El arte de entender el caos EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Hacía dos meses que Lena y yo vivíamos juntos.

Lo organizamos todo mientras estábamos de gira por Europa.

Fallon nos ayudó visitando los pisos que habíamos visto publicitados, le debíamos un favor, uno de los grandes.

Al final, después de varias visitas, nos quedamos con un apartamento, que a pesar de no ser muy grande, tenía un balcón cerrado donde a Lena le encantaba leer y acumular libros.

Verla ahí, sumergida en su desastre, se había vuelto uno de mis momentos favoritos del día, sobre todo, cuando los rayos de sol le iluminaban la cara y podía apreciar su belleza.

No fue tarea fácil encontrar piso estando en la otra punta del mundo, pero en cuanto vimos este junto a Fallon por videollamada, lo supimos. Fue una corazonada, y además, no estaba lejos de Starlight, donde ambos seguíamos trabajando juntos en el mismo departamento.

Tardé dos meses en asimilar la locura que había hecho plantándome en el aeropuerto, sin saber qué iba a ser de mí. Porque siendo claros, si la apuesta salía mal, no solo iba a perder al amor de mi vida, sino que también iba a tener que renunciar a mi trabajo.

¡Pero bendita locura! Agradecí haber tenido ese coraje cuando vi que nos besábamos en cada uno de los rincones de Europa.

Salimos del avión siendo otros, no recuerdo ni habernos despegado un solo segundo, escuchamos nuestra playlist en todo el camino, vimos nuevos episodios de una serie de romance y nos acurrucamos sin importar nada más.

Cuando llegamos a Ámsterdam, nuestro primer destino, caminamos sin prisa por sus calles, perdiéndonos entre canales y cafés, como si el mundo no tuviera reloj.

Nos pasamos las primeras noches hablando de todo lo que soñábamos, de cómo se veía el mundo con nuestros ojos…

Como me encanta quedarme dormido escuchándola hablar.

La gira siguió con el ritmo planificado y nos habíamos acostumbrado a vivir entre aviones y presentaciones.

En cada ciudad dejamos una huella especial.

En Berlín, el frío nos acarició las mejillas mientras paseábamos por su centro histórico; patinamos sobre hielo en Viena e hicimos el amor con las ventanas abiertas en un hotel en Madrid, frente a la Plaza Mayor; en Barcelona, conocí el olor de la brisa mediterránea de la que tanto me había hablado.

Fue imposible no enamorarme de la arquitectura de Gaudí; del barrio gótico, con su preciosa catedral y del mercado de la Boquería, con ese olor tan característico…

También me resultó imposible no caer rendido a los pies de su familia.

¡Qué maravilla de personas! Me acogieron como uno más desde el instante en el que nos conocimos.

No me quito de la cabeza el recuerdo de aquella noche que paseando por el paseo Marítimo, llevaba a Lena cogida de un brazo, y a su madre Ana, del otro, mientras bromeaban entre risas sobre mi acento.

Ese momento me ayudó a comprender que ya no quería perder el tiempo con Lena.

Y qué decir de Roma, nuestro último destino. Roma nos recibió de manera caótica. Nos juramos amor eterno en el puente de los candados, y recorrimos la ciudad en moto como dos enamorados, mientras Lena, me envolvía de su historia.

Ese tráfico loco, los turistas admirando el Coliseo, el olor a queso fundido por las calles de los restaurantes, ese ambiente… Hizo que entendiera porque Roma presume de ser la ciudad del amor. Sin embargo, yo aprendí durante ese viaje, que el amor no vive en los lugares, vive en Lena.

Lo primero que hicimos al volver de la gira fue recoger las llaves que tenía Fallon en mi antiguo apartamento.

Después, nos dirigimos a la nueva dirección con las maletas que llevábamos meses arrastrando y, sin nada más entre aquellas cuatro paredes que el mobiliario y unas cuantas cajas, nos dejamos caer al suelo mientras intentábamos visualizar todo lo que habíamos imaginado en la distancia.

—Ojitos, sé que estás cansada, pero creo que nuestro nuevo hogar merece una inauguración —añadí con una sonrisa pícara.

No tuve que decirle nada más. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia nuestro dormitorio. Estuvimos horas demostrándonos el amor entre las sábanas. Qué increíble era el sexo con ella. Lena arriba, Lena abajo, Lena de lado. Cualquiera de sus versiones me seducía.

Antes de acostarme, me levanté y me dirigí a la cocina en busca de agua, contemplé a mi alrededor haciéndome a la idea de que ese era nuestro nuevo hogar y, aún sin haber estado antes en él, supe que era nuestro lugar perfecto. Rebuscando entre las cajas para encontrar los vasos, vi la taza.

Mientras estábamos fuera, Elaia, Chiara y Fallon llevaron algunas de nuestras pertenencias al apartamento.

Dijeron que lo hacían por ayudarnos, pero estaba seguro de que, en el fondo, querían deshacerse de nosotros.

En uno de esos viajes de mudanza, la taza favorita de Lena se rompió en pedazos, y se entristeció bastante.

Ella no lo sabía, pero en cuanto me enteré, me apunté a clases de cerámica para hacerle una taza que se pareciera lo máximo posible a la que tenía.

El proceso creativo fue de lo más espantoso, no era lo mío, pero tenía que conseguirlo, así que no paré hasta lograrlo.

No llegué a hacer una réplica exacta, porque la nueva versión necesitaba algo un poco más especial.

Quería que tuviera ese recuerdo de sus abuelos, pero la nueva etapa, también traía cosas nuevas que abrazar.

Cuando regresé a la habitación, se había quedado dormida. La tapé con el nórdico y me acosté pegado a ella.

No recuerdo cuando me dormí, pero me desperté por la mañana al sentir un leve olor a café. Abrí los ojos, rodé hacia su lado y al pasar el brazo para rodearla por la cintura, me percaté de que Lena no estaba tumbada a mi lado.

Me pasé la mano por la cara y me levanté de un salto para ir hacia la cocina.

Me cago en todo, no me había dado cuenta de que se había levantado antes que yo.

Eso no era, ni por asomo, lo que yo tenía planeado.

Aunque claro, de ser inteligente, hubiera dejado la taza en otro lado y no a la vista en el maldito armario.

Al oírme llegar, Lena removió el café con una cucharita. Lo sabía. Había encontrado la taza antes de que yo pudiera prepararlo todo.

—Buenos días, ojitos.

Intenté disimular mis nervios mientras me acercaba casi corriendo para comprobar si tenía la taza en las manos.

—Hola, amor. Te he visto dormido y no he querido molestarte. ¿Quieres café?

Hacía al menos sesenta días que el nombre me pertenecía y creo que nunca en la vida me había gustado tanto una palabra, claro que escucharla de la voz de Lena, la hacía aún más especial.

—Sí, por favor… —contesté un poco agitado—. No, espera, no. O sea, sí quiero, pero lo hago yo.

—¿Qué te pasa? —preguntó, un poco insegura.

—Nada, solo que… —Me acerqué al armario casi corriendo, intentando llegar antes que ella—. Tengo que darte una cosa. Siéntate, pero te advierto que no pensaba hacerlo así.

—¿Qué tesoro esconde ese armario? —dijo sonriendo.

Me reí. Incluso nervioso, conseguía hacerme gracia. Esa era una de las razones por las que estaba completamente enamorado.

Saqué la taza del armario con cariño, sin decir nada, me acerqué a los fogones para echar el café, después añadí la leche y el sirope de chocolate blanco y caramelo. Cuando lo terminé, lo dejé delante de ella.

—Amor, ya me estoy tomando el café. Este era para ti. Menudo jet lag, ¿eh?—contestó sorprendida.

La miré casi sin parpadear, esperando que levantara la vista y se diera cuenta por sí sola, pero no apartó los ojos de su café.

—Me temo, ojitos, que deberías tomártelo en esta taza —le dije.

Bajó la mirada y la observó sin entender muy bien por qué se lo decía.

—Ay, Dios mío… ¿Esto es para mí?

Asentí y tragué saliva cuando me di cuenta de que aún no la había mirado del todo bien. No sabia como reaccionar.

—Espera… ¿Qué? —dijo con los ojos vidriosos levantando la taza mientras señalaba el escrito.

Se acercó a mí dando pequeños saltos de alegría.

—Dios mío… ¿me lo estás pidiendo de verdad?

Asentí con la cabeza mientras sonreía como un idiota.

—Espera un momento.

Empecé a rebuscar entre la maleta hasta encontrar la cajita con el anillo que había comprado en Roma, el día que pensé que me moriría si la quería un poco más. Allí al verla caminar por sus calles, supe por qué aquella ciudad era su favorita. Porque Roma era como Lena: caótica, intensa, perfecta.

—Ahora sí —dije intentando mantener la postura.

Abrí la caja con un gesto torpe, con las manos temblando.

—Lena Martínez… quizá hace unos meses, no teníamos ni idea de si queríamos esto en nuestra vida, pero hoy tengo claro que no quiero volver a ver un amanecer si no es contigo.

Eres la mujer más hipnótica que he conocido nunca.

Te quiero así, tal como eres: caótica en todas tus versiones, risueña, inteligente y luchadora, siempre sacando lo mejor de mí.

—Cogí aire y traté de continuar—. Estoy deseando que llevemos las alianzas de tus abuelos y envejecer a tu lado, enriqueciéndonos como ellos lo hicieron.

Yo lo tengo claro. Quiero seguir bailando contigo.

Así que… la pregunta es sencilla: ¿Quieres casarte conmigo?

—¡Sí!

Se lanzó a mis brazos y me envolvió con sus piernas.

—¡Sí, quiero! —repitió de nuevo.

La besé mientras le acariciaba la cara y la hacía girar en el aire.

—Me vuelves loco, Lena. Estoy deseando casarme contigo.

—Y yo contigo Nathan Caldwell —confesó.

Me dirigí hacia el dormitorio con ella aún abrazada a mi cuerpo y la besé de nuevo. No entendía aún como me hacía perder tanto la cabeza recién levantada. Me parecía preciosa. Abrí el teléfono y le di play a la lista de reproducción que había preparado para este momento. Sonó Until I found You.

—Este no era el plan de pedida, pero —suspiré mientras esbozaba una gran sonrisa—, no veo el momento de referirme a ti como mi mujer.

—Te quiero, amor. Mucho. Así está perfecto.

Y con esa declaración, supe que amar a Lena de esa manera tan sencilla fue, al final, el arte de entender su caos.