2. Dos horas antes
Dos horas antes
Un taller como el mío se sostiene sobre cuatro cosas y ninguna de ellas sale en las películas.
Pilas. Correas. Ajustes de brazalete, que se hacen en noventa segundos y se cobran cinco euros y son la mitad de la caja de un sábado.
Y, muy de vez en cuando, un trabajo de verdad: una máquina antigua que alguien quiere resucitar por motivos que nunca son económicos.
El resto de mi contabilidad es esta: el seguro del local vence en octubre, la comunidad subió en enero, y mi hija necesita zapatos cada cuatro meses porque tiene diez años y los pies de mi padre.
Aquel sábado tenía cuatro entradas de taller, dos entregas y a Greta.
Greta viene los fines de semana alternos y llega con una mochila en la que caben tres días de ropa aunque se quede dos.
Hace los deberes en el banco pequeño, el de mi padre, con la lupa de pie apartada a un lado como quien aparta un tenedor que no va a usar.
No toca nada sin permiso desde los siete.
A los seis lo tocaba todo, y todavía hay un péndulo en el cajón de las piezas muertas que se llama, entre nosotros dos, «el accidente».
—Papá.
—Dime.
—¿Cuánto tarda una persona normal en comerse un plátano?
—Depende de la persona.
—Eso lo dices siempre y no sirve.
—Un minuto veinte.
Puso el cronómetro del horno. Se comió el plátano. Cuarenta y siete segundos.
—Soy anormal.
—Eres rápida.
—Es lo mismo, pero dicho por un padre.
A las diez entró la primera clienta del día, que fue doña Elvira, del cuarto del veintiséis, con un despertador de baquelita y la teoría de siempre.
—Julián, este va atrasado.
—Este va perfecto, doña Elvira.
—Va atrasado, hijo, que yo llego tarde a misa.
Lo abrí. Estaba perfecto. Lo que pasaba es que doña Elvira tiene ochenta y siete años y lleva desde marzo poniéndose de pie diez minutos más tarde que su propio despertador, y eso no lo arregla ningún relojero.
Le pasé un pincel por dentro, le eché una gota de aceite que no necesitaba, se lo devolví y le dije que lo había adelantado dos minutos.
—Ah, mira. Ahora sí.
—Ahora sí.
Cuatro euros. Los cobré porque si no los cobro se ofende.
A las once entró Amparo.
Amparo lleva la mercería de dos portales más abajo desde hace treinta años y tiene la costumbre de entrar en mi tienda sin comprar nada y de salir habiendo organizado algo. Aquel día entró con una bolsa de bizcocho y cara de funeral pequeño.
—Julián, hijo. Lo de Merche.
—No pasa nada.
—Que yo te avisé.
—Me avisaste.
—Es que este teléfono.
—El teléfono es buenísimo, Amparo. El problema es el delantal.
Dejó el bizcocho en el mostrador, que es su forma de pagar multas, y me miró con los ojos entornados de las mujeres que llevan treinta años calculando metros de cinta.
—¿Y qué hiciste?
—Cené.
—¿Solo?
—Cené —dije otra vez, que es lo mismo pero cerrado.
Y entonces habló Greta, sin levantar la cabeza de la ficha de naturales, con esa voz suya de perito jurado que no se sabe de dónde ha sacado.
—Mi padre dice que no pasa nada, pero puso la mesa a las dos.
Amparo se giró hacia mí.
—¿A las dos?
—Estaba planchando la camisa.
—A las dos de la tarde —dijo Greta— para una cena a las nueve menos cuarto. Y luego se cambió la camisa. Y luego se puso la primera otra vez.
—Greta.
—Es un dato.
—Es un dato de tu padre.
—Los datos no son de nadie —dijo, y volvió a las plantas.
Amparo se fue contentísima, porque a Amparo lo que le gusta no es que la gente se enamore, sino tener material.
Yo me quedé con el bizcocho, con la campanilla temblando todavía y con una sensación que no me gustó nada, que era la de haber sido descrito con exactitud por alguien que todavía no sabe hacer divisiones con decimales.
Porque lo de la mesa es verdad.
Lo hago desde siempre. Antes de la cita, antes de la reunión, antes del médico.
Preparo. Si voy a una cena, plancho a las dos.
Si quedo a las siete, a las seis y media estoy en la calle de al lado leyendo el periódico en un bar, y a menudo lo leo entero, incluidos los deportes de equipos que me dan igual y las esquelas de gente que no conozco.
He esperado tanto en mi vida que podría escribir una guía de bares de Madrid ordenada por lo cómoda que es la silla cuando llevas cuarenta minutos sentado en ella.
La ganadora está en Alonso Martínez y tiene el respaldo justo.
Mi padre decía que llegar antes es una forma de educación. Que el que llega antes le está diciendo al otro: tu tiempo vale más que el mío. Yo lo repetí durante veinte años en cenas y en bodas y quedaba muy bien.
Sonia lo llamaba de otra manera. De eso hablaremos otro día, o nunca.
Los lunes pongo en hora el escaparate. Los treinta y nueve.
Se hace de izquierda a derecha y se tarda cuarenta minutos, y durante esos cuarenta minutos el escaparate está de acuerdo consigo mismo, cosa que no vuelve a pasar en toda la semana.
Para el jueves ya hay dos adelantados. Para el sábado, seis discuten.
Mi abuelo decía que un escaparate de relojero es la única tienda del mundo donde el género se estropea solo mientras lo miran.
A la mujer de la mesa siete la estuve recordando toda la mañana, y me molestó bastante.
No por ella. Por el método. Yo me acuerdo de las cosas por piezas, no enteras, y aquello me venía en piezas todo el rato mientras cambiaba una correa: que se sentó de golpe, como quien se tira a una piscina para no tener que decidir.
Que dejó la chaqueta en el respaldo sin comprobar si se caía, y no se cayó, y no lo comprobó después tampoco.
Que habló muy deprisa y muy bien durante cincuenta y dos minutos y en todo ese rato no dijo ni una sola cosa cierta sobre sí misma salvo una, al final, cuando ya llevábamos dos vinos: que ella no espera a nadie nunca.
Eso lo dijo más rápido todavía y con más gracia que lo demás.
Y a mí eso me suena como me suena un mecanismo que va adelantado. La gente cree que un reloj que adelanta está fuerte. Un reloj que adelanta tiene el volante mal, o la espiral pegada, o alguien le ha metido mano donde no debía. Cuando algo corre de más, no corre porque esté sano.
También me acordé, cada vez que me acordaba de lo otro, de que aquella mujer estuvo cuarenta y dos minutos por encima de su hora sin dar una sola explicación de verdad. Y de que a mí eso, en cualquier otra persona, me habría parecido una falta de respeto y me habría durado tres días.
—¿En qué piensas? —dijo Greta.
—En una avería.
—¿De cuál?
—De ninguna de aquí.
Me miró un momento más de lo necesario, apuntó algo mentalmente —Greta apunta cosas mentalmente y las cobra meses después— y volvió a lo suyo.
En la caja, aquel sábado, hubo ciento noventa y seis euros. Un sábado bueno son trescientos. Un sábado malo son ochenta y he tenido tres este año.
Comimos arriba, macarrones. A las cuatro bajamos otra vez y le enseñé a limpiar una caja de latón con jabón neutro y un cepillo blando, que es una cosa que se aprende en cuatro minutos y que dura toda la vida.
Le salió mejor que a mí a su edad y se lo dije, y ella dijo «ya» y se puso colorada, que es lo que hacen los Sarmiento cuando les gusta algo.
A las cinco salí a hacer una entrega, que es una cosa que hago yo y que no hace ningún relojero de Madrid, porque ningún relojero de Madrid tiene tan pocos clientes como para permitirse el lujo de llevarles las cosas a casa.
Era un reloj de pared de la familia Nogueira, en la calle Espronceda, tercero izquierda.
Ochenta euros de trabajo, tres semanas de taller.
Me abrió el hijo, que tendrá mi edad, y mientras yo lo colgaba y lo nivelaba con el nivel de burbuja, él se puso a mirar el móvil en el pasillo con esa impaciencia educada de la gente que ha heredado un objeto que no quiere.
—Oiga, ¿esto vale algo?
—Como reloj, poco. Como reloj de su madre, usted dirá.
—Ya. —Guardó el móvil—. Es que ocupa mucho.
Le dejé el papel con las instrucciones de cuerda, que nadie lee, y bajé andando.
En la escalera me crucé con el olor de la comida de alguien y pensé, sin ninguna amargura y con bastante exactitud, que en cuatro años ese reloj estaría en un contenedor y que a mí me habrían pagado ochenta euros por retrasarlo.
A las seis vino el señor de la esquina con el despertador de su madre.
Ese despertador no tiene arreglo. Se lo arreglo cada quince meses.
Le cobro ocho euros, que es lo que cuesta que un hombre de setenta y seis años tenga sonando en la mesilla la misma campana que sonaba en su casa en 1968, y ese es el trabajo mejor pagado que hago, aunque el papel diga otra cosa.
A las ocho apagué la lámpara del banco, que es siempre lo último, y estuve un minuto largo en el taller a oscuras oyendo la tienda. Un escaparate con treinta y nueve relojes, de noche y sin nadie, suena a sala de espera llena.
Cuando cerré, Greta estaba en la puerta con la mochila puesta, esperando a que su madre la recogiera en la esquina a las ocho y media.
—Papá.
—Dime.
—Si te vuelven a dejar plantado, no pongas la mesa.
—Vale.
—Pon la mesa cuando ya hayan llegado.
—Eso es un poco tarde para una mesa.
—Es que la mesa no es el problema —dijo mi hija, de diez años, ajustándose la mochila con las dos manos—. El problema es la cara.
Bajé la persiana yo solo, que pesa lo suyo, y no le contesté, porque hay clientes a los que no se les discute.