4. La hora de los muertos
La hora de los muertos
Los pisos de los muertos tienen todos la misma hora dentro.
Da igual que fuera sean las diez de la mañana de un miércoles de septiembre y que en la calle haya un tío descargando cajas de fruta y dos niños llegando tarde al colegio.
Cruzas el portal, subes, se abre la puerta y dentro son siempre las cinco y media de una tarde de noviembre de hace treinta años.
Es la luz: persianas a medias durante décadas, visillos, y ese polvo que solo se levanta cuando alguien empieza por fin a mover los muebles.
El piso de los Ayala está en Fernández de la Hoz, tercero, doscientos ochenta metros, seis balcones y un pasillo por el que se podría jugar a los bolos.
Me abrió Casilda Ayala.
Treinta y cuatro años, vaqueros, sudadera de una carrera popular de Boadilla, el pelo recogido con un boli. Llevaba cinta de embalar en la muñeca izquierda como una pulsera y la cara de quien lleva once días haciendo esto y ya no distingue si está triste o si tiene agujetas.
—Perdona el desastre.
Es la primera frase que dicen todos. Es una frase interesantísima, porque el desastre no es suyo: es de los que se murieron y no tiraron nada.
—No hay desastre —dije—. Hay una casa.
Le pedí que me dejara dar una vuelta sola y me dijo que sí con un alivio que casi hizo ruido.
Trabajar así es lo que más me gusta del oficio y lo único que no le he sabido explicar nunca a nadie.
Entras y en veinte minutos sabes más de una familia que su propio médico.
Las cosas están ordenadas por vergüenza.
Lo bueno de verdad no está en el salón: en el salón está lo que se enseñaba.
Lo bueno está en el despacho, en los cajones cerrados con llave y en las cajas de zapatos con letra de mujer.
Fui haciendo el inventario mental, que luego paso al bueno.
El tresillo, nada. El aparador grande, nada: es de 1970 disfrazado de 1870 y se le ve la mentira en las patas, que van demasiado juntas.
Los cuadros del pasillo, quinientos euros los once y gracias.
La cristalería de La Granja, sí, y bien: doce copas de agua, once de vino, un desportillado que no importa.
Un tapiz flamenco pequeño con una restauración salvaje de los años cincuenta que le ha comido la mitad del valor y que aun así se vende, porque el que compra tapices compra metros.
Un cristo de marfil, complicado de vender y complicadísimo de explicar.
Una máquina de escribir Underwood que la gente cree que vale mucho y vale ochenta euros.
Un secreter de caoba con dos cajones falsos.
Dentro de uno de los cajones falsos, tres décimos de lotería de 1962 y una lista de la compra.
Los décimos no valen nada. Fue la única cosa de toda la casa que me dio pena, y no sé por qué me la dio, salvo que alguien escondió tres décimos en un cajón secreto de caoba y se murió sin decírselo a nadie, y ahora estaba yo ahí, con guantes, decidiendo que eso no vale nada.
En el dormitorio grande, en el altillo, una caja de sombreros llena de cartas atadas con una goma que se había fundido con el papel. No las abrí. Se aprende pronto: en las cartas nunca hay dinero y siempre hay problemas.
En el piso hacía frío, y era septiembre. Ese frío particular de las casas grandes vacías, que no viene de la temperatura sino de los metros. Casilda llevaba un plumas fino por dentro de la sudadera y no se lo quitó en las dos horas que estuve allí.
—Aquí no hay calefacción desde el dieciséis —dijo, siguiendo mi mirada—. Se rompió la caldera y ya no se arregló.
Doscientos ochenta metros en Almagro sin calefacción desde 2016. Eso es una frase que resume el siglo entero de una familia, y yo la escuché con guantes de algodón puestos.
Casilda me seguía a tres pasos.
—Esto era de mi bisabuela.
—Sí.
—¿Vale algo?
Aquí hay que tener cuidado, porque «vale» es una palabra que en estas casas hace daño.
—Vale en subasta trescientos, cuatrocientos. En una tienda de Serrano te lo ponen a mil doscientos y estará tres años en el escaparate.
—Ya.
—Eso no dice nada de tu bisabuela.
Se rio, y fue una risa de las que salen torcidas por el camino.
—Es que es rarísimo. Llevo once días poniéndole precio a gente.
Le pregunté por la familia, que es medio trabajo.
Me lo contó de pie, con una caja en las manos que no soltó en todo el rato.
El bisabuelo, don Álvaro, banca, «lo típico».
El abuelo, que no fue banca sino un señor con despacho.
El padre, que puso una empresa de importación de maquinaria agrícola en 1994 y la cerró en 2011.
La madre, que murió en abril. Y ella, Casilda, hija única, que trabaja en una empresa de logística en Alcobendas y que había pedido once días de vacaciones para vaciar la casa de sus bisabuelos.
—Mi madre no vendió nunca nada —dijo—. Ni una silla. Con el piso sin calefacción desde 2016, ¿eh? Pero nada de vender.
—Es frecuente.
—¿Sí?
—Muchísimo. La gente cree que vender es perder. Y guardar también es perder, lo que pasa es que se paga a plazos.
Se quedó mirándome un segundo, y yo pensé, con la parte de mí que trabaja, que acababa de decir una frase buena y que la iba a volver a usar.
Antes de eso, Casilda sacó los álbumes.
Los saca todo el mundo. Es el momento en que el cliente necesita que la mujer que está poniéndole precio a su casa entienda que aquello fue una familia. Yo me siento y los miro, siempre, aunque no valgan nada, porque tardo diez minutos y a ellos les cambia la tarde.
Fotos de estudio con el borde ondulado. Una comunión de 1961. Una playa que era Comillas, con toldos.
Y en la primera página del álbum grande, un retrato de estudio de 1930 y pico: un señor con bigote sentado, y de pie a su lado, con la mano en el respaldo, una mujer joven muy seria.
—Mis bisabuelos —dijo Casilda—. Álvaro y Leonor.
Leonor Ayala llevaba el pelo recogido en un moño bajo, apretado, de los que en aquellos años se sujetaban con horquillas de acero de las que se vendían por docenas en las mercerías y que hoy no se encuentran ni en un rastro.
Lo apunté porque apunto todo. En la ficha de aquel día pone, entre las medidas del secreter y el estado de la cristalería: álbum familiar, retrato Álvaro y Leonor, h. 1932, sin valor comercial .
Sin valor comercial. Firmado por mí.
Y entonces entré en el despacho del fondo y lo vi.
Estaba encima de una repisa de mármol, entre dos ficheros de cartón y una caja de cables de teléfono de los años ochenta que alguien había guardado por si acaso.
Reloj de sobremesa francés, bronce dorado, dos figuras alegóricas a los lados, esfera esmaltada blanca con números romanos, cristal intacto.
Un poco de mugre honrada. Buen dorado por debajo.
La mejor pieza de la casa por bastante distancia.
Y parado.
Las agujas marcaban las siete y veintitrés.
—Ah —dijo Casilda, detrás de mí—. El reloj.
—El reloj.
—¿Ese sí vale?
Miré la esfera, los bronces, el estado del dorado en las zonas de sombra, que es donde se mira. Y le dije la verdad, que es lo que hago cuando la verdad me conviene:
—Ese es el que va a pagar la mudanza.
Se sentó en el brazo de un sillón. Y entonces me contó la historia con esa voz de recitar que ponen las familias cuando llevan tres generaciones repitiendo la misma frase.
—Ese reloj se paró solo el día que murió mi bisabuelo.
—¿Cómo que solo?
—Solo. El catorce de marzo de 1949. Mi bisabuelo se murió esa tarde y el reloj se paró a la hora exacta en que se murió.
Las siete y veintitrés. Y nadie lo ha vuelto a poner en marcha desde entonces.
Mi bisabuela no dejaba. Mi abuelo tampoco.
Mi madre menos. Yo he crecido oyendo eso: no se toca, que se paró de pena.
Hay un momento en este oficio en el que se te enciende una cosa por dentro. No es bonita. Es la que me da de comer.
A mí se me encendió ahí.
Porque yo no oí lo que oye la gente. Yo oí el catálogo.
Reloj de sobremesa. Francia, hacia 1870. Bronce dorado al mercurio. Del gabinete de don Álvaro Ayala. Detenido a las 19:23 del 14 de marzo de 1949.
Cuatro líneas. Y una historia que se cuenta por teléfono en once segundos, que es exactamente lo que dura la atención de un comprador de los que compran de verdad.
El reloj que se paró de pena. Prensa. Dos llamadas a coleccionistas que no compran relojes pero compran muertos.
Una cabecera de otoño. Portada de catálogo, con la esfera a toda página y las agujas en esa posición fea y perfecta de las siete y veintitrés.
—¿Y funcionaría? —dije, con toda la naturalidad que me cupo en la boca—. Si alguien quisiera arreglarlo, digo.
—Ni idea. Yo creo que nadie lo ha intentado nunca. En esta casa eso era como abrir una tumba.
—Ya.
—¿Habría que arreglarlo para venderlo?
—Habría que saber qué tiene dentro. Aunque no lo pongamos en marcha. Un reloj sin peritar es un mueble bonito con un misterio. Un reloj peritado es una pieza.
Le expliqué el procedimiento: admisión, transporte a cargo nuestro, catalogación, salida orientativa, reserva, comisión del veinte por ciento más gastos, liquidación a cuarenta y cinco días.
Firmamos en la mesa de la cocina, encima de un hule de cuadros, con un boli que escribía mal y que ella sacudió tres veces.
Aurelio y el sobrino subieron el jueves con las mantas y se lo bajaron todo en dos viajes. Al reloj lo bajó Aurelio solo, en brazos, como se baja a un niño dormido, porque Aurelio lleva treinta y un años en esto y no se fía de las cajas para lo que se puede llevar a mano.
Antes de irme, el miércoles, Casilda me acompañó a la puerta y dijo una cosa que no me contó nada entonces y que me lo contó todo después.
—Oye. ¿Tú te lo crees?
—¿El qué?
—Lo del reloj. Que se paró de pena.
La miré. Estaba apoyada en el marco, con la cinta de embalar todavía en la muñeca, y no me lo preguntaba como se pregunta una leyenda familiar. Me lo preguntaba como se pregunta una factura.
—Yo creo —dije— que eso lo vamos a poner en el catálogo tal cual.
Se rio, aliviada, y me dio dos besos, y yo bajé los tres pisos andando muy contenta conmigo misma.
Tardé dos meses en entender que aquella mujer no me estaba pidiendo una tasación. Me estaba pidiendo, con toda la educación de cuatro generaciones, que alguien le dijera de una vez si la historia que le habían contado desde niña era verdad.