El arte de llegar tarde al amor 3. Nueve y media (de teoría)
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3. Nueve y media (de teoría)

Nueve y media (de teoría)

Somos once personas. Braulio Vergara, setenta años, tercera generación, martillo.

Su hermana Pilar, que lleva las cuentas y a la que nadie ha visto nunca en la sala de subastas, ni el día de la centenaria, ni cuando vendimos el Zurbarán dudoso.

Dos de administración. Un fotógrafo que viene tres días.

El almacén, que son Aurelio y su sobrino.

Yaiza, veinticuatro años, becaria de catalogación con un máster que vale más que mi coche.

Y yo, Nora Roldán, responsable de catalogación y tasadora, treinta y nueve años, once en la casa.

La reunión de estrategia de otoño era el lunes a las nueve y media.

Yo llegué a las nueve y cincuenta y ocho.

Me gustaría decir que había tráfico. Hubo tráfico: hay tráfico en Madrid todos los días desde 1953.

Lo que pasó de verdad es que a las nueve menos cuarto yo estaba en el portal con el abrigo puesto y me acordé de que quería comprobar una procedencia.

Subí. La comprobé en cuatro minutos. Estaba bien.

Y después me quedé de pie en mi propio salón, con el abrigo puesto y las llaves en la mano, leyendo un catálogo de 2011 de una casa de Colonia, durante veintitrés minutos, con la puerta de la calle abierta.

Con la puerta abierta. Eso es lo que a mí me define, si alguien pregunta: mujer que se queda leyendo de pie con la puerta de su casa abierta para no tener que reconocer todavía que no piensa salir.

A las nueve y cuarto sonó el teléfono y contesté, que fue mi coartada del día.

Era la señora Arnedo, viuda, consignataria, que quería retirar un bargueño del catálogo de otoño porque su hijo le había dicho que valía tres veces más.

Y esto es lo otro que hay que entender de mí, y lo digo aquí para que quede en el mismo capítulo que lo anterior: le arreglé aquello en dos minutos y cuarenta segundos.

—Señora Arnedo, buenos días. ¿Qué le ha dicho su hijo exactamente?

—Que dieciocho mil.

—Vale. Su hijo ha mirado precios de tienda.

En tienda se pide dieciocho y se vende a los cuatro años, y usted no lo va a vender en tienda porque no tiene tienda.

Nosotros lo sacamos en seis mil, que es una salida baja a propósito, y le explico por qué: en su lote hay tres compradores posibles en Madrid y los tres se conocen.

Si sale en seis, pujan los tres. Si sale en catorce, no puja nadie, se queda sin vender, y a partir de ese día su bargueño es un mueble que ya no se vendió en Vergara, que es lo peor que le puede pasar a un mueble.

—Ya.

—Y una cosa más. Su bargueño tiene las bisagras cambiadas en los años setenta. Eso lo va a ver el comprador y lo va a decir en voz alta delante de los demás. Yo prefiero decirlo yo primero, en la ficha, y quitarle el arma. Nos cuesta mil euros de salida y nos ahorra la mitad de la sala.

Silencio de tres segundos, que en teléfono es un año.

—¿Usted qué haría?

—Yo lo saco en seis y le pongo reserva en cinco cuatrocientos. Y le digo otra cosa, señora Arnedo: dígale a su hijo que me llame a mí, que se lo explico yo, y así usted no discute con él.

—Ay, eso sí.

Dos minutos y cuarenta segundos. Colgué, miré el reloj de la cocina, vi que eran las nueve y dieciocho, calculé que si salía en ese instante llegaba a Huertas a las nueve y cuarenta y dos, con doce minutos de reunión perdidos, que es una cantidad de retraso perfectamente presentable.

Y me quedé de pie otros dieciséis minutos.

Entré en la sala de juntas y estaban en el punto cuatro.

—Roldán —dijo Braulio, sin levantar la vista—. Siéntese donde no moleste.

Braulio Vergara me llama por el apellido desde hace once años y me trata de usted cuando hay más de tres personas delante. Es teatral en sala y avaro con los elogios: en once años me ha dicho «bien» dos veces, las dos con la boca pequeña y una de ellas por teléfono.

Yaiza me pasó un papel por debajo de la mesa. Ponía: punto 3 lo has ganado sin estar . Le contesté por debajo también, porque somos profesionales: ¿qué era el punto 3? . Me devolvió el papel con dos palabras: tus condiciones .

Once años tardando en conseguir que la casa acepte que las fichas de catálogo las firmo yo, y me lo aprobaron mientras yo estaba de pie en mi salón con el abrigo puesto leyendo un catálogo de Colonia de 2011.

El punto cuatro era el problema.

—No tenemos cabecera —dijo Pilar, desde el altavoz—. Tenemos una subasta de otoño muy correcta y ninguna razón para que venga nadie.

Y era verdad. Ciento sesenta lotes buenos y aburridos.

Dos vitrinas isabelinas. Un Sorolla pequeño y dudoso.

Plata de ley por kilos. Una colección de abanicos que nos íbamos a comer con patatas.

Un despacho fernandino que había pasado por tres casas antes que por la nuestra, lo cual en este oficio es como un perro que ha estado en tres protectoras: no dice nada malo del perro y lo dice todo del mercado.

Una subasta así se vende. Pero no se cuenta. Y lo que no se cuenta no sube.

—Podríamos reforzar el lote 87 —dijo Yaiza—. El Sorolla.

—El Sorolla es de un discípulo de Sorolla que ni él mismo sabía que lo era.

—Roldán.

—Es que si lo ponemos de cabecera y a la semana lo desmiente cualquiera con una lupa y una cuenta de internet, el año que viene no nos consigna ni mi madre. Y mi madre consignaría a su propia hija.

Braulio me miró por encima de las gafas. Lo hace para que sepas que ha decidido escucharte y no quiere que se le note.

—¿Y qué propone la que llega a las diez?

Aquí es donde yo trabajo. Y aquí es donde soy buena, y lo voy a decir una vez para no tener que repetirlo en todo el libro: soy muy buena en esto.

Una casa de subastas no vende objetos. Vende historias con un objeto dentro que las certifique.

Nadie puja por una mesa: se puja por la idea de ser la clase de persona que tiene esa mesa, y para eso la mesa necesita venir de algún sitio.

Procedencia. La palabra más cara del oficio.

Un espejo de un piso de Vallecas y un espejo del mismo taller sacado del piso de una familia con apellido tienen el mismo azogue y una diferencia de precio del cuatrocientos por ciento, y ese cuatrocientos por ciento lo escribo yo, en tres líneas de catálogo, con los verbos en pasado y sin un solo adjetivo.

Los adjetivos abaratan. Eso no lo sabe casi nadie.

—Propongo un lote con muerto —dije.

—Explíquese.

—Necesitamos algo que se pueda contar por teléfono en una frase.

La plata no se cuenta. Los abanicos no se cuentan.

Y no tenemos tiempo material de conseguir una firma buena a estas alturas, porque las firmas buenas se consignan en primavera, y en primavera nosotros estábamos con la testamentaría de Ávila.

—Al grano.

—Al grano: tenemos tres entradas nuevas esta semana. Una es un piso entero en Almagro. Ayala.

Braulio dejó el bolígrafo. En este oficio, cuando alguien deja el bolígrafo, es que ha oído un apellido.

—¿Los Ayala del Banco de Crédito?

—Los bisnietos de esos Ayala.

—Los bisnietos de esos Ayala no tienen nada.

—Los bisnietos de esos Ayala tienen un piso de doscientos ochenta metros que hay que vaciar antes de diciembre —dije—. Que es distinto de tener algo, pero en un catálogo se le parece bastante.

Se hizo un silencio de los buenos. De los que se pagan.

—¿Y qué hay dentro?

—No lo sé. Voy el miércoles.

—¿Y me hace usted una propuesta de cabecera sobre un piso que no ha visto?

—Le hago una propuesta de dirección sobre un apellido que sí he visto. En cuatro esquelas, dos inventarios de 1949 y una crónica de sociedad de 1931. Esa familia tuvo cosas y tuvo desgracias, y las dos cosas juntas, en una casa de subastas, se llaman lote estrella.

Yaiza escribía a toda velocidad. Pilar, desde el altavoz, dijo «me gusta» con el tono con el que se dice «me da igual pero no lo voy a impedir», que es el tono con el que Pilar ha dicho todo lo que ha dicho desde 1998.

Braulio se quitó las gafas.

—El miércoles.

—El miércoles.

—A las nueve y media.

—A las nueve y media.

—Roldán. —Ya estaba recogiendo los papeles—. ¿Sabe cuál es su problema?

—Dígamelo usted, don Braulio, que lleva once años sabiéndolo.

—Que si usted llegara a su hora, sería insoportable.

Rieron los de administración. Rió Yaiza. Reí yo, la primera y más fuerte, porque en las reuniones la primera risa es la que decide de quién es el chiste.

Salí de allí con esa frase y me la estuve chupando toda la mañana como un caramelo. Se la conté a Carlota por mensaje. Se la conté a Yaiza en el ascensor, que ya estaba delante cuando la dijeron, y se la conté igual.

Por la tarde bajé al archivo, que es un cuarto sin ventanas con dos armarios de catálogos antiguos y una mesa que cojea, y estuve dos horas con los Ayala.

Esto también es el oficio, y es la parte que nadie ve.

Hemeroteca. Esquelas. Anuarios. Crónicas de sociedad de los años treinta escritas por señores que cobraban por adjetivo.

Registro mercantil. En dos horas saqué lo suficiente para escribir media página de catálogo con la conciencia tranquila: don Álvaro Ayala Berruguete, consejero, tres hijos, una casa en Fernández de la Hoz desde 1928, otra en Comillas que se vendió en el 54.

En 1931 dieron una cena de setenta cubiertos y salió en el ABC. En 1949 salió la esquela.

Le mandé un mensaje a Carlota desde el archivo, porque a Carlota le mando mensajes desde los sitios sin ventanas.

Braulio me ha dicho que si llegara a mi hora sería insoportable.

Contestó en cuarenta segundos, que para una abogada matrimonialista en septiembre es una barbaridad.

Y tú te lo has tomado como un piropo.

Es que lo es.

Nora.

Es que lo ES.

Puntos suspensivos durante un rato largo. Después:

Cenamos el jueves. Tengo cosas que contarte y una de ellas es un divorcio.

¿De quién?

Mío.

Y ahí se apagó la pantalla, porque Carlota sabe hacer eso: soltar una cosa así y desaparecer, para que te quedes tú con el trabajo.

Solo mucho después, cuando ya no tenía ninguna gracia, se me ocurrió pensar que a lo mejor no era un cumplido. Que a lo mejor era un diagnóstico, dicho en voz alta delante de siete personas por un hombre de setenta años que lleva toda la vida mirando cosas antiguas y viendo por dónde están rotas.