El arte de entender el caos CAPÍTULO 55Nathan
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CAPÍTULO 55Nathan

—¿Sabes qué, Fallon? Tienes razón. He sido un puto cobarde y quiero a Lena, joder. La quiero casi más de lo que me quiero a mi mismo. —La miré con urgencia—. Escúchame, necesito que me ayudes.

Me miró, esperando la explicación, mientras asentía con la cabeza.

—Prepárame una maleta, Fallon. Pon todo lo que creas necesario para pasar… no sé, mínimo una semana y máximo tres meses.

—Hostia, dicho así suena fácil de narices —contestó con ironía.

—Coge todo lo que encuentres por mi armario, ya sabes lo que más me suelo poner. Coge cosas del baño y mete el portátil y la tablet en mi maletín. Ahí están los cargadores, ¿vale?

—¿Qué vas a hacer?

—Fallon, ¿recuerdas cuando me has dicho que saliera ahí fuera y fuera a por ella?

—Bueno, no me refería de manera literal ni a quedarme sin compañero de piso, pero dime.

—Voy a hacerlo, Fallon. Voy a arriesgarme. Voy a arriesgarme por amor.

Miré el reloj.

—Escúchame, no creo que tenga mucho tiempo. Tráemelo todo en una hora a Starlight, por favor. Te espero ahí. Ah, y por favor —añadí— pásate por la floristería de la esquina, y recogeme un ramo, está a mi nombre.

Creo que Fallon pensó que me había vuelto loco. Y sí, me había vuelto loco. Pero loco de amor. Loco por Lena. Joder. No podía dejar que se marchara sin antes hablar con ella. Y ahora era yo quien iba a apostar al todo o nada.

Cuando me dirigía hacia la oficina, sonó un mensaje en el teléfono. Vi que era de Lena, pero corría tanto que ni siquiera pude detenerme a leerlo. Lo único que alcancé a ver por encima fue algo como que en dos horas estaba en el aeropuerto. Joder. Eso me hizo correr aún más.

Subí por el ascensor, directo al despacho de Scarlett. Necesitaba dejar atado algo antes de tirarme al vacío por amor.

Entré desesperado en su despacho, no recuerdo ni siquiera si llamé a la puerta.

Me daba igual. Scarlett se sorprendió al verme, y creo que se sorprendió todavía más cuando le pedí permiso para retirarme de la revista.

Bueno, más bien le solté algo tipo: «por favor, considera si puedo irme de gira o si puedo teletrabajar durante estos meses», pero la cosa se fue de madre y terminamos la conversación con algo parecido a esto:

—Sabes que si te vas, no tendrás derecho a ser readmitido, ¿verdad?

—Lo sé, Scarlett. Gracias. Aunque no lo parezca, lo he meditado.

Mentira. Lo único que había meditado ese día —si es que lo había hecho— era ir detrás de Lena sin importar nada más.

—Mira, quizá parezca un crío gilipollas de treinta y dos años que no piensa con claridad, Scarlett. Pero ¿sabes qué? Trabajos y empresas vendrán y se irán. Pero el amor de tu vida solo pasa una vez y tengo que ir a por él.

Me miró de arriba abajo como si acabara de escuchar la mayor idiotez de su vida. Y podía entenderla. Me había pasado media vida soñando con estar aquí y ahora estaba arriesgándolo todo por amor.

Cuando me giré para marcharme, fue ella quien me abrió la puerta para darme paso a la aventura.

—Nathan —escuché que decía cuando ya iba saliendo—. Cuando hayas solucionado esto, llámame. No quiero echarte a perder.

—Gracias, Scarlett. De verdad.

—Venga, corre. Los aviones no esperan.

Cuando salí por las puertas de Starlight, vi que Fallon me estaba esperando al lado de un Uber. Por el sonido que hacía mi corazón al golpear contra mi pecho, concluí que estaba más nervioso que nunca.

—No sé qué vas a hacer, pero tienes todo mi apoyo.

Nos fundimos en un corto abrazo en el que dijimos más que en todo lo que habíamos hablado. Noté un subidón recorrerme el estómago, y eso me dio fuerzas para seguir con mi plan.

De camino al aeropuerto, mientras el sonido del tráfico se colaba por las puertas, abrí el mensaje de Lena.

Por poco me rompo en pedazos cuando leí todo lo que me había escrito.

Es más, se me nubló la mente y el susurro de la radio se desvaneció en mi cabeza.

Me insulté a mí mismo unas cuantas veces.

¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿De verdad había estado dudando sobre esto?

Lena era la cosa más buena del mundo. Aún con el corazón roto, seguía ahí, intentando entenderme.

Esa era una de las cosas que más me gustaban de ella, era empática, demasiado.

Incluso era capaz de empatizar con un anuncio hasta el punto de llorar.

Corrí a los paneles a pesar de que las piernas me temblaban como un flan, para comprobar en qué estado estaba el vuelo hacia Ámsterdam, la primera ciudad a la que iban.

Los diez segundos que tardé en encontrarlo se me pasaron como si fueran minutos.

Intenté leer con claridad toda la línea de información: «En hora».

Vale, aún no había puerta de embarque, tenía un poco de margen.

Salí volando hacia el mostrador de la aerolínea, rezando para que quedara algún billete, me abrí paso entre la multitud de la gente.

La verdad, que me hubiera dado igual tener que pagar dos mil dólares por él.

Ni siquiera sabía si iba a coger ese vuelo.

Pero tenía que llegar a Lena, fuera como fuera, y si ese era el coste de ser un imbécil, lo iba a pagar.

Llamé a Lena al menos diez veces antes de desesperarme, buscándola por toda la terminal. Entré en todas y cada una de las cafeterías, en la librería e incluso en los baños malolientes, bajo la mirada inquieta de las señoritas por meterme donde no debía, sin embargo, no encontré ni rastro.

Mientras recorría el aeropuerto con la mirada, recordé que cuando estuvimos en Montreal, no había querido abusar del chico de la cafetería pidiendo muffins , cuando no hacían, pero hoy… Hoy me iba a tomar la libertad de pedir, sin exagerar, el favor más grande de mi vida.

Me dirigí hacia los mostradores de la aerolínea para buscar ayuda tras fracasar en mis intentos de localizarla.

Discutí con la primera señora que me atendió.

Es probable que a los cincuenta años de edad parezca una gilipollez que alguien se exponga de esta manera por amor, no la culpo.

Pero después de mucha desesperación, di con un chaval que parecía tener mi edad.

Tardé diez minutos en conseguir exactamente lo que quería, pero a los Caldwell a persuasivos no nos ganaba nadie.