44. Tres horas y veinte minutos
Tres horas y veinte minutos
Dobló la esquina de Santa Engracia a las tres y cincuenta y cinco.
Corriendo. Con la chaqueta abierta y la corbata torcida, sin nada de aire, con esa manera de correr de los hombres de cuarenta y cinco años que no corren nunca, que consiste en ir muy rápido de cintura para abajo y muy tieso de cintura para arriba.
Me levanté del banco.
Me vio a los diez metros. Bajó el ritmo. Y llegó hasta donde yo estaba y se paró, y se puso las manos en las rodillas, y estuvo unos segundos así, doblado, mirando el suelo de la acera de la calle Trafalgar, respirando como una persona que se va a morir.
—Llegas tarde —dije.
Levantó la cabeza.
—Siempre no. —Tragó saliva—. Hoy.
Y aquí es donde se me acabó todo.
Porque en treinta y nueve años nadie ha llegado nunca tarde por mí. Tarde de correr. Tarde de haber cerrado algo a las doce en punto para irse. Tarde de que se le note en la respiración y en la corbata.
Yo estuve una vez cuatro horas y cincuenta minutos en un portal contando coches blancos para que no llegara nadie, y monté treinta y dos años de vida encima de aquella tarde, y una arquitectura entera, y un sistema, y un número de humor con remate que funciona en todas las mesas.
Y bastaba con esto.
—Papá.
Los dos levantamos la cabeza.
Greta Sarmiento estaba asomada a la ventana del primero, la que da justo encima del escaparate, con el pelo sin peinar y el cronómetro amarillo en la mano, y lo levantó por encima de la cabeza como se levanta un trofeo.
—Has perdido.
—Ya lo sé.
—¡Dijiste una hora!
—Ya lo sé, Greta.
—¡Tres horas y cincuenta y cinco minutos! —Se asomó más—. ¡Y eso es tuyo, no es de ella! ¡Eso va en tu columna!
—Que ya lo sé.
—Es la primera vez que hay algo en tu columna —dijo mi auditora desde una ventana, con una alegría profesional que no tenía nada que ver con nada—, ¡en todo el cuaderno!
Y cerró la ventana. Y a los cuatro segundos la volvió a abrir.
—¡No he mirado nada! —gritó, y la cerró otra vez.
—¿Dónde estabas? —dije.
—En Huertas. Y en tu portal. Y en el almacén de Moratín.
—¿En mi portal?
—Una hora y once minutos —dijo—. Sentado en el escalón.
—Julián.
—Y en tu casa de subastas me ha entretenido tu jefe veintiocho minutos hablándome de una cómoda que vendió en 1997 y de nueve relojes de Guadalajara.
—Braulio.
—Braulio.
—Voy a matarlo.
—No lo mates, que me ha dado trabajo para primavera.
Julián se enderezó del todo. Se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de su padre y sacó un papel doblado en cuatro, arrugado por haber estado ahí desde las nueve y veinte de la mañana.
—Yo iba a Huertas —dijo—. A tu casa de subastas. A pedírtelo delante de tu jefe, de la becaria, del señor del almacén y del que pasara por allí.
—¿A pedirme qué?
Y me dio el papel.
Reserva de hotel. Comillas, Cantabria. Tres noches, del viernes catorce al domingo dieciséis de diciembre. Dos habitaciones. Alojamiento y desayuno.
Julián Sarmiento Ruiz. Greta Sarmiento Vélez. Nora Roldán.
Y abajo, en la línea de las condiciones, con letra pequeña:
Cancelación gratuita hasta 48 h antes.
Me reí.
Me reí en la acera con el ruido feo, con el papel en la mano, delante de un hombre reventado que llevaba corriendo desde Bilbao.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Nora, ¿qué pasa?
Abrí el bolso. Saqué el mío, que llevaba doblado en cuatro desde el martes, y se lo puse en la mano.
Reserva de hotel. Comillas, Cantabria. Tres noches, del viernes catorce al domingo dieciséis de diciembre. Dos habitaciones.
Nora Roldán. Julián Sarmiento. Greta Sarmiento.
Y abajo, en la línea de las condiciones:
Tarifa no reembolsable. No se admiten cancelaciones ni cambios de fecha.
Julián Sarmiento leyó aquello dos veces.
—No reembolsable.
—No reembolsable.
—Nora, eso son doscientos ochenta euros.
—Trescientos veinte.
—Trescientos veinte euros que no se recuperan.
—Ese es el chiste, Julián.
Y aquel hombre, con la corbata torcida y la respiración todavía sin recuperar, se quedó mirando un papel impreso en una copistería de la calle Huertas, y después me miró a mí, y después otra vez el papel.
—Es el mismo hotel.
—Es el único hotel decente de Comillas en diciembre.
—Es la misma habitación doble y la misma individual.
—Julián.
—Nos van a llamar. —Se pasó la mano por la cara—. Nos van a llamar del hotel para preguntar si somos dos grupos distintos.
—Pues se lo explicamos.
—¿Cómo se lo explicamos?
—Mal —dije—. Se lo explicamos fatal.
Y ahí se rio.
Se rio por primera vez desde el sábado diez de noviembre, en una acera, doblado otra vez, con las manos en las rodillas, y era medio risa y medio otra cosa, y duró bastante.
Cuando se enderezó ya no se reía.
—La respuesta —dijo.
—Sí.
—No. Espera. —Levantó la mano cuatro centímetros, como hace—. La otra. La que te pedí el nueve de noviembre a las doce menos trece de la noche y que no me diste el sábado.
—Ya lo sé.
—Que me digas si esto va en serio.
Y yo, Nora Roldán, treinta y nueve años, tasadora, que llevaba tres horas y veinte minutos sentada en un banco municipal con el móvil apagado dentro del bolso y una silla de plástico blanca al lado que me había traído un frutero, no dije que sí.
Le señalé el banco.
—Llevo ahí desde las doce y treinta y cinco.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. —Y le cogí la cara con las dos manos, que es una cosa que yo no había hecho nunca en mi vida con nadie—.
Llevo ahí desde las doce y treinta y cinco y he apagado el móvil a la una y dos, y no lo he encendido, y no me he ido a comer, y no he llamado a Aurelio, y a las dos y media he pensado que a lo mejor no venías y me he quedado igual.
—Nora.
—Esa es la respuesta.
—Va en serio —dijo.
—Va en serio.
—Dilo entero.
—Julián, llevo tres horas y veinte minutos en un banco.
—Dilo entero igual.
Y lo dije entero, en una acera, y no lo voy a poner aquí, porque hay tres o cuatro cosas en esta historia que son mías y esa es una de ellas.
Y nos besamos en la acera de la calle Trafalgar, a la altura del número veinticuatro, delante de una persiana bajada con un cartel colgado por dentro del cristal, a las cuatro y dos minutos de la tarde de un jueves de finales de noviembre.
Y en el primero, encima del escaparate, se abrió una ventana y se volvió a cerrar inmediatamente, con un golpe.
Y antes de eso, en la acera, con las llaves ya en la mano, dijo:
—Una cosa.
—Dime.
—Las cinco menos cuarto de octubre.
—¿Qué pasa con las cinco menos cuarto de octubre?
—Que la luz de lado del edificio de enfrente vuelve en marzo —dijo—. Y que en marzo no va a haber nada que fotografiar en ese banco.
—Ya.
—Pues yo quiero que estés aquí en marzo cuando entre esa luz.
Y se metió la llave en la cerradura, tan tranquilo, como si acabara de comentar el tiempo, que es la manera que tiene este hombre de decir las cosas grandes.
Subió la persiana él, que pesa treinta y dos kilos.
Encendió la luz de la tienda, que a las cuatro de la tarde a finales de noviembre ya hace falta, y se quedó un momento en mitad de su local con las llaves en la mano, mirando el banco, la lámpara y el sitio vacío donde había estado el lote veintitrés durante seis semanas.
—Habría que comer algo —dijo.
—Son las cuatro.
—Ya.
—Julián, son las cuatro y cinco de la tarde.
—Ya lo sé. —Se quitó la chaqueta de su padre y la dejó doblada encima del mostrador, encima del papel—. Voy a poner la mesa.
Y subió a por su hija.