CAPÍTULO 51Nathan
Las palabras de Scarlett me atravesaron el pecho como si fueran un cuchillo.
Salí de la sala abriéndome paso entre la multitud, intentando frenar mis pensamientos.
Necesitaba alejarme del foco y también de Lena.
Me sentía bastante idiota. Esta vez de verdad.
Como es la vida, ¿no? Cuando a uno le va todo bien, siempre llega algo para torcerlo.
En eso pensaba mientras intentaba calmar esa puñalada que había sentido.
Cuando terminó la rueda de prensa, todos fueron saliendo poco a poco de la sala, y yo seguía ahí, pasmado, en el mismo banco donde me había sentado veinte minutos antes. Lena se acercó a mí, despacio, mientras me miraba un tanto extrañada.
—¿Estás bien?
—¿Yo? Sí. ¿Por qué?
—Has desaparecido del público en menos de dos segundos. Y… —Me miró de arriba a abajo—. No pareces estar del todo bien.
—Todo bien —le dije, mintiendo—, tranquila.
Elaia se acercó a Lena, emocionada por la noticia que acababa de recibir su amiga.
—¡Tía! ¡Que te vas de gira! —La abrazó con entusiasmo, casi dando saltitos de alegría. Y cuando se separaron, Lena se volvió hacia mí.
—¿Te has enterado? Que me voy de gira —me dijo, esbozando una sonrisa en sus labios.
—Sí, enhorabuena —contesté, bastante frío. A estas alturas no me apetecía ni disimular—. ¿Ya lo sabías?
—¡Qué va! No tenía ni idea, ¿a que es flipante? —Me miró con entusiasmo.
—Sí, sí —logré contestar.
No tenía derecho a portarme así. Ni siquiera habíamos hablado de qué éramos. Aunque creo que no nos hacía falta poner palabras: sentíamos química, conexión, atracción y nos moríamos el uno por el otro. ¿No es eso lo que se siente cuando uno está enamorado?
No podía reprocharle a Lena que se fuera. De ser así, le cortaría las alas. Justo todo aquello que yo no quería. Pero a veces, la mente y el corazón no van unidos por la misma causa, y en ese momento lo único en lo que pensaba era mandarlo todo a la mierda.
Estaba seguro de que si había algo en el mundo que quería, era querer a Lena bien, y la distancia de por medio iba a ser un enorme obstáculo para mí.
La verdad es que no quería ser esclavo de los kilómetros, ni tampoco quería estar esperando un mensaje en el teléfono contándome lo inevitable.
Nos merecíamos una historia mejor que esa.
Teníamos mesa reservada para cenar todos juntos después de la presentación. Pasé el resto de la noche manteniendo cierta distancia con Lena, que, por suerte, se sentó junto a las chicas y a Scarlett. Me costó una barbaridad no devolverle los abrazos ni los besos que me daba a escondidas.
Aunque no quisiera admitirlo —o no estaba preparado para hacerlo—, pensé que ese era nuestro final.
Ella no se merecía medias tintas, y yo no estaba preparado para luchar contra la distancia, no después de la experiencia con Alice.
Y aunque sabía que Lena no era mi ex, el miedo, en la mayoría de ocasiones, es irracional.
Así que me hice creer a mí mismo que esto que había entre Lena y yo, era un poco eso que dicen de la persona correcta, en el momento equivocado.
Nos estaba ocurriendo justamente aquello que pasa en las pelis y en los libros: cuando todo va bien, siempre llega algo que lo estropea.
Ese algo era la distancia. O quizá el demonio de Alice, que venía a susurrarme: «te volverá a pasar».
El puto pasado. El puto pasado siempre volvía.
Es una mierda. Siempre estaba ahí, recordándote la historia de tu vida, dispuesto a zarandearte con los recuerdos de todo lo que salió mal.
Otro recordatorio más de que el pasado forma parte de ti, no puedes eliminarlo, solo puedes esconderlo.