CAPÍTULO 54Lena
Me pasé el resto de la semana llorando por todas las esquinas. Lloré incluso cuando ya no tenía más lágrimas que derramar. Creo que nunca había vivido una situación tan frustrante y triste como esta.
Teletrabajé un par de días, intentando no acercarme a Nathan.
No porque no quisiera verle, porque de hecho, me moría de ganas.
Más bien fue porque sabía cuánto daño me haría verle y no obtener una respuesta por su parte, o ni siquiera una mirada.
Cuando volví a la oficina después de esos días, me percaté de que él tampoco había ido los anteriores y, por lo que me comentó James, no tenía intención de volver, al menos por esta semana.
Intenté contactar con Nathan de todas las maneras posibles.
Incluso el jueves por la tarde, bajo un impulso desesperado, paseé por debajo de su portal.
Lo hice al menos unas cinco veces y barajé la opción de llamar a su puerta otras cinco más, pero no lo hice.
La única razón fue la cobardía. No creí que estuviera preparada para que, una vez más, me dijera que no iba a funcionar.
Ayer por la noche terminé de preparar las maletas para la gira y lo hice de una manera muy distinta a cuando nos íbamos de Montreal.
Claro que aquella vez no tenía el corazón partido.
Puse prendas en la maleta sin ningún orden aparente; fui tirando de las perchas del armario hasta que no cupo nada más y me senté encima para tratar de cerrarla.
Esta vez, no había ni una pizca de esperanza dentro de la maleta, ni tampoco emoción.
En un último acto de valentía antes de irme por unos meses, le mandé un mensaje a Nathan.
Creo que es el mensaje más largo que he escrito en la vida, pero, a pesar de que no me hubiera respondido las veces anteriores, necesitaba intentarlo una vez más.
Y necesitaba soltarlo para poder seguir con lo que me esperaba.
Era la única manera en la que iba a poder centrarme un poco en el proyecto que tenía por delante y, siendo sincera, también era la última cosa a la que aferrarme antes de darme por vencida.
Nathan,
No sé qué decirte que no te haya dicho ya. No puedo evitar que sientas miedo, ni tampoco puedo evitar eso a lo que le temes, porque para eso está la vida. Pero también creo en las cosas bonitas y en las positivas. Quizá tú no te has parado a pensarlo, pero yo sí.
Tengo mucho por darte y enseñarte, y sé que tú también lo tienes para mí. Ojalá puedas pensar un poco en todo lo que podríamos ser si vencemos este miedo juntos.
Yo estoy preparada… y, no sé, no puedo jurar que te esperaré toda la vida, pero tengo la sensación de que, si me lo pidieras, lo haría.
¿Recuerdas cuando me preguntaste lo del anillo? Quizá merezca un momento más bonito que este, pero no quiero irme de aquí sin contarte la versión larga, aunque tenga que ser por mensaje.
Cuando murió mi abuela, mi abuelo atesoró su anillo de matrimonio. Y cuando cumplí la mayoría de edad, me lo regaló a mí. Me contó que a mi abuela le habría encantado verme casarme con un chico al que quisiera tanto como ella quiso a mi abuelo.
Te conté que estaba conectada a ese anillo por su recuerdo, pero lo que no te conté fue que, antes de que mi abuelo se marchara con ella, me dio el suyo y me hizo prometer que, si algún día encontraba el amor verdadero, le regalaría esa alianza como símbolo de amor eterno.
¿Sabes? He guardado el anillo de mi abuelo durante años, y volví a pensar en él cuando te conocí a ti.
Mentiría si te dijera que no he pensado en regalártelo.
Pensarás que soy una ilusa... En poco más de un mes es imposible querer tanto a una persona como para querer casarse con ella, y la verdad, ni siquiera sé si quiero casarme.
Pero si hay algo que sí sé, es que TE QUIERO. No sé irme de los sitios sin decir la verdad. Y mi verdad es esta.
P. D.: Cojo el avión en dos horas.
P. D. 2: Si después de esto sigues pensando que no merece la pena, te voy a pedir que, por favor, cuando vuelva espero que hayas cambiado de departamento. No puedo trabajar a medio metro de ti sin tenerte. Espero que lo entiendas.
Ojalá algún día los sentimientos sean más grandes que el miedo a cualquier adversidad. La vida sería más bonita si nos atreviéramos a sentir de verdad.
Te quiero.
Lo mandé y apagué el teléfono porque, aunque mi corazón pedía a gritos una respuesta, mi cabeza necesitaba centrarse en lo que venía a partir de ahora en mi vida.
Elaia y Chiara me acompañaron al aeropuerto. No era una despedida triste, sin embargo lloré, porque lo que dejaba al coger ese avión no era el trabajo, ni el piso, ni siquiera a ellas por unos meses. Lo que dejaba atrás era una historia que había llegado a su fin antes incluso de empezar.
Antes de pasar el control de seguridad, miré hacia atrás tres veces, con la esperanza de ver a Nathan aparecer corriendo por ahí, chillando mi nombre, tal y como ocurre en las películas. Y, aunque sabía de sobra que eso no iba a pasar, me dolió aceptar por fin esa realidad.