El arte de entender el caos CAPÍTULO 47Nathan
80%

CAPÍTULO 47Nathan

Llegamos a la pista casi ahogados de todo lo que habíamos tenido que correr para llegar a tiempo.

El aire frío casi me quemaba los pulmones y la música sonaba por encima del murmullo de la gente.

Las luces rodeaban la pista y el hielo brillaba bajo los focos como si estuviéramos en una de esas películas que te pones un domingo de invierno.

Nos dirigimos al mostrador y enseñé la reserva que había llegado a mi teléfono. Tras revisar los datos, nos preguntó la talla de los patines y nos indicó la entrada del vestuario donde teníamos que cambiarnos.

—¿Preparada para ver al dios del patinaje artístico?

—¿Me estás vacilando?

—¿Tú qué crees? —le dije mientras me ponía de pie con firmeza y le estiraba del brazo para dirigirnos hacia la pista.

—¿Ahora me dirás que has patinado toda tu vida?

—No exactamente, pero ya te dije que mi hermana era muy persuasiva. Ella se apuntó a patinaje cuando era bastante pequeña, pero al principio le daba miedo, e incluso en ese momento, en el que no tenía ni diez años, ya mandaba. Así que me obligó a patinar con ella para coger seguridad.

La verdad es que tener a Fallon como hermana no solo era una suerte por lo del punto de vista femenino, también me había enseñado un montón de cosas.

Como jugar a las Barbies, pintar uñas, secar el pelo y, por supuesto, patinar.

Estaba un poco feo decirlo, pero me había convertido en todo un partidazo.

Entramos a la pista y patinamos entre la gente. Lena se sorprendió al verme patinar con tanta soltura, aunque ella no se quedaba corta. No es que fuéramos profesionales como para lanzarnos por los aires, pero nos atrevíamos con alguna que otra pirueta a ras de suelo.

Fuimos patinando juntos, cogidos de la mano, mientras charlábamos y nos reíamos de las caídas tontas de algún chaval por la pista. En algún momento me aventuré a hacerme el chulo y patiné frente a ella para enseñarle las cosas que Fallon me había enseñado.

Ella se reía y me imitaba con una diversión que era imposible no embobarse mirándola.

—¿Es que todo se te da bien? Te lo tenías muy callado en el rodaje.

—No voy a responder a esto, porque luego me llamas creído. —La guiñé el ojo.

Bailábamos mientras patinábamos al ritmo de la música.

No era la pista de patinaje más grande de Manhattan, pero estaba rodeada de un ambiente que la hacía especial, sobre todo en Navidad.

Se llenaba de paraditas navideñas y, junto al olor de rollos de canela, el cielo estrellado y el hilo musical, lo hacían un sitio precioso.

Dirigí a Lena hacia el centro de la pista y, cuando estuvimos allí, di dos pasos atrás, cogí aire y me arrodillé frente a ella.

—¿Pero qué haces? —dijo entre risas, tapándose la cara de vergüenza.

—Te recuerdo que tenemos un hueco porque le juré a la chica que tenía que pedirte matrimonio.

—Nathan Caldwell, vas a acabar conmigo.

Saqué las llaves de mi apartamento del bolsillo y, como pude, separé la anilla del llavero. A nuestro alrededor empezó a formarse una pequeña masa de gente; algunos incluso grababan el momento, expectantes, esperando la respuesta de Lena.

—No es el mejor anillo… de hecho, ni siquiera es un anillo —dije—, pero supongo que vale la pena, ¿verdad, ojitos?

Me miraba, incrédula. Creo que no me veía capaz de montar aquel espectáculo. Sus mejillas se sonrojaron y, animada por las miradas curiosas y los gritos de la gente, se acercó un poco más a mí, como si el mundo entero la empujara hacia este instante.

—Lena Martínez, ¿qué me dices? ¿Te casas conmigo?

Se arrodilló para quedar a mi altura y el mundo pareció detenerse. Nos fundimos en un beso de película, de esos que hacen olvidar dónde estás y quién te rodea.

En medio de todo ese barullo de gente, entre risas, aplausos y cuchillas que se acercaban raspando el hielo, se acercó una figura femenina aplaudiendo con fuerza.

—Madre mía, hermanito… Te pierdo de vista una semana y ¿ahora nos vamos de boda?

—¡Fallon!

Me levanté del suelo sin soltar la mano de Lena, tirando de ella para que se incorporara también. Abracé a Fallon, que seguía con la expresión descolocada por lo que acababa de presenciar. Y no era para menos, no le había contado ni una cuarta parte del giro que había dado mi vida.

—Esta es Lena —la presenté.

Pero no me dio tiempo a añadir nada más. Fallon ya se había adelantado, mirándola con una sonrisa abierta, sincera.

—¡Hola! Esperaba conocerte antes de este gran acontecimiento, pero… enhorabuena —dijo con alegría, tendiéndole la mano.

Si algo tenía Fallon, es que era muy agradable, y que todo lo bonito que me pasaba a mí ella lo festejaba como lo más grande. Como cuando ganaba concursos literarios y siempre aplaudía de pie en frente de todo el público. O cuando encontraba trabajo y presumía delante de la gente.

—Anda, vente con nosotros que te lo explicamos todo —comenté intentado escapar de la pista.