CAPÍTULO 46Lena
Cuando abrí los ojos, tenía a Nathan pegado a mi cuerpo. Me giré para besarle mientras aún bostezaba. Se le agrandó la sonrisa cuando me vió luchando entre el sueño y las ganas de besarle.
—Buenas tardes, ojitos.
—Madre mía, ya está oscureciendo… ¿por qué no me has despertado?
—Tendrías que verte cuando duermes, pareces un cachorrito que necesita dormir diez horas seguidas... Me dabas lástima y, bueno, quería tenerte preparada para continuar el plan.
En ese momento no tenía ni idea de cuál era el plan que me esperaba, pero por la cara que puso Nathan al verme despertar, imaginé que nos quedaríamos enredados entre nuestros besos.
Y no me equivocaba, porque tuve que contenerme cuando se coló bajo el edredón y bajó mis bragas con sutileza mientras me besaba.
Casi sin darme cuenta, tenía su cara hundida entre mis piernas. Me temblaba el cuerpo cada vez que me rozaba con la lengua. Joder. Me gustaba tanto que no pude evitar gemir.
—¿Te gusta? —me preguntó antes de volver a lamer con más fuerza.
Asentí con la cabeza y le agarré la cabeza con las dos manos.
Él siguió el masaje despacio y, cuando me escuchaba jadear, movía la lengua con fuerza.
Introdujo un dedo en mi interior y movió la mano con ritmo.
En el orden de cosas que me volvían loca en la vida, la primera era Nathan; y la segunda, podríamos decir, que el sexo apasionado que teníamos.
—Nathan, voy a terminar —dije casi suplicando que siguiera.
Le tiré del pelo mientras me seguía acariciando con la lengua y grité justo antes de terminar en su boca. Creo que nunca había temblado tanto como en ese instante, agradecí estar tumbada, porque mis piernas eran como un flan.
Nathan salió de debajo del nórdico como si no acabara de hacerme ver el cielo. Lo miré de arriba abajo aún con la respiración agitada y vi que tenía el pene durísimo. En ese instante, fui yo la que no pudo frenar.
Me ladeé hacia él, me acerqué a sus labios, y enredé mi lengua con la suya, le bajé los calzoncillos y coloqué la mano alrededor de la erección mientras seguía besándole.
Nuestras lenguas se encontraban, ya con conciencia.
Sus besos sabían tan bien que no quería parar de besarle, aunque ahora tenía una misión: darle placer.
Separé mis labios de su boca y recorrí su cuerpo con mis labios hasta llegar a su pene; escupí encima de él y moví la muñeca mientras miraba cómo le iba cambiando la expresión con los movimientos.
Me agarró del culo, con fuerza, y eso me llevó a acariciarle la erección con la lengua. Me moví como lo había hecho él. Masajeé el capullo con el pulgar y seguí lamiendo con fuerza.
—Dios mío, Lena, ¿de dónde has salido?
Me encantaba verle así, deseoso, jadeando, pidiendo más. Era muy excitante y placentero tener sexo con él, pero para mí, aún lo era más verlo retorcerse de placer. Nunca había deseado tanto a nadie como a él.
—Lena, si quieres follar te suplico que pares.
Aquello me hizo gracia. Saber que no estaba lejos de correrse me desenfreno aún más y continué con más nervio mientras le tocaba con la otra mano. Entre esos movimientos, me agarró del pecho y, tras un largo gemido, se corrió.
—Vas a acabar conmigo —me dijo mientras trataba de mantener la respiración.
Me incorporé como pude y me tendió un pañuelo para limpiarme. Ni siquiera sabía cómo había sido tan rápido encontrándolo entre tantas cosas.
Seguimos entre besos en la cama al menos durante treinta minutos, nos mirábamos despacio, como si quisiéramos guardar un trocito de este momento en algún rincón de nuestro cuerpo.
Las sábanas estaban revueltas y por la ventana se colaba la luz tenue de las farolas que se encendían dando paso a la noche.
Afuera se oía el tráfico lejano, pero aquí dentro, para nosotros, el tiempo parecía haberse detenido.
Nathan se levantó casi sobresaltado a mirar el reloj.
—Mierda, vístete, tenemos que irnos.
—¿Cómo que tenemos que irnos? ¿A dónde?
—Ahora que no estás con la tripa llena, supongo que tienes fuerzas para patinar, ¿no? He reservado antes, no había ni un solo hueco, pero le he suplicado a la tía que me ha atendido. Le he dicho que era vital, que tenía que pedirte matrimonio, y en seguida ha accedido.
—¿Qué has hecho qué? ¡La madre que te parió! —dije en español.
—Te he entendido, guapa. Además de mirar por encima la letra de las canciones traducidas, esta mañana les he pedido a Elaia y Chiara que me tradujeran esta expresión que siempre usas. Jaque mate.
Me reí; es que este tío podía acabar conmigo. Me sorprendía con todo.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No llega a cuarenta minutos.
Nos vestimos a toda prisa. Casi me caí mientras me subía el pantalón dando saltitos por la habitación. Seguía excitada de cojones, pero la idea de ir a patinar me parecía un cien sobre diez.
—¿Puedes dejar de sorprenderme?
—No quiero. Prefiero ser como uno de esos libros que vas leyendo y descubriendo, y que no dejarías de leer jamás. De esos que, cuando los terminas, los cierras y piensas en que los borrarías de tu memoria solo para leerlos de nuevo.
Me reí absurdamente cuando dijo eso.
—Dijo una joven promesa literaria —comenté con voz de presentadora.
—Dijo un tío enloquecido por su compañera de trabajo —corrigió.
Durante unos segundos, lo miré, perdida en su mirada, como si algo en él me hubiera calado tan hondo que me resultaba imposible mirar hacia otro lado. Qué absurdo era pensar en cómo le odiaba esos primeros días.
—¿Qué? —esbozó una sonrisa picarona—. ¿Demasiada sinceridad?
—La justa y la perfecta —contesté.
Nos dimos la mano mientras corríamos por la calles de Hell’s Kitchen, y pensé que nunca en la vida me había sentido tan viva como en aquel momento, ni siquiera cuando iba en moto con Sara y el aire nos recorría el cuerpo.
Creo que jamás me había sudado tanto la mano como en aquel instante, y no fue por correr, sino por esa estúpida sensación de nerviosismo que se siente al enamorarse por primera vez.