CAPÍTULO 48Lena
De camino al apartamento de Nathan, perdí la cuenta de las veces que Fallon me había llamado guapa. Qué tía más maja.
Ya la había visto en el aeropuerto y me había parecido monísima. Una de esas chicas que podrían acaparar la atención de cualquiera que pasara por delante. Lo que no sabía era que, detrás de ese gran físico, también se escondía una gran persona.
No necesité demasiado tiempo para darme cuenta de la relación especial que tenían Nathan y Fallon.
Fallon tenía veintiocho años, uno menos que yo.
Supongo que ese fue uno de los motivos por los cuales encajamos tan bien, y porque amaba High School Musical tanto como yo…
y eso ya hizo que terminara de ganarse mi corazón.
Nuestra primera conversación no fue la más normal. Podría haberlo sido si hubiera llevado… no sé, ¿cuatro años de relación con su hermano?
—Entonces… ¿No nos vamos de boda? —preguntó
—Bueno, más bien era un espectáculo para la chica de recepción —respondí, intentando sonar seria.
—¡Ya me había hecho ilusiones, quería organizar la boda! De hecho, si algún día os casáis, espero ser yo la wedding planner .
—Tiempo al tiempo, hermanita —dijo Nathan.
Y no pude evitar sonreír mientras la veía reírse, parecía feliz por Nathan, y también por mí.
Escuchar a Nathan hablar con tanta naturalidad sobre nosotros me derritió un poco…
bueno, bastante. Porque cuando me dijo que no le había contado nada a Fallon, mis alarmas se dispararon.
Me atacó una especie de miedo. Ese que sientes cuando crees que la verdad no se cuenta porque no interesa.
Como cuando ocultas algo porque en realidad no sabes a dónde va a llegar.
Estaba claro que esa teoría se había roto, y menos mal, porque no hubiera querido verme en esa situación.
—Ya me dirás cómo has hecho para aguantarle las veinticuatro horas durante una semana —comentó Fallon entre risas.
—Oh, no te creas que ha sido fácil —dije, irónica.
—Pero si soy un amor —replicó Nathan, con esa sonrisa que hacía imposible enfadarse con él.
—Lo que eres es un creído —alertó Fallon.
—¿Lo ves? Yo también se lo digo… menos mal que alguien me entiende.
Entre risas y charlas, acabamos la tarde en su apartamento.
Fallon insistió en cenar fuera para conocernos mejor y tuvimos que acompañarla a cambiarse.
Se había pasado por la pista de patinaje después de trabajar y aún iba con la ropa del trabajo, y aunque la verdad es que iba monísima, quiso asearse antes de salir.
Tenían el apartamento bien decorado. Se notaba que allí vivía una chica. A ver, no es que Nathan tuviera mal gusto —de hecho, vestía bien y tenía buen criterio—, pero ya se sabe que los hombres suelen ser menos detallistas con la decoración.
La habitación de Nathan era parecida a la mía, no por el desorden, sino por el tamaño. Él, al contrario que yo, tenía la habitación super ordenada. En realidad, lo envidiaba. Me gustaría tener esa facilidad para mantener el orden, pero supongo que los malos vicios son difíciles de cambiar.
Fallon tenía la habitación más grande y, además, unas bonitas vistas, algo difícil de encontrar en medio de la ciudad. Justo enfrente tenían un pequeño parque rodeado de árboles, que le daba un toque de calma al apartamento.
Me dio envidia ver cómo compartían piso y lo bien que se llevaban. Seguro que su familia debía estar muy agradecida, no era tan común como podría parecer.
Verles ahí, compartiendo espacio mientras cada uno fluía por su lado, me recordó a Sara.
Compartimos piso en Barcelona mientras estudiábamos.
Ella hacía medicina, y nuestras facultades estaban en puntos opuestos del mapa, pero cuando llegábamos a casa, esas cuatro paredes nos arropaban, formando un hogar.
Cuando Fallon estuvo lista, salimos del piso y pusimos rumbo a cualquier restaurante de las calles de Nueva York, no habíamos aún decidido dónde cenar así que fuimos caminando hasta dar con un paradero que estuviera bien para los tres.
Mientras hablábamos, Nathan se ausentó unos minutos de nuestro lado, y al volver a aparecer, nos comentó que James le había llamado para cenar en un sushi, así que finalmente, tras debatirlo, nos unimos todos al plan.
Ya en la puerta del restaurante, Nathan y James se estrecharon la mano. Yo le saludé chocándole los cinco y, en cuanto terminamos el saludo, James dio casi un salto para colocarse enfrente de Fallon.
—No tenía el placer de conocerte en persona, eres aún más guapa que en las fotos —le comentó sin un ápice de vergüenza.
Madre mía, era tan descarado que era imposible no pasar vergüenza ajena a su lado.
Me ladeé para ver si Fallon necesitaba ayuda o si en su cara había algún rastro de la típica expresión de «tierra, trágame», pero, en lugar de eso, la vi pegar una carcajada y le dio dos besos en la mejilla que resonaron hasta Union Square.
Hasta hacía un par de minutos, no me había imaginado a Fallon reaccionar así ante una situación como esta, pero ahora entendía eso que me había contado Nathan de sus malas elecciones. Parecía que se podía derretir ante los pies de cualquier tío que la llamara guapa.
La cena transcurrió entre bromas y risas, y en algún momento Nathan y yo nos encerramos en nuestra propia burbuja para alejarnos del mundo donde parecían estar adentrándose Fallon y James.
Estábamos casi seguros de que si hubieran estado solos, hubieran terminado follando en los baños del Zen Roll, y hubiera sido una pena, porque eso de probar sushi me había gustado, imagínate no poder volver a entrar porque pillan a tu cuñada follando en el baño con un tío que acaba de conocer.
A las once de la noche, Fallon y Nathan pidieron un Uber y me acompañaron a casa. No estábamos muy lejos, pero estábamos bastante cansados, y coger el metro a esa hora nunca me había gustado.
Nos subimos al coche mientras Fallon se despedía de James en la puerta del restaurante, bajo la mirada atenta de su hermano.
—¿Qué tal con mi hermana? ¿Ha estado bien?
—Seguro que no tan bien como ellos dos, pero sí, me ha gustado conocer a tu hermana y he estado muy cómoda.
Enseguida nos pusimos a cuchichear sobre ellos mientras los mirábamos por la ventana. Nos echamos a reír cuando estuvimos de acuerdo en que, por suerte, los habíamos separado a la salida del local.
—Venga, Fallon, es para hoy —dijo Nathan, tratando de aligerar la despedida entre ella y James.
En menos de un minuto, Fallon entró en el coche maldiciendo a su hermano. Podía entenderla. Se notaba a leguas que le había gustado James, y claro, con su hermano delante, la situación no había sido del todo fácil.
—Estarás contento, ¿no? ¿Qué había de malo en que James me acompañara a casa?
—Solo intento que pienses con la cabeza por una vez en tu vida.
Durante el trayecto a casa, estuve escuchando cómo los hermanos Caldwell no paraban de tirarse pullas el uno al otro. Me recordaron a mí y a las chicas cuando cotilleábamos sobre algún tema y no estábamos de acuerdo. Siempre terminábamos en una especie de competición de ver quién tenía más razón.
—Espero verte pronto, Lena —comentó mientras me abrazaba—. Asegúrate de mandarme el teléfono de James, podrías haberme avisado de que era tan guapo —dijo, susurrando, esperando que su hermano no la oyera.
Era curioso. Era igual de tierna y graciosa que su hermano. Quizá ese era el legado del apellido Caldwell. Eso y también la guapura; creo que ambas cosas venían en el mismo frasco. Los Caldwell eran preciosos, sinceros y honestos.
Nathan y yo nos despedimos con un beso en mi portal mientras el conductor, y Fallon, le esperaban para llevarlos de vuelta.
—Descansa, ojitos.
—No sé si podré hacerlo sin ti a mi lado, pero lo intentaré.
Sonreímos, nos fundimos en un abrazo y luego me di la vuelta para ver cómo Nathan se subía al Uber.
No era exageración decir que quizá no podría descansar sin él. Era real. Su respiración me transportaba a un mundo lleno de paz. Abrazarlo era casi caer rendida, si no fuera por nuestros juegos sexuales antes de dormir, claro.
Le envié un audio a Sara. Para ella aún era temprano, pero así lo vería al despertar. Llevaba sin actualizarla desde la penúltima noche en Montreal y, de una manera u otra, intentábamos seguir conectadas a pesar de la distancia y del cambio de horario.
Al principio, cuando me mudé, se me hacía extraño no quedar todas las tardes con ella.
En España, vivíamos —antes incluso de la universidad—, prácticamente a una calle, y no tardábamos ni dos minutos en llegar de una casa a otra, es lo que tenía vivir en nuestro pequeño pueblo: que las distancias eran cortas.
Si no quedábamos, nos encontrábamos igual, porque era inevitable no cruzarnos por la calle o no encontrarnos en el único bar del pueblo.
Así que, muy en resumen, Sara era la persona a la que más veía después de mis padres, y eso había sido así desde que éramos enanas.