El arte de entender el caos CAPÍTULO 49Nathan
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CAPÍTULO 49Nathan

Al asegurarme de que Fallon se encerraba en su habitación, saqué el teléfono del bolsillo del pantalón, entré en iMessage y busqué entre las conversaciones el nombre de James.

El muy capullo no había tenido ni un ápice de vergüenza en tirarle la caña a mi hermana delante de mí.

No es que James no me gustara para Fallon, pero sabía bastante bien cómo podía terminar esta situación.

Fallon acabaría enamorada perdida al segundo día de conocerle y James…

bueno, no sabía qué buscaba exactamente, porque lo último que conocía de él en ese aspecto eran sus encuentros con Elaia, que, según el lenguaje femenino de Lena, se traducían en «ni contigo ni sin ti».

Y, desde luego, no quería que Fallon fuera «la otra», bajo ninguna circunstancia.

Después de escribir y reescribir un mensaje de lo menos asertivo, decidí optar por la llamada.

—Tío, ¿es que no sabes lo que es el respeto? —exclamé nada más cogió el teléfono.

—Creo que eres el único afectado por la cena. A Fallon le ha encantado, acéptalo.

—Sea como sea, una cosa es que te la presente y otra muy distinta que te la comas con la mirada delante de mí —añadí.

—Bonita jugada la del Uber, colega, pero siento decirte que solo has conseguido retrasar lo inevitable.

—No te creas que va a caer como todas —repliqué.

El muy descarado se echó a reír. Acto seguido, resoplé con molestia y colgué la llamada después de decirle que se andara con cuidado con Fallon.

A decir verdad, no me importaría que James y Fallon se conocieran, pero no me había hecho ninguna gracia la situación de la cena.

Supongo que eso venía en el manual de hermano sobreprotector, y además, tampoco me hacía gracia ver a mi hermana hacer el imbécil delante mío.

Aunque admito que, después de ver los personajes que solía traer, James me parecía de lo mejor.

Las dos semanas siguientes en la ciudad con Lena pasaron como un rayo. En Montreal habíamos seguido avanzando con el trabajo de la oficina, pero se nos habían acumulado algunos proyectos que ahora necesitaban más tiempo del habitual.

Ya se había convertido en nuestra rutina encontrarnos en la cafetería de abajo.

Yo la esperaba con su mítico café y ella llegaba, se colocaba de puntillas, y me daba un beso justo antes de beberlo.

Subíamos a Starlight juntos, pero no revueltos.

Manteníamos distancias prudentes a ojos de los demás, y en ocasiones entrábamos con James, Elaia y Chiara, como si fuéramos todos un grupo de amigos.

Incluso creamos un par de normas básicas para que el trabajo fluyera con normalidad.

Algo sencillo, pero que nos ayudaba a mantener la dinámica sin exponernos delante de Scarlett y del equipo directivo.

La primera norma era dejar fuera del edificio nuestro cariño, es decir, comportarnos como simples compañeros.

La segunda, evitar acercamientos o situaciones que pudieran hacernos perder la cabeza.

Esta vez, firmamos ambos en el pósit blanco y lo guardamos en el bolso de Lena.

Los primeros dos días los superamos con bastante dignidad. Pero a la semana, la cosa empezó a torcerse: una caricia en la rodilla por debajo de la mesa, un beso cerca de la comisura de los labios… y así, poco a poco, fuimos abriéndonos al juego.

Jugamos en varias ocasiones al juego que me había enseñado en la piscina del hotel: nos escribíamos propuestas en notas y respondíamos con los dedos por debajo de la mesa.

Cuando coincidíamos, cumplíamos con creces.

Como aquel día en el que terminamos follando en el ascensor, como dos personas que se buscan con urgencia, como si se acabaran de encontrar en medio del caos y necesitaran desfogarse.

Me encantaba cuando Lena era tan descarada.

Me tenía hechizado; ya me derretía por ella en Montreal, pero verla aquí tan desatada y desenfrenada me excitaba demasiado.

Paramos el ascensor con el botón de apertura de puertas.

Al principio nos mirábamos incrédulos por lo que estábamos haciendo, pero en cuanto estuvimos en contacto, el mundo desapareció a nuestro alrededor.

La agarré y la estampé contra el espejo del ascensor.

Le lamí el cuello hasta morderle la oreja y ella jadeó agarrada a mi pelo.

—Dios, hagámoslo aquí.

Me bajé el pantalón mientras trataba de mantener a Lena en la altura y me introduje en su interior.

Moví las caderas con un ritmo frenético mientras nos besábamos calurosos.

Lena me mordió el labio y eso me excitó más.

La bajé y la coloqué de espaldas a mí, mirando hacia el espejo.

Le sujeté la cadera por detrás y volví a introducirme en ella.

Verla en el espejo me ponía incluso más de lo normal.

El calor que se acumulaba en el ascensor sonrojó las mejillas de Lena y los cristales se empañaron.

Recuerdo que le susurré al oído cuánto me gustaba verla así y ella, provocativa, se humedeció la mano y se tocó frente al espejo para ayudarse a terminar.

Jamás pensé en mantener una relación dentro de la misma empresa en la que trabajaba, y mucho menos tener sexo en las oficinas del sitio donde llevaba tiempo queriendo estar.

Pero con Lena todo era explosivo. Besarla era explosivo.

Reír junto a ella era explosivo. Hacer el amor era explosivo. No podía desear nada más que a ella.

Acortamos las distancias en menos de dos semanas. Por lo visto, cumplir reglas no se nos daba demasiado bien, pero lo de jugar era otro nivel. Éramos los mejores jugando. Los ganadores.

Salimos del ascensor diez minutos después de haber terminado. Tuvimos que airearlo con la camiseta, como si lo abanicáramos, para que los cristales volvieran a su aspecto original. De haber bajado de ahí con ese aspecto, cualquiera se habría percatado.

Lena salió como si nada hubiera ocurrido y entre nosotros y esas cuatro paredes, quedaban nuestros secretos más calurosos.

—Bueno, ya podemos tachar el ascensor de la lista de encuentros sexuales.

—Aja —dije mientras le mordía el labio antes de que se abrieran las puertas.

—Está siendo una bonita experiencia, sin duda.

—¿Cinco estrellas? —pregunté.

—Diría más bien cuatro, por la incomodidad del espacio, pero sí. Apunta cinco, porque contigo el sexo nunca baja de ahí —dijo mientras me tiraba de la camisa.

—Lena…

—¿Qué?

—No quieras que vuelva a apretar el botón del ascensor. Si por mí fuera, sabes que repetiría todas las veces que lo hacemos.

—Y yo repetiría todo contigo, pero estamos en la editorial y lo que nos harán repetir si no salimos serán las correcciones de los manuscritos que tenemos apilados encima de la mesa.

—Menos mal que siempre piensas en el trabajo. Me encanta cuando eres tan aplicada, tan inteligente y tan juguetona —comenté tras darle un cachetazo.