El arte de llegar tarde al amor
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1. Cuarenta minutos tarde
Cuarenta minutos tarde
A mi funeral pienso llegar tarde, aunque solo sea por coherencia.
Lo dije en una cena y funcionó, que es lo que hacen mis frases: funcionan.
Carlota se rio con la copa a medio camino y dijo que la gracia se me iba a acabar el día que alguien me tomara la palabra.
Le contesté que para entonces yo ya no estaría, y ahí se rio la mesa entera, y yo me sentí lo que me siento siempre en esos momentos, que es a salvo.
El seis de septiembre, a las ocho menos diez de la tarde, yo estaba lista.
Vestida, peinada, con el bolso preparado y los tacones puestos en el pasillo como dos animales domésticos.
La cita era a las ocho y media en la Taberna Marcial, en Chamberí, a dos paradas de metro y once minutos andando por Fuencarral si me apetecía andar.
Estaba lista. Eso es lo primero que hay que entender de mí, porque es lo único que me deja sin defensa: yo siempre estoy lista antes.
Y a las ocho menos diez me senté en el borde de la cama.
No hice nada. Que quede claro, porque en los interrogatorios de mi vida esta es la parte que nadie se cree.
No me puse a contestar correos, no se me quemó nada, no llamó nadie.
Miré el techo. Miré la persiana. Miré una mancha de humedad que llevaba dos años en el mismo sitio con una fidelidad que ya quisieran algunos, y a las ocho y veinticinco me levanté, me eché la colonia por segunda vez y bajé a la calle a buscar un taxi que no necesitaba con la conciencia tranquila de la mujer que iba a llegar a su hora.
Entré en la Taberna Marcial a las nueve y doce.
Cuarenta y dos minutos. Redondeando hacia abajo, cuarenta, que es como redondean las personas que se quieren bien a sí mismas.
Marcial es una taberna de las que sobreviven en Chamberí por motivos que nadie sabe explicar del todo: azulejo hasta media pared, ocho mesas, una barra con lomo colgado y un camarero de esos que te miran la cara antes que la reserva.
Le dije mi nombre. Miró un cuaderno. Levantó la barbilla hacia el fondo.
—Mesa siete.
En la mesa siete había un hombre.
A los hombres se les tasa como se tasa lo que no está en venta: por partes y de mala gana.
Salida de lote, las manos, apoyadas en el mantel, quietas, de las que sujetan las cosas como si las cosas fueran a ponerse nerviosas.
Después la camisa, azul, planchada por alguien que le tenía cariño a la camisa o a él.
Después la copa de vino: intacta, con el nivel exacto de quien se la ha pedido para no ocupar una mesa gratis y no ha vuelto a tocarla.
Y por último la cara, que era una cara de cuarenta y muchos con las cejas serias y todo lo demás no.
Estaba mirando la puerta. Llevaba mirándola un rato, se le notaba en la forma en que dejó de hacerlo.
—Llegas tarde —dijo.
No con reproche. Con constatación, como quien lee un termómetro.
—Siempre —dije yo, y me senté.
Ahí empezaron los veinte minutos.
Fueron unos veinte minutos buenísimos. Lo digo con toda la vergüenza que se puede meter en un adverbio.
Le pedí un vino al camarero, me quité la chaqueta, apoyé los codos en la mesa y ejecuté mi repertorio, que es un repertorio bueno y está rodado.
Le conté el taxi que no había cogido como si lo hubiera cogido.
Le conté a mi jefe. Le pregunté por su semana y él me contestó con frases cortas y ordenadas, y cada tres frases me devolvía una que era mejor que la mía, siempre una línea después de donde yo la esperaba.
—Entonces, ¿mucho trabajo? —dije.
—Poco. Pero lento.
—Eso suena a excusa de artista.
—Es que soy artista —dijo—. Con clientes de setenta y ocho años.
Se me escapó la risa antes de decidir si me caía bien. Eso a mí no me pasa.
Y así, veinte minutos. Yo estaba convencida de que aquel hombre se llamaba Rubén, tenía treinta y cuatro años, era fisioterapeuta y vivía en Getafe, porque eso es lo que ponía en el perfil de Rubén, que era con quien yo había quedado y a quien había visto en cuatro fotos hechas todas en la misma boda.
Él estaba convencido de que yo era Merche, sobrina de una tal Amparo, y de que daba clase de infantil en un colegio de Tetuán.
La conversación aguantó eso mucho más de lo que debería. Ahora sé por qué: porque ninguno de los dos estaba escuchando el currículum del otro. Estábamos en otra cosa.
Se rompió por el sitio más tonto.
—Oye, una cosa de trabajo —dije, y me toqué el hombro—. Llevo aquí un tirón desde julio. ¿Tú qué me dirías?
—Que vayas al médico.
—Ya, pero tú.
—Yo te diría que vayas al médico —repitió, muy despacio, y en ese «muy despacio» ya estaba todo—. Yo arreglo relojes.
Hay silencios de dos segundos que duran una carrera universitaria.
—Tú no eres Rubén.
—No.
—Rubén es fisioterapeuta.
—Me alegro por Rubén.
—Tú, entonces, ¿quién eres?
—Estaba esperando a Merche —dijo él, con una calma que en aquel momento me pareció admirable y que hoy sé que es lo que hace cuando algo se le rompe delante—. Sobrina de Amparo, de la mercería de mi calle. Amparo lleva año y medio con esto. Yo me resistí un año y cuatro meses.
—Y yo no soy Merche.
—Estoy razonablemente seguro de que no.
Miré la mesa. Miré la copa suya, todavía intacta.
—¿Y a qué hora habíais quedado?
—A las nueve menos cuarto.
—¿Y tú a qué hora has llegado?
Hubo una pausa. Fue una pausa con dignidad, que es la única clase de pausa que le he visto hacer a este hombre.
—A las ocho y veinte.
—A las ocho y veinte.
—Veinticinco minutos antes —dijo, como si eso lo mejorara—. Por el aparcamiento.
—Has venido andando. Te lo noto en los zapatos.
—Por el aparcamiento teórico.
Fue entonces cuando llegó el camarero, y el camarero, que había estado observando aquello desde la barra con el interés de un hombre que ve poco cine, hizo lo que hacen los camareros de Chamberí, que es rematar.
—Perdón. La señora, ¿es usted Nora?
—Soy Nora.
—El señor de la doce ha estado esperándola desde las ocho y media. Se ha ido hace siete minutos. Ha dejado dicho que se ha ido.
Giré la cabeza. La mesa doce estaba tres mesas más allá, junto al perchero, con una copa vacía, un plato de aceitunas terminado y una servilleta hecha una pelota que era básicamente un comunicado de prensa.
—¿Ha dicho algo más?
—Ha dicho que le diga que se ha ido —dijo el camarero, con delicadeza—. Con esas palabras.
Y en ese momento sonó el móvil del hombre de la mesa siete. Lo miró. Leyó. Levantó la vista y me enseñó la pantalla como quien enseña un parte médico.
Amparo, 19:04: Julián, hijo, que Merche no puede al final, que se ha liado. Ya te aviso yo para otro día. Un beso.
Las diecinueve cero cuatro.
—Te ha avisado hace dos horas —dije.
—Amparo tiene el móvil en el bolsillo del delantal y a veces se envía cosas a sí misma —dijo él—. Es un sistema.
Nos quedamos los dos callados. Yo había plantado a un hombre y un hombre me había plantado a mí en el mismo local, en la misma hora, con siete minutos de diferencia, mientras yo me tomaba un vino con un desconocido a quien le habían dado plantón por escrito antes de salir de casa.
Si lo hubiera escrito yo no me lo habría creído, y eso que yo me creo todo lo que escribo.
Y entonces él hizo la única cosa que podía hacer que aquello no se acabara ahí. Cogió su copa, por fin, la primera vez en cincuenta y dos minutos, y bebió.
—Ya que estamos —dijo.
Nos quedamos hora y media más.
No voy a contar esa hora y media. Diré que hablamos de si los cocidos son un fraude, que él defendió una postura absurda sobre las medias raciones y la defendió bien, que me contó que tiene una hija de diez años que le cronometra, y que cuando dijo «mi hija me cronometra» a mí me pareció el chiste más triste y más simpático que había oído en todo el año.
Diré también que en algún punto le dije que yo no espero a nadie nunca, con mucha gracia, y que él me miró un segundo de más y no dijo nada, y que a mí ese segundo me duró hasta el postre.
Y diré una cosa más, porque si no, esto no vale nada.
Hacia el final, cuando ya estábamos en ese punto en el que dos desconocidos se ponen sinceros porque saben que no va a haber consecuencias, él me preguntó por qué llegaba tarde.
—Porque soy un desastre —dije, que es mi respuesta de catálogo y funciona en el noventa por ciento de las mesas.
—No lo eres.
—¿Perdona?
—Que no lo eres —dijo—. Llevas hora y media contándome cosas ordenadísimas.
Y yo, que tengo respuesta para todo, contesté que yo no espero a nadie nunca, y lo dije muy deprisa y con mucha gracia, y me reí antes de terminar la frase para que él supiera dónde reírse.
Él no se rio. Me miró un segundo de más y no dijo nada.
Ese segundo me duró hasta el postre.
Pagamos a medias. Salimos. En la puerta de Marcial hacía esa temperatura de septiembre en Madrid que te hace pensar que vas a ser mejor persona en octubre.
—Bueno —dijo él.
—Bueno —dije yo.
Y nos dimos la mano. Como dos personas educadas que no piensan volver a verse, que es exactamente lo que éramos.
Bajé andando hasta Bilbao para no coger el metro todavía. Iba repasando la escena, que es mi manera de disfrutar de las cosas: después, y sola. Y a la altura del semáforo de Carranza me di cuenta.
No le había preguntado el nombre.
Bueno: sabía que se llamaba Julián, porque lo ponía en el mensaje de Amparo. Sabía su nombre por un mensaje que le habían mandado para decirle que nadie iba a venir. Eso no cuenta. Eso es como enterarte de una cosa por la esquela.
Y él, que era de los que preguntan, tampoco me había preguntado el mío.
Bueno: lo había dicho el camarero. Todo lo que sabíamos el uno del otro nos lo había dicho un tercero, en voz alta, para informarnos de que nos habían dejado plantados.
Todavía no sé cuál de las dos cosas me parece más grave.