El arte de entender el caos CAPÍTULO 52Lena
88%

CAPÍTULO 52Lena

De camino a casa, una atmósfera tensa y desagradable se había instalado entre nosotros, como si fuéramos dos personas atrapadas dentro de una burbuja completamente negativa.

De repente, en el rostro de Nathan no se podía apreciar ni un atisbo de felicidad y, por su manera de caminar, a más de un metro de distancia de mí, era más que evidente que, fuera lo que fuera lo que había ocurrido en esa presentación, le había sobrepasado más de lo normal.

—¿Estás bien? —pregunté después de que me diera un abrazo un tanto peculiar.

—Sí, Lena —respondió, esbozando media sonrisa.

—Parece todo lo contrario… ¿Qué te pasa?

Se pasó la mano por la cara mientras trataba de contestar.

—Es que no sé si estoy preparado para esto. No sé… joder —masculló—. ¿Qué soy para ti? ¿Qué somos? ¿Crees que volverás y estará todo igual? Yo qué sé, tengo tantas preguntas sin respuesta que ni siquiera sé qué decirte.

—Nathan… —dije casi conteniendo el aliento—. Yo, no sé... No había pensado en esto. Me acabo de enterar al mismo tiempo que tú. Deja que lo asimile, ¿vale? Tenemos tiempo para hablar y organizarnos. No me voy mañana, queda casi una semana.

Giró un poco el cuerpo y parpadeó varias veces, como si quisiera evitar romperse ahí en medio, y mientras lo hacía, pronunció dos palabras que me partieron el corazón:

—No funcionará, Lena.

—¿Qué es lo que crees que no puede funcionar?

—Esto. Lo nuestro. Nosotros. Ni siquiera sé qué ha pasado estos días.

—Pues yo sí lo sé. Nos hemos encontrado entre miles de personas, nos hemos abierto y nos hemos…

Quería decirle «nos hemos enamorado», pero la cobardía me echó para atrás. ¿Me estaba dejando? ¿Había vivido una historia que no merecía y que ahora tenía fin por un motivo laboral? Fui incapaz de entender las palabras que salían de su cuerpo. ¿Dónde quedábamos nosotros?

—Mira, yo no sé qué tienes en tu cabeza, yo lo tengo bastante claro. Podemos seguir así, incluso cuando vuelva. No nos precipitemos, estamos bien, ¿no? —añadí

—Yo… ahora mismo, no sé. Tengo demasiadas dudas como para confiarle nuestro destino a la distancia. No quiero ni pensar en cómo lo gestionaría.

—¿Y mi opinión? ¿Estás decidiendo algo por los dos? ¿Por qué? Ni siquiera sabemos cuánto tiempo durará la gira.

—No creo que esto merezca una segunda opinión. Yo lo veo claro. ¿Tú no? Nos la hemos jugado y hemos salido perdiendo. Una relación a distancia, por corto que sea el tiempo, no va a funcionar. Al menos, no conmigo.

—Por favor, Nathan. Piensa en lo que sientes, en lo que sentimos, lo que nos hemos demostrado. ¿Ya no importa?

—Claro que importa, claro que sí. Joder. No quiero que pienses esto. No quiero que pienses que has sido un capricho, o una diversión.

—¿Y entonces qué he sido? —Lo miré mientras intentaba buscar palabras para responder—. ¿Esto es por Alice? No sé, no me has llegado a contar qué pasó. Al menos deja que lo entienda.

—Puede que sí, joder. No es por Alice, es por la distancia. Yo no quiero enfrentarme a esto. Y no te creas, eh —suspiro—. Esto me jode más de lo que piensas.

—¡Hostia! Pues siento decirte que, por tu rápida decisión, no lo parece —exclamé irónica.

Lo dije con un tono más subido de lo normal. Menuda mierda de primera discusión, bueno, la primera y la última, claro, porque parecía que no iba a cambiar de opinión.

—Lo siento, ojitos —susurró con la voz rota mientras se acercaba a mí—. Espero que puedas entenderme.

—Siento decirte que no, no te puedo entender. Está claro que no me iré dos semanas, pero joder, ¿no vale la pena?

Me acarició la mejilla porque se me empezaba a caer una lágrima y se dio la vuelta sin mirar atrás.

Subí a casa llorando tras hablar con Nathan. Lo único que era capaz de sentir en ese momento era un enorme montón de tristeza que me recorría por dentro. Cuando entré en el apartamento, me tumbé en el sofá. Elaia y Chiara se sentaron a mi alrededor mientras me secaban las lágrimas con los pañuelos.

—Cuéntanos qué ha pasado, Leny —dijeron casi susurrando.

Solo tuve que decirles las dos palabras que él mismo había pronunciado.

—¿Eso ha dicho? —añadió Chiara.

Asentí con la cabeza mientras las lágrimas iban cayendo por mi rostro.

—¿Pero… por qué? No lo entiendo —dijo Elaia—, hace dos horas os comíais con la mirada.

Y mientras hablábamos, volví a llorar. Lloré porque yo sabía a ciencia cierta que, aunque la gira durara un año, mis sentimientos no iban a cambiar.

Nunca había sentido un amor tan grande por nadie.

Nunca me había dejado llevar tanto como con él.

Nunca me había abierto tanto al amor. Siempre que encontraba algo que podía parecer más o menos estable, me ponía una coraza.

Pero con Nathan había sido todo lo contrario, cuando estaba a punto de entrar, abrí las puertas de par en par para que entrara casi sin llamar, y mientras lo hacía, quise que nunca saliera de ahí.

Me pasé las siguientes horas tumbada en la cama, buscando un porqué, una respuesta que me abriera los ojos y le diera la razón a Nathan. Así todo sería más fácil. Cuando te alejas de alguien a quien quieres, duele menos cuando hay un motivo de peso que lo respalda.

Llamé a Sara antes de acostarme, hecha una bolita pequeñita, que era lo que me sentía en ese momento.

Si había alguien, aparte de las chicas, que conseguía apagar mi dolor, o al menos mantenerme cuerda en momentos como estos, era ella.

No era buena hora, pero sabía que si la llamaba, me lo cogería.

Era como un código de prioridad: los WhatsApp eran para mantenernos al día, los audios para cotillear y las llamadas para situaciones de emergencia.

Y esto lo era. Descolgó el teléfono mucho antes de lo que esperaba y mantuvimos una conversación centrada en todo lo que había ocurrido, lo que habíamos vivido y también sobre cómo me sentía yo en medio de todo esto.

—Por un lado siento que estoy viviendo un sueño —confesé—. Cuando entré aquí no esperaba formar parte de algo tan grande.

—Lo sé —respondió sin dudar—. Pero mira todo lo que has conseguido. ¡Esa es mi chica!

Sonreí, aunque me duró poco.

—Y por el otro… estoy destrozada, Sara. No puedo mentirte. No sé si esto que tenemos —o que teníamos— era tan especial como parecía.

—¿Quieres que te conteste con la verdad, aunque duela, o prefieres una mentira bonita?

—¿Puedes camuflar la verdad con un poco de cariño? —le pedí.

Cogió aire antes de responder.

—A veces lo desconocido nos aterra. Y más cuando cada uno se ha hecho expectativas distintas. Entonces el cuerpo reacciona levantando una coraza, como si nos gritara: «sal ahora que puedes o acabarás peor».

—Me parece injusto de la hostia —dije—. Irte de un sitio sin saber qué podría haber pasado.

—Lo sé, gordi. ¿Has probado a hablar con él?

—Lo ha dicho tan seguro… tendrías que haberle visto. No funcionará.

—¿Cuántas veces has pensado tú que algo no iba a funcionar y aun así no te rendiste? Bastantes, ¿no? —me dijo—. Como cuando te llamaron para irte a Nueva York. Te cagaste viva en cuanto entendiste que tu vida iba a cambiar. ¿Y qué hiciste?

—Lo hice con miedo.

—Exacto.

Me quedé en silencio.

—Lo que quiero decir —continuó— es que abraces su miedo. Que intentes hablar con él. Si le da miedo, es porque le importas. No conozco a nadie que no haya hecho algo solo por miedo, al final casi todos lo hacen igual. Aunque tiemblen.

Esas palabras me empujaron a escribirle a Nathan antes de acostarme. Quizá Sara tenía razón. Quizá, si lo hablábamos, todavía podíamos con esto. Durante cuatro minutos vi cómo escribía y borraba en nuestra conversación.

Me quedé dormida con el teléfono en la mano escuchando La gent que estimo de Oques Grasses y mientras lo hacía le encontré el máximo sentido a aquello de « t’estimo molt i també tinc por » había escuchado mil veces esa canción y siempre terminaba emocionándome, pero en esta ocasión, mi situación representaba todo aquello de lo que hablaba.

Yo era un poco ese desastre, y él, el milagro de mi vida.