálogo, un peritaje del mismo taller que ya la abrió en el 87 no es un peritaje: es una línea de procedencia.
«Revisado en 1987 y peritado en 2026 por la misma casa. » Eso, en subasta, se paga.
Braulio se quedó pensando exactamente el tiempo que tarda un hombre de setenta años en buscarle el fallo a algo y no encontrárselo.
—¿Los conoce usted?
Y aquí es donde yo, Nora Roldán, tasadora, once años de casa, especialista en decidir en dos segundos qué parte de la verdad va al catálogo y qué parte se queda en el almacén, dije:
—Los conozco de nombre.
Que es verdad. Es literalmente verdad. Lo conozco de nombre, y de un nombre que además me llegó por un mensaje ajeno, en una pantalla, a las diecinueve cero cuatro de un jueves, para informarle a él de que nadie iba a venir.
—Encárguese —dijo Braulio.
Yaiza me alcanzó en el pasillo con el portátil abierto.
—¿Le escribo yo el correo?
—No. Ese lo llevo yo.
—Vale. ¿Y lo llevamos al taller o que venga él?
—Lo llevo yo.
Yaiza me miró medio segundo de más. Tiene veinticuatro años y todavía no ha aprendido a disimular que se le ocurren cosas.
—Es que pesa —dije.
—No he dicho nada.
—Has hecho la cara.
—Es mi cara. La traigo puesta de casa.
Aquella noche redacté el correo cuatro veces. La primera versión tenía una broma. La segunda tenía dos. La tercera no tenía ninguna y era, con diferencia, la mejor, y aun así escribí una cuarta para quitarle un «cordialmente» que me pareció que se me veía demasiado.
La broma que quité era buena, además. Era una línea sobre los relojes parados y las casas de subastas que le habría hecho gracia y que le habría dicho, en tres palabras, que yo sabía perfectamente quién era él.
La borré con el cursor, letra a letra, mirándola desaparecer, que es una manera muy tonta de borrar algo y la única que a mí me convence.
Quedó en seis líneas perfectamente frías, con el membrete, el número de lote, el encargo y una propuesta de visita para el viernes a las siete.
Y antes de darle a enviar hice lo que hago siempre y que en once años no ha fallado: lo leí en voz alta. Si una frase mía suena a que me importa, se cae. Ninguna sonaba a eso. Seis líneas limpias, firmadas con el cargo y no con el nombre de pila.
Le di a enviar a las 23:41.
Y me quedé un rato mirando la pantalla apagarse sola, con la sensación clarísima, nítida, sin ninguna niebla, de que acababa de meter una mentira pequeña en un expediente que iba a durar mucho más que ella.
Que es exactamente lo que hice.