El arte de entender el caos CAPÍTULO 57Nathan
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CAPÍTULO 57Nathan

Hubiera sido un estúpido si no hubiera ido corriendo detrás de Lena para declararme; cualquier acto distinto a ese hubiera sido un error.

Por eso, tras hablar con Fallon y admitir lo gilipollas que estaba siendo, lo único que me quedaba era darlo todo y demostrarle a Lena que todo lo que habíamos vivido era real, que existía y que yo me encargaría personalmente de cuidarlo y no volverlo a dañar.

Sabía que tirar la toalla era lo fácil, y que lo difícil esta vez era enfrentarme a mí mismo y a ese miedo atroz que llevaba dentro. Pero también sabía, de sobra, que Lena estaba tan enamorada de mí como yo de ella y que cualquier miedo a su lado podía hacerse pequeño e incluso desaparecer.

Cuando me di cuenta de todas las cosas a las que decía que no por ese miedo, me derrumbé.

No nos merecíamos esa historia; nos merecíamos una mejor, donde el amor ganara al resto de obstáculos que pudieran surgir y, sobre todo, donde ambos pudiéramos ser nosotros mismos, acompañados por alguien que nos enseñara a volar.

Por eso, lo último que hice para salvar nuestra historia fue arriesgar mi corazón.

No quería quedarme con la duda de lo que hubiéramos sido nosotros: de la pareja que habríamos formado, de las risas que nos habríamos contagiado, de los manuscritos que habríamos editado juntos, de los episodios de Sexo en Nueva York que nos quedaban por ver, de las veces que podríamos reproducir High School Musical en un año, ni de las veces que habríamos hecho el amor después de cenar pizza.

Por eso, aunque pueda parecer tarde, aparecer en el aeropuerto, en ese último momento, era el escenario perfecto para que Lena siguiera creyendo en el amor y para que fuera consciente de que ella estaba siendo la protagonista de su propia película, una película que iba a ser la digna ganadora de un Óscar.

—Te has acordado de las flores —comentó Lena cuando tratábamos de recomponernos—. Son preciosas.

—Tengo que confesar que mi idea principal era venir con una pancarta, pero no había tiempo para eso.

—Me hubiera encantado —comentó mientras sonreía.

—En ese caso —suspiré—, espero que esto te sirva.

Saqué del bolsillo del pantalón un pósit arrugado, castigado por el viaje, que había escrito en el Uber de camino al aeropuerto. Lo abrí con cuidado, tratando de no romperlo. Cuando lo extendí, le pedí a Lena que lo leyera.

En el lateral derecho se encontraba mi firma, junto a un corazón.

—Esta vez no son reglas, son promesas que voy a cumplir, y te aseguro que no me resultará difícil.

—¿Recuerdas cuando te pregunté en Montreal por qué ya no te odiaba? Estos días he intentado odiarte. Lo he intentado con todas mis fuerzas. Pensaba que de esa manera sería más fácil irme, pero es imposible odiarte. Lo era antes y aún resulta más difícil después de conocerte.

—Siento que hayas tenido que pasar por esto. Si te sirve de consuelo, yo sí que he conseguido odiarme a mí mismo.

—Te mentiría si te dijera que no —dijo, mientras me hacía una mueca—. Pero me alegro de que lo hayas hecho, de que estés aquí y de que me hayas traído flores y también este pósit, que, por cierto, tendremos que enmarcar.

—Entonces espera, que no he terminado.

Saqué del otro bolsillo un muffin que había perdido toda su forma y que había cogido casi al vuelo de la cocina de la oficina cuando había pasado por allí, y añadí:

—Por si no era suficiente, he traído esto para coronarme. No sirve ni de adorno, pero el detalle es lo importante.

—Ya echaba de menos que me atiborraras a muffins , anda, trae.

Y, mientras le acercaba un trocito de muffin a la boca, se adelantó, se colocó de puntillas y me besó. Aquel beso se llevó todas las dudas y todos los miedos y, con él, solo tuve clara una cosa: que quería besar a Lena todos los días al despertarme y todas las noches antes de ir a dormir.

Al subir al avión, pusimos nuestra lista de reproducción.

Sonó Aprender a quererte de Morat, la canción favorita de Lena.

Mientras la veía mirando las nubes al lado de la ventana, pensé en cómo habíamos aprendido a querernos y a entendernos, y me perdí entre esas frases que no entendía muy bien cuando escuché cómo sonaban de los labios de Lena:

—Voy a leerte siempre muy lentamente… quiero entenderte.