El arte de entender el caos CAPÍTULO 45Nathan
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CAPÍTULO 45Nathan

Me comí a Lena a besos cuando la encontré trabajando en la cama con el portátil, y mientras lo hacía, el pene me palpitaba bajo el pantalón. Maldita sea, me volvía tan loco que ni eso podía controlar.

—¿Y qué plan tienes hoy? —me preguntó, curiosa, después de ese ataque de besos.

—Mmm… déjame pensar. El plan A incluye besarte. El plan B es besarte y follarte. Y el C mezcla un poco la A y la B, pero incluye comer en un restaurante.

Me miró divertida mientras iba contando.

—La C, la C. Las quiero todas —me dijo entre risas.

—¿Y por dónde quiere empezar la señorita?

—Me muero de hambre, por favor. El café no me ha alimentado nada. Quizá es porque los últimos días me has atiborrado a muffins .

En menos de treinta minutos nos dirigimos a un pequeño italiano cerca de Bryant Park.

A través de los grandes ventanales se reflejaban las casitas de madera iluminadas, y en la calle el vapor que escapaba de las alcantarillas envolvía la acera.

Me habían hablado otras veces de él, pero no había ido nunca, así que era una buena oportunidad para descubrirlo.

Por supuesto, Lena no se opuso a la idea de comer italiano.

Creo que, de no ser por los muffins , podría tener cara de pizza. Amaba las pizzas.

No me sorprendió cuando pidió una margarita, ya en otras ocasiones había comprobado lo clásica que era.

—¿No te atreves a cambiar de estilo?

—Es algo que siempre pienso, pero joder… cuando sabes lo que te gusta, ¿para qué probar otra cosa? Por ejemplo, tú me gustas. No quiero probar otra cosa.

—Hablaba de comida, ojitos —dije—, pero me ha encantado. ¿Te gusto porque follo bien?

—Eres un creído. Pero sí, follas bien.

Le cogí la mano por encima de la mesa y jugueteamos con ellas entre caricias mientras íbamos hablando y el murmullo del restaurante nos envolvía

Leímos la carta, que estaba en italiano, con un acento que echaría a cualquier nativo para atrás, y entre bromas ,terminamos hablando de Italia.

Yo nunca había estado, y ella me contó que había ido en varias ocasiones.

A sus padres les gustaba viajar y la habían visitado tanto en coche como en avión.

Me contó que Roma había sido su ciudad favorita y, de repente, tuve la necesidad inmediata de recorrer Roma cogido de su mano mientras me contaba historias sobre la ciudad.

Lena era muy inteligente y le gustaba mucho la cultura.

Me había dado cuenta en Montreal, cuando llegábamos a sitios y miraba curiosa a su alrededor mientras contaba alguna cosa de los adoquines, de la capilla e incluso del lago.

Deseé con todas mis fuerzas caminar con ella por todas las ciudades del mundo, mientras ella hacía de guía y yo era el turista enamorado.

—¿Cómo pueden patinar después de comer? —dijo Lena mientras señalaba la pista de Bryant Park.

—No todo el mundo se come dos postres —contesté, bromeando.

—Idiota.

—¿Te gustaría patinar?

Asintió con la cabeza.

—Siempre lo veo en las películas románticas. Es un planazo. Pero cada vez que paso por aquí no me atrevo.

—Es una lástima que tengamos que ir a hacer el amor —le dije mientras la rodeaba por la espalda.

—Sí, es una lástima —me dijo entre besos

Subimos de nuevo al apartamento y, aunque me hubiera encantado seguir con el plan, Lena se quedó dormida a mi lado.

Y me daba pena despertarla. Primero, porque había comido tanto que creí que el sueño le había caído encima; y después, porque era tan mona durmiendo que me sabía hasta mal.

Me gustaba verla dormir mientras pensaba en qué hacerle cuando se despertara.

Cogí la tablet de la maleta para hacer alguna que otra corrección al manuscrito que me había devuelto Conrad por la mañana y, cuando quise mirar el reloj, era tardísimo.

Miré el teléfono y vi que Fallon me había llamado y me había dejado mensajes. Le devolví una de las llamadas mientras salía de la cama tratando de no despertar a Lena. Habíamos pasado la noche en vela, así que entendía su agotamiento.

—Hermanita, ¿cómo va? Tengo que contarte tantas cosas que no sé ni por dónde empezar.

—Supongo que por el principio, ¿no?

—Lo sé, Fallon, joder, es que ha pasado solo una semana y parece que tenga que contarte un año entero. ¿Te acuerdas cuando me hablabas de las casualidades? Yo siempre era bastante reacio a ese concepto, y creo que ahora lo puedo entender.

No sabía si iba a ser capaz de explicarme con palabras todo lo que había sentido esta semana. Cada vez que creaba un diálogo en mi cabeza, sentía que contarlo era como explicar una película de romance de las buenas.

—¿Me estás diciendo que mi hermano por fin ha dejado que alguien conozca su corazón?

—Parece increíble, ¿verdad?

—Por lo que veo, te ha calado bastante, ¿no?

—No sabes cuánto Fallon, hasta el fondo. —Asentí.

No supe qué más decirle para contarle la situación, de hecho, no podría definirla ni con mil palabras, porque toda explicación, toda confesión, se quedaba corta al lado de lo que sentía en ese momento.

—Parece que sí que tienes mucho que explicarme, pero no sabes cuánto me alegro, así dejarás de darme el coñazo y podré vivir mi vida tranquilamente.

—Serás imbécil… ¿Así que solo querías verme con alguien por esto?

—Bueno, por eso y porque eres más simpático cuando estás enamorado, y así sé que puedo pedirte tantas cosas como quiera, porque siempre me dirás que sí.

Era una experta en salirse siempre con la suya.

Vivíamos básicamente a su manera, si ella quería hacer una cosa, la hacíamos.

Cuando quería ver una película romántica después de cenar, lo hacíamos; si me pedía que fuera a por helado en sus días del mes, también lo hacía.

Era una especie de norma no escrita en nuestro apartamento, todo lo que ella decía se hacía.

Sin embargo, los últimos meses había tenido algún momento de cascarrabias.

—Eres una sinvergüenza, que sepas que no pienso seguir bailándote el agua. A partir de ahora, tomaremos las decisiones a piedra, papel o tijera.

—Si no me queda más remedio… —resopló—. ¿Entonces estás bien, verdad?

—¿Que si estoy bien? Mejor que nunca, hermanita. Tenías razón, todo pasa por algo.

Fallon siempre me decía que, las cosas que ocurren en la vida tienen sentido, aunque en algunos momentos no lo parezca.

Tenía en la mente esa teoría de que cuando algo se va, es porque no era para ti, y que cuando algo bueno ocurre, no solo es por todo lo que va a traerte, sino porque lo mereces.

Y a mi me había costado creer en eso cuando pasó lo de Alice, pero es verdad que, a veces, las teorías necesitan algo de tiempo para ser entendidas.

—Me alegra escuchar eso, pero entonces… ¿tengo nueva cuñada o es…?

No dejé que terminara la frase porque vi, por el perfil del marco de la puerta, que Lena empezaba a removerse en la cama y colgué el teléfono.

—Hablamos luego, Fallon.

Volví a meterme dentro de las sábanas, que olían a nosotros, y esperé a que Lena se acabara de despertar.

Si había algo que había descubierto estos últimos días sobre nosotros, era lo mucho que me gustaba despertarme a su lado.

Me daba una paz que me resultaba imposible de conseguir en cualquier otro lugar.