CAPÍTULO 56Lena
Tardé al menos dos minutos en darme cuenta de que mi nombre sonaba por la megafonía del aeropuerto:
«Lena Martínez, diríjase a los mostradores de la aerolínea».
Miré el reloj y busqué la puerta de embarque con la mirada.
Aún no había nadie haciendo cola, así que debía haber algún problema con las maletas o con el documento de identidad.
Ya me había pasado en otras ocasiones. Me llamaban para comprobar los datos que aparecían escritos.
Parece que les costaba entender que había muchos españoles que vivíamos en la ciudad para ganarnos la vida.
Mientras caminaba hacia allí, volvió a reproducirse mi nombre. Esta vez noté algo peculiar en la pronunciación. Me pareció escuchar a… ¿Nathan? No, por favor… Incluso escuchaba su voz en todas partes. ¿En qué momento me había vuelto tan obsesiva?
Me limité a seguir caminando, intentando calmar mi voz interior. Repasé el billete de avión tantas veces como pude, para comprobar si había algún error, no me haría nada de gracia quedarme en tierra en esta situación.
En el momento en el que me iba acercando, noté la mirada de la gente posada en mí, no era que quisiera ser el centro de atención, pero no exagero, parecía incluso que me costaba caminar con el peso de esos ojos mirándome.
Eché un vistazo alrededor, buscando algún tipo de explicación, pero no me pareció ver nada fuera de lo normal.
Entre los nervios y la presión, cada paso me hacía sentir más consciente del bullicio del aeropuerto, del eco de mis propios zapatos apretando el paso y del murmullo de las conversaciones a mi alrededor.
Levanté la cabeza cuando estaba a escasos metros del mostrador, entre el personal trabajador, creí reconocer la silueta de Nathan.
O eso, o me estaba volviendo loca. Me froté los ojos con tanta fuerza que creí que se me iban a salir.
Fue uno de esos momentos en que desearías que alguien te pellizcara para saber si lo que estás viviendo es real.
Pero, ¡joder!, tras casi extirparme los ojos, lo vi con claridad.
Era él, sí que lo era. Y en el mostrador apoyadas, se encontraban mis flores favoritas.
Entre el sonido de la gente y el olor de las flores, pareció que la atmósfera me envolvía, y empecé a sentir un calor recorriéndome el cuerpo. El corazón se me aceleró tanto, que se me formó un nudo en la garganta.
Todo lo que había estado pidiendo, lo único que había deseado con todas mis fuerzas desde hacía unas semanas, ahora estaba frente mí, con una cara de inseguridad tremenda, eso sí, y más guapo que nunca.
—¿Nathan? —dije, abriendo los ojos como platos.
—Lena Martínez —pronunció, apretando el micrófono del mostrador—. Sé que he sido un cabrón. Un idiota. Un imbécil. Llámame como quieras.
Madre mía. Me tapé la cara con una mano, intentando calmar la vergüenza y la incredulidad que me recorrió de golpe. Si antes había notado que la mirada de la gente me perseguía, ahora solo quería que la tierra me tragara.
—Tienes razón —añadió—. La vida es más bonita si nos atrevemos a sentir de verdad.
Lo miré a los ojos y le hice un gesto claro para que se callara, señalando el micrófono y negando con la cabeza.
Creo que se podía ver en mi expresión como estaba suplicándole que dejara eso y siguiéramos hablando sin montar semejante espectáculo Aunque he de reconocer que era el espectáculo más bonito del que había formado parte en mi vida.
¿Era este mi momento de protagonista de película?
No me hizo caso y continuó con su diálogo.
—Mira… no sé qué decirte. No me lo he escrito en un pósit, ni siquiera lo he preparado —dijo—. Y sé que he tenido tiempo para decírtelo antes, pero Lena, yo tampoco sé si quiero casarme. Pero, ¿qué me dices de acompañarte en la gira?
Me acerqué a él, aún intentando que dejara el micrófono, y, cuando estuvimos lo bastante cerca, salió del mostrador y nos fundimos en un largo abrazo.
—Lo siento mucho —se disculpó—. Me acojoné. Estaba aterrado. Había imaginado muchas cosas contigo, y en ninguna de ellas estaba la distancia.
Se le quebró la voz al hablar.
—Sé que me he comportado como un imbécil. No te merecías esto. Siento haberte ignorado así… y haberte dicho que no funcionaría. Porque no es verdad. Claro que funcionará. Lo dije sin pensar. Estaba muerto de miedo.
Asentí con la cabeza mientras le escuchaba. Sus ojos parecían gritar una verdad que llevaba días callando. Respiré hondo cuando terminó de hablar… y me eché a llorar.
—¿Por qué lloras? —preguntó acariciándome la mejilla.
—Porque pensé que no ibas a venir —respondí—. Me había intentado autoconvencer de que tenías razón y ahora estás aquí y no puedo evitar emocionarme.
—Lo siento, Lena. Te quiero. Te quiero de verdad.
Se le empañó la mirada al decirlo.
—Yo también te quiero, Nathan. Te quiero —declaré con el corazón dando saltos dentro de mí.
Nos acercamos tanto que pude sentir sus nervios en mi propia piel y, sin decir nada más, me puse de puntillas y le besé.
Nos besamos al menos durante un minuto. Nuestras lenguas se buscaron despacio, casi con vértigo, y eso hizo que el corazón me latiera aún más deprisa.
Le rodeé la cintura y él me acarició el pelo.
Pensé que podía deshacerme en cualquier momento, y dejó de importarme que la gente nos estuviera mirando.
Si esa era mi película, nuestra película, tener público era lo que menos me importaba.
Entre besos, me volvió a decir te quiero al menos dos veces más. Nunca me había latido tan fuerte el corazón, ni siquiera la primera vez que pensé que me quería quedar en sus brazos para siempre.
Y cuando volví a pisar el suelo, se acercó de nuevo al mostrador, levantó el ramo y mientras me lo daba con un gesto torpe, cogió el micrófono y confesó:
—Por si no ha quedado demasiado claro —dijo alzando la voz—. Estoy enamorado de Lena Martínez.
Los elefantes que corrían por mi estómago saltaron y brincaron al escuchar esa declaración. Incluso se había acordado del ramo. ¿Hay sensación mejor que la de saber que la gente recuerda cosas de ti?
Le agarré del brazo y tiré de él para acercarlo a mí.
Sentía la necesidad de tenerlo cerca, y de no separarnos más.
Lo besé de nuevo, como si ese beso sellara todo lo que acabábamos de decir.
No sé si era un final digno de la televisión, pero era mi final favorito: un chico y una chica, que estaban locos de amor el uno por el otro.
¿No es eso todo lo que se puede esperar cuando eres correspondido?